9 Becca
BECCA
Me desperté con una migraña infernal. De esas que te laten como si tu cerebro estuviera haciendo un solo de batería, y en las que hasta la luz del baño parece clavarte cuchillos en el cráneo.
Sí, anoche bebí demasiado vino en la posada Hartwell, pero fue culpa era de Dottie y de su sospechoso cóctel verde que sabía a menta, cereza y demasiado ron. Una vez que te tomabas uno, necesitabas otro. Y luego otro más. Y, al parecer, cuatro más después de eso.
Perdí la cuenta al llegar a cinco.
Siempre había sospechado que Dottie era una bruja encubierta que preparaba salsas especiales y molía setas de la suerte en lo que ella insistía en llamar una cocina perfectamente normal.
Y sin duda me había hechizado con esas bebidas verdes.
No paraba de llamarlas refrescantes, herbales y medicinales.
En un momento dado me dijo que la menta neutralizaba la celulitis.
Eso era mentira. Nada neutralizaba la celulitis.
Y menos aun cuando te estás bebiendo algo que brilla tenuemente con poca luz.
Pero no era la resaca lo que me hacía sudar como si acabara de salir de una sauna. Era el hecho de que, estúpidamente, había aceptado ser la agente inmobiliaria de mi ex cuando estaba claro que tenía algunos asuntos pendientes. De ahí el sudor, las palpitaciones y el profundo y espiritual pavor.
Maldita sea.
Si no fuera porque estaba desesperada por mantener intacta mi reputación, y porque Jack podría llegar a comprarme una casa, le habría recomendado encantada a Brillo de Labios y le habría deseado muchas, muchas y complicadas consecuencias emocionales.
Pero no lo hice. Quizá debería haberlo hecho.
Lo cual explicaba por qué ahora estaba estacionada frente a la casa de su madre, con lentes de sol puestos y una botella de agua en la mano, esperando a que saliera.
Me había llamado anoche mientras yo todavía estaba inmersa en la era de los cócteles verdes de Dottie. Lo más sensato habría sido dejar que saltara el buzón de voz y luego enviarle un mensaje esa mañana, como una adulta sobria y razonable.
Pero, al parecer, no soy ese tipo de adulta. Porque contesté el teléfono.
—¡Hola, Jaaaaack! ¿Qué tal? ¿Qué tal? ¿Qué tal?
Ah, sí. La cosa empeoró.
Jack se había reído. Una risa grave y divertida que me provocó cosas en mis ya comprometidas partes bajas.
—Suenas alegre. ¿Estás borracha?
—Noooooooo. No. No. Para nada. Estoy… hidratada.
No estaba hidratada. Era un noventa por ciento ron con menta.
No ayudaba que Lola y Dottie estuvieran cantando desafinadas una canción de musical de fondo mientras Helen intentaba enseñarles armonías como si estuviera dirigiendo un coro muy inestable.
—No quiero entretenerte —dijo Jack, todavía con ese tono divertido—. Solo quería saber cuándo estarías disponible para enseñarme algunas casas.
—Sí.
Una pausa.
—Sí… ¿qué?
—Sí, casas. Me encantan las casas. Soy una gran fan. Enormemente. Agente inmobiliaria. Yo. Esa soy yo. Ja, ja.
Recuerdo vagamente haberme señalado a mí misma mientras decía eso. Nadie al otro lado del teléfono podía verlo, pero lo hice de todos modos.
—Mañana tengo un hueco alrededor del mediodía —dijo con cautela—. ¿Te viene bien?
—Síííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííí
Jack se rio de nuevo.
—Te enviaré la dirección por mensaje. Buenas noches.
Colgó, y me quedé mirando mi celular durante unos treinta segundos enteros, intentando recordar cómo funcionaba una conversación. Entonces Lola me entregó otra bebida verde brillante y me dijo que era para darme valor, y ahí supe que las cosas estaban a punto de empeorar.
En algún momento llamé a un taxi. El único servicio de taxis de Maplewood Falls, propiedad de Stan “el Stan” —que era como insistía en que todo el mundo lo llamara— y gestionado por él mismo.
Stan el Stan era un tipo de unos cincuenta y tantos años, con entradas y un aura permanente a grasa de pizza, que también hacía repartos para la pizzería Tony’s y, de vez en cuando, ofrecía consejos de vida que nadie le había pedido.
Me recogió en la posada, me llevó a casa y me dijo:
—Tienes que hidratarte entre cóctel y cóctel. Eso es lo que le digo a mi tercera esposa.
No tengo ni idea de qué fue de sus dos primeras esposas. No se lo pregunté.
Luego volvió hoy alrededor de las once para recogerme de nuevo y que pudiera recuperar mi SUV del estacionamiento de la posada, porque al parecer lo había dejado allí como una borracha responsable. Así que al menos eso me salvaba.
Lo cual nos lleva al momento actual.
Tomé otro sorbo de agua y miré la hora. 11:58 de la mañana. Dos minutos. Podía aguantar dos minutos. Había sobrevivido a cosas peores como la noche anterior y la jornada de puertas abiertas. Y el momento en que me había escondido detrás de la isla de la cocina como una loca.
Recosté la cabeza contra el asiento y respiré hondo lentamente.
—Eres una profesional —me dije a mí misma—. Una persona tranquila y serena que, sin duda, anoche no arrastró las palabras al decir “agente inmobiliaria”.
La puerta del copiloto se abrió, sacándome bruscamente de mis pensamientos.
Antes de que pudiera detenerlo, Jack se deslizó en el asiento.
—Buenos días.
En su rostro apareció una sonrisa pícara, demasiado atractiva para esa hora y demasiado peligrosa para mi cerebro, que apenas estaba funcionando.
Me quedé boquiabierta.
—Espera. ¿Qué haces? ¿No tienes coche?
No iba a venir conmigo. Ni hablar.
—Sí, tengo —dijo con toda naturalidad, mientras se inclinaba para abrocharse el cinturón—. Pero pensé que tenía más sentido ir juntos.
Lo miré con el ceño fruncido.
Tenía razón.
¿O no?
Claro que sí. Era lógico. Eficiente. Práctico.
Y también una amenaza directa para mi estabilidad emocional.
Pensé en decirle que se bajara, pero el problema no era que no lo quisiera ahí.
El problema era que sí lo quería.
Me llegó su olor: almizcle, jabón limpio y algo que no debería haberme gustado tanto.
Era agradable. Muy agradable. Tenía el pelo húmedo y algunos mechones se le pegaban al cuello y a las mejillas, lo que solo lo hacía verse más guapo.
Una parte estúpida de mí quiso alargar la mano y apartárselos de la cara.
Mierda.
Hoy no podía permitir que mis hormonas tomaran el volante.
Me echó un vistazo, fijándose en mis lentes de sol, la botella de agua y mi aspecto general de mujer que había tomado malas decisiones la noche anterior.
—¿Estás bien?
—Estoy genial —dije—. Fantástica. En plena forma. Viviendo mi mejor vida.
Asintió lentamente.
—Parece que te peleaste con una licuadora y perdiste.
—Dottie —dije simplemente—. Bebidas verdes. Posible brujería.
Solo de pensar en esas bebidas verdes, mi hígado se encogía en señal de protesta.
Jack soltó una risa baja.
—La verdad es que sonabas… muy entusiasmada por teléfono.
Se me encendió la cara como si alguien me hubiera puesto a asar.
—No estaba borracha.
Levantó una ceja con aire escéptico.
—Estaba… feliz y festiva.
Más bien festiva y desquiciada, con un toque de absoluta falta de autocontrol.
Otra risita. Baja. Cálida. Peligrosa para mi bienestar y para mi zona íntima.
Genial.
Fantástico.
Un comienzo perfecto para el día.
Arranqué el motor.
—Centrémonos en las casas.
—Buen plan —dijo, ajustando el respaldo del asiento y apoyando el brazo en la ventanilla abierta.
Me alejé de la acera, agarrando el volante como si fuera lo único que me impedía salir disparada del planeta.
Pasamos junto a la señora Donnelly, que regaba sus hortensias, ya de por sí demasiado regadas, y junto al cartel de tiza de la panadería que decía: PRUEBA NUESTROS NUEVOS ROLES DE CANELA O TE ARREPENTIRÁS PARA SIEMPRE.
Jack echó un vistazo por la ventana.
—El pueblo no ha cambiado mucho.
—No. No ha cambiado.
Mi ex estaba en el asiento del copiloto, con un aspecto fantástico y oliendo como un pedacito de paraíso masculino. Yo tenía resaca. Y estábamos a punto de pasar el día juntos viendo casas.
Contrólate, Becca.
Podía hacerlo. Mi hígado protestaba. Y puede que me hubiera golpeado el trasero al caerme del taxi, o puede que no, pero ahí estábamos.
Mantuve la vista fija en la carretera. Muy concentrada. Extremadamente concentrada. Con esa clase de concentración que te hace lagrimear porque llevas dos minutos sin parpadear.
—Bueno —dijo Jack al cabo de un rato, recostándose en el asiento como si tuviera todo el tiempo del mundo—, ¿adónde vamos primero?
Me aclaré la garganta. Sonó como papel de lija.
—Hay un bungaló bonito en venta no muy lejos de la preparatoria. Tres dormitorios. Jardín pequeño. Cocina remodelada. Podrías ir caminando al trabajo.
¿Por qué me salía así la voz? Esa voz de agente inmobiliaria. Como si me hubiera tragado un folleto.
—Suena genial —dijo.
Asentí.
Bien.
Genial.
Se acabó la conversación. Ahora nos quedaríamos sentados en silencio como dos adultos normales y emocionalmente estables.
Excepto que… no dejaba de mirarme.
Lo sentía. Como un cálido rayo de atención en un lado de mi cara. No era inquietante. Ni intenso. Simplemente… estaba ahí. Constante. Curioso. Divertido.
¿Por qué se divertía? No quería resultarle divertida en ese momento. Quería ser invisible. Preferiblemente en otro país.
Me ajusté los lentes de sol.
—Es un buen barrio —añadí porque, al parecer, no podía callarme—. Tranquilo, cerca de todo, y el jardín tiene un tamaño decente. Ni demasiado grande ni demasiado pequeño. No hay olores misteriosos que yo sepa.
—Suena ideal —repitió, sin dejar de mirarme. Me veía tanto que podría considerarse acoso visual.
Apreté con más fuerza el volante.
—¿Te… importaría no quedarte mirándome mientras conduzco?
—No te estoy mirando fijamente —dijo.
Mentiroso, mentiroso, te va a crecer la nariz.
—Claro que sí.
—Estoy observando.
—Por favor, observa la carretera.
Hubo un momento de silencio. Luego, una risita ahogada.
—Estás nerviosa.
—No estoy nerviosa —dije de inmediato.
Demasiado rápido.
Muchísimo demasiado rápido.
—¿Te pongo nerviosa, Becca?
Ay, qué descarado.