El desastre perfecto Capítulo 4
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Capítulo 4

Alejandro

La casa de mi abuela Carmen olía exactamente como recordaba.

A jazmín, a limón, a algo antiguo y seguro.

El portón de madera se abrió con su chirrido familiar y entré en el patio antes de llamar.

Siempre entraba así. Desde pequeño, este había sido mi refugio, el lugar al que venía cuando las cosas en Madrid se volvían demasiado complicadas.

Mi abuela estaba en el porche, sentada en su mecedora, con el pelo blanco perfectamente peinado y su collar de perlas. Parecía una reina exiliada en su propio reino. A sus ochenta y seis años, seguía teniendo más presencia que cualquier ejecutivo con el que hubiera tratado.

—Alejandro, cariño —dijo, sin levantarse, sin sorpresa, como si supiera que llegaba en ese preciso momento—. Estás hecho un desastre.

—Hola, abuela —besé su mejilla arrugada, oliendo su perfume familiar—. Ha sido un accidente en el camino. Una mujer me ha tirado café encima.

—¿Una mujer? —Una ceja perfectamente dibujada se arqueó—. ¿Guapa?

—Abuela…

—Contéstame.

Suspiré. Carmen siempre conseguía que respondiera a preguntas que no quería responder.

—Sí. Era guapa. Pero está loca. Me ha tirado café, se ha reído y se ha ido.

Carmen sonrió. Esa sonrisa suya que significaba que sabía algo que yo ignoraba.

—Suena interesante —dijo—. Ven, siéntate.

—Abuela, necesito cambiarme. Estoy empapado.

Me cambié en el baño de mi abuela con la precisión de un cirujano y la mente de un hombre que acababa de perder el control de su propia vida.

La camisa manchada de café cayó al cesto de la ropa sucia con un sonido sordo, como si fuera un cadáver.

Me puse una de las camisas que mi abuela guardaba siempre para mí en el armario del cuarto de invitados, una camisa azul clara, impecable, que olía a lavanda y a algo antiguo, y me miré al espejo.

Los ojos que me devolvieron la mirada eran los mismos de siempre: gris verdoso, fríos, profesionales. Pero había algo diferente. Una chispa. Una pregunta sin responder. ¿Quién es esa mujer?

Solo tenía un rostro. Y una risa que sonaba como campanas lejanas en mi memoria, perturbando el orden que tanto me costaba mantener.

Salí del baño y encontré a mi abuela en el patio, sentada bajo el porche, preparando limonada con el ritual pausado que había visto miles de veces a lo largo de mi vida.

El sol de la tarde caía oblicuo sobre el jardín, iluminando los jazmines que trepaban por las paredes blancas.

Era un escenario idílico, perfecto, diseñado para la calma.

Y yo estaba todo lo contrario de calmado.

—Ven, siéntate —dijo sin girarse, como si me hubiera oído llegar—. La limonada está en su punto. Y tú necesitas algo frío. Parece que has visto un fantasma.

—He visto algo peor. Una mujer reírse de mi desgracia después de tirarme café. ¿Quién se ríe después de arrojarle café a un desconocido? ¿Quién…?

—¿Quién te hace perder los papeles? —interrumpió, y su voz tenía un toque burlón—. Porque eso es lo que realmente te molesta, ¿verdad? Que no se ha disculpado temblando. Que no te ha pedido perdón diez veces. Que no ha medido cada palabra como hacen todos los demás contigo.

Dejé el vaso sobre la mesa. La limonada estaba perfecta, como todo lo que hacía ella. Ácida, dulce, refrescante. Pero yo no podía disfrutarla. Tenía la mente en otra parte. En esos ojos color miel. En esa risa irreverente.

—No lo entiendes —dije, eligiendo las palabras con cuidado—. No es que me haya tirado café. Es… su actitud. Es como si no le importara nada.

—O como si le importara demasiado —dijo, y sus ojos azules me miraron con una intensidad que me hizo sentir incómodo—. Cada quién sabe qué batallas está luchando, y no sé quién será esa mujer, pero ella ha elegido reírse. Y eso, cariño, eso es lo que tú no sabes hacer.

Quise preguntar a qué venía eso de que yo no sabía reírme, pero mi abuela cambió de tema con la habilidad de quien lleva décadas manejando conversaciones familiares.

—Cuéntame —dijo, reclinándose en su silla—. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Málaga? ¿Tres días? ¿Cuatro? ¿El tiempo suficiente para hacerme compañía y fingir que descansas antes de volver a tu jaula de cristal en Madrid?

—Abuela…

—No me vengas con evasivas. Te conozco mejor de lo que te conoces tú mismo.

Suspiré. Era verdad. Ella siempre me había conocido mejor que nadie. Incluso cuando era niño, ella veía a través de mis excusas, de mis «Estoy bien», de mis sonrisas de conveniencia.

—Me quedaré lo suficiente para desconectar del trabajo —dije—. Pero no como para quedarme a vivir definitivamente. Tengo el estudio, tengo proyectos, tengo…

—Tienes excusas —terminó ella por mí—. Siempre tienes excusas.

El silencio cayó entre nosotros, pesado pero cálido. El silencio de quienes se quieren demasiado como para mentirse. Escuché el sonido de la fuente en el jardín, el canto de los pájaros, el susurro de las hojas de los limoneros.

—Trabajas demasiado —dijo finalmente, y su voz había perdido el tono burlón. Ahora sonaba preocupada. Auténticamente preocupada—. Eso no es saludable, Alejandro. Cualquier día te da un apechusque y la roscas.

Me reí. No pude evitarlo. La expresión era tan de Carmen, tan antigua, tan suya.

—No te preocupes —dije, cogiendo su mano arrugada entre las mías—. Tienes nieto para rato. Voy a vivir más que tú solo para fastidiarte.

Pero ella no sonrió. Su expresión se volvió seria, casi triste. Y cuando habló, su voz fue un susurro que me heló la sangre.

—Eso dices —dijo—. Pero aun siendo más joven que yo, veo que te da un infarto antes de los cuarenta, como le pasó a tu padre.

El tiempo se detuvo.

Mi padre. El fantasma que llevaba veinte años rondando nuestra familia. El hombre que había sido tan parecido a mí, perfeccionista, trabajador obsesivo e incapaz de parar, y que había caído fulminado a los cuarenta y dos años, dejando a mi madre viuda y a mí huérfano a los diecisiete.

Lo recordé en ese instante con una claridad dolorosa.

Su oficina en casa, las luces encendidas hasta la madrugada, las pastillas para el corazón que guardaba en el cajón y que nunca tomaba porque «No tenía tiempo de estar enfermo».

El día que lo encontraron, había estado trabajando en un proyecto. Había muerto con un plano en las manos.

—Abuela…

—No digas nada —dijo ella, apretando mi mano con una fuerza sorprendente para alguien de su edad—. Solo piénsalo. Piénsalo de verdad. ¿Es esto lo que quieres? ¿Ser un hombre exitoso que muere solo en su despacho?

Me quedé en silencio. No podía responder.

No quería responder. Porque en el fondo, en lo más profundo de mi ser, sabía que tenía razón.

Que llevaba años corriendo hacia el mismo precipicio.

Que cada proyecto terminado, cada éxito profesional, era solo una forma de llenar un vacío que no sabía cómo nombrar.

Pasaron minutos. Quizás horas. El sol se movió en el cielo, cambiando los ángulos de las sombras en el patio. Seguimos allí sentados, mi abuela y yo, en un silencio que decía más que mil palabras.

Y entonces ella volvió a hablar, cambiando de tema con brusquedad, como si no hubiera destrozado mi mundo con una sola frase.

—Lucía viene en unos días —dijo—. Los jueves y viernes por la tarde y los sábados por la mañana.

—¿Quién es Lucía?

—La chica que me ayuda. Tu tío Javier y tu madre tienen sus propias vidas y sus propios trabajos. Lucía viene a hacerme compañía, a llevarme de paseo, a escucharme hablar de cuando eras pequeño y hacías travesuras.

—Yo no hacía travesuras —protesté débilmente—. Yo era un niño ordenado.

—Tú eras un niño que intentaba controlar el mundo desde los cinco años —corrigió ella—. Y Lucía es una mujer que aprendió que el mundo no se puede controlar. Por eso os vais a llevar tan mal. O tan bien. Depende de cómo miréis las cosas.

—No creo que nos llevemos de ninguna manera —dije—. No la voy a conocer. Mañana me voy a…

—¿A dónde? —interrumpió Carmen—. ¿A tu casa vacía? ¿A tu despacho portátil? ¿A seguir huyendo?

No respondí. Porque no tenía respuesta.

Después de un rato, cuando el sol empezó a declinar y el aire se volvió más fresco, me levanté. Besé a mi abuela en la frente, oliendo su perfume familiar, aferrándome a su presencia como quien se aferra a un salvavidas.

—Voy a acomodarme en mi casa —dije—. Necesito… necesito ordenar mis cosas. Pensar.

—Pensar está bien —dijo ella—. Pero no pienses demasiado. A veces hay que sentir, Alejandro. Aunque duela.

—Volveré mañana —prometí—. Temprano. Te llevaré a desayunar fuera.

—No hace falta. Lucía me hará tortilla. Pero puedes venir a tomar un café. A las nueve. Punto.

Asentí. Y me fui.

Conduje de vuelta a mi casa con la mente en mil lugares a la vez. Mi casa, la que yo mismo había diseñado, me recibió con su silencio impecable, con su orden geométrico, con su vacío que ahora parecía más evidente que nunca.

Dejé las llaves sobre la consola de entrada, exactamente en el ángulo de 90 grados que correspondía. Me quité los zapatos y los alineé junto a la puerta. Todo en su sitio. Todo bajo control.

Y entonces me detuve.

En medio del salón, con vistas al jardín iluminado por la luz del atardecer, me di cuenta de algo terrible: no recordaba el trayecto de vuelta.

No recordaba haber conducido. Había estado tan absorto en mis pensamientos que mi cuerpo había funcionado en piloto automático, mientras mi mente viajaba a otro lugar.

A ella.

Me senté en el sofá y cerré los ojos. Y allí estaba la mujer del café, con el pelo despeinado y el vestido verde. Con su risa que no pedía permiso. Con sus ojos color miel que me habían mirado sin miedo, sin admiración, sin la reverencia a la que estaba acostumbrado.

Nadie me hablaba así. Nadie se reía de mí. Nadie me desafiaba. Y sin embargo…

Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en ella. En la forma en que se había disculpado sin disculparse realmente.

Me levanté y fui hasta la cocina. Abrí el frigorífico —organizado con precisión militar— y saqué una cerveza. No bebía habitualmente, pero esa noche lo necesitaba. Necesitaba algo que me devolviera al presente, que borrara de mi mente esa risa perturbadora.

No funcionó.

Estaba sentado en la terraza, mirando el mar que se oscurecía en el horizonte, cuando mi teléfono vibró. Era Héctor.

—¿Y bien? —dijo, sin saludar—. ¿Has visto a tu abuela? ¿Estás disfrutando del paraíso malagueño? ¿Has conocido a alguna morena guapa en la playa?

—He conocido a una mujer —dije, y la frase salió de mi boca antes de poder detenerla.

Silencio al otro lado. Luego, una carcajada.

—¡Joder, Alejandro! ¡No me lo esperaba de ti! ¿Dónde la has conocido? ¿Es guapa? ¿Te ha tirado los tejos? ¿Has…?

—Me ha tirado café encima —interrumpí—. Y se ha reído.

Otra pausa. Cuando Héctor volvió a hablar, su voz había cambiado. Tenía un deje de seriedad que no solía emplear.

—Alejandro —dijo—. Escúchame bien. Una mujer que te hace perder los papeles, que te saca de tu zona de confort y te obliga a sentir algo más allá del control… esa mujer es peligrosa. Pero puede ser exactamente lo que necesitas.

—No necesito nada —mentí.

—Todos necesitamos algo —dijo Héctor—. Incluso tú, amigo. Incluso tú.

Colgué. Y me quedé solo, con el sonido de las olas lejanas y el recuerdo de una risa que no podía borrar.

Y por primera vez en años, sentía algo que no podía nombrar, algo que no encajaba en mis planos ni en mis estructuras.

Algo que olía a café derramado y a jazmín.

Algo que me aterraba más que cualquier proyecto.

Algo que tal vez era exactamente lo que necesitaba.