Capítulo 72
Spector corrió hacia la puerta, seguida muy de cerca por Mercy.
Las tres se habían quitado ya los auriculares.
Pine cubría la retaguardia. Cuando una figura se alzó amenazante ante ella, le lanzó una patada a la cabeza.
El hombre empezó a tambalearse y la agente le atizó un puñetazo en la espalda que le hizo gritar y caer de bruces.
Al girar una esquina, se toparon con un guardia armado.
—¿Qué diablos está pasando? —gritó.
En respuesta, Spector le disparó a la cabeza.
Pine se paró junto a él, le cogió el AK y la pistola y se metió esta última por el cinto de los shorts.
—El coche está por aquí, vamos —las apremió Spector.
Oyeron gritos dentro del edificio del que acababan de escapar, así como pasos a la carrera acercándose desde otras partes del complejo.
Llegaron al Escalade negro, y Mercy y Pine metieron a Blum en el asiento de atrás.
Spector se puso al volante y arrancó el motor.
Mercy se sentó junto a Blum. Cuando Pine iba a subirse al asiento del copiloto, uno de los hombres apareció de repente y disparó contra ellas.
La bala destrozó la ventanilla y pasó justo por detrás de la cabeza de Spector.
—¡Entra! —le gritó esta.
Así lo hizo, pero no sin antes abatir al hombre disparándole con el AK.
Spector apretó el acelerador en cuanto Pine hubo cerrado la puerta.
El todoterreno deportivo cobró velocidad y llegaron rápidamente a las verjas del complejo.
El guardia que estaba en la torreta de vigilancia les gritó que pararan.
Antes de que pudiera apuntar y abrir fuego, la agente se asomó por la ventanilla destrozada del copiloto y le disparó dos veces con la pistola.
El hombre cayó por el borde de la torreta y se estrelló en el suelo justo cuando el Escalade embestía contra las verjas, abriéndolas de par en par.
Spector avanzó en línea recta, pero luego empezó a virar a un lado y a otro para esquivar las balas que les disparaban desde atrás. Pine se giró y vio a varios hombres corriendo hacia el coche con sus armas en ristre.
Varios proyectiles impactaron contra la carrocería, pero por suerte ninguno alcanzó los neumáticos.
Pine volvió a girarse en el asiento justo cuando Spector daba un volantazo a la izquierda y desaparecían del campo de visión de sus perseguidores.
—¿Dónde diablos estamos?
—En algún lugar perdido de Idaho.
—Vale, siguiente pregunta: ¿por qué nos estás ayudando?
Spector no la miró, sino que optó por mantener la vista al frente.
—Carol Blum es una ayudante magnífica, agente Pine. Me habló de una manera muy franca y honesta. Y me hizo replantearme algunas cosas que creía haber dejado de plantearme hacía tiempo.
Mercy examinó a Blum, que aún no había recuperado del todo la conciencia.
—Tenemos que vendarla —dijo—. Sigue sangrando.
—Mierda —masculló Pine, y se pasó al asiento trasero.
—En la parte de atrás hay una bolsa con un botiquín de primeros auxilios —dijo Spector—. También hay ropa, comida, agua, armas y municiones.
—Vaya, has pensado en todo —comentó Pine. Rebuscó en la bolsa hasta dar con el botiquín. Y mientras curaba las heridas de Blum, le fue diciendo—: Carol, vas a salir de esta. Vas a ponerte bien.
Su amiga seguía aún muy aturdida por el efecto de las granadas, y la sangre que había perdido hacía que estuviera aún más débil. Sin embargo, consiguió abrir los ojos y asentir. Y, al ver a Spector en el asiento de delante, una leve sonrisa de satisfacción asomó a su labios.
Pine le dio algo de beber y luego examinó de nuevo las heridas para asegurarse de que habían dejado de sangrar. Volvió a cubrirlas con las vendas, miró a Mercy con expresión aliviada, y se pasó otra vez al asiento delantero. Echó un vistazo al velocímetro y vio que iban a ciento treinta por hora.
—Habéis interpretado muy bien vuestro papel —les dijo Spector.
La federal se pasó una mano por la mandíbula
—Demasiado bien, quizá —dijo. Miró con orgullo a su hermana—. Sé que te estabas conteniendo. De no ser así, me habrías noqueado en el primer minuto.
—No seas tan modesta, Lee, tú también le pegas duro —repuso Mercy, frotándose con cuidado el oblicuo izquierdo.
—¿Y adónde vamos? —le preguntó Pine a Spector.
—Hay un pueblo como a unos doscientos cincuenta kilómetros. Es el punto más cercano. Pero aún no estamos fuera de peligro. He hecho lo que he podido; he inutilizado algunos de sus vehículos, pero no he logrado acceder a todos. Espero que con la ventaja que llevamos tengamos suficiente.
—Tú sí que has cumplido bien con tu parte.
Spector la miró.
—Espero que recuerdes eso si conseguimos sobrevivir.
Pine también la miró. Luego se giró hacia Blum y sostuvo la mirada cansada de la mujer durante un rato. Después se volvió de nuevo hacia Spector.
—De no ser por ti estaríamos todas muertas. Y no importa por qué estabas con esa gente. Lo que importa es que nos has ayudado. Has corrido un gran riesgo. Si la cosa hubiera salido mal, no habrían dudado en matarte.
—Vale —dijo Spector, devolviendo toda su atención a la carretera—. ¿Por qué no os cambiáis de ropa? He echado en la bolsa algunas cosas mías. Vosotras sois más altas, pero creo que por el momento os servirán.
Mercy cogió unos pantalones de chándal, una camiseta de manga larga, una cazadora de cuero forrada que le apretaba algo en los hombros, y unas deportivas que le iban bien de largo pero eran demasiado estrechas.
Pine se puso unos vaqueros, un jersey de lana, una chaqueta con chaleco acolchado y botas de montaña.
Tenía la pistola y el AK, pero Spector había traído además varias pistolas, una escopeta y un rifle de francotirador de largo alcance.
—Tienes buen gusto escogiendo armas —dijo Pine.
—No hay nada que se interponga entre mí y el armamento de primera clase —bromeó Spector.
Pine y Mercy se acomodaron a ambos lados de Blum. A lo largo del trayecto, esta había empezado a recuperarse lo suficiente para poder permanecer sentada. Miró a Pine, que le dijo:
—Todo va a salir bien, Carol.
—Lo sé. Yo siempre apuesto por ti. —Luego miró a su hermana y posó una mano en su ancho hombro—. Y por ti también, Mercy.
—Entonces espero no decepcionarte.
—No creo que puedas hacerlo nunca.
—¿Te encuentras mejor? —le preguntó Pine—. Toma un poco más de agua para reponer fluidos.
La ayudó a beber unos sorbos, volvió a tapar la botella y se recostó en el asiento.
Y mientras el Escalade avanzaba a toda velocidad, Blum cogió las manos de las dos hermanas y las estrechó con firmeza.
Sentada al volante, Spector sonrió al mirar por el retrovisor y no ver nada salvo oscuridad. Entonces echó un vistazo al indicador de la gasolina y se quedó de piedra.
—Cuando salimos el depósito estaba lleno y ya va por la mitad. Algo no marcha bien.
—Mierda —masculló Pine—, deben de haberle dado al depósito. Abre el portón trasero.
Se pasó a la parte de atrás y, al asomarse, vio el reguero de combustible que iban dejando tras de sí.
—Así jamás conseguiremos llegar al pueblo —avisó Spector.
—¿No hay ningún taller ni estación de servicio por el camino? —preguntó Mercy.
—No hay nada salvo lo que estáis viendo ahora.
—¿Y no tienes móvil? —dijo Pine.
—Sí, pero este es uno de esos lugares «sin cobertura» que se ven en los anuncios de las compañías telefónicas. No tendremos servicio hasta que estemos a poco más de un kilómetro del pueblo.
—¿Podemos parar e intentar tapar el agujero de algún modo? —propuso Mercy.
Pine miró hacia atrás y vio lo que parecían ser unos faros.
—No creo que podamos parar —dijo, señalando hacia las luces que se veían a lo lejos—. Se han reagrupado mucho más deprisa de lo que había calculado.
Spector echó un vistazo al retrovisor y espetó:
—Hostia, maldita sea.
—Sí —dijo Pine, mirándola—. Maldita sea.