Capítulo 76
Buckley se asomó por el borde del afloramiento rocoso.
El Escalade se encontraba como a unos diez metros.
Se giró para mirar a los dos hombres de su grupo que estaban algo más atrás.
Parecían tan nerviosos como él. Aquello no estaba siendo ni de lejos tan sencillo como se había pensado.
Sin duda, había subestimado enormemente a aquellas mujeres.
Sin embargo, sabía por el rastro de sangre que ambas estaban heridas, aunque desconocía el alcance de su gravedad. Estaba seguro de que lucharían hasta el límite de sus posibilidades; ¿qué otra opción tenían?
Hizo señas a uno de sus hombres para que se aproximara. Cuando el tipo se colocó a su lado, Buckley le dijo:
—Dudo mucho que estén dentro del vehículo, pero seguro que se han colocado detrás para usarlo como escudo. Hay que acribillar ese maldito cacharro, y quizá tengamos suerte.
El hombre asintió y regresó con el resto del grupo para reclutar a los efectivos que necesitaba.
Poco después avanzaron con sigilo y se desplegaron detrás de una línea de rocas.
Apuntaron y, a una señal del hombre, apretaron los gatillos.
Las ventanillas del Escalade estallaron en añicos; los neumáticos quedaron destrozados, y la carrocería, con un sinfín de agujeros.
Incluso dispararon por debajo del chasis por si alguna de las mujeres se escondía allí.
Los gritos procedentes del vehículo se oían incluso por encima del fragor del tiroteo.
A medida que las ráfagas aumentaban, los chillidos se fueron elevando en un gran crescendo hasta que, de pronto, cesaron.
Después de que sus hombres hubieran disparado cientos de balas, el jefe del grupo levantó una mano.
Miró a Buckley, quien señaló con la cabeza en dirección al Escalade.
—Parece que hemos acabado con ellas, pero más vale asegurarse.
Algunos de los hombres se acercaron al vehículo, mientras el resto, incluido Buckley, los cubrían. Esperaban encontrar al menos un cadáver. Iluminaron el interior con sus linternas a través de los cristales destrozados, pero la línea de visión era irregular y borrosa.
El líder del grupo abrió con cautela la puerta de atrás, mientras que otro hombre hacía lo mismo con la puerta del copiloto.
Apuntaron con sus armas por toda la cabina.
Fue entonces cuando el primero de ellos divisó el walkie-talkie en el suelo del coche, con el botón de hablar presionado con cinta y el volumen a tope.
Mientras su mente procesaba aquello, miró alarmado a su compañero.
Pero, justo en ese instante, algo más captó la atención de ambos.
—¿Se está quemando algo? —preguntó el segundo hombre.
Al otro lado del vehículo, la larga mecha que Mercy había encontrado bajo el asiento ardía rápidamente. El otro extremo lo habían introducido por la abertura del depósito de gasolina, donde aún quedaban varios litros de combustible y una gran cantidad de vapor explosivo.
La llama de la mecha fue avanzando a toda velocidad hasta llegar al depósito abierto y desaparecer en su interior.
Los hombres intentaron salir corriendo, pero ya era demasiado tarde.
Un segundo después, la tremenda explosión hizo saltar el vehículo por los aires, destrozando a los hombres que tuvieron la mala suerte de estar junto a él.
La onda expansiva lanzó sus restos a decenas de metros de distancia.
Un brazo golpeó a Buckley en la cara, mientras que una pierna se enredó en torno al hombre que estaba a su lado.
—¡Hostia puta! —exclamó Buckley mientras trataba de ponerse en pie. Pero no dijo nada más, porque no tuvo oportunidad.
Un pie del número cuarenta y siete le impactó con tal fuerza en la cara que le destrozó la mandíbula. Ese mismo pie aplastó la tráquea del hombre que estaba a su lado, y que cayó al suelo agarrándose el cuello, luchando por aspirar el aire que no pasaba por la garganta dañada.
Otra patada, propinada en un lado de la cabeza, levantó a Buckley del suelo y lo lanzó contra un grupo de rocas. Cayó desplomado al suelo, sangrando por los múltiples cortes y rasguños.
Un tercer hombre cometió el error de intentar luchar con sus propias manos contra la brutal fuerza que se había desatado sobre ellos.
Una rodilla huesuda impactó contra su cara, machacándole la nariz.
Mientras caía, una sucesión de violentos golpes de pie y de codo le destrozó el cráneo.
El hombre moriría al cabo de un minuto a causa de la hemorragia interna.
El resto de los hombres, totalmente desmoralizados para seguir luchando, se dieron media vuelta para huir despavoridos. Y lo habrían conseguido, de no ser por las balas disparadas por Pine y Spector, que los alcanzaron y acabaron con su vida.
Y después todo quedó en silencio, salvo por los gemidos, gruñidos y sonidos guturales de los moribundos, cuyo aliento se condensaba en el gélido aire.
Mercy, descalza y relajada, se plantó junto a Buckley. Lo empujó con uno de sus pies para darle la vuelta. Ahora no parecía ni de lejos tan atractivo.
Mientras se giraba para mirar a Pine y Spector, que salían renqueantes de detrás de sus escondrijos con los cañones aún humeantes, Buckley se incorporó de repente. Levantó la escopeta y apuntó a la ancha espalda de Mercy.
Sonó un disparo.
Pero no era del arma de Buckley.
La bala entró directamente por la boca del hombre y salió por la parte posterior de su cabeza.
Volvió a caer de espaldas contra el suelo, ahora por última vez.
Mercy se giró en redondo para mirarlo. Luego se volvió de nuevo, justo en el instante en que su hermana bajaba la pistola.
Pine exhaló un largo suspiro.
—Hemos bajado del árbol, Mercy. Y estamos a salvo.
Acto seguido se desplomó sobre la tierra, inconsciente. Un momento después, Spector, exhausta y ensangrentada, cayó también.