Capítulo 79
Se detuvieron ante las verjas de la finca de Lineberry. Habían pasado semanas desde que regresaran de Idaho. Pine ya no llevaba la escayola ni la bota ortopédica, y sus heridas habían mejorado bastante. Blum se había recuperado totalmente.
Pine iba sentada al volante del coche de alquiler, mientras que Mercy iba en el asiento del copiloto y Blum en el de atrás.
—¡Hostias! —exclamó Mercy—. ¿Es aquí donde vive?
—Tendrías que ver su ático en Atlanta y su condominio en Nueva York —dijo Blum.
—¿Su condo… qué? —preguntó Mercy, girándose hacia ella.
—Un apartamento, uno realmente magnífico —explicó Pine.
Se identificó a través del intercomunicador de seguridad y las verjas se abrieron. Cuando Mercy comprobó la extensión de la residencia y de los terrenos que la rodeaban, meneó la cabeza y miró a su hermana.
—¿Y vive aquí él solo?
—Con el servicio.
—Ya, claro. Debe de tenerlo para asegurarse de que no se pierde cuando va del dormitorio a la cocina.
—También es nuestro padre —le recordó Pine.
—Para mí no. Ni siquiera me acuerdo del hombre que pensaba que era nuestro padre.
Pararon delate de la entrada y bajaron del coche. La doncella abrió la puerta y las condujo en dirección al despacho de Lineberry.
—Se encuentra mucho mejor que la última vez que estuvieron aquí —dijo la doncella, una mujer de unos treinta años y aspecto eficiente. Miró a Mercy—. Supongo que usted es la hermana gemela de la agente Pine. Al señor Lineberry le encantará conocerla.
—Bueno, puede que no sea recíproco —repuso ella.
Al ver el desconcierto de la mujer, Pine se apresuró a poner una mano en el hombro de su hermana.
—Gracias —le dijo a la doncella—, ya conozco el camino.
Cuando llegaron, Pine llamó a la puerta del despacho y la voz de Lineberry las invitó a pasar.
Al verlas entrar, se levantó de detrás de su escritorio.
Parecía una persona completamente distinta, observó Pine.
Iba vestido con unos pantalones de lino beis, una camisa blanca y una americana azul marino con pañuelo de bolsillo.
Tenía buen color, llevaba el pelo canoso pulcramente cortado y, aunque aún se le veía muy delgado, parecía bastante recuperado de su herida.
«Y de su depresión», pensó Pine.
Lineberry sonrió sin poder apartar la mirada de Mercy. Se dirigió hacia las mujeres con los brazos abiertos.
—Santo Dios, Mercy, ni te imaginas cuánto me alegro de verte.
Pero, cuando fue a abrazarla, Mercy retrocedió y tendió la mano para que se la estrechara.
Él se quedó muy sorprendido. Miró a Pine y, poco a poco, la sorpresa fue dando paso a la comprensión. Al final le estrechó la mano.
—Está claro que me he precipitado. Tú ni siquiera me conoces. Lo siento mucho. Por favor, tomad asiento.
Lineberry se unió a ellas en torno a una mesita de café y las fue mirando una a una antes de centrarse por fin en Pine.
—Imagino que ya te habrán informado de que el FBI ha cerrado el caso de Tim Pine.
—¿Me equivoco al pensar que tú has tenido algo que ver? —le preguntó ella.
—Bueno, el asunto me afectaba directamente, ya que también me estaban investigando a mí.
Pero, sí, tengo que admitir que hice algunas llamadas a viejos camaradas, así como a gente de Capitol Hill a la que he hecho generosas donaciones a lo largo de los años.
Ha quedado más que claro que Ito Vincenzo fue a matar a Tim y que este no hizo otra cosa que defenderse.
En fin… Por lo que me contó McAllister, parece que habéis vivido algunas aventuras por el oeste del país, aunque no me dio más detalles.
—Es información clasificada —dijo la agente—. Pero todas conseguimos sobrevivir, y ahora aquí estamos.
A Lineberry se le descolgó la mandíbula al oír el último comentario, pero se apresuró a cerrar la boca. Luego se giró hacia Mercy.
—Imagino que tu hermana ya te lo habrá contado todo.
Mercy lo miró de arriba abajo, echó un vistazo a la habitación elegantemente decorada, a los dominios adquiridos de la gente adinerada, y volvió a mirar a Lineberry sin parecer nada impresionada.
—¿Que te acostaste con nuestra madre y que luego nacimos nosotras? Sí, lo sé. Y también he oído que quieres dejárnoslo todo. ¿Puedo llevarme algo de lo mío ahora? Porque tengo que pagar algunas facturas y volver a recuperarme un poco. Probablemente sea menos de lo que gastas en cortarte el pelo.
Blum se puso tensa, pero Pine no. Se había preguntado cuál sería la reacción de su hermana ante ese encuentro. Y lo que acababa de pasar no la había sorprendido en absoluto.
En su favor, cabe decir que Lineberry también permaneció impasible. No sonrió con displicencia, no puso cara de enfado o decepción, nada que mostrara que se sentía ofendido por sus bruscos comentarios.
Lo que hizo, en cambio, fue mirar a Pine y pedir con firmeza:
—Atlee, ¿os importaría a Carol y a ti dejarme unos minutos a solas con Mercy?
—¿Te parece bien, Mercy? —le preguntó Pine.
Ella se encogió de hombros.
—Me da igual.
Pine y Blum se levantaron para salir del despacho. Antes de cerrar la puerta, Pine miró con gesto nervioso y vio a su padre y a su hermana observándose intensamente a apenas dos metros de distancia. Aunque bien podrían ser dos millones. Cerró la puerta tras de sí.