El desastre perfecto Capítulo 6
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Capítulo 6

Lucía

Me miré al espejo y durante un segundo no me reconocí. Eso era exactamente lo que buscaba.

El vestido negro que llevaba puesto era de Alba, prestado a la fuerza, ya que había dicho: «Te lo pongo en la bolsa y, si no te lo pones,s te mato», una prenda que se adhería a mis curvas como si me hubiera sido cosida a medida y que dejaba al descubierto unos hombros que normalmente cubría con camisetas de tres euros.

Me había recogido el pelo en un moño despeinado que parecía casual, pero que me había costado veinte minutos y media laca de pelo, y me había pintado los labios de un rojo intenso que gritaba «Estoy desesperada, pero no lo notas».

— Estás para comerte —le dije a mi reflejo, y luego añadí—: O para que te adopten. Cualquiera de las dos.

Cogí el bolso, el único que tenía sin roturas, también prestado de Alba, y salí de casa.

El taxi que había pedido, un lujo que me iba a costar renunciar a tres cafés de la semana siguiente, me esperaba abajo.

El conductor me miró dos veces al subirme, y eso me subió el ánimo más que cualquier terapia.

—A la plaza de la Constitución, por favor —dije, y mi voz sonaba diferente. Más segura. Más… otra.

El bar estaba atestado cuando llegué. Jueves noche.

La gente normal salía los jueves. La gente con vida social, con dinero para gastar, con ganas de vivir.

Yo normalmente estaba durmiendo a las diez para poder levantarme a las seis, pero esa noche había decidido ser una versión alternativa de mí misma.

La Lucía que no limpiaba casas ajenas. La Lucía que no debía sesenta mil euros. La Lucía que, simplemente, existía.

Alba ya estaba en la barra, rodeada de un halo de perfume caro y una sonrisa que iluminaba la mitad del local.

Llevaba un vestido azul eléctrico que hacía juego con sus ojos verdes, y su melena rubia caía sobre sus hombros como una cascada de seda.

Parecía una diosa. Yo parecía su amiga la limpiadora que había robado ropa de su armario.

Pero al menos, una limpiadora con pinta.

—¡Madre mía! —exclamó Alba cuando me vio acercarme—. ¿Eres tú? ¿Dónde está mi amiga la desgraciada? ¿Quién es esta mujer fatal?

—Cállate y dame una copa —dije, sentándome en el taburete de al lado—. He dejado a la desgraciada en casa. Esta noche soy la versión 2.0. La actualización que no pediste, pero que necesitas.

Alba se rio a carcajadas, esa risa suya que atraía miradas de todo el local.

—Esa es mi Lucía —dijo, haciendo señas al camarero—. Dos gin-tonics. Y que sean generosos con el gin, que mi amiga necesita olvidar que existe algo llamado deuda bancaria.

—Solo por esta noche —advertí, señalando con el dedo—. Mañana vuelvo a ser la tía que cuenta céntimos para el pan.

—Pero mañana es mañana —dijo Alba, entregándome una copa que brillaba con una luz peligrosa—. Y esta noche… esta noche es para emborracharnos, reírnos de la vida, y para que ese imbécil del Ferrari sepa lo que se pierde.

—Ese imbécil no sabe ni que existo —dije, bebiendo un sorbo que me quemó la garganta de la manera correcta—. Y preferiría mantenerlo así. Lo último que necesito es otro capullo con dinero que me mire por encima del hombro.

—Amén —dijo Alba, chocando su copa contra la mía.

Empezamos a beber. Empezamos a reír. Empezamos a contar historias absurdas sobre nuestros trabajos, sobre los clientes, sobre la vida en general.

Alba me contó que su jefe había intentado ligar con una clienta de sesenta años frente a ella, y que la clienta le había dicho que prefería invertir su dinero en un viaje a Canarias antes que en «Un hombre con más pelos en las orejas que en la cabeza».

Yo le conté que la señora Ruiz me había enseñado fotos de su nieto, diciéndome que estudia medicina, que está soltero y que es muy guapo, y que yo había fingido interés mientras pensaba en cómo pagar la factura del gas.

—Oye —dije de repente, sintiendo el alcohol calentarme las mejillas—. ¿Sabes qué? Esta noche no voy a hablar de dinero. Ni de deudas. Ni de exnovios estafadores. Esta noche voy a ser esa tía que solo piensa en el siguiente gin-tonic y en si el chico de la barra me está mirando el escote.

—Ese chico de la barra lleva veinte minutos mirándote el escote —dijo Alba, inclinándose hacia mí y bajando la voz—. Y no es el único. Mira tres mesas más a la derecha. Los dos de la camisa azul. Guapos, ¿eh?

Miré por el rabillo del ojo. Tenía razón.

Dos tipos, de aproximadamente nuestra edad, quizás un poco mayores, sentados en una mesa cerca de la barra.

Uno rubio, sonriente, con esa pinta de surfista maduro que a Alba le volvía loca.

El otro moreno, de barba cuidada, ojos oscuros y una expresión entre divertida y cansada que me resultó extrañamente familiar.

Como si él también estuviera fingiendo que la vida era una fiesta.

—Tienen pinta de ejecutivos —dije—. De esos que se ríen de chistes de golf y tienen casa en la sierra.

—O de esos que están tan jodidos como nosotras, pero con traje mejor —replicó Alba—. Vamos, Lucía. Sonríe. Que se note que estamos disponibles y desesperadas, pero con dignidad.

—Desesperadas, pero con dignidad —repetí, levantando mi copa—. Ese es mi lema para tatuarme.

No sé si fue el alcohol, el vestido robado o simplemente el universo decidiendo darnos un respiro, pero cinco minutos después, los dos tipos estaban de pie junto a nuestra mesa.

El rubio tenía una sonrisa fácil y una camisa de lino que olía a verano.

El moreno llevaba una camisa oscura remangada y una expresión de resignación que me hizo gracia.

—Perdonad —dijo Dani, y su voz era amable, sin ese tono de acoso que temía—.

Somos unos completos desconocidos, lo sé, pero mi amigo y yo llevamos veinte minutos discutiendo sobre quién se atreve a acercarse primero, y he perdido una apuesta.

¿Os importa si nos sentamos? Invitamos a la siguiente ronda.

Alba y yo nos miramos. Esa mirada de cómplices que dice «¿Estamos locas?» y «¿A quién le importa?» al mismo tiempo.

—Dependerá de lo que bebáis —dije, y mi voz salió con un tono de desafío que me sorprendió—. Si es cerveza barata, podéis ir a otra mesa. Si es algo con alcohol de verdad, hay dos sillas libres.

Carlos se rio. Una risa seca, auténtica.

—Me gusta —dijo, y su voz tenía un deje de acento que no logré ubicar—. Tiene estándares. Yo soy más de whisky, por cierto. Y mi amigo es más de «Lo que pida ella». Así que creo que estamos dentro.

Se presentaron y se sentaron. Dani, el rubio, junto a Alba, y Carlos, el moreno, frente a mí. El camarero vino, tomó nota y, de repente, estábamos cuatro personas en una mesa pequeña, con la música demasiado alta y el alcohol fluyendo como si fuera agua.

Dani y Alba empezaron a hablar enseguida.

Tenían química instantánea, esa chispa que se ve desde fuera y hace que los demás se sientan incómodos de envidia.

Se reían de todo, se inclinaban el uno hacia el otro, y yo vi cómo Alba se transformaba en esa versión suya, coqueta y desinhibida, que solo salía cuando realmente le gustaba alguien.

Yo, por mi parte, me quedé mirando a Carlos. Él me miraba a mí. Había algo en su mirada que no encajaba con el ambiente de ligoteo. Era una mirada demasiado honesta, demasiado cansada.

—¿Sabes? —Dijo de repente, girando su vaso de whisky entre las manos—. No quería salir esta noche.

—Vaya, qué halagador —respondí, arqueando una ceja—. ¿Me estás diciendo que prefieres estar en casa viendo la tele antes que hablar conmigo?

—No, no es eso —se rio, y esta vez la risa fue más genuina—. Es que Dani me ha sacado a la fuerza. Dice que me estoy convirtiendo en el loco de los gatos. Que si no salía de casa, iba a acabar coleccionando felinos y hablando solo.

—¿Y eso? —pregunté, inclinándome hacia delante—. ¿Por qué el loco de los gatos?

Carlos suspiró. Miró su vaso. Y luego me miró a mí con una expresión que me recordó a mí misma en el espejo algunas mañanas: alguien que ha decidido que la honestidad es menos agotadora que la farsa.

—Hace seis meses —dijo—, mi novia me dejó. Bueno, no solo me dejó. Me dejó por un compañero de trabajo. Un tío del departamento de ventas. Al que ella conoció en una cena de empresa. Iba a ser mi mujer, Lucía. Teníamos la boda planeada. Para octubre. Ya habíamos pagado el catering.

La música seguía sonando, pero, de alguna manera, se había vuelto un eco lejano. Alba y Dani seguían riendo, inmersos en su propio mundo, pero yo estaba atrapada en la confesión de este desconocido, que acababa de abrir una puerta que la gente normalmente mantiene cerrada durante meses.

—Joder —dije, y no fue una palabra de lástima. Fue un reconocimiento. Un te entiendo sin necesidad de más palabras.

—Sí —dijo él, asintiendo—. Joder. Exactamente. Y lo peor es que ahora ella y él están planeando su boda. Para dentro de tres meses. Se casan en el mismo sitio donde íbamos a hacerlo nosotros. Usan el mismo catering. Es como… como si mi vida hubiera sido un borrador para la suya.

Bebió un trago largo de whisky. Yo bebí un sorbo de mi gin-tonic, sintiendo cómo el hielo chocaba contra mis dientes.

—He estado en un bajón enorme —continuó Carlos, mirando al fondo del local como si viera algo que yo no podía ver—.

Dani dice que no he entrado en depresión porque no me ha dejado.

Me ha arrastrado a gimnasios, a cenas, a salidas como esta.

Pero si estuviera solo… si no lo tuviera a él…

probablemente estaría en mi casa, en pijama, viendo series de Netflix y odiando a todo el mundo.

—Yo sé lo que es eso —dije, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía—. Lo de odiar a todo el mundo. Lo de sentir que la vida te ha dado una paliza y que sigue golpeando, aunque ya estás en el suelo.

Carlos me miró. Realmente me miró. Y vi que sus ojos oscuros tenían un brillo húmedo que no era solo el alcohol.

—¿Tú también…?