El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 70
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Capítulo 70

Pine y Mercy se despertaron sobresaltadas por el estruendo de varios pares de botas sobre la madera.

Se incorporaron en los camastros mientras media docena de hombres corpulentos llenaban la celda.

Cuatro de ellos iban armados con rifles.

Los otros dos llevaban grilletes diseñados para transportar presos.

Buckley no estaba entre ellos.

Pine examinó las caras de los hombres. Eran rostros duros, sin expresión, sin alma. Estaban allí para hacer un trabajo —uno muy bien pagado, sin duda— e iban a hacerlo. Las cuestiones sobre la moral, sobre lo que estaba bien o mal, no eran preocupaciones que turbasen a aquellos hombres.

—¡En pie! —ordenó uno de ellos. Con su metro ochenta y cinco, era el más bajo de todos, pero también el que parecía tener más luces.

—¿Adónde vamos? —preguntó Pine—. ¿Y dónde está Carol?

—Os vamos a llevar con ella. ¡Y ahora en pie!

La puerta estaba abierta. Les esposaron las muñecas y los tobillos con grilletes y luego los sujetaron con cadenas a la cintura, obligándolas a arrastrar los pies con el típico paso de los prisioneros.

Uno de los hombres empujó a Pine por la espalda con su rifle.

—Ahora sabes lo que se siente cuando te detienen, agente.

Las condujeron afuera, donde estaba oscuro y hacía frío, con un fuerte viento que soplaba del oeste. Pine se estremeció y notó algunas gotas de lluvia cayendo sobre su cabeza.

Mientras avanzaban por el suelo de tierra pudo ver otros edificios, una torreta de vigilancia y una hilera de vehículos.

Está claro que aquello era un complejo de algún tipo enclavado en mitad de ninguna parte.

El hombre elegante y educado que estaba detrás de todo aquello, ¿podía ser el líder de alguna secta religiosa como David Koresh?

¿O era el jefe de una organización criminal?

Los hombres que las rodeaban parecían más bien delincuentes curtidos, y no potenciales bebedores de veneno conocido popularmente como Kool-Aid.

De ser así, la cosa no pintaba nada bien para Pine, Mercy y Blum.

Las llevaron hasta un edificio grande que parecía una especie de granero, y una vez dentro las separaron. Antes de eso, Pine pudo vislumbrar algo de tamaño considerable colocado en el centro, aunque no pudo distinguir lo que era porque estaba tapado por una enorme lona.

Dos hombres armados la condujeron a un pequeño cuarto, donde había algunas prendas de ropa colgadas de ganchos en la pared.

Uno de los tipos le quitó los grilletes mientras el otro no dejaba de apuntarla con el fusil.

El primero retrocedió y, mientras se enrollaba las cadenas en torno al brazo, le dijo:

—Desvístete en ese cubículo de ahí y ponte esa ropa. —Y señaló la que había colgada en los ganchos.

—¿Para qué?

El otro hombre agitó el fusil.

—Tú póntela. Nosotros esperamos aquí. Tienes dos minutos antes de que entremos, así que ya puedes darte prisa. Y nada de zapatos ni calcetines. Déjalos ahí.

Pine agarró las prendas y se metió en el cubículo. Se desvistió hasta quedarse en ropa interior y luego examinó las piezas que había cogido.

«¿Qué coño…?».

Se puso los shorts de licra, el protector de pecho y el top deportivo.

Salió del cubículo y se quedó mirando a los hombres.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

Los otros la obligaron a dirigirse hacia la puerta por la que habían entrado.

Volvieron a la nave principal, donde Pine vio a Mercy acercándose desde otra zona del edificio, vestida con una ropa casi idéntica a la suya. Su hermana la miró, obviamente tan confusa como ella.

Las llevaron junto al espacio cubierto por la lona.

Y entonces apareció Buckley. Vestía unos pantalones caqui, una cazadora de color tostado con un jersey amarillo de cuello redondo debajo, y unas resistentes botas marrones.

Pine lo fulminó con la mirada.

—¿De qué cojones va todo esto?

A modo de respuesta, Buckley hizo una seña a un hombre que estaba de pie en un rincón apartado, con una mano apoyada sobre una palanca metálica conectada a un volante y una cadena. El hombre tiró de la palanca, y al instante el chirrido de los engranajes hidráulicos inundó el espacio.

Entonces todos contemplaron cómo la lona, sujeta por su vértice superior a la cadena, se levantaba lentamente. Y, debajo, había algo que le resultó muy familiar a Mercy.

Una jaula de combate de la UFC. Miró a su hermana, totalmente boquiabierta.

Una vez izada, la lona fue desplazándose hacia un lado para, a continuación, quedar depositada en el suelo.

Pine se volvió hacia Buckley.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Esto sí lo hará —repuso él.

Hizo señas a otro hombre, que desapareció y volvió al cabo de diez segundos trayendo a Carol Blum, amordazada y con los ojos vendados.

—¡Carol! —exclamó Pine. Trató de acercarse a ella, pero un muro de hombres armados se interpuso en su camino.

Obligaron a Blum a sentarse en una silla al lado de la jaula. Le quitaron la venda de los ojos, pero le dejaron la mordaza. A medida que su vista se ajustaba a la luz, vio primero a Pine, y luego a Mercy, y sus ojos se fueron agrandando hasta el límite de sus posibilidades.

Pine se giró hacia Buckley.

—Deja que se marche. Tu venganza es contra nosotras, no contra ella. Déjala ir.

Buckley guardó silencio un momento. Luego dijo:

—¿Has acabado? Porque tengo un programa que cumplir.

Pine le dirigió una expresión ceñuda.

—Bien. Y ahora, como habrás deducido, vas a enfrentarte en combate con tu hermana.

—¡Y una mierda!

Buckley miró al hombre que estaba junto a Blum y le hizo un gesto con la cabeza. El tipo sacó un cuchillo de hoja serrada, que sostuvo contra el cuello de la mujer.

—Si no peleáis, vuestra amiga morirá, y después moriréis también las dos. Depende de vosotras.

Mercy dio un paso al frente.

—Yo maté a tu hermano, pero no las mataré a ellas. Déjame que pelee con uno de tus hombres. Joder, pelearé con todos ellos. Pero no tienes por qué hacerles daño a Carol ni a mi hermana.

Una vez más, Buckley permaneció callado un instante.

—¿Has acabado?

Mercy miró a Pine, pero no dijo nada.

—Muy bien, pues dejadme que os presente a vuestra árbitra.

De entre las sombras salió Britt Spector, vestida con una sudadera a rayas con capucha y bolsillo canguro, unos pantalones negros holgados y una mochila al hombro.

Llevaba el pelo recogido hacia atrás. Se colocó junto a Buckley.

No miró a Pine ni a Mercy, sino que mantuvo los ojos clavados al frente.

—Y ahora las reglas —anunció Buckley—. El combate será a cuatro asaltos de cinco minutos cada uno.

Si, en algún momento, tengo la impresión de que no os estáis empleando a fondo…

—se giró hacia el hombre que estaba junto a Blum—, Jason hará un incisión en la piel de vuestra amiga.

Cada incisión será cada vez más profunda y hará que salga más sangre.

El resultado final es fácil de imaginar.

A mayor número de cortes, más sangre perderá.

Llegará un punto en que ya no haya vuelta atrás y todo habrá concluido.

Pero prometo ser justo en mis decisiones.

—Seguro que sí —masculló Mercy.

—¿Y cómo acaba exactamente el combate? —preguntó Pine.

—Si una de vosotras gana por KO, la vencedora vive, y la señora Blum también. La otra muere. Si ninguna de las dos vence claramente, las dos morís. Y la señora Blum también.

—¿Y esperas que creamos que nos dejarás marcharnos para que le contemos a la policía lo que ha pasado aquí?

—Yo no he dicho que la vencedora vaya a marcharse sin más. He dicho que vivirá, pero no dónde ni cómo.

Pine se abalanzó furiosa hacia él, pero dos de sus hombres la derribaron antes de que pudiera alcanzarlo.

Cayó a los pies de Buckley. Este la miró allí en el suelo y luego hizo un gesto con la cabeza al tipo que estaba con Blum.

Al verlo, Pine gritó:

—¡No, por favor, no le hagas daño!

El tipo le desgarró la manga con el cuchillo y le hizo un delicado corte en el brazo. Blum se retorció en el asiento mientras la hoja le rasgaba la piel. Empezó a temblar de angustia.

Volvieron a levantar a Pine, que no podía contener su rabia. Buckley la miró con cara de decepción.

—Me esperaba más de ti —le dijo—. Y, por lo visto, tu hermana es una auténtica máquina de matar dentro de la jaula. Vas a tener que dar lo mejor de ti.

Luego sacudió la cabeza hacia sus hombres, que agarraron a las dos mujeres y las obligaron a entrar en el ring. Spector las siguió y la puerta se cerró tras ellas.

Por fin, Spector las miró.

—¿Estáis preparadas?

—¿Tú qué coño crees? —le espetó Pine.

—Si no lucháis con todas vuestras fuerzas, le hará a vuestra amiga lo que ha amenazado con hacerle.

—¿Y de verdad esperas que nos creamos que no nos matará a las tres, independientemente de lo que pase aquí dentro? —dijo Pine.

—No sé qué más deciros —repuso Spector, bajando la vista al suelo de tierra.

—Genial —saltó Mercy—, gracias por la ayuda.

—Solo estoy haciendo mi trabajo.

—Ya, y seguro que te paga muy bien. Espero que disfrutes del dinero —masculló Pine—, junto con el recuerdo de un triple homicidio.

Spector las condujo hasta el centro del ring. De la mochila sacó dos pares de guantes de la UFC y dos protectores bucales. Las ayudó a ponérselos y luego miró al hombre que estaba de pie junto a un gran reloj con cuenta atrás, dispuesto sobre una mesa y visible desde todos los puntos de la jaula.

—Muy bien, estoy segura de que ambas conocéis las reglas. Yo seré quien tome todas las decisiones sobre los nocauts y las detenciones por palanca de brazo. De él dependerá decidir el nivel de entrega en la lucha. Y os recuerdo que Carol ya está sangrando, así que más vale que lo tengáis en cuenta.

Ambas mujeres se giraron hacia Blum para ver su rostro dolorido y la mancha de sangre que se extendía por su manga rasgada.

Pine miró fijamente a su hermana. Mercy le devolvió la mirada, sin el menor atisbo de esperanza en su rostro.

—Bueno —dijo la federal, la voz distorsionada por el protector bucal—, tenía razón sobre que esto era algo a lo que no nos habíamos enfrentado nunca.

—Bien, y ahora separaos —dijo Spector—. El combate comenzará en cuanto suene la bocina.

Pine miró una vez más a su hermana y negó con la cabeza.

—Mierda —fue lo único que se le ocurrió decir.