Capítulo 71
Cuando sonó la bocina, las dos avanzaron y adoptaron una posición defensiva. Mercy atacó con una patada circular. Pine la bloqueó y lanzó un puñetazo desmañado.
El grito las dejó petrificadas.
A Blum le habían quitado la mordaza. Y el hombre que estaba junto a ella le había hecho un gran corte en la parte superior del brazo, del cual brotaba ya la sangre.
—¡Carol! —chilló Pine.
—Os lo advertí —gritó Buckley—. ¡Y ahora pelead!
Spector se situó entre ambas y les dijo en un susurro:
—Más vale que lo hagáis, chicas, o ella morirá. Tan solo tratad de hacer contacto y absorber los golpes. Él no es ningún experto en artes marciales mixtas. Vamos. Podéis hacerlo.
Pine le dirigió una mirada intrigada y retrocedió.
Mercy miró a su hermana y dijo:
—Démosle un buen espectáculo a ese capullo.
Pine lanzó un gancho de derecha al oblicuo izquierdo de Mercy, que trastabilló hacia atrás.
Cuando cargó de nuevo hacia ella, Mercy giró sobre sí misma y soltó una patada lateral que alcanzó la mandíbula de su hermana.
Si hubiera aplicado toda su potencia, la mandíbula habría quedado destrozada. Aun así, el golpe dolió de cojones.
Pine se agarró a su hermana y la empujó. Luego ambas se propinaron una serie de fuertes golpes con puños y pies. Siguieron así hasta que sonó la bocina y acabó el primer asalto.
Se retiraron cada una a su rincón, donde una botella de G2 con tapón dosificador colgaba de un gancho en la valla alambrada, junto a una toalla blanca. Spector acercó la botella a la boca de Pine y dejó que bebiera. Luego le secó la boca, los brazos y las piernas con la toalla.
Y mientras lo hacía, le dijo en voz baja:
—Seguid haciéndolo como hasta ahora.
Pine volvió a mirarla intrigada.
—Vosotras aguantad —añadió Spector—. Y confiad en mí.
Se acercó al rincón de Mercy para proporcionarle hidratación y secarla con la toalla, al tiempo que, por lo bajo, le transmitía el mismo mensaje.
—Lo estáis haciendo muy bien —gritó Buckley a través de la alambrada—. Seguid así. ¡Quiero más!
La bocina sonó y empezó el segundo asalto.
Se encontraron en el centro del ring y comenzaron de nuevo a lanzar patadas y golpes. Durante uno de los agarres de forcejeo, Pine le murmuró:
—¿Confiamos en ella?
—Coño —masculló Mercy—, ¿y qué otra opción tenemos?
Se oyó otro grito y, al mirar hacia Blum, vieron que el hombre le estaba haciendo otro corte en el brazo. Se giraron hacia Buckley, que ahora estaba de pie junto a la valla metálica.
—¿Ni un solo golpe que haga caer a la otra?
Pine miró a Mercy, que se dio unas palmadas en el pecho. Y entonces se produjo un momento de comunicación tácita entre ambas. Fue como si volvieran a ser dos niñas jugando en el patio trasero de su casa allá en Georgia.
Pine dio unos pasos hacia atrás y, de pronto, se lanzó hacia delante trazando una explosiva patada circular que impactó en el costado izquierdo de la cabeza de Mercy. Esta retrocedió tambaleante hasta chocar con la alambrada y caer sobre una rodilla, su tenso abdomen agitándose adentro y afuera.
Pine se abalanzó corriendo hacia Mercy, pero esta ya se había levantado y conectó un tremendo derechazo en el vientre de su hermana que la hizo retroceder trastabillando hasta caer de culo.
Mercy se arrojó sobre ella y las dos forcejearon violentamente, tratando de inmovilizar a la otra.
Cuando la agente del FBI se liberó y consiguió levantarse, la sangre le corría por la cara.
Con una mezcla de orgullo y envidia, Pine tuvo que reconocer que, aunque sus fuerzas estaban más o menos igualadas, su hermana era más corpulenta, más flexible y mejor luchadora que ella.
El tercer asalto transcurrió más o menos como el segundo.
Las dos volvieron a machacarse duramente, pero Pine podía percibir que Mercy contenía la potencia de sus golpes.
Ella trataba de hacer lo mismo, al tiempo que reaccionaba físicamente como si estuviera recibiendo un castigo brutal, lo cual no estaba muy lejos de la verdad.
Las dos tenían la cara ensangrentada y el torso y las extremidades llenos de moratones.
Respiraban con jadeos y, a pesar del aire gélido, sus cuerpos sudaban con profusión.
De pie junto a la valla metálica, Buckley no se perdía detalle y disfrutaba de lo lindo. Incluso simuló lanzar algunos golpes de boxeo al aire, para gran diversión de sus hombres, que no paraban de aullar y jalear y patear el suelo.
Antes de que arrancara el cuarto y último asalto, Spector volvió a proporcionarles hidratación y a secarlas con las toallas. Y, mientras lo hacía, transmitió a ambas el mismo mensaje.
—Esperad a mi señal cuando falte un minuto. Pasados treinta segundos, empezad a luchar a muerte. Necesitaré toda la distracción posible.
Luego, mientras les secaba la cabeza, introdujo disimuladamente algo con textura de goma en sus oídos.
Ambas mujeres se prepararon para el último asalto.
Spector dirigió una fugaz mirada a su mochila colgada en la valla metálica, y luego retrocedió con los brazos caídos lánguidamente a los costados.
Miró a su espalda: primero a Buckley, a quien sonrió con aire triunfante, y luego a Blum, allí sentada con el brazo sangrando y una expresión horrorizada en el rostro por lo que estaba presenciando.
Sonó la bocina y las dos mujeres se lanzaron a la lucha con determinación entusiasta.
Les quedaban, tal vez, cinco minutos de vida.
Se propinaron un golpe tras otro, se aplicaron una llave de brazo tras otra.
Cada una de ellas cayó derribada un par de veces, aunque para ambas la cosa parecía mucho peor de lo que realmente era.
Desde fuera, daba la impresión de que estaban al borde de la muerte.
Pero, en realidad, aún les quedaban muchas fuerzas.
Pine se esforzaba por no mirar, pero su atención se desviaba de vez en cuando hacia Spector. Y, en cada ocasión, el semblante de la mujer permanecía inescrutable.
—Ambas seguís en pie —gritó Buckley—. ¡Señoras, esto no pinta bien!
—¡Falta un minuto! —anunció Spector.
Cuando Pine la miró, la mujer se había colocado de espalda a los espectadores. Entonces formó un uno y un cero con los dedos, y luego cerró los ojos durante un segundo.
Pine captó al momento lo que quería comunicar. Y, durante un breve agarre de forcejeo, le susurró a Mercy las instrucciones.
—¡Treinta segundos! —gritó Spector poco después.
Al oírlo, Mercy lanzó una brutal patada a Pine, que salió volando por los aires hasta estamparse contra la alambrada justo enfrente de Spector.
Pine se quedó aturdida y tardó en levantarse.
Entonces Mercy se abalanzó sobre ella y empezó a golpearla, mientras los hombres jaleaban y corrían hacia donde estaban para presenciar de cerca la matanza.
Mientras todas las miradas estaban clavadas en las hermanas, Spector rebuscó en su mochila.
—¡Diez segundos! —gritó.
En ese momento, Pine y Mercy cerraron los ojos, de modo que no pudieron ver la pistola en la mano derecha de Spector y los otros objetos en la izquierda.
Disparó dos veces entre la malla metálica.
Ambos disparos alcanzaron su objetivo, y el hombre que sostenía el cuchillo junto a Blum cayó muerto.
Con la otra mano, Spector ya había lanzado dos granadas aturdidoras por encima de la valla, que cayeron justo al lado de donde Buckley y sus hombres estaban apiñados.
Cuando detonaron, el espacio quedó envuelto en el humo de una explosión ensordecedora que destelló con una luz brillante y cegadora. Buckley y sus hombres se desplomaron al instante.
Pine y Mercy, protegidas por los auriculares y con los ojos cerrados y apartados, se levantaron rápidamente y corrieron tras Spector hacia la puerta. Esta la abrió de una patada y las tres avanzaron a través del humo hasta donde se hallaba Blum, que también había caído de la silla.
Uno de los hombres tirados en el suelo soltó un gruñido e intentó agarrarlas, pero sin fuerzas. Spector le aplastó la mano de una patada y Pine se aseguró de que no volvía a intentarlo asestándole un golpe en la nuca.
Spector trató de levantar a Blum. Mercy la apartó, se inclinó sobre la mujer y se la cargó al hombro.
—¡Vámonos! —gritó.