El desastre del agente inmobiliario (Maplewood Falls 2) 8 Becca #2
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8 Becca #2

Sarah soltó una carcajada y sentí cómo se me dibujaba una sonrisa. Me caía bien mi recién descubierta prima. En ese momento era prácticamente mi persona favorita. Bueno, justo después de Dottie.

Dottie dejó sobre la mesa una enorme fuente de lasaña y empezó a cortarla.

—La gente es idiota —dijo—. Ya entrarán en razón. Las casas tienen estados de ánimo. Esta simplemente es… dramática.

—Está poseída —suspiré, mientras daba otro sorbo de vino—. Por las cebollas. Me arruinó la jornada de puertas abiertas. Me echó a perder la ropa. Y, para colmo…

Las tres se inclinaron hacia mí.

Sarah entrecerró los ojos.

—¿Qué? ¿Qué pasó?

Di otro sorbo. Uno largo.

—Bueno. Todas vieron a Jack.

Sarah parpadeó.

—¿Jack? ¿El que viste en Pearls & Pints?

Asentí.

—Sí. Él.

Le había contado a Sarah que lo había visto hacía semanas. Nuestra historia. Cómo, al parecer, todavía me afectaba.

—Novios desde la preparatoria —dijo Lola, levantando su vaso—. Fuera de clase. Varias veces.

Me sonrojé de golpe.

—Salimos juntos.

—Salían —repitió Lola—. En horizontal.

Se encogió de hombros.

—En vertical, si eres flexible.

Helen carraspeó y le lanzó una mirada fulminante a Lola.

—¿Puedes dejar de hablar de sexo por una sola noche?

Lola sonrió.

—Cariño, si lo hiciera, me saldría urticaria.

—Iban en serio —corrigió Helen, lanzándole a Lola una mirada asesina.

—Apasionadamente en serio —añadió Lola—. Si ese hombre hubiera sido un poco más atento, ella habría necesitado un horario de hidratación.

—Lola —le advertí.

Iba a necesitar bastante más vino antes de que empezara a narrar mi historia romántica.

—¿Qué? —dijo con aire inocente—. Apoyo el amor juvenil. Y el amor reavivado en la madurez. Y las malas decisiones de la mediana edad. Soy muy tolerante.

¿Por qué no me sorprendía eso?

—Mi amiga Collette se topó con su ex después de sesenta años sin verse —dijo Dottie, balanceando la cuchara como si fuera una batuta.

Suspiré.

—Bien. Voy a morder el anzuelo. ¿Qué pasó?

Dottie se encogió de hombros.

—Él gritó como si lo persiguiera un fantasma y salió corriendo.

Hizo una pausa.

—Ella estaba desnuda.

—¿Qué edad tiene Collette? —pregunté con cautela.

—Noventa y tres —dijo Dottie, radiante—. Pero muy segura de sí misma.

Di un largo sorbo de vino.

—Me alegro por ella.

Dottie asintió.

—La seguridad en un reencuentro es importante.

Sarah apretó los labios para no echarse a reír. No lo consiguió.

—Bien. Entonces. Jack. Antiguo… compañero de actividades extraescolares. ¿Y?

—Y —dije lentamente—, entró… y yo me escondí detrás de la isla de la cocina.

Hubo un momento de silencio.

Entonces Lola estalló en una carcajada a todo pulmón, con la cabeza echada hacia atrás y casi sin aire. Le encantaba montar un espectáculo.

—Eso estuvo fantástico. Yo lo pude apreciar en primera fila— afirmó.

Helen apretó los labios, pero perdió la batalla. Incluso Dottie soltó una risa desde la cocina.

Sarah se atragantó con el vino.

—Que hiciste ¿qué?

—¡Me entró el pánico! —dije—. Entró y reaccioné fatal: me escondí, y luego me encontró agachada en el suelo como una completa loca.

Lola se secó una lágrima.

—Ay, cariño, te lo dije, no puedes esconderte de un hombre así. Es como intentar ignorar una tormenta con unos jeans ajustados.

No tenía ni idea de lo que eso significaba.

—No me estaba escondiendo —mentí.

Me había estado escondiendo por completo.

—Estaba… inspeccionando el piso.

—Si, agachada —afirmó Helen con ironía.

—Sí. Por… razones relacionadas con el piso.

Me había vuelto completamente loca.

Sarah se dejó caer en la silla frente a mí, sonriendo.

—Así que te vio.

—Me vio —confirmé—. Y luego me levanté y fingí que era un comportamiento totalmente normal.

Dottie puso un plato delante de mí.

—Come. Los carbohidratos curan la humillación.

Lola resopló.

—Debe de ser por eso que estoy tan delgada. Nunca me han humillado en mi vida.

Tomé el tenedor de inmediato.

—Gracias.

Si los carbohidratos curaban la humillación, me iba a comer toda esa lasaña y, si hacía falta, también el plato.

Lola apoyó la barbilla en la mano, con los ojos brillantes.

—¿Hay algo más en esta trama?

—Sí —dije, pinchando un trozo de lasaña—. Acepté ser su agente inmobiliaria.

Sarah abrió mucho los ojos.

—¿De verdad? ¿Y eso es malo? ¿Por qué?

—Bueno —dije, masticando—, no puedo ser su agente inmobiliaria. Hay… demasiadas cosas sin resolver. Fue muy incómodo.

Lo fue para mí, pero no estaba segura de cómo se sentía Jack. Quizá no sentía absolutamente nada y esto solo eran negocios. Lo cual era inteligente. Y así era como debería verlo yo.

Lola parecía encantada.

—Oh, esto va a ser divertido.

—No es divertido —la corregí—. Es estrés. Es una locura. Soy yo metiéndome voluntariamente en una situación en la que tengo que verlo, hablar con él y enseñarle casas.

Helen se encogió de hombros.

—¿No es eso parte de tu trabajo? Eres agente inmobiliaria. Muestras casas.

La miré fijamente, sin saber cómo responder a eso sin parecer desagradable. Una parte de mí quería lanzarle a la cara un buen trozo jugoso de lasaña.

Lola se recostó en su silla, con una sonrisa sensual en los labios.

—Una vez salí con un agente inmobiliario —dijo—. Nos colábamos en todas las viviendas en venta antes de las jornadas de puertas abiertas.

Levantó las cejas.

—Digamos que me iba muy… satisfecha. Y las casas prácticamente se vendían solas.

Maravilloso.

Sarah se inclinó ligeramente hacia delante.

—De acuerdo, pero… ¿tú te sientes bien con esto?

Abrí la boca. La cerré. Di otro trago.

—No —dije con sinceridad—. Sí. Quizá. No lo sé. Solo sé que, si él compra una casa a través de mí, mantengo mi reputación. Mantengo viva mi racha de ventas.

Porque eso era lo que nadie en este pueblo decía en voz alta: tu reputación era tu moneda de cambio.

Una venta fallida se convertía en dos. Dos se convertían en rumores.

Los rumores se convertían en: “Quizá deberíamos probar con otra persona”.

Y, de repente, eras la agente inmobiliaria que antes era confiable.

¿Y si Jack compraba a través de mí? Eso arreglaría las cosas. Una venta impecable. Un cliente satisfecho. Un recordatorio para Maplewood Falls de que Becca Hartwell seguía cerrando tratos y no se derrumbaba bajo presión.

¿Y si ese cliente resultaba ser el chico que una vez me rompió el corazón y que acababa de volver al pueblo con aspecto de haber salido de un calendario de leñadores? Bueno. Eso era… complicado. Pero también vendible. Manejable. ¿No?

Como mínimo, me daba una razón para dejar de darle vueltas a las cosas y volver a centrarme en lo mío: mostrar casas, hablar de metros cuadrados y discutir tasas de interés como una adulta racional, en lugar de comportarme como una mujer que se escondía detrás de las islas de cocina y se derretía ante una mandíbula marcada.

Sí. Ese era el plan. Mantener la compostura, venderle una casa, salvar mi carrera e intentar no arder espontáneamente mientras lo hacía.

—¿Y si no lo hace? —preguntó Helen.

Me quedé mirando mi copa de vino como si pudiera contener todas las respuestas.

—Entonces tendré que vender el demonio azul antes de que me quiten el encargo.

Antes de que labios brillosos me lo arrebatara de las manos.

Lola levantó su copa.

—Por vender el demonio azul. Y por los hombres altos que vuelven al pueblo con antebrazos y traseros excelentes.

Le dediqué una pequeña sonrisa.

—Estás loca.

Lola esbozó una sonrisa amplia.

—Soy fabulosa, cariño. Y no lo olvides.

Dottie me señaló con la cuchara.

—Vas a estar bien, Becca. Esta noche comemos y bebemos. Y mañana te pones los pantalones de mujer adulta y le enseñas unas casas a ese hombre. Eso es todo. Ni más ni menos.

Sarah hizo tintinear suavemente su vaso contra el mío.

—Un día a la vez.

Asentí, di otro bocado a la lasaña y dejé que el ruido de la cocina me envolviera.

Estaba agotada. Mi carrera estaba en juego y ahora mi ex era mi cliente.

Mañana solo tenía que enseñarle casas a Jack Sullivan como una persona adulta, normal y profesional.

Fácil.

Pan comido.

Nada de esto iba a salir mal. Absolutamente nada.

Volví a tomar la copa de vino y me la terminé.