Capítulo 69
Pasaron dos días en los que Pine solo pudo dormir de manera intranquila, despertándose constantemente.
Y reparó con cierta envidia en que su hermana dormía a pierna suelta, sin que al parecer le preocupara la situación en la que se encontraban.
Durante el día, y conscientes de que seguramente las estaban escuchando, hablaban de sus cosas.
Mercy le contó lo que había pasado con Ken.
—No pensé que le había golpeado tan fuerte —explicó—. Pero es que iba a dispararme.
—No hiciste nada malo —dijo Pine.
—Ya, lo sé —repuso su hermana con total naturalidad.
Hablaron sobre la vida de Mercy después de que la secuestraran.
A Pine le resultó muy doloroso enterarse de todo lo que había tenido que pasar con los Atkins, y eso que estaba convencida de que edulcoraba algunas cosas, quizá para evitarle mayor sufrimiento.
También le dolió escuchar cómo habían sido sus primeros años después de conseguir escapar, sobre todo el modo en que todos aquellos indeseables la habían maltratado.
—Yo dejé que pasara —se limitó a decir Mercy—. Hasta que ya no dejé que pasara más.
—Tú no dejaste que pasara nada. Los Atkins te tuvieron encerrada en una jaula hasta que lograste escapar. No sabías gestionar ni controlar nada de lo que te estaba sucediendo, Mercy. Todo aquello fue terriblemente injusto para ti.
—La vida no es justa, al menos para la gente como yo. Pero al final logré enderezar un poco el rumbo.
Pine se la quedó mirando fijamente.
—Ahora desearía que te hubieras marchado cuando lo dijiste. Así no te verías atrapada aquí.
—Yo era a quien buscaba ese tío. Tarde o temprano me habría encontrado. Por lo menos ahora podemos afrontarlo juntas, cubrirnos las espaldas la una a la otra.
Pine alargó una mano para tocar el brazo de su hermana.
—Ojalá supiera dónde tienen a Carol. Que él dijera que está bien no significa nada. Necesito ver con mis ojos que se encuentra bien.
—Me pregunto a qué se refería al hablar de eso a lo que tendremos que enfrentarnos.
—Tengo la impresión de que no es alguien que exagere y adorne las cosas, así que haríamos bien en estar preocupadas.
—¿Crees que el FBI nos estará buscando?
—Seguro. Ya habrán ido a casa de los Atkins, bueno, lo que quede de ella. Y habrán encontrado los restos de Bertrand. Habrán puesto a trabajar a todos sus efectivos en este caso. —Dijo esto en voz más alta, esperando que las estuvieran escuchando.
Mercy miró por la ventana.
—¿Alguna idea de dónde estamos?
Pine también se asomó.
—En la parte oeste del país, creo. Si tuviera que apostar, diría que en Utah o Idaho, quizá Colorado. Estoy bastante familiarizada con esos territorios y reconozco la topografía.
—Entonces deben de habernos traído en avión. No creo que hayamos estado inconscientes tanto tiempo como para que nos trajeran en coche.
—Lo cual significa que ese hombre tiene su propio avión privado, con unos pilotos que no dirán nada.
—Tiene pinta de ser un tío con pasta —dijo Mercy.
—Y esto parece una especie de recinto o complejo. Con prisión, valla perimetral, guardias armados…
—¿Como el tipo aquel de Waco? —preguntó Mercy casi en un susurro—. Leí algo sobre eso.
—¿David Koresh? —respondió Pine también en voz baja—. No lo sé. Nuestro amigo parece más bien un hombre de negocios, no el líder fanático de una secta religiosa.
—Supongo que ya nos enteraremos.
Mercy se tumbó en la cama y se cubrió la cara con un brazo.
Pine se la quedó mirando un buen rato mientras en su interior se iban acumulando las emociones, como los motores de un avión generando un impulso contenido antes de arrancar para despegar. Al final, incapaz de seguir guardando silencio, dijo:
—Siento mucho todo, Mercy.
Ella la miró.
—Tú no tienes la culpa. Ese tío iba a por mí. Soy yo la que debería pedirte perdón.
—No, no me refiero a eso. Me refiero a…
Pine bajó la mirada, tratando de buscar las palabras que quería utilizar de la manera más precisa posible. Sin embargo, sus sentimientos se interponían en su esfuerzo por ser lógica. Finalmente se impuso la emoción.
—Debería haberte buscado mucho tiempo antes. Y en cambio seguí con mi vida y… Era como si tú estuvieras… No… no me merezco… nada de… de lo que tengo. Me… me odio a mí misma.
Pine se inclinó hacia delante hasta que su frente casi tocó las rodillas, se abrazó el cuerpo y rompió a llorar. Era como si todo el peso del mundo se hubiera desplomado sobre su alma, reduciéndola a la nada.
Mercy se incorporó con expresión alarmada, pero sus facciones se suavizaron al dar paso a la comprensión.
Se sentó en la cama de su hermana, la acercó hacia sí y la rodeó con sus largos y fuertes brazos.
Posó la boca contra su oreja, mientras Pine se retorcía sin parar entre sollozos y su cuerpo temblaba de forma incontrolable.
Mercy la estrechó con más fuerza, tratando de sofocar la ira culpable que dominaba a su hermana. Y le murmuró al oído:
—Vas a superar esto. Vamos a superar esto. Siempre averiguas cómo hacerlo. Siempre.
Pine sacudió furiosamente la cabeza.
—No, no es verdad. He tardado treinta malditos años en encontrarte. Soy una inútil.
—Mírame, mírame… ¡Lee, mírame!
Pine la miró finalmente entre las lágrimas.
—¿Te acuerdas de aquel viejo roble que había en nuestro patio? ¿Te acuerdas de que trepabas hasta lo más alto y eso hacía que mamá se enfadara mucho, porque le daba miedo que te cayeras y te mataras?
—S-sí, me… me acuerdo.
—Pero tú siempre averiguabas la manera de bajar. Todas y cada una de las veces. Y yo miraba cómo lo hacías. Lo sabes, ¿verdad?
Pine asintió bastante aturdida.
—Bueno, pues ahora estamos subidas las dos en ese árbol, pero tú vas a conseguir que las dos bajemos sanas y salvas.
—¿C-cómo puedes estar t-tan segura? —preguntó Pine con expresión suplicante, mientras los sollozos seguían sacudiendo su cuerpo.
—Porque creo en ti. Siempre he creído. Y eso me ha llevado a superar más situaciones de las que jamás podrás imaginar.
De forma lenta, penosa, el llanto fue remitiendo. Su cuerpo dejó de temblar. Su respiración se calmó.
Y durante todo ese tiempo, Mercy la estrechó firmemente entre sus brazos.
—Estoy aquí, Lee. Estoy aquí.
Por fin, Pine soltó todo el aire de sus pulmones, se enderezó y se giró hacia su hermana. Y la rodeó entre sus brazos con la misma fuerza con que Mercy la abrazaba a ella.
—Nunca te dejaré, Mercy. Pase lo que pase, nunca te dejaré. A partir de ahora somos las dos o ninguna.
Mercy dio unas palmadas en la espalda de su hermana y miró al techo con gesto preocupado.
Nada en su vida había salido nunca según lo planeado. Y su semblante traicionaba lo que sentía en esos momentos.
Había encontrado a su hermana, o su hermana la había encontrado a ella.
Volvían a estar juntas después de tantos años.
Y ahora, probablemente, morirían juntas.
En otro cuarto del edificio de la prisión, Britt Spector estaba sentada a solas frente a un monitor de vídeo, con los auriculares puestos. Acababa de ver y escuchar toda la conversación entre las dos hermanas.
Cortó la señal de vídeo y se arrancó los auriculares con rabia. Y con sus propios recuerdos desgarrándola por dentro, se quedó mirando la pantalla en negro mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.