El desastre perfecto Capítulo 1
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El desastre perfecto

El desastre perfecto

Por Dylan Martins, Janis Sandgrouse

© inepub.com

Capítulo 1

Lucía

El móvil vibró sobre la mesita de noche a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana con una violencia que parecía personal. Extendí una mano desde debajo de la sábana, tanteé hasta encontrar el aparato y lo callé de un manotazo que estuvo a punto de mandarlo al suelo.

Cinco minutos. Siempre me daba cinco minutos.

Esa era mi pequeña rebeldía diaria, mi acto de resistencia contra un universo que parecía empeñado en aplastarme: cinco minutos más de calor bajo las sábanas, cinco minutos más de no pensar en préstamos, deudas y en el hijo de puta que me había convertido la vida en un festival de números rojos.

A las cinco y cincuenta, el segundo despertador, el de verdad, el que no admitía excusas, empezó a aullar con una canción que odiaba con toda mi alma. Gemí, me incorporé y me quedé unos segundos mirando el techo de mi habitación.

Treinta minutos. Tenía treinta minutos exactos para transformarme de calabaza en carruaje, o más bien de persona en persona-producto, porque a las seis y veinte debía estar saliendo de casa rumbo a mi primer trabajo del día.

— Otro día maravilloso para ser pobre —murmuré al techo, mientras mis pies descalzos tocaban el suelo frío del dormitorio.

Esa frase la había dicho tantas veces durante el último año que ya ni siquiera sonaba a ironía. Sonaba a constatación, como decir «hace sol» o «llueve». Se había convertido en mi mantra matutino, en mi forma de saludar al mundo antes de que el mundo me diera otra paliza.

Me levanté, caminé hasta el baño diminuto, tan pequeño que podía lavarme los dientes sentada en el váter si quería, y me miré al espejo.

Veintinueve años. Los treinta los cumpliría en octubre.

Ojos color miel que últimamente lucían más cansados de lo que me gustaba admitir.

Pelo castaño oscuro, largo, enredado, que recogí en una coleta desganada mientras el agua caliente empezaba a correr.

No tenía tiempo para secarlo. Nunca tenía tiempo para nada.

Mientras me vestía con unos vaqueros viejos, una camiseta blanca y las deportivas con una mancha de pintura azul que no recordaba de dónde había salido, hice el repaso mental que hacía cada mañana.

Lunes. Dios, odiaba los lunes con una pasión que rozaba lo religioso.

Los lunes significaban limpiar la casa de los señores García, la de la señora Ruiz y la del matrimonio Gómez.

Tres casas. Seis horas de trabajo agotador.

Después, si el cuerpo aguantaba, quedaría con Alba para tomar algo y quejarme de la vida.

Y mañana martes, en las oficinas del bufete Valcárcel.

Me eché agua de colonia en las muñecas, el bote barato del supermercado, el que olía a limón y a resignación, y salí al salón-cocina de mi piso. Cincuenta metros cuadrados de gloria en la zona de Huelin, a unas calles de la playa.

Desde la terraza se veía el mar, sí, pero desde tan lejos que parecía una postal borrosa, una promesa de algo que no podía alcanzar.

Aun así, era lo mejor de la casa. Esa terraza estrecha con su mesa redonda y sus dos sillas, donde todas las noches cenaba mirando el horizonte y fingiendo que estaba en un restaurante de lujo de Marbella en lugar de comiendo un bocadillo de atún en mi piso de alquiler.

Preparé café en una cafetera italiana vieja que chirriaba más que un coche sin aceite.

Mientras el aroma empezaba a llenar la cocina, abrí la puerta del frigorífico e hice el inventario habitual: media botella de leche caducada, un yogur, tres huevos y una manzana arrugada.

Genial. El menú del día sería café negro y una galleta María que había rescatado del fondo de un bote.

La dieta de los campeones. La dieta de los que tienen tres trabajos y una deuda que, según mis últimos cálculos desesperados, tardaría en pagar aproximadamente hasta el Juicio Final, y eso solo si Jesús se ofreciera como aval.

Fue entonces cuando sonó el timbre del portero automático.

Fruncí el ceño. A las seis de la mañana no era hora de visitas, a menos que hubiera un incendio o un terremoto, y dado que seguía viva y el edificio no se movía, ninguna de las dos opciones parecía probable.

Bajé las escaleras con el café en una mano y las llaves en la otra y abrí el buzón del portal.

Dentro había una carta.

Solo una.

Pero bastaba.

El sobre era de ese color crema que ya había aprendido a odiar, el de ciertas financieras que parecían especializarse en arruinarme el día antes de que empezara.

Me quedé inmóvil en el rellano, mirando el papel como si fuera una serpiente venenosa.

Mi nombre estaba escrito con letra mecanografiada: Lucía Romero Márquez.

Debajo, en letras rojas y negras, el logo de una empresa de recuperación de deudas que sonaba a tortura medieval.

Cualquier persona normal habría empezado a llorar. O a gritar. O bien hacer ambas cosas a la vez mientras llamaba a su madre en busca de consuelo.

Yo no era una persona normal.

Me quedé allí, en el rellano de mi edificio, con la carta en una mano y el café en la otra, y solté una carcajada. Una risa auténtica, profunda, que venía de la barriga y que probablemente sonó a locura a los oídos de algún vecino madrugador.

— Otro día maravilloso para ser pobre —repetí en voz alta, dirigiéndome al sobre como si fuera una persona real—. ¿Sabes qué? Te estaba esperando. No me defraudes.

Subí las escaleras de dos en dos, entré a casa y dejé la carta sin abrir sobre la mesa del salón. La miré durante cinco segundos. Luego la volteé. Luego la miré de nuevo. Y finalmente, con un suspiro que parecía arrancarme algo de dentro, la abrí.

Eran cuatro páginas. Cuatro páginas de números, intereses, plazos vencidos y amenazas legales disfrazadas de educación corporativa.

El resumen era sencillo: debía casi veinte mil euros por un préstamo que nunca había pedido, firmado con una firma que no recordaba haber puesto, en una vida que ya no reconocía como mía.

Otro regalo de Víctor, que reaparecía como el cáncer que seguía devorándome un año después de haberlo echado de mi vida.

Dejé las páginas sobre la mesa, me terminé el café de un trago y sonreí.

No una sonrisa feliz. Una sonrisa de supervivencia. La sonrisa de quien ha decidido que hoy no va a rendirse, aunque todo el universo conspire en su contra.

—Vale, Víctor —dije al aire, dirigiéndome al hombre que había desaparecido de mi vida y me había dejado un regalo envenenado. —Hoy no. Hoy tengo tres casas que limpiar, una abuela que cuidar el jueves y una cita con Alba para que me compre una caña. Hoy no me hundes.

Me guardé la carta en el bolso y salí de casa, ya la leería con detenimiento, ya buscaría una solución, ya lloraría si hacía falta, pero no ahora.

El sol de Málaga me recibió con su calor pegajoso de julio, ese calor que ya a las seis de la mañana prometía una jornada sofocante.

Caminé hasta la parada del autobús, subí con mi abono mensual, otro gasto, otra sangría, y me dejé caer en un asiento mientras la ciudad empezaba a despertar a mi alrededor.

Miré por la ventana y vi pasar la vida: gente yendo al gimnasio, padres llevando a sus niños al colegio, jóvenes volviendo de una noche de fiesta.

Todos ellos con sus vidas ordenadas, o al menos eso parecía desde fuera.

Todos ellos, sin deudas de sesenta mil euros, por culpa de un exnovio narcisista que había jugado con mi confianza como quien juega al Monopoly .

— Estoy a dos recibos de vender un riñón —murmuré para mí misma, viendo pasar un autobús con la publicidad de la lotería y su cartel «El Euromillones de hoy: 120 millones».

Mi móvil vibró. Miré y vi un mensaje de Alba.

Alba: Hoy sales conmigo sí o sí. Te pago yo la primera ronda. No acepto un no por respuesta.

Sonreí de verdad esta vez. Alba. Mi salvavidas.

Mi paño de lágrimas y mi cómplice de risas.

La única persona que sabía toda la verdad sobre Víctor, sobre las deudas, sobre las noches en las que yo había llorado hasta quedarme dormida.

La única que no me juzgaba, que no me decía «Ya te lo advertí», que simplemente estaba ahí con una cerveza y un abrazo.

Lucía: Eres lo único bueno que me ha pasado en la vida, Alba. Bueno, tú y el chico del supermercado que a veces me pone el jamón de york de oferta, aunque no sea el día.

Guardé el móvil y cerré los ojos durante el resto del trayecto. Solo quince minutos. Quince minutos de paz antes de empezar la maratón.

La casa de los señores García estaba en una urbanización tranquila, con jardines que yo envidiaba con todo mi ser, no porque quisiera vivir ahí, sino porque me daba pena ver tanta hierba bien cuidada cuando yo apenas podía mantener viva una maceta en mi terraza.

Era una vivienda amplia y luminosa, con vistas al mar que sí eran de verdad, no como las mías, de postal borrosa.

Lola García, la señora de la casa, me recibió con su bata de seda y su café en una taza de porcelana que probablemente costaba más que mi salario.

—Hija, estás hecha unos zorros —dijo Lola sin malicia, mirando mi coleta despeinada y mi camiseta arrugada.

—Es el look de esta temporada, señora —respondí, colgándome el bolso en el perchero—. Se llama superviviente urbana. Lo llevan todas las que tienen tres trabajos y una deuda de veinte mil euros.

Solo Alba sabía la cantidad exacta que debía, nadie más, y no quería que lo supieran.

Lola se rio, ese tipo de risa ronca de fumadora empedernida que yo había aprendido a querer.

—Eres un caso, niña. ¿Quieres café antes de empezar?

—Ya he tomado, gracias. Pero no me diga que no si le apetece un poco de charla mientras friego los cristales.

Esa era la clave. Esa era la razón por la que los clientes me adoraban, por la que me daban propinas, por la que me guardaban táperes de comida y me preguntaban por mi vida.

No era solo una limpiadora. Era una confidente, una amiga que llegaba varias veces por semana con un trapo en una mano y una sonrisa en la otra.

Yo limpiaba diferente. Limpiaba canturreando, contando chistes, preguntando por los nietos, escuchando los problemas matrimoniales de Lola como si fueran los míos.

Y cuando terminaba, dejaba algo más que una casa reluciente.

Dejaba alegría. Dejaba la sensación de que alguien había entrado en ese espacio y lo había llenado de luz, aunque fuera solo por unas horas.

Mientras fregaba los cristales del salón, Lola me contó que su hijo mayor estaba pensando en divorciarse, que su hija pequeña había aprobado las oposiciones y que su marido seguía roncando tanto que ella dormía en el sofá algunas noches.

Yo escuchaba, asentía y de vez en cuando soltaba alguna de mis frases:

—Mire, señora, los hombres son como los gatos: si roncan, al menos están quietos y no están metiendo las narices donde no deben.

—Hija, tú deberías escribir un libro —dijo Lola, secándose una lágrima de la risa.

—Estoy en ello —respondí, pasando el paño por el último cristal—. Se titula «Cómo limpiar cristales mientras tu vida se va a la mierda». Va a ser un best seller entre gente con deudas y con sentido del humor.

Terminé la casa de los García a las nueve y media, con cincuenta euros en el bolsillo y un táper de tortilla de patatas que Lola me había metido en el bolso a la fuerza. «Para que comas algo decente, que estás como un espárrago», me había dicho.