El desastre perfecto Capítulo 2
4%

Capítulo 2

Lucía

Caminé hasta la siguiente casa, la de la señora Ruiz, una viuda de ochenta años que me recibió con su bastón y su perro pequinés que me odiaba con pasión.

Allí el trabajo era más ligero: cambiar sábanas, fregar el baño, pasar la mopa por el suelo.

Pero el tiempo se alargaba porque la señora Ruiz necesitaba hablar.

Necesitaba contarme por enésima vez cómo había conocido a su marido décadas atrás, cómo habían bailado un pasodoble en la feria de Málaga, cómo él le había regalado una peineta de nácar.

Yo escuchaba. Siempre escuchaba. Porque sabía que, para muchas de estas personas, yo era la única conversación humana que tendrían durante todo el día. Y eso valía más que cualquier dinero.

—Lucía, hija —dijo la señora Ruiz mientras yo doblaba las sábanas—, tú eres demasiado joven y demasiado guapa para estar limpiando casas ajenas. ¿No tienes novio?

—Tuve uno, señora —respondí sin detenerme—. Resultó ser un estafador que me dejó endeudada hasta las cejas. Ahora mi único romance es con el director del banco, que me escribe cartas de amor muy amenazantes.

La señora Ruiz se quedó en silencio un momento y luego soltó una carcajada que parecía improbable viniendo de alguien tan pequeña y frágil.

—Eres una sinvergüenza. Me caes bien. Cuando me muera, te dejaré algo en el testamento.

—No me hable de morirse, señora, que todavía tiene que enseñarme a hacer esa sopa de ajo que me prometió —respondí, besándole la mejilla arrugada antes de marcharme.

La tercera casa, la de los Gómez, fue más rápida. Un matrimonio joven; ambos trabajaban. Apenas se cruzaron conmigo. Dejaron el dinero sobre la mesa y un post-it que decía «Gracias, Lucía. Eres la mejor». Sonreí al leerlo. Pequeños gestos que hacían que el día fuera soportable.

A la una del mediodía, cuando terminé en la casa de los Gómez, estaba agotada. La espalda me dolía, las manos me olían a lejía y el sol de fuera apretaba con fuerza. Pero tenía tres horas libres antes de mi siguiente compromiso y eso significaba una cosa: quedar con Alba.

Me cambié de ropa en un baño público. Un vestido verde que me sentaba de maravilla, unos pendientes que me aportaban brillo a los ojos y un poco de pintalabios rojo que transformaba mi cara de cansancio en algo cercano a la belleza, y caminé hasta el centro.

Hacia el bar donde Alba me estaría esperando con dos cañas y media hora de chismes acumulados.

El bar estaba en una calle peatonal cerca del puerto, con una terraza bajo toldos que daban sombra y con una música agradable que no obligaba a gritar. Alba ya estaba allí, sentada en una mesa de hierro forjado, con su melena rubia perfectamente peinada y su sonrisa de anuncio de pasta de dientes.

—Madre mía, si hasta estás guapa —dijo Alba cuando me senté—. ¿Cómo es posible que, después de limpiar tres casas, parezcas recién salida de una sesión de fotos?

—Es el brillo de la pobreza —respondí cogiendo la caña que Alba me había pedido—. Cuando no tienes nada, al menos tienes que lucir bien.

Alba negó con la cabeza, pero sonrió. Esa sonrisa que decía «Te quiero, aunque estés loca».

—¿Y? —preguntó Alba, bajando la voz—. ¿Alguna novedad con el tema…?

No hacía falta que terminara la frase. Sabía a qué se refería. Saqué la carta del bolso y la dejé sobre la mesa. Alba la leyó en silencio, con el ceño cada vez más fruncido, hasta que finalmente golpeó la mesa con la mano.

—Esto es una mierda, Lucía. Una puta mierda. Tienes que denunciarle. Tienes que ir a la policía, a un abogado, a quien sea. No puedes seguir así.

—¿Y qué quieres que haga, Alba? —Me terminé la caña de un trago—. ¿Que vaya a la policía y les diga que mi exnovio me estafó? ¿Que se abra un proceso judicial que durará años y costará dinero que no tengo? ¿Que meta a Víctor en la cárcel y yo quede como la tonta que firmó papeles sin leer?

—No eras tonta —dijo Alba, cogiéndome la mano—. Él te manipuló. Te engañó. Te hizo creer que esos papeles eran para otra cosa.

—Lo sé —miré el fondo de mi vaso vacío—. Pero eso no cambia nada. Al final del día, yo firmé. Y ahora debo sesenta mil euros que no pedí, por un negocio que nunca existió, y él está en alguna parte, probablemente haciendo lo mismo con otra pobre tonta.

La voz me tembló un poco, pero no lloré. Nunca lloraba delante de Alba. Guardaba las lágrimas para las noches solas, para la terraza de mi piso, para cuando el mundo se volvía demasiado grande y yo demasiado pequeña.

—No solo fue el dinero, ¿sabes? —dije, mirando a Alba a los ojos—. Fue descubrir que alguien a quien amaba, alguien en quien confiaba, podía ser capaz de destruirme sin mirar atrás. Eso es lo que no puedo perdonar. Eso es lo que me despierta por las noches.

Alba apretó mi mano con más fuerza.

—Vamos a arreglarlo. De alguna manera, lo arreglaremos. Y si no, yo te ayudo. Tengo ahorros, puedo…

—Ni hablar —la interrumpí con firmeza—. No te voy a pedir dinero, Alba. Jamás. Prefiero vender un riñón, como dice mi madre.

—Tu madre dice eso porque es una drama Queen .

—Mi madre dice eso porque es realista —sonreí por primera vez en la conversación—. Pero gracias. De verdad. Por estar ahí. Por escucharme. Por no decirme «Ya te lo advertí».

—Nunca te lo advertí —dijo Alba, sonriendo también—. Porque nunca me gustó Víctor, pero pensaba que eras feliz. Y si eras feliz, yo callaba.

—Era una felicidad de mentira —reconocí—.

Una felicidad de Instagram. De fotos bonitas y de viajes que no podíamos permitirnos.

De regalos caros que él compraba con mi nombre en los préstamos.

Debería haberme dado cuenta. Debería haber sospechado cuando empezó a pedirme que firmara papeles del banco sin explicarme qué eran.

—No te culpes —dijo Alba, haciendo señas al camarero para pedir otra ronda—. Ese tío es un manipulador. Un narcisista. Un hijo de puta con sonrisa bonita. Y algún día se lo hará pagar.

—Ojalá —murmuré.

Las siguientes cañas llegaron y la conversación cambió.

Hablamos de trabajo, de los capullos que Alba atendía en el banco, de la última serie que estábamos viendo, de si el chico del gimnasio de Alba le había pedido el número o no.

Cosas normales. Cosas de amigas. Sentí que respiraba por primera vez en días, que el peso de la carta del buzón se aligeraba un poco.

Cuando nos despedimos, eran las cuatro de la tarde. Alba se fue a su turno de tarde en el banco y yo caminé hacia mi piso, con las piernas cansadas pero el espíritu un poco más ligero.

La noche llegó despacio, como suele hacer en verano, con un cielo que se tiñe de naranja y rosa antes de rendirse a la oscuridad. Yo estaba en mi terraza, sentada en una de las dos sillas de plástico, con la tortilla de la señora Ruiz y una cerveza que se estaba calentando.

Miraba el mar. Ese mar que estaba ahí, siempre, como una promesa de que el mundo era más grande que mis problemas. Desde mi terraza parecía una línea brillante en el horizonte, algo inalcanzable pero hermoso. Algo que me recordaba que, aunque mi vida fuera un desastre, en el mundo existía belleza.

— A lo mejor mañana aparece un millonario perdido —dije en voz alta, dirigiéndome al cielo que empezaba a llenarse de estrellas—. Uno de esos que te miran como si fueras un pastel que no debería comer y, además de darte dinerillo, te apaña el cuerpo con un buen polvo.

Me reí sola. Esa era otra de mis frases recurrentes, la que soltaba cuando el día había sido especialmente duro. El sueño del Sugar Daddy . El príncipe azul moderno, con cuenta corriente y ganas de mimarme.

— Que me mire como si fuera un bocadito de nata —continué, hablando ya con el universo en general—. Y que tenga un hermano rico para Alba, que no quiero dejarla fuera.

Mi móvil vibró y vi que era un mensaje de mi madre.

Mamá: Hija, ¿has cenado? ¿Necesitas dinero? Te mando Bizum.

Sonreí. Mi madre, Mercedes, que apenas tenía para ella, pero que siempre ofrecía. Viuda desde hacía doce años, viviendo en un pueblo cercano, con su casa pagada y su pensión justa, siempre preocupándose por la hija que había criado sola.

Lucía: Estoy bien, mamá. Cené como una reina. Tortilla de la señora Ruiz.

Mentira, no estaba bien. Pero era una mentira piadosa. La última cosa que quería era preocuparla más de lo que ya estaba.

Guardé el móvil y seguí mirando el mar. Pensé en el día siguiente.

Martes. Oficinas del bufete Valcárcel. Eduardo Valcárcel, el abogado de sesenta y un años que me trataba como a una hija.

Nuria, la recepcionista que me guardaba el café y me contaba todos los chismes del bufete. Otro día más. Otra batalla.

— Otro día maravilloso para ser pobre —susurré por última vez, levantando mi cerveza caliente hacia el horizonte.

Lo que aún no sabía era que ese verano mi vida iba a cambiar para siempre.

Me terminé la cerveza, recogí el plato y me preparé para otra noche de sueño inquieto, deudas pendientes y sueños de Sugar Daddies que nunca llegaban.

Mañana sería otro día. Y yo estaría preparada.