Capítulo 68
Pine abrió los ojos un momento y luego los cerró. Volvió a intentarlo, luchando contra la sensación de tener cemento incrustado entre los párpados y la cara. Era como estar en medio de una pesadilla, pugnando por abrir los ojos para ver las cosas terribles que te aguardaban.
Por fin consiguió mantenerlos abiertos y lo que vio fue un techo bajo de ladrillo encalado.
Un techo de ladrillo resultaba bastante inusual.
Se incorporó muy despacio y se quedó mirando a su hermana.
Mercy estaba sentada en un camastro, con la espalda apoyada contra la pared.
Pine miró a su alrededor y se fijó en la puerta con barrotes y en la ventana con rejas y malla metálica.
—¿Dónde estamos?
Mercy se encogió de hombros.
—Parece una especie de cárcel.
Pine se levantó con las piernas temblorosas, apoyó una mano en la pared para mantener el equilibrio y enderezó la espalda.
—Vale, me siento como si me hubiera arrollado un tanque.
—Yo igual, pero no me acuerdo de lo que pasó después de abrir la puerta del coche.
La agente del FBI asintió y miró por la ventana el terreno inhóspito que se extendía fuera. También vio la alta valla rematada por alambre tipo concertina.
—¿Qué diablos es este lugar?
—Antes vi a un tipo con un AK rondando por ahí fuera.
Pine se palpó el bolsillo en busca del móvil. No lo tenía, y tampoco sus dos pistolas.
—Sí, también me han quitado la mía —dijo Mercy.
Pine se sentó en su camastro, se frotó los ojos y dijo en tono sombrío:
—Han matado a Neil Bertrand. Los Atkins también han muerto. Y nosotras estamos aquí.
—Sí —repuso Mercy—. Ha sido una encerrona. Es evidente que nos estaban esperando.
—Pero ¿cómo podían saber que íbamos a ver a Wanda?
—No lo sé. Me pregunto si la casa habrá ardido por completo o si habrá volado por los aires.
—Quienquiera que nos haya capturado nos estaba esperando en el Porsche. Cuando abrí la puerta me pareció ver algo, pero entonces todo se fue a negro. Puede que nos dejaran fuera de combate con algún tipo de gas o algo así.
Mercy asintió, pero no dijo nada.
Ambas se pusieron alerta cuando oyeron acercarse unos pasos.
Era un hombre con vaqueros y camisa de franela que traía dos bandejas.
Dejó una en el suelo y esperó. Luego apareció otro hombre, vestido de forma similar.
Pine se fijó en que llevaba un rifle antidisturbios como los que se utilizan en las prisiones, diseñado para disparar contra una masa amplia y dispersa de personas.
El primer hombre abrió la puerta y empujó las dos bandejas al interior.
Pine los miró a ambos; ellos no le devolvieron la mirada.
—¿Podéis decirnos al menos dónde estamos? —les preguntó.
El primero cerró la puerta y los dos se marcharon sin decir palabra ni mirarlas siquiera. Era como si hubieran dejado la comida para dos personas invisibles.
Pine cogió una bandeja y se la pasó a Mercy. Se sentaron en los camastros, donde dieron buena cuenta de la comida y se bebieron los vasos de agua que la acompañaban.
En cuanto hubieron acabado, los dos mismos hombres volvieron para llevarse las bandejas. Que acudieran con tanta presteza hizo pensar a Pine que las estaban vigilando.
Al cabo de unos cinco minutos apareció otro hombre.
Peter Buckley iba vestido con vaqueros, camisa blanca, chaleco color tostado, chaqueta de pana marrón con coderas verde oliva y un par de botas para todo tipo de clima.
Acercó una silla y se sentó, mirando a las mujeres a través de los barrotes.
Miró primero a Pine y luego observó fijamente a Mercy.
—Tú eres el hombre que vi en la casa con el abogado —dijo esta.
Buckley no contestó, se limitó a mirarlas.
Pine dejó que siguiera un poco más con su escrutinio antes de decir:
—Bueno, pues aquí estamos.
La miró. No sonrió ni rio, no se mostró serio, enfadado ni triunfante. Simplemente parecía curioso.
—Sí, aquí estáis.
Al oír su voz, se confirmaron las sospechas de Pine: era el hombre que le había hablado cuando la tenían secuestrada.
—Has matado a un agente del FBI. Y a otras dos personas —dijo Pine.
—No, los Atkins sufrieron un infarto o un derrame cuando mis hombres entraron en la casa. No les tocaron ni un pelo.
—¿Y al agente Bertrand?
—Se suponía que tenían que haberlo anestesiado, como a vosotras dos. Por desgracia, las cosas se torcieron. No están seguros de cómo empezó el fuego, pero no ha quedado mucho de la casa. Lo que importa es que vosotras dos estáis aquí.
—¿Cómo supisteis que íbamos a ver a los Atkins? —preguntó Pine.
—Después de que mi colega se llevara a Blum, pusimos un dispositivo de seguimiento en el Porsche. Y teníamos pinchado el teléfono de los Atkins. Escuchamos vuestra conversación.
Pine cerró los ojos un momento, furiosa consigo misma por no haber previsto aquello.
—¿Así que también tenéis a Carol Blum? —dijo después de volver a abrir los ojos.
El hombre asintió.
—Es una parte importante de esto.
—¿Y qué es exactamente «esto»?
Buckley se giró hacia Mercy.
—Tú mataste a mi hermano.
—No, no lo hice.
—Lo que intento decir es que tú no sabías que lo mataste, pero lo hiciste.
—Eso no me aclara nada.
—Se llamaba Ken. Te metiste por medio para que no le pegara a Rosa. Te sacó una navaja y luego una pistola. Y tú lo noqueaste.
Mercy inspiró hondo y miró a su hermana.
—No estaba muerto. Le tomé el pulso. Y se golpeó fuerte en la cabeza, pero no se dañó la columna. También lo comprobé.
—Murió más tarde por un aneurisma cerebral —dijo Buckley—, probablemente por golpearse la cabeza contra el suelo.
Mercy observó al hombre fijamente.
—Cuando te vi en aquella casa pensé que me resultabas familiar. Y es porque te pareces a Ken, en la zona de los ojos y en la mandíbula.
—Dijiste que se lo había buscado, que se lo merecía —intervino Pine—. Era matar o morir. Y ella ni siquiera sabía que tu hermano había muerto. Así que ¿qué es lo que buscas exactamente?
Buckley cruzó una pierna sobre la otra.
—Venganza, aunque se trata de una algo complicada. Y que en realidad no está relacionada con el incidente entre Ken y tu… hermana.
Ahora fue Pine la que inspiró hondo.
Buckley sonrió al percibir su inquietud.
—Sí, lo sabemos todo al respecto. Y lo que vosotras dos representáis es muy simbólico.
—Una vez más, eso no me aclara nada, como ha dicho antes mi… hermana.
—El gobierno causó la muerte de mi padre e hizo que mi madre y mis hermanas se volvieran contra el resto de la familia.
Y yo soy el único que ha llegado realmente a hacer algo con su vida.
Mi venganza es contra el gobierno. Y como, por supuesto, no puedo hacerlo directamente, lo haré de manera indirecta a través de vosotras dos.
—¿Así que vas a matarnos para vengarte del gobierno? ¿No te parece que es un pelín descabellado?
—En absoluto. Tiene toda la lógica del mundo y además presenta cierta simetría. Ken era mi hermano. Al margen de si su muerte estaba o no justificada, tu hermana lo mató. En mi mundo, eso exige venganza. De modo que voy a matar dos pájaros de un tiro, al menos de manera figurada.
—Entonces ¿vamos a morir las dos?
—No necesariamente.
—¿Qué significa eso? ¿Y dónde está Carol?
—Ella está bien. Y respondiendo a tu primera pregunta, no tardaréis en averiguarlo.
—¿El qué?
—Lo que he ideado para vosotras dos. Pero dejadme que os avise: será más duro que cualquier cosa a la que os hayáis enfrentado nunca.
—Hemos tenido que enfrentarnos a mucho en la vida —dijo Pine, mientras Mercy se limitaba a observarlo fijamente.
—Pero nada como esto. Os lo puedo asegurar.
Y, dicho esto, Buckley se levantó y se marchó.