El desastre perfecto Capítulo 3
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Capítulo 3

Alejandro

El proyecto de la Torre Mirabel llevaba exactamente catorce meses, tres semanas y dos días en mi mesa.

Lo sabía porque había empezado a trabajar en él el mismo día en que firmé el divorcio, como si aquella estructura de cristal y acero pudiera compensar el fracaso de mi matrimonio.

Y ahora, aquel martes de julio, estaba a punto de entregarlo.

Mi despacho en el ático del edificio Medina Arquitectura, el estudio que Héctor y yo habíamos levantado desde cero hasta convertirlo en uno de los más prestigiosos de Madrid, tenía unas vistas a la ciudad que muchos envidiaban.

Yo solo veía líneas que no encajaban, sombras que caían donde no debían, detalles que exigían perfección.

La maqueta de la torre ocupaba el centro de la mesa, impecable, iluminada por focos que la hacían parecer un objeto de culto. Y, en cierto modo, lo era. Era mi obsesión. Mi hijo de cristal.

—Alejandro, la reunión con los inversores empieza en cuarenta minutos —dijo Marta, mi asistente, asomando la cabeza por la puerta—. ¿Quieres que prepare el coche?

—No —respondí sin levantar la vista de los planos—. Llegaré por mi cuenta. Y Marta, estos planos tienen un error en la escala del vestíbulo. Dile a Diego que lo revise antes de la presentación.

—Pero eso son tres mil hojas…

—Que las revise todas.

Marta suspiró. Lo hacía a menudo en mi presencia. Yo lo sabía porque el sonido era inconfundible, aunque nunca le daba importancia. Mi equipo estaba acostumbrado a mi perfeccionismo. O al menos eso creía yo.

Todo funcionaba. Mi agenda estaba programada hasta el último minuto.

Mis reuniones empezaban y terminaban a la hora exacta.

Mi vida transcurría con la precisión de un mecanismo de relojería suizo.

No había espacio para imprevistos, retrasos ni para ese caos emocional que tanto detestaba.

Después del divorcio de Marta, mi exmujer, no mi asistente, aunque el nombre resultaba irónico, había jurado que nunca más perdería el control.

Y mantenía esa promesa con la disciplina de un monje.

Estaba revisando los últimos cálculos estructurales cuando sonó el móvil. Miré la pantalla: Mamá. Dudé. Mi madre solo llamaba en horario de oficina cuando algo iba mal. O cuando quería recordarme cosas que prefería olvidar.

—Dime —respondí, manteniendo la voz neutra.

—Alejandro, no me trates como si fueras el director de una multinacional y yo tu secretaria —dijo ella, directa como siempre—. Soy tu madre. Y te llamo porque hace tres meses que no pisas Málaga. Tu abuela pregunta por ti cada vez que hablo con ella.

Apreté los párpados. Carmen. Mi abuela. La única persona en el mundo, literalmente la única, que me decía la verdad sin miedo a las consecuencias. La única que me miraba con esos ojos azules que parecían ver a través de todas mis armaduras y me decía: «Cariño, estás hecho un desastre y lo sabes».

—Estoy con un proyecto importante, mamá —dije—. La Torre Mirabel. La presentación es hoy.

—Y mañana tendrás otra torre. Y pasado otra. Y dentro de un año seguirás poniendo excusas mientras tu abuela cumple ochenta y seis años y tú ni siquiera sabes si tiene un nuevo médico o si sigue tomando las pastillas para la tensión.

Su voz no tenía reproche, sino preocupación. Eso era peor. Mi madre nunca me hacía sentir culpable directamente. Simplemente planteaba la verdad y me dejaba con ella, como quien deja un gato muerto en el felpudo.

—La llamaré esta semana —dije.

—No. Irás a verla. Esta semana. O me planto yo misma en tu despacho y te arrastro hasta el AVE.

Casi sonreí. Casi. Mi madre era capaz de hacerlo. De eso no había duda.

—Está bien —concedí—. Iré. Pero después de la presentación de hoy. Y solo unos días.

Colgué y me quedé mirando la maqueta. La Torre Mirabel. Mi obra maestra. Mi refugio contra el desorden del mundo.

Héctor entró sin llamar, como hacía siempre. Llevaba vaqueros rotos y una camiseta de algún festival de música indie. Mi socio, mi hermano de sangre no genética, mi polo opuesto en todo.

—¿Listo para la presentación, señor Perfección? —dijo, sentándose en el borde de mi mesa y haciendo crujir una de las maquetas.

—Quítate de ahí —dije sin levantar la vista—. Y no me llames así.

—Es tu nombre de pila. Alejandro Medina, alias Señor Perfección, el hombre que organiza los lápices por gradación cromática y tiene los calcetines ordenados por días de la semana.

—Tengo los calcetines ordenados por colores, no por días. Y eso es eficiencia, no obsesión.

Héctor se rio. Esa risa suya que llenaba habitaciones y molestaba a los vecinos.

—He oído la conversación con tu madre —dijo, cambiando de tema con la sutileza de un elefante en una cristalería—. Deberías ir a Málaga. Llevas demasiado tiempo sin descansar.

—No necesito vacaciones —respondí, marcando una corrección en el plano con un lápiz rojo.

—Necesitas recordar que eres una persona y no un programa informático con traje.

Levanté la vista por primera vez. Héctor me miraba con esa mezcla de preocupación y burla que había perfeccionado a lo largo de nuestra amistad de quince años.

—Funciono bien así —dije—. El control me funciona.

—El control te está convirtiendo en un robot, Alejandro. Marta se fue hace dos años y tú sigues actuando como si el mundo fuera a acabar si no revisas tres veces cada coma de tus planos.

—Marta se fue porque no soportaba mi trabajo —dije, sintiendo un pinchazo viejo en el pecho—. No porque yo fuera perfeccionista.

—Marta se fue porque no conseguías ver más allá de tus malditos planos —replicó Héctor, bajando la voz—.

Y ahora estás a punto de convertirte en un hombre de cincuenta años con un estudio brillante y sin nadie con quien compartirlo.

Ve a Málaga. Ve a tu abuela. Respira aire que no huela a tinta de impresora.

No respondí. No había nada que decir. Héctor tenía razón, lo cual me irritaba profundamente. Siempre tenía razón cuando se trataba de personas, mientras que yo la tenía cuando se trataba de estructuras. Las estructuras eran fáciles. Las personas eran un caos puro.

—Iré —dije finalmente—. Después de la presentación. Tres días. Ni uno más.

—Eso es espíritu —dijo Héctor, levantándose y dirigiéndose a la puerta—. Y lleva ropa de verano, que con el traje de Armani que llevas puesto parece que vas a un funeral.

La presentación fue un éxito. Los inversores firmaron. La Torre Mirabel se construiría. Debería haber sentido euforia. En su lugar, sentí vacío. Esa sensación familiar de que cada logro solo servía para llenar un agujero que seguía ahí, inmóvil, bajo la superficie.

Cancelé mis reuniones de los próximos días. Hice una maleta con la eficiencia de quien ha hecho demasiadas veces el mismo gesto: tres camisas de lino, dos pantalones de algodón, bañador, zapatillas, el neceser con todo ordenado por categorías. Mi vida en una maleta de cabina.

El AVE Madrid-Málaga tardaba dos horas y cuarenta minutos.

Las pasé revisando correos, respondiendo mensajes, organizando la agenda de la semana siguiente.

Cuando el tren entró en la estación de Málaga-María Zambrano, sentí algo extraño en el pecho.

Alivio, quizás. O miedo. No sabía distinguirlos ya.

Alquilé un coche en el aeropuerto. No el deportivo que habría elegido Héctor, sino un sedán elegante, discreto, cómodo.

Un coche de adulto responsable. Conduje hasta la casa que había diseñado años atrás en las afueras de la ciudad, la que usaba como refugio cuando el trabajo me permitía escapar de Madrid.

La casa estaba exactamente como la recordaba. Demasiado grande para una sola persona. Demasiado silenciosa. Pero perfecta. Cada línea, cada espacio, cada juego de luces era exactamente como lo había planeado. No había sorpresas. No había caos.

Dejé la maleta en el dormitorio principal, la suite con vistas al mar que nunca compartía con nadie, y me miré al espejo. Barba de tres días. Ojos cansados. Camisa blanca impecable. Pantalones oscuros. Mocasines. El uniforme de batalla.

Decidí ir directamente a casa de mi abuela. Cuanto antes cumpliera con mi obligación familiar, antes podría volver a Madrid, a mi orden, a mi control. Esa era la lógica que me gobernaba.

Cogí las llaves del coche y salí. El sol de Málaga me golpeó con una intensidad que olvidaba cada vez que me iba. Julio. El calor pegajoso de la Costa del Sol. El olor a jazmín y a salitre. Todo me resultaba extrañamente familiar e incómodo a la vez.

Conducía hacia la urbanización donde vivía mi abuela Carmen. Iba pensando en el siguiente proyecto, en los planos que debía revisar y en la reunión del lunes con el equipo de ingenieros. Paré frente a una cafetería y entré a por un café; necesitaba uno a toda costa.

Cuando salí de allí, con mi café humeante en la mano y mirando el móvil con algunos correos importantes, el mundo que me rodeaba literalmente dejó de existir. Hasta que fue demasiado tarde.

El impacto llegó de lleno y caliente, muy caliente, por partida doble. Cerré los ojos y maldije porque no me podía estar pasando eso, de verdad que no.

Al abrir los ojos, me encontré con una mujer cargando una bolsa de panadería en cada mano, un café en una de esas tazas de cartón que odiaba, y algo en la boca que parecía un croissant.

Llevaba el pelo suelto, salvaje, una melena castaña que le caía por los hombros en ondas despeinadas.

Vestía un vestido verde que se pegaba a su cuerpo de formas generosas y unas sandalias que hacían que sus piernas parecieran interminables.

Su café había salido disparado de su mano como un proyectil y se estrelló contra mi pecho, contra mi camisa blanca de lino italiano, dejando una mancha marrón que se expandía con una rapidez humillante.

Y, para colmo, había ocurrido lo mismo con mi café, por lo que la mancha empezaba a parecerse a algún país en un mapamundi.

Ella se quedó inmóvil en medio de la calle, mirándome con unos ojos color miel que parecían demasiado grandes para su cara. Tenía una boca perfecta, pintada de rojo, y en ese momento estaba abierta en una o de sorpresa que habría resultado cómica si no estuviera empapado en café caliente.

Ella parpadeó. Miró la mancha. Y entonces hizo algo que no esperaba. Se echó a reír.

No una risa nerviosa ni una disculpa tartamudeada. Una carcajada auténtica, profunda, que venía de la barriga y transformó su expresión de sorpresa en algo cercano a la belleza. Una belleza desordenada, caótica, absolutamente fuera de lugar en mi mundo de líneas rectas y ángulos perfectos.

—Bueno… —dijo, recuperando el aliento—. Creo que vas a tener que meterla en la lavadora en cuanto llegues a casa.

La miré. Realmente la miré por primera vez. Y me di cuenta de que estaba perdiendo el control. De que esta mujer, con su café volador y su risa inapropiada, acababa de romper algo de mi preciosa rutina.

—¿Perdón? —dije, consciente de que mi voz sonaba más fría de lo que pretendía.

—Que al menos el café era bueno —dijo ella, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me desconcertó—. Eso siempre ayuda.

—¿Acabas de tirarme dos cafés encima y esa es tu disculpa?

—No, mi disculpa era «perdón», pero la he perdido entre el susto y el café —respondió y sonrió.

Esa sonrisa era peligrosa. Lo supe en ese instante. Era el tipo de sonrisa que desarmaba defensas, que hacía que uno olvidara por qué estaba enfadado, que prometía que el caos tenía su lado bueno.

—Deberías mirar por dónde cruzas —dije, intentando recuperar la autoridad que sentía que se me escapaba entre los dedos.

—Y usted debería ir más atento al entorno que al móvil —replicó ella, sin perder la sonrisa—. Pero aquí estamos los dos, con café en su camisa y sin croissant en mi boca. La vida es injusta.

Se dio la vuelta. Empezó a caminar. Y yo me quedé allí, parado en medio de la calle, con el café escurriéndome por el estómago, sintiendo algo que no lograba identificar.

No era solo enfado. Era… fascinación. Repulsión y atracción mezcladas.

Como mirar un accidente de tráfico del que no puedes apartar la vista.

—¡Oye! —La llamé y ella se giró con una ceja arqueada y esa boca curvada en algo entre el desafío y la diversión.

—Yo que usted me cambiaría antes de que se extienda más, que esa mancha parece Canadá —dijo, sin darme tiempo a hablar.

Y se fue. Caminó con paso rápido, desapareciendo por una esquina, dejándome con la camisa manchada y una sensación de desconcierto absoluto.

Subí al coche, lo puse en marcha, miré la mancha en mi camisa y suspiré. Llegaría a casa de mi abuela oliendo a café con leche y con la ropa hecha un desastre. Eso no estaba en mi plan.