El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 80
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Capítulo 80

—Bueno, ¿vas a darme ya el dinero o tengo que esperar a que te mueras? —preguntó Mercy.

—Ah —dijo Lineberry—, estoy seguro de que algo se podrá hacer para arreglar este asunto tuyo. Como has podido comprobar, tengo una gran fortuna. Y está claro que deberías poder disfrutar de tu parte.

—No me refiero a eso. He tenido que dejar todos mis empleos para poder enfrentarme a mi pasado.

Y también me han echado de donde vivía, así que ahora estoy en la calle.

Lo único que necesito es algo de dinero para recuperarme un poco y encontrar un trabajo, y luego me marcharé.

Puedes dejarle todo lo demás a Lee. Yo no lo necesito.

—¿Y eso es todo? ¿Solo te interesa el dinero? ¿No tienes preguntas que hacerme? ¿Sobre tu madre?

Mercy se encogió de hombros.

—Ya sé todo lo que necesito saber. Cuando se me llevaron, ella nunca me buscó.

Dejó que me pudriera en un agujero infernal.

Y más adelante abandonó a Lee y no se le volvió a ver el pelo.

Ah, y luego te escribió una carta de mierda para compadecerse y sentirse mejor.

Y en esa carta no mencionaba nada sobre intentar encontrarme, así que por mí que le den. ¿Me he dejado algo?

—Te has dejado mucho. Por ejemplo, la verdad.

Mercy se lo quedó mirando con gesto despectivo.

—Ah, ¿ahora es cuando vas a decirme que ella era… ¿qué?, ¿como la jodida Juana de Arco?

—No, tenía sus defectos, y muchos, como tenemos todos. Y cometió errores; una vez más, como cometemos todos, incluido yo, y estoy seguro de que tú también.

—No me incluyas a mí en esto, ¿vale? —repuso ella con brusquedad, fulminándolo con la mirada.

—Pero es que tú formas parte de esto. —Hizo una pausa y la miró con aire pensativo—. Tu madre se culpaba por lo que os ocurrió a ti y a tu hermana. Su sentimiento de culpabilidad era tan grande que casi perdió la cabeza. Y removió cielo y tierra para dar contigo.

—Y una mierda. Si lo hubiera hecho, me habría encontrado.

Lineberry continuó como si no la hubiera oído:

—Pero entonces se vio obligada a dejar de buscarte, al menos de manera oficial. Después de aquello tuvo que pasar a la clandestinidad junto con el resto de la familia.

Aquello captó la atención de Mercy.

—¿Que se vio obligada a dejar de buscarme?

Lineberry la escrutó con la mirada.

—Nunca le he dicho a tu hermana lo que voy a contarte ahora.

—Hizo otra pausa, como para asegurarse de que tenía toda su atención—.

¿Estás preparada para escucharlo? Si no es así, puedes levantarte e irte.

No intentaré detenerte. —Se llevó una mano al bolsillo y sacó un talonario—.

Te extenderé un cheque para que puedas volver a empezar de nuevo.

¿Bastará con doscientos mil dólares? Si no, dime tú la cantidad.

¿Un millón? ¿Dos millones? ¿Diez? De verdad, lo que tú digas.

Mercy dio un respingo ante aquellas cantidades absurdas, pero luego se relajó. Lentamente asintió con la cabeza.

—Estoy dispuesta a escucharlo, pero eso no significa que vaya a creerte. Estabas enamorado de mi madre y puede que aún lo estés. Seguro que dirás cualquier cosa para dejarla bien.

Lineberry dejó el talonario a un lado.

—Lo que voy a contarte es la verdad pura y dura. Si me crees o no, eso ya depende de ti.

Mercy cruzó los brazos sobre el pecho, se recostó en el asiento y esperó.

—¿Las familias de la mafia a las que tu madre ayudó a detener con tan solo dieciocho años? Pues todavía extienden sus tentáculos por todo el país, y de las más diversas maneras. Incluyendo a gente que forma parte de las fuerzas de la ley y del gobierno federal.

—Para un momento ahí. Me contaron que un tipo llamado Ito no sé qué me secuestró y trató de matar a Lee.

Y luego me entregó a esa familia de psicópatas.

Y lo hizo por su hermano, un esbirro de la mafia al que se la habían jugado y lo habían trincado.

Y que culpaba a mi madre por ello. Eso es lo que me contó Lee.

—A Bruno Vincenzo se la jugaron, sí. Pero no fue tu madre.

—Entonces ¿quién?

—Ya llegaremos a eso. Tu madre hizo un trato con Bruno Vincenzo cuando este descubrió su identidad.

Era la única opción que le quedaba. Si Bruno la delataba, toda la operación habría fracasado y eso le habría costado la vida a tu madre y a muchas otras personas.

Además, una gran cantidad de criminales mafiosos habrían quedado impunes, libres para seguir cometiendo actos terribles.

Así que llegó a un trato con Bruno, que fue aprobado al más alto nivel gubernamental.

Sin embargo, cuando llegó la hora de cumplir con el acuerdo, a Bruno lo traicionaron.

Se suponía que obtendría inmunidad y que lo meterían en el programa de protección de testigos, pero ninguna de esas medidas se aplicó.

—¿Por qué no? —preguntó Mercy, cada vez más interesada.

—Porque un funcionario gubernamental de alto rango, un hombre muy por encima de mí en el escalafón y cuyo nombre reconocerían la mayoría de los estadounidenses, ordenó que no se cumpliera dicho trato. A Bruno lo juzgaron y lo condenaron, y luego la mafia lo asesinó en la cárcel por soplón.

—¿Y por qué ese alto cargo haría tal cosa?

Lineberry no respondió. Se limitó a mirarla.

Mercy añadió:

—¿Me estás diciendo que el tipo ese estaba comprado por la mafia?

—Querían a Bruno —respondió Lineberry al fin—.

Lo querían por no haberles revelado que tu madre era una espía.

Así que el trato se fue al garete y Bruno murió.

Lo que no sabíamos era que antes había convencido a su hermano Ito de que se vengara de tu madre, porque él seguía pensando que era ella quien lo había traicionado.

Mercy lo observó atentamente.

—Muy bien, pongamos que todo eso es verdad. Sin embargo, nada de lo que has dicho justifica que mi madre ni siquiera intentara buscarme.

A modo de respuesta, Lineberry levantó un único dedo.

—Solo una vez se apartó tu madre del lado de la cama de tu hermana. Y lo hizo para volar a Washington D. C. y exigirles que hicieran todo lo que estuviera en sus manos para encontrarte. Les dijo que, si no lo hacían, haría público todo lo que sabía.

—Espera… —dijo Mercy—. ¿Qué era exactamente lo que sabía?

—Sabía que el funcionario de alto rango del que te he hablado estaba comprado por la mafia.

Sabía que era ese hombre el que había encargado que mataran a Bruno.

Y estaba convencida de que quien te había secuestrado era alguien relacionado con Bruno Vincenzo.

Lo que no sabía era que se trataba de su hermano.

Es muy probable que ni siquiera supiera que tenía un hermano.

Supuso que simplemente era cosa de la mafia.

Y lo que más quería en el mundo era que tú regresaras sana y salva.

Mercy ya no se mostraba tan agresiva.

—¿Cómo se enteró de que ese tipo del gobierno trabajaba para la mafia?

—Estaba infiltrada como topo. Atisbaba por muchos ojos de cerradura y escuchaba muchas conversaciones a escondidas.

Aquellos mafiosos le confiaban cosas que no deberían porque ella era muy buena, realmente buena en su trabajo.

Y veía a gente entrando y saliendo. Y, entre esa gente, estaba ese hombre.

—Pero, si sabía que él estaba implicado, ¿por qué no avisó a las autoridades desde el primer momento?

—Porque, Mercy, ese hombre era la máxima autoridad.

Y ella ni siquiera era oficialmente una agente del gobierno.

Era poco más que una adolescente. Y él, por su parte, era una leyenda, un respetadísimo veterano al servicio de su país.

¿Quién iba a creerla? Ese hombre podría haberla incriminado con facilidad usando pruebas falsas.

Por aquel entonces, tu madre consumía drogas.

Alternaba con criminales. Él podría haberla hundido de infinidad de formas.

De modo que guardó silencio. Pero, cuando te secuestraron, ya no aguantó más.

Fue a ver a ese cabrón y se enfrentó directamente a él.

Lo hizo por ti. Y ni te imaginas lo valiente que fue al hacerlo.

Tal vez no sepas mucho sobre cómo funciona el gobierno a esos niveles, pero aquello fue como David enfrentándose a Goliat.

Y lo hizo sin pensar para nada en su propia integridad.

—¿Y qué sucedió durante ese encuentro?

—Ella lo amenazó. —Hizo una pausa—. Y él, a su vez, la amenazó a ella.

—¿Cómo? —preguntó Mercy, notando que le faltaba un poco el aliento.

—Si seguía armando revuelo, si no dejaba de exigir que se organizara una búsqueda a nivel nacional para encontrarte, si continuaba atrayendo la atención sobre el asunto…, haría que a Tim y a tu hermana… —Se calló y le dirigió una mirada que lo decía todo.

—Pero ¿qué demonios…? ¿Cómo puede alguien del gobierno hacer algo así?

—Por aquel entonces todo era muy distinto, Mercy.

La mafia tenía mucho poder y ejercía una enorme influencia en todos los ámbitos.

Y ese tipo estaba demasiado involucrado en sus asuntos.

Aunque tu madre ayudó a encerrar a mucha gente mala, todavía quedaban muchos más campando a sus anchas.

Y ese traidor malnacido no iba a consentir que su reputación quedara arruinada por esta cuestión.

—¿Quieres decir que amenazó con contarle a la mafia dónde se encontraban mi madre y su familia?

—Y por eso se marcharon de Andersonville de la noche a la mañana sin dejar rastro.

Ya había perdido a una hija. No quería perder a otra.

Pero sé que continuó haciendo todo lo posible, que invirtió todo su tiempo y su dinero, todo lo que tenía, tratando de encontrarte.

Y lo sé porque yo la ayudé a hacerlo. Desde el momento en que desapareciste, nunca más volví a verla sonreír.

Fue como si… le hubieran arrebatado toda la felicidad que tenía, toda su vida.

Mercy bajó la mirada. Su expresión parecía ahora algo perdida, como si no pudiera dar crédito a todo aquello.

—¿Y por qué no delataste tú a ese hijo de puta? —preguntó con brusquedad.

—Para cuando tu madre me lo contó por fin, él ya había muerto. Murió tranquilamente en su cama y fue despedido como un héroe por todos sus años de leal servicio público. Está enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington.

—Qué repugnante todo…

—La verdad es que sí. En fin, en aquel momento tu madre ya no podía contar la verdad sobre él.

Nadie la habría creído, y además habría alertado a los hombres que todavía seguían buscándola.

Eso habría puesto a Tim y a tu hermana en grave peligro.

Y por eso tu madre se vio atrapada entre la espada y la pared.

—¿Y nunca le has contado a Lee nada de todo esto? ¿Por qué no?

Lineberry se removió incómodamente en su asiento.

—La respuesta fácil es que hice un juramento por el que no podía divulgar secretos oficiales.

Pero si quieres saber la cruda verdad, te diré que tu hermana idolatraba a tu madre.

Vivió con ella mucho más tiempo que tú. E incluso después de que Amanda la abandonara, ella continuó queriéndola muchísimo.

Y sé que si le hubiera contado todo esto, se habría obsesionado con encontrarla.

Habría dejado todo lo demás de lado. Ella…

—No habría podido vivir su propia vida, ¿es eso? ¿Se habría dedicado únicamente a encontrarla, sin hacer nada más con su vida?

—Sí. Y seguramente poniéndose en peligro. Y tu madre creía que si Atlee no tenía ni idea de dónde estaba, eso la protegería. Por eso la abandonó.

Permanecieron en silencio un rato, mientras Mercy procesaba todo aquello.

—Mira, yo… aprecio tu franqueza. Es algo con lo que no suelo encontrarme. Jamás le he importado mucho a nadie.

—Eso nunca pasará conmigo —dijo él con firmeza—. Eso tenlo por seguro, tan seguro como el cheque que voy a firmarte.

Ella alzó la vista para mirarlo.

—Eres muy diferente a como me había imaginado.

—Pues tú eres exactamente como había pensado que serías.

—¿Y cómo habías pensado que sería?

—Indomable.

—Ah, bonita palabra. Pero durante mucho tiempo no fui así. Dejé que la gente me jodiera la vida.

—Pero ya no.

—No. Ya no. —Volvió a mirarlo fijamente—. ¿Alguna vez le contarás a Lee lo que acabas de contarme?

—Creo que lo mejor sería que lo supiera por ti. Pero eso es algo que dejaré que lo decidas tú misma. —Se levantó—. Y ahora, si te parece, me gustaría que tu hermana y Carol volvieran a entrar. Tenemos un pequeño viaje que hacer, uno que lleva mucho tiempo esperando.

—¿Un viaje? ¿Adónde?

—Ya lo verás. Todas lo veréis.