Capítulo 81
Blum y las dos hermanas se quedaron maravilladas al ver el lujoso interior del avión, con sus paneles de madera oscura, su colorida moqueta y sus asientos de cuero color crema con ribetes dorados.
El recibimiento corrió a cargo de una auxiliar de vuelo uniformada y dos pilotos de aspecto profesional, que las saludaron con apretones firmes y expresión calmada.
Mientras se acomodaban en sus asientos en torno a una mesita de madera pulida, Pine preguntó:
—¿Adónde vamos exactamente?
—No tardaremos mucho en llegar —fue cuanto dijo Lineberry.
—Es la primera vez que vuelo en avión —dijo Mercy—. Y creo que el hombre que me contó cómo era lo de volar nunca se montó en uno como este.
—Muy poca gente lo ha hecho, Mercy —replicó su hermana.
Despegaron como una exhalación y alcanzaron enseguida los doce mil metros de altitud.
Les sirvieron café y un almuerzo ligero, y en menos de una hora ya estaban descendiendo a través de las nubes.
Cuando las dejaron atrás, Pine miró por la ventanilla y vio que allá abajo se desplegaba una ciudad con una extensa masa de agua al este.
—¿Dónde estamos?
—En Savannah, Georgia —respondió Lineberry—. Y eso que se ve es el Atlántico.
—¿Y por qué Savannah?
Lineberry la miró. Con cierta tristeza, creyó Pine.
—Confía en mí, Atlee. Por favor. Solo una vez más.
Su actitud algo apagada no hizo más que aumentar la ansiedad de la agente.
Un lujoso vehículo con chófer los estaba esperando en el aparcamiento. Se montaron y emprendieron la marcha.
Atravesaron las afueras de la ciudad hasta que giraron hacia un lugar que hizo que a Pine le diera un pequeño vuelco el corazón.
—¿Un cementerio? —Miró nerviosamente a su hermana, antes de preguntarle a Lineberry—: Jack, ¿qué diablos está pasando?
Sentado en el asiento delantero, Lineberry se limitó a mirar estoicamente por la ventanilla.
Luego indicó al chófer que parara el vehículo en un camino estrecho y lleno de baches, cerca de la parte trasera del camposanto.
Allí había un gran número de lápidas, algunas de hasta tres metros de altura, varios mausoleos antiguos profusamente ornamentados, y algunas sencillas placas de bronce dispuestas sobre la hierba.
Cuando Lineberry bajaba del coche, Pine le agarró del brazo.
—Más vale que nos digas qué diablos está pasando, Jack. Esto es una… canallada por tu parte. O sea, ¿un cementerio? Dios mío, por favor, no me digas que hemos venido aquí para…
—Te pedí que confiaras en mí —la interrumpió él—. O confías o no confías. Nunca te haría daño de forma deliberada, pero tampoco pienso ocultarte la verdad. Ya no.
Se bajó y las condujo hasta una sección donde había varias lápidas. Se detuvo ante una de las tumbas hundidas en la tierra con una de aquellas sencillas placas. Se reunieron alrededor de Lineberry y leyeron el nombre inscrito en el bronce.
—¿Mark Douglas? —dijo Pine, antes de mirar a Lineberry totalmente confusa.
—Murió con solo cuarenta y ocho años —observó Blum, leyendo las fechas de nacimiento y muerte.
—Así es —dijo una voz a su espalda—. Murió demasiado pronto.
Al girarse, vieron a una mujer de unos cincuenta y tantos años saliendo de detrás de uno de los mausoleos.
El cabello moreno, entreverado de hebras plateadas, le caía hasta los hombros.
Llevaba unos vaqueros oscuros, botas negras y un chaquetón de marinero también negro.
Era un pelín más alta que Pine, pero un par de centímetros más baja que Mercy.
Era muy esbelta, con una estructura facial impecable; se la veía tan hermosa, con una elegancia tan natural, que Pine notó que le faltaba el aliento.
Los ojos eran de un azul tan deslumbrante que no parecían de verdad. Pero Pine sabía que sí lo eran.
Y también sabía que aquella mujer era su madre.
Ambas hermanas se quedaron muy rígidas, plantadas la una junto a la otra, mientras la mujer a la que habían conocido como mamá, y como Julia Pine, caminaba hacia ellas. Miró primero a Pine y luego a Mercy, sobre la cual su mirada se demoró más tiempo.
Tendió una mano para acariciarle la mejilla. Mercy no se movió y dejó que lo hiciera.
—Pensé que no volvería a verte nunca, Mercy. Nunca.
Los ojos azules se llenaron de lágrimas y la piel que los rodeaba se vio surcada por pequeñas arrugas, unas líneas finamente grabadas que no hicieron más que resaltar su belleza, confiriéndole el refinamiento y la dignidad de una obra artística más madura.
Mercy, con los labios temblorosos, agarró la mano de su madre y la apretó con fuerza contra su piel.
Julia miró a su otra hija. Extendió la mano libre y entrelazó sus dedos con los de ella.
—Lee, cariño, ¿podrás perdonarme alguna vez por lo que hice?
Pine recuperó por fin la voz y dijo:
—En aquel entonces no pude perdonarte, pero ahora sé lo que pasó. Jack… me dejó leer la carta que le escribiste.
Los ojos de Julia buscaron los de Lineberry.
—Sé lo que me pediste —dijo él—. Pero, dadas las circunstancias, sentí que Atlee tenía derecho a saberlo.
Ella asintió.
—Gracias por haberme traído a mis chicas, Jack. Has sido un buen amigo a lo largo de toda esta pesadilla.
Pine bajó la mirada hacia la tumba y luego volvió a levantarla hacia su madre.
Julia asintió de nuevo y dijo en voz baja:
—Un conductor borracho atropelló a Tim cuando cruzaba la calle una noche. Murió en el acto.
Pine volvió a bajar la mirada hacia la tumba y una solitaria lágrima cayó sobre la hierba.
—En Savannah se nos conoce con los nombres de Mark y Sandra Douglas. Durante años regentamos juntos una pequeña floristería. Era… algo que hacer con nuestras… vidas. Todavía tengo la tienda. Las flores hacen felices a las personas —añadió con tristeza.
—Pero… no lo entiendo. ¿Cómo se ha enterado Jack de que estabais aquí?
Al responder, Julia miró a Mercy.
—Vi el aviso del FBI en la televisión. ¿Una chica llamada Rebecca Atkins de Crawfordville, Georgia? Naturalmente no reconocí el nombre. Pero, en cuanto vi la cara, supe que eras tú, Mercy.
—¿Después de tantos años? —dijo ella en tono de incredulidad.
—Soy tu madre. Aquellos eran los mismos preciosos ojos que vi el día que naciste y durante los seis siguientes años, el mismo bonito pelo que cepillé un millón de veces, la nariz que soné innumerables veces; infinidad de pequeños detalles que solo una madre podría percibir.
Llamé a Jack. Tim había conservado su número.
Él me… me contó algo de lo que habías tenido que pasar, Mercy.
—Sus ojos volvieron a anegarse de lágrimas y sus elegantes facciones comenzaron a desmoronarse—. Lo… lo siento muchísimo.
Se acercó a Mercy y la rodeó con sus brazos. Ella se puso rígida un momento. Su hermana las observaba atentamente, sin saber bien qué esperar. Pero entonces Mercy abrazó también a su madre y la estrechó con fuerza.
—Jack me ha contado algunas cosas hoy —dijo Mercy—. De por qué tuviste que dejar de buscarme. Al parecer, te… te viste atrapada, sin escapatoria posible.
Pine lanzó una mirada sorprendida a Lineberry, pero él tenía los ojos clavados en Julia y Mercy.
Finalmente, Julia Pine se apartó, se giró hacia su otra hija y la envolvió también entre sus largos brazos; y mientras se abrazaban, ambas temblaron por la emoción.
Blum, que estaba a unos pocos pasos para dar su espacio a la familia, miraba la hierba con las lágrimas rodando por sus mejillas.
Cuando madre e hija se separaron, Pine dijo:
—En la carta que le escribiste a Jack decías que habías descubierto algo y que eso te había permitido conseguir dinero de alguien. ¿Se trataba de la antigua prometida de Jack, Linda Holden-Bryant? Estaba claro que ella tenía dinero.
—Ya me contó Jack que eras una agente federal excelente —dijo Julia—.
Pues sí, cariño. Al final comprendí que Linda era la única que podría haberle revelado a esa gente dónde nos escondíamos.
—Julia le apartó a Pine el pelo de los ojos—.
Utilicé la mayor parte de ese dinero para que pudieras pagarte tu educación y tus gastos cotidianos.
Te abandoné de la manera más cobarde, pero pensé que cuanto más unidas estuviéramos, más peligroso sería para ti.
A Tim casi lo matan, y lo único en lo que podía pensar era en que esa gente seguía ahí fuera dispuesta a todo.
Si creían que Tim había muerto y que yo había desaparecido para siempre, pensé que dejarían de buscarnos.
Desde entonces me he preguntado infinidad de veces si tomé la decisión correcta.
Me lo pensé muy mucho antes de decidir si llevarte o no con nosotros, pero tú estabas empezando a labrarte un camino y estabas consiguiendo tantas cosas…
Lo último que quería era obligarte a renunciar a todo aquello para volver a vivir en la clandestinidad.
Sería, en definitiva, pedirte que dejaras atrás toda tu vida.
—Lo entiendo. Y… pienso que tomaste la decisión correcta.
—Entonces es que eres mejor persona que yo. No había día en que no quisiera ponerme en contacto contigo. Pero fueron pasando los meses, y los años, y el coraje que necesitaba para hacerlo se fue desvaneciendo. Deberías odiarme. Me lo merezco.
—He encontrado por fin a mi hermana —dijo Pine—. Y tú nos has encontrado a nosotras. No queda espacio en mi corazón para el odio, mamá.
Julia sonrió con tristeza.
—Ojalá vuestro padre pudiera estar aquí para veros. Os quería tanto… En ningún momento dejó de pensar en sus chicas.
Pine miró a Jack, y luego dijo:
—Fue un padre magnífico.
Luego se giró hacia Blum y se la presentó a su madre.
Las dos mujeres se abrazaron.
—Jack me ha contado que has sido una amiga estupenda para Lee —dijo Julia—. Y te lo agradezco muchísimo.
—En realidad, yo he sido la afortunada —dijo Blum.
—Bueno —intervino Mercy—, tengo que saberlo: ¿por qué me pusiste el nombre que tengo?
—Porque, cariño, tú fuiste la primera en salir después de dos días de un parto atrozmente doloroso y de una epidural que nunca llegó a hacer efecto. Y la primera palabra que me salió fue «Mercy»: Dios mío, ten piedad .
Julia y Blum intercambiaron una mirada cómplice.
—Ya —dijo Mercy sonriendo—. Supongo que puedo entenderlo.
Julia agarró las manos de sus hijas.
—¿Os gustaría ver mi pequeña floristería? Se puede ir andando desde aquí. —Luego sonrió—. Se llama «Twin Pines». Imagino que sabéis de dónde viene ese nombre.
—Suena maravilloso, mamá —dijo Pine.
Mercy asintió.
—Sí, es muy bonito.
—Carol y yo iremos más tarde —dijo Jack.
—Podéis venir con nosotras —sugirió Julia.
—No —intervino Blum, dando un paso al frente—. En este momento tenéis que ser vosotras tres solas. —Sonrió con los ojos llenos de emoción—. Por muchas razones.
Ella y Jack volvieron al vehículo.
Las tres mujeres se dirigieron hacia el oeste, donde el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo con exuberantes jirones de color carmesí y dorado.
Y, lentamente, cogidas del brazo, caminaron hacia aquel fulgor luminoso.