El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 73
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Capítulo 73

Peter Buckley iba sentado en el asiento trasero del Jeep con expresión siniestra. Miró el arma que llevaba en la mano. Hacía mucho tiempo que no mataba a nadie en persona. Y, en esos momentos, estaba ansioso por hacerlo.

Además, pensaba torturar y luego destripar a Britt Spector por haberlo traicionado.

Se reprochaba no haber detectado antes las claras señales de advertencia.

La mujer se había estado comportando de forma extraña, distraída…

No, distraída no; más bien, desilusionada.

Como si se estuviera replanteando las prioridades en su vida.

Bueno, estaba claro que ahora había escogido un camino muy distinto.

Tal vez fuera porque las cuatro eran mujeres, y dos de ellas formaban parte del FBI.

Tal vez seguía existiendo una conexión más profunda de lo que ella misma se pensaba.

Pero habían visto los rastros de la pérdida de combustible, y Buckley sabía que no tendrían suficiente para llegar a pedir ayuda.

El terreno era agreste e inhóspito. Cuando se agotara la gasolina, también se quedarían sin calefacción.

Y, por la noche, la temperatura se desplomaría a unos diez grados bajo cero.

Sin embargo, esperaba encontrarlas antes de que eso ocurriera.

No sería un enfrentamiento justo. Él disponía de muchos hombres y ellas eran solo cuatro mujeres, una de ellas sexagenaria.

Pero en cierto modo apreciaba la simetría, ya que el enfrentamiento en el que su padre casi muere tampoco había sido justo.

Buckley no había conseguido encontrar en la jaula la venganza que tanto ansiaba.

Tendría que ser aquí fuera. Y aquí fuera sería donde enterraría sus cuerpos, lejos, muy lejos de todo, y los cubriría con grandes rocas.

Miró por la ventanilla el cielo lúgubre e imaginó cómo iba a acabar todo aquello.

Ahora veía con total claridad que aquel era su único y definitivo momento.

Todo lo demás que había conseguido en la vida —el dinero, los contactos, su discreta fama, los viajes y la cultura— no significaba nada.

Tenía la sensación de que había desperdiciado toda su existencia.

Pero ahora tenía la oportunidad de compensarlo.

Jamás se había sentido tan cerca de su padre como en esos momentos.

Su hijo mayor iba a vengarlo por fin, de una vez por todas.

Unos quince kilómetros más adelante, Spector se adentró en un cañón encajonado que había sido excavado por las aguas tumultuosas hacía millones de años, y condujo a través de la angosta pista de tierra hasta donde pudo.

Al echar un vistazo al indicador, calculó que les quedaban unos veinte litros de gasolina.

Observó que el nivel se había estabilizado: las balas debían de haber perforado el depósito por encima del combustible restante.

Sin embargo, no era suficiente para llegar al pueblo, sobre todo teniendo en cuenta la velocidad que debían mantener.

Esa era la razón por la que se había desviado por el cañón.

Quedarse sin gasolina en medio de la planicie significaría no tener la más mínima oportunidad.

Se detuvo detrás de un montón de rocas derrumbadas y apagó el motor.

—Puede que pasen por alto el desvío, lo cual nos dará algo de tiempo.

—¿Tiempo para qué? —preguntó Mercy, mirando por la ventanilla—. No creo que nadie acuda en nuestro rescate.

Spector asintió.

—Ya, no hay nada en muchos kilómetros a la redonda, salvo el complejo de Buckley.

—¿Buckley? —repitió Pine.

—Sí. Supongo que no sabéis quién es.

—Solo que tiene un hermano llamado Ken —dijo Mercy—. Ken Buckley, supongo.

Spector empezó a hablar, pero, para su sorpresa, fue Blum la que acabó de contarles toda la historia de Buckley y su pasado familiar.

—Eso fue mucho antes de que ingresaras en la Agencia, agente Pine. —Y dirigió una mirada significativa a Spector, como diciéndole: «Y tú también».

Si Pine se percató de esa mirada, no dijo nada.

—Buckley me contó que esto no tiene que ver realmente con vengar a su hermano —continuó Blum—, sino a su padre y todo lo que representaba. Parecía muy entusiasmado con la idea, aunque de un modo enfermizo.

Spector asintió con la cabeza.

—Cuando me lo explicó, me pareció un poco… perturbado, la verdad.

—¿Hace mucho que lo conoces? —preguntó Pine.

—He hecho algunos trabajos para él —respondió Spector vagamente—. Pero nada tan personal como esto. Y nunca se había implicado tan directamente en las misiones. Me pagaba por hacer lo que había que hacer y ya está.

—¿Y tú cómo te llamas? —le preguntó Pine.

—Preferiría no decirlo.

La federal se la quedó mirando, pero no la presionó.

—Vale —dijo Spector—, tenemos que establecer un perímetro de vigilancia. Y seguro que estáis hambrientas después de la paliza que os habéis dado. Además, un ejército no puede combatir con el estómago vacío.

Más tarde, después de haber comido y bebido un poco, Pine se encargó del primer turno.

Comprobó que Spector había escogido muy bien la ubicación.

La carretera que iba hacia allí era muy estrecha, y desde donde estaba apostada disfrutaba de una línea de visión perfecta.

Blum se había quedado dentro del vehículo, bien arropada con una manta, mientras Mercy montaba guardia fuera.

Pine estaba tumbada sobre un saliente plano que sobresalía de la pared del cañón, sosteniendo el rifle de francotirador con mira telescópica. Spector había cogido algunas cosas y se había alejado por la carretera en dirección a la planicie.

Sujeto al cinturón, Pine tenía un walkie-talkie que su aliada le había proporcionado.

Esta le dijo que los había cogido del complejo, pero que los había sintonizado en una frecuencia distinta.

Pine lo había utilizado para comunicarse con ella de tanto en tanto.

Spector le había informado de que no había ni rastro de Buckley y sus hombres.

—En este paraje hay bastantes cañones, cerros y giros muy cerrados, y cuando nos perdieron de vista un momento, aproveché para adentrarme aquí.

Pasamos por algunas bocas de cañón antes de entrar en este, así que primero comprobarán esos.

Y, conociendo a Peter, lo harán de forma muy metódica, por lo que aún tardarán un tiempo.

Sin embargo, Pine era consciente de que, tarde o temprano, las encontrarían.

Miró un instante a su espalda, donde estaban las dos personas más importantes de su vida: su hermana y Blum.

Ellas eran su verdadera familia, la única que posiblemente conocería ahora.

Y lo más probable era que perdiera tanto a su familia como su propia vida allí mismo.

Pero, aunque eso sucediera, se sentía muy afortunada de haberse reencontrado con Mercy antes de que llegara el fin.

«Y si este es nuestro El Álamo, al menos me llevaré por delante a tantos como pueda».

Más tarde, mientras observaba a través de la mira telescópica, su cuerpo se tensó. Una figura corría hacia donde se encontraba. El dedo de Pine se deslizó hacia el guardamontes y se detuvo. Hasta que no tuviera una identificación clara no dispararía. Entonces crepitó el walkie-talkie.

—Soy yo —dijo la voz a través del éter.

Se relajó cuando Spector llegó al saliente.

Y entonces esta pronunció dos palabras, las únicas que necesitaba decir:

—Ya vienen.