Capítulo 67
El pequeño aseo junto al vestíbulo estaba vacío, pero cuando las dos mujeres llegaron a la puerta del dormitorio situado en la planta baja, Pine masculló por lo bajo:
—¡Mierda!
Wanda Atkins yacía inmóvil sobre la cama. Len estaba sentado en su silla de ruedas, pero con el cuerpo colgando hacia un lado de un modo que sugería una falta total de conciencia.
—¿Qué les pasa? —murmuró Mercy.
Pine se acercó y presionó con un dedo la muñeca de Len, buscándole el pulso.
Luego hizo lo mismo con el cuello. Le pasó una mano por la cara.
Fría. Le levantó un brazo, que cayó lánguidamente.
Estaba muerto, pero no hacía tanto como para que se hubiera producido el rigor mortis .
Lo cual tenía sentido, porque había hablado con Wanda hacía solo unas seis horas.
Sacó su minilinterna y examinó el cuerpo.
No había heridas ni otras marcas visibles, ni nada que indicara cómo había muerto el hombre.
Cuando se giró hacia Wanda, vio a Mercy de pie junto a la cama. Se acercó a ella.
—Parece que esté durmiendo —dijo Mercy.
Pine descartó la posibilidad cuando le enfocó los ojos con la linterna y no apreció reacción alguna, salvo la mirada implacable de los muertos.
Aun así, le tomó el pulso, en vano. La anciana estaba fría.
Recorrió el cuerpo con la luz en busca de marcas de ataduras, heridas, espuma en los labios por envenenamiento.
—¿Está muerta? —preguntó Mercy.
Pine asintió, luego dio un pequeño respingo y olisqueó el aire.
—¿No hueles a humo?
Las dos hermanas se giraron hacia la puerta.
—¡Bertrand! —gritó Pine.
Al no obtener respuesta, agarró la mano de su hermana mientras miraba la bombona de oxígeno del rincón y se acordaba de las otras que había en la sala de estar.
—¡Bertrand!
Salió con paso cauteloso de la habitación, seguida muy de cerca por Mercy.
Se encaminaron a toda prisa hacia la cocina.
Pine iluminó el interior con la linterna. Y se detuvo en seco cuando el haz luminoso enfocó a Bertrand medio desplomado en una silla.
Corrió hacia él y a punto estuvo de resbalarse y caer.
Dirigió la luz hacia abajo y, con una sensación nauseabunda, vio los charcos de sangre fresca en el suelo.
Avanzó cuidadosamente hacia el agente y, de pronto, retrocedió un paso al descubrir el profundo tajo de diez centímetros en su cuello.
Miró su camisa blanca, ahora de un rojo intenso; los borbotones de sangre habían llegado hasta el cinturón.
Apuntó con la pistola a su alrededor. Pine sabía que le habían tendido una emboscada en cuanto entró en la cocina, le habían rebanado la garganta para que no pudiera gritar y luego lo habían dejado caer sobre la silla para que muriera desangrado en cuestión de segundos.
Sus ojos muy abiertos miraban sin ver el techo rugoso, tenía la mandíbula desencajada y su piel empezaba a palidecer por la falta de riego sanguíneo.
Pine miró hacia la puerta de atrás. Estaba abierta. ¿Habría escapado el asesino por ahí? La tormenta rugía ahora con fuerza y violentas ráfagas de viento se colaban a través de la abertura. Si pudiera atrapar al cabrón que había hecho aquello…
Volvió a mirar a Bertrand. Había perdido a un agente. Por primera vez en su carrera. Y por culpa suya.
—¡Lee!
Pine se giró bruscamente hacia Mercy, que estaba señalando los armarios. Después de encontrar a Bertrand, se había olvidado del olor a humo. Y ahora el problema volvía a presentarse ante ella en toda su magnitud.
Los armarios estaban ardiendo, las llamas corriendo por la madera lacada como si alguien hubiera echado gasolina sobre papel y prendido una cerilla. Pine nunca había visto una deflagración propagarse a tal velocidad.
Giró en redondo frenéticamente, olvidándose por un momento del fuego, y por una buena razón. Había sido reemplazado por algo aún más mortífero. Porque, en su mente, vio aquellas grandes bombonas de oxígeno repartidas por toda la casa.
Aquello ya no era una vivienda en las afueras.
Era una bomba. A punto de detonar.
Pine agarró a su hermana del brazo y tiró de ella.
—¡La casa va a saltar por los aires!
Llegaron al porche delantero y recorrieron a toda velocidad la corta distancia que las separaba de su vehículo.
Pine esperaba que en cualquier momento se vería lanzada por los aires a causa de la onda expansiva de una explosión que haría desaparecer la casa, llevándose consigo a su hermana y a ella.
«Nos convertiremos en cenizas. Incineradas juntas».
Abrió la puerta del conductor, Mercy la del otro lado.
Un instante después, todo se volvió negro para ambas.