El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 75
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Capítulo 75

Pine avanzaba por el lado izquierdo del camino y Spector por el derecho.

Se movían sigilosamente, procurando no hacer ruido y deteniéndose de vez en cuando para escuchar en el aire calmo cualquier sonido que viniera en su dirección.

Pine sabía que el hecho de que no oyeran nada significaba que Buckley y sus hombres se habrían reagrupado y estarían reevaluando la situación a la luz de las numerosas bajas sufridas.

Miró al otro lado del camino y vio que Spector se detenía e hincaba una rodilla en el suelo. Se giró hacia Pine y señaló al frente. Luego alzó la pistola, cruzó los antebrazos formando una X e hizo un movimiento de barrido hacia delante. Pine levantó un pulgar en su dirección.

Apuntó con su pistola directamente hacia la derecha, unos dos pasos por delante de donde se hallaba Spector.

Y esperó.

Cuando los dos primeros hombres aparecieron, Spector disparó; un segundo más tarde, lo hizo Pine. Estaban utilizando una táctica de fuego cruzado; de ese modo tenían campos de tiro superpuestos para cubrir el mayor espacio posible frente a ellas.

Las dos vaciaron sus cargadores de quince proyectiles, pararon para cambiarlos y siguieron disparando.

Así consiguieron abatir a tres hombres.

La única desventaja de esta táctica era que el destello de sus cañones había revelado sus posiciones.

Un aluvión de fuego concentrado empezó a caer sobre ambas. Era tan intenso que tuvieron que retroceder hacia las rocas y tumbarse boca abajo. Cuando cesó, Pine se levantó, se acercó a Spector y la ayudó a levantarse.

—¡Tenemos que irnos ya! —le gritó.

De pronto, dos hombres salieron de entre las sombras, apuntándolas con sus armas. Pine giró sobre sí misma y, con una patada, hizo que la pistola de uno de ellos saliera volando. El otro disparó contra ella, pero falló porque Spector había lanzado otra patada que impactó justo en su entrepierna.

Entonces empezó la lucha cuerpo a cuerpo.

Los dos hombres eran mucho más fuertes y corpulentos, pero ninguno de ellos fue adversario para las dos mujeres, ya que, en un enfrentamiento de este tipo, la fuerza está enormemente sobrevalorada.

Spector acabó con la vida de uno rajándolo con un cuchillo.

Pine le rompió el cuello al otro inmovilizándolo entre sus piernas y torciéndole la cabeza brutalmente hacia la derecha.

Las dos se levantaron, sin apenas resuello y muy doloridas.

Habían ganado la batalla, pero los hombres les habían infligido un castigo considerable.

Tenían numerosos cortes y magulladuras, y estaban exhaustas.

Pine apenas podía mover el brazo izquierdo, y tenía la rodilla derecha tan hinchada que hacía presión contra los vaqueros.

—Vamos —dijo Spector.

Nada más decirlo, una bala le atravesó la pantorrilla izquierda, llevándose consigo parte de la carne. Un trozo de metralla le desgarró la mejilla y otro le hizo un corte profundo en el oblicuo.

Mientras los proyectiles seguían volando a su alrededor, Pine se fracturó el tobillo al tropezar con una piedra y caer sobre el duro suelo rocoso, cortándose las manos y rompiéndose también un dedo.

Una bala le rasgó la manga de la chaqueta, abrasándole la piel del antebrazo, aunque por suerte no penetró en la carne.

Se levantó rápidamente, giró en redondo y vació su cargador contra la embocadura del camino.

Esto permitió a Spector incorporarse y unirse a ella, disparando al tiempo que retrocedía.

Pine respiraba con dificultad y apretaba los dientes a cada paso, con la sangre chorreándole de los labios. Cuando miró a Spector, vio que tenía el rostro ceniciento, salvo por la sangre que brotaba de la herida en la mejilla.

—¿Dónde más te han dado?

—En la pantorrilla y el oblicuo, pero estoy bien —mintió Spector—. ¿Y tú?

—También estoy bien —mintió Pine a su vez.

Retrocedieron como pudieron en dirección al vehículo. Ambas tenían bastante claro que aquella sería su última batalla.

Cuando llegaban al Escalade, Mercy se alzó de donde estaba apostada detrás del morro. Al ver a las dos mujeres, reparó en su paso renqueante, la sangre y los dientes apretados.

—¿Es muy grave? —preguntó.

—Estamos bien —dijo Spector, y Pine asintió.

Pero ambas se desplomaron contra el costado del todoterreno, respirando jadeantes y tratando de recuperar el aliento mientras el sudor, que les caía a chorros, se mezclaba con la sangre.

Mercy rodeó el vehículo y miró hacia el camino.

—¿Cuántos quedan?

—No estoy segura —dijo Spector—, pero probablemente demasiados.

Pine se miró la sangre que le cubría todo el cuerpo y se dio cuenta de que la mano herida le impedía sujetar bien el arma. Spector se examinó también y, por la expresión de su rostro, el simple hecho de tratar de mantenerse en pie sobre su pierna herida suponía un auténtico suplicio.

—Las probabilidades no están a nuestro favor —dijo Pine—. Y además nos estamos quedando sin munición.

Mercy se sacó algo del bolsillo y dijo:

—He encontrado esto bajo el asiento. —También sostuvo en alto el walkie-talkie—. He tenido una idea.

Spector miró a Pine. Esta respiró hondo.

—Escuchémosla, hermanita. Porque yo estoy en blanco.