Capítulo 5
Lucía
Si hoy me toca el Euromillones, me muero de un infarto antes de cobrarlo. Seguro. Soy así de desgraciada.
Esa frase me rondaba por la cabeza mientras caminaba por la acera, saliendo de la casa de los Gómez, en el último trabajo de la mañana.
Miércoles. Diez y media. El sol de Málaga apretaba con esa crueldad particular que tiene el verano andaluz, el calor que se te mete en los huesos y te deja pegajosa antes de que empiece el día de verdad.
Llevaba el bolso colgado del hombro, una bolsa de la compra con el almuerzo que me había dado la señora Gómez, un táper de gazpacho casero que olía a gloria, y la sensación de que algo iba a salir mal.
No sé por qué. Intuición de pobre, supongo.
Cuando llevas tanto tiempo esperando que el universo te dé una paliza, aprendes a detectar los síntomas previos.
Cinco minutos después, mi móvil empezó a vibrar como si tuviera epilepsia.
Primera llamada: un número desconocido. Contesté porque pensé que podría ser algún cliente que hubiera cambiado la hora de la limpieza.
—¿Lucía Romero? —Dijo una voz masculina, metálica, de esas que leen un guion sin creerse ni una sola palabra.
—Sí, ¿quién es?
—Le llamo de Recuperaciones Martínez, S. L. Estamos gestionando una deuda pendiente a su nombre por importe de dieciocho mil quinientos euros. Necesitamos que…
Colgué. No dije nada. Apreté el botón rojo con una violencia que me sorprendió a mí misma y seguí caminando, mirando al frente, como si no hubiera pasado nada.
Como si no acabaran de recordarme que existía un agujero negro en mi vida llamado Víctor, y que ese agujero seguía devorando todo lo que tocaba.
Segunda llamada. Mi madre. Contesté porque, si no lo hacía, llamaría hasta diez veces, luego se preocuparía y acabaría subiendo en autobús desde el pueblo para ver si estaba muerta en un rincón.
—Hija —dijo sin saludar—, estoy viendo a la vecina de enfrente y me ha dicho que su sobrina, la que trabaja en Hacienda, se ha casado el sábado. Con un notario. Un hombre muy serio, muy responsable. Y me he acordado de ti.
—Hola, mamá. Yo estoy bien, gracias por preguntar. ¿Y tú?
—No me vengas con ironías. Estoy hablando en serio. ¿Cuándo piensas casarte?
Apreté los dientes. El sol me daba de lleno en la cara. Sudaba. Llevaba tres horas limpiando casas ajenas. Y mi madre me preguntaba por el matrimonio como si fuera un plan de pensiones.
—Mamá, no tengo novio. No tengo dinero. No tengo tiempo. Y no tengo ganas de casarme.
—Con esa actitud…
—¿Qué? ¿Con qué actitud? ¿La de supervivencia? ¿La de intentar llegar a fin de mes sin vender un riñón?
—No seas dramática —dijo ella y noté el cambio en su voz. Preocupación de verdad, no la falsa de antes—. Solo quiero que seas feliz, hija. Que no estés sola.
—No estoy sola —mentí—. Tengo a Alba. Tengo a mis clientes. Tengo a la señora Carmen.
—Eso no es familia.
—Es la familia que tengo —dije, y mi voz se quebró un poco—. Tengo que colgar, mamá. Te llamo luego.
Colgué antes de que ella pudiera decir nada más. Respiré hondo. Una. Dos veces. El truco de siempre. No llorar en la calle. No darle esa satisfacción al universo.
Tercera llamada: Alba. Contesté al segundo timbrazo.
—Hola, desastre —dijo ella, y su voz era como un bálsamo—. Esta noche sales conmigo. Sí o sí. No acepto excusas.
—Alba, estoy hecha polvo…
—Precisamente. Por eso vamos a emborracharnos. O al menos a tomar dos cañas y reírnos de la vida. Te necesito, Lucía. Mi jefe es un capullo y mi madre me ha dicho que estoy gorda. Necesito que me digas que no estoy gorda y que mi jefe se va a ir al infierno.
Casi sonreí. Casi.
—Vale —dije—. Pero me pones la primera ronda.
—Trato hecho. Y Lucía…
—¿Qué?
—Te quiero, desastre.
—Yo también, drama Queen .
Colgué. Y entonces, justo entonces, mientras cruzaba el paso de peatones de la calle Larios, escuché el ruido.
Un motor. Cerca. Demasiado cerca.
Levanté la vista y vi el coche reluciente y absurdamente caro que se acercaba a una velocidad incomprensible en una zona peatonal.
Mi cerebro tardó medio segundo en procesar la información.
Mis piernas, menos. Salté hacia atrás, tropecé con el bordillo y sentí cómo el vehículo pasaba rozándome, deteniéndose con un chirrido que me perforó los tímpanos.
El mundo se detuvo.
Llevaba la bolsa del gazpacho en una mano. El móvil en la otra. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho. Y entonces la puerta del coche se abrió y salió él.
Alto. Moreno. Elegante de esa forma que solo tienen los que nunca han tenido que preocuparse por el dinero. Llevaba una camisa blanca que probablemente costaba más que mi alquiler y en su rostro había una expresión de enfado que me hizo ver rojo.
—¿Estás loca? —gritó, caminando hacia mí—. ¿No ves por dónde cruzas?
Yo estaba temblando. Literalmente temblando. La adrenalina me recorría las venas como una descarga eléctrica. Podría haber muerto. Podría estar ahora mismo debajo de esas ruedas, en lugar de estar de pie, gritando como una loca.
—¿Yo estoy loca? —Grité de vuelta, dejando caer la bolsa al suelo—. ¡Tú eres un niñato con complejo de Ferrari! ¡Esto es un paso de peatones! ¡Tienes que frenar!
—He frenado —dijo él, con esa voz fría, educada, que me sacó de quicio—. Pero deberías mirar por dónde andas. Podrías haber destrozado el coche.
Destrozado el coche. Destrozado el coche. Como si yo fuera un objeto. Como si mi vida valiera menos que su maldito coche deportivo.
Algo se rompió dentro de mí. No sé qué. Quizás el último resorte de paciencia que me quedaba. Quizás la vergüenza que normalmente me impediría decir lo que pensaba. Sea como fuere, solté una carcajada. Una risa amarga, alta, que sonó histérica incluso a mis propios oídos.
—¿Sabes qué? —dije, acercándome a él, mirándolo a los ojos sin miedo—. Si me atropellas, al menos dejo de pagar préstamos.
Se quedó completamente descolocado. Vi cómo sus ojos, grises, fríos, preciosos ojos de anuncio de colonia, se abrían como platos. Vi cómo su boca se movía sin emitir sonido. Vi cómo intentaba procesar lo que acababa de decirle.
Y entonces, sin saber muy bien por qué, le sonreí. No una sonrisa amable. Una sonrisa de desafío. De «He visto cosas peores que tú, niñato». De «No me intimidas».
Me agaché, recogí mi bolsa del suelo, donde el gazpacho se había derramado un poco, pero aún servía, y me di la vuelta.
—Que tengas buen día —dije por encima del hombro—. Y baja la velocidad, que algún día vas a matar a alguien. O peor, dejarla lisiada. Y entonces tendrás que pagar más que el coche.
Caminé rápido, sin mirar atrás. Oí que él decía algo, pero no me detuve. No quería saber. No quería darle la satisfacción de una disculpa, de una explicación, de nada.
Mi móvil volvió a sonar. Era mi madre otra vez. Contesté sin pensar, caminando a paso rápido, alejándome de la escena.
—¿Hija? Se cortó antes…
—Mamá, no puedo hablar ahora —dije, y mi voz sonaba extraña, agitada—. Casi me atropella un idiota en un deportivo. Un niñato con complejo de… de… no sé qué. Un capullo. Un gilipollas con traje de lino.
—¿Qué? ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? ¿Dónde estás?
—Estoy bien —mentí—. Solo estoy enfadada. Estoy harta, mamá. Harta de que todo el mundo me trate como si fuera invisible. Como si mi vida no valiera nada. Como si fuera un estorbo en el camino de la gente importante.
—Hija…
—Tengo que colgar. Te llamo luego. De verdad.
Colgué. Seguí caminando. El corazón me latía a mil, pero no de miedo. De rabia. De esa rabia sorda que llevo años acumulando. Rabia contra Víctor, contra los bancos, contra los coches deportivos, contra la vida que me había tocado en suerte.
Y entonces, cuando ya había doblado la esquina y el coche rojo había desaparecido de mi vista, me di cuenta de algo.
Me había olvidado de tener miedo.
Durante treinta segundos, mientras le gritaba a ese desconocido arrogante, no había pensado en las deudas. No había pensado en Víctor. No había pensado en nada más que en mi propia voz, en mi propia rabia, en el simple hecho de estar viva y enfadada y presente.
Fue reconfortante. Y aterrador.
Llegué al centro veinte minutos después.
El banco donde trabajaba Alba estaba en una calle peatonal cerca de la plaza de la Constitución, pero yo no entraba por la puerta principal.
Alba me había enseñado el truco: una cafetería pequeña, anexa a la sucursal, donde los empleados hacían sus descansos y donde ella podía salir sin que el jefe capullo la viera.
Me senté en una mesa de la terraza, pedí un café con leche que pagué con monedas, contando cada céntimo como si fueran gemas, y esperé.
Alba salió a los cinco minutos. Llevaba su uniforme de cajera, esa camisa azul horrorosa que le sentaba como un saco, pero seguía siendo la mujer más guapa del barrio. Rubia, alta, con esa sonrisa que iluminaba cualquier habitación.
—Madre mía —dijo, sentándose frente a mí y cogiendo mi café sin pedir permiso—. Parece que has visto un fantasma. ¿Qué ha pasado?
—Que casi me atropellan. Y sí, podría decirse que era un fantasma, porque ahora que caigo, resulta que es el tío al que tiré el café encima el otro día.
Yo creo que me ha buscado para vengarse —dije, y le conté todo.
El coche. El frenazo. El imbécil arrogante está saliendo a gritarme. Mi respuesta. Su cara de sorpresa.
Alba se rio. Se rio a carcajadas, sin control, de esa risa suya que me hacía sentir que no estaba tan loca como creía.
—Dios, Lucía —dijo, secándose las lágrimas—. ¿Le dijiste eso? ¿«Si me atropellas, al menos dejo de pagar préstamos»?
—Se me escapó —dije, encogiéndome de hombros—. Pero es verdad. A veces pienso que morirme sería más fácil que seguir lidiando con todo esto.
La risa de Alba se cortó de golpe. Me miró seria.
—No digas eso —dijo, bajando la voz—. No digas eso ni en broma, Lucía. Por favor.
—Es solo… —suspiré—. Es solo que hoy ha sido un día de mierda, Alba. Las llamadas de los acreedores. Mi madre preguntándome cuándo me casaré. El trabajo. El calor. Y luego ese tío, con su coche de diez mil euros, mirándome como si fuera basura en su camino.
Alba me tomó la mano. Sus dedos eran cálidos, fuertes.
—Ese tío es un capullo —dijo—. Y tú eres la persona más fuerte que conozco. Y esta noche vamos a emborracharnos un poco y a reírnos de los capullos con coches caros. Y mañana será otro día.
—Mañana trabajo en el bufete Valcárcel —dije—. Y luego cuido a la señora Carmen.
—¿Y cómo va eso? —preguntó Alba, cambiando de tema con la habilidad de quien sabe cuándo hay que dejar un tema en paz—. ¿La señora está bien?
—Está bien —dije, y por primera vez en la conversación sonreí de verdad—. Me envió un mensaje para decirme que, al fin, su nieto, el arquitecto de Madrid, ha venido a verla.
—¿En serio? —Alba arqueó una ceja—. ¿El guapo y rígido? Justo tu tipo de hombre.
—No tengo tipo —dije—. Y, además, me da igual. No tengo tiempo para hombres. Ni dinero. Ni paciencia.
—Pero tiene dinero, ¿no? —dijo Alba, con esa sonrisa traviesa—. Si es arquitecto y nieto de esa señora, seguro que tiene pasta.
—Alba…
—Vamos, Lucía. Un Sugar Daddy . Eso es lo que necesitas. Un tío con dinero que te saqué de esta mierda —sonreí, porque sabía que lo decía en broma.
—No quiero depender de nadie —dije, firme—. Ya me la colaron una vez. No voy a caer otra vez.
Alba asintió. Me conocía lo suficiente como para no insistir.
—Vale —dijo—. Entonces olvidamos a los hombres. Esta noche es solo para nosotras. Para quejarnos, para reírnos, para recordar que el mundo es una mierda pero que al menos estamos juntas en ello.
—Trato hecho —dije, levantando mi café en un brindis invisible.
Miré alrededor. La cafetería estaba llena de gente normal. Gente con problemas normales. Gente que no debía miles de euros por culpa de un ex psicópata. Gente que no había discutido esa mañana con un desconocido en medio de la calle.
Y por un momento, sentí envidia. Una envidia sorda, amarga, que se mezcló con el café y se me fue por la garganta.
Pero luego miré a Alba. A su sonrisa. A su apoyo incondicional. Y pensé que quizás, solo quizás, no estaba tan sola como creía.
—A las ocho —dije—. En el bar de siempre. Y me invitas a la primera.
—Te invito a las dos primeras —dijo Alba, levantándose—. Y luego bailamos. O lloramos. O lo que sea que necesitemos.
Me quedé sola en la terraza, terminando mi café. El sol seguía alto, el calor seguía sofocante, y mi vida seguía siendo un desastre.
Pero tenía un plan para esa noche. Tenía a mi amiga. Y tenía la certeza de que, aunque el mundo me tirara café encima, literal o metafóricamente, yo seguiría caminando.
Porque era lo único que sabía hacer. Seguir adelante. Un paso tras otro. Hasta que el suelo dejara de tambalearse.
O hasta que me tocara la lotería.
Y entonces, sí, probablemente me moriría de un infarto antes de cobrarla.
Pero al menos habría valido la pena intentarlo.