El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 66
82%

Capítulo 66

Pine conducía el Porsche todoterreno que la policía había recuperado, y su hermana iba de copiloto.

En el asiento trasero iba el agente especial Neil Bertrand.

Estaba allí porque Drew McAllister había insistido a Pine para que las acompañara.

Esta le presentó a Bertrand a su hermana.

El alto y desgarbado agente parecía intrigado por Mercy.

Estaba claro que el hombre sabía algo de su historia, pero no hizo preguntas ni emitió ningún juicio, algo que Pine le agradeció.

—¿Realmente crees que Wanda Atkins podrá ayudarnos a encontrar a Blum? —preguntó Bertrand.

—Estoy convencida de que las dos personas que fueron a verla son las mismas que tienen a Carol. Y tampoco es que contemos con muchas más pistas. —Lo miró por el retrovisor—. ¿Tienes una idea mejor?

—No —admitió.

—¿Cuánto tiempo llevas asignado a la oficina de campo de Washington?

—Dos años. Antes estaba en una agencia residente en Fort Smith, Arkansas.

—Una vida muy diferente a la de un agente en el D.C. —comentó Pine.

—Así es.

—¿Y cuál prefieres?

—Me gustaba Arkansas. Allí llegabas a conocer a la gente. El trabajo no era tan exigente como me habría esperado, aunque allí también tienen sus redes de narcotráfico y sus atracos de bancos y sus grupos de supremacistas blancos.

—Como en casi todas partes —dijo Pine.

—En la oficina de Washington hay mucha burocracia. Pero es un paso importante en la carrera de un agente. Sé que en algún momento tú también estuviste asignada allí.

—Así es, pero me marché. Me gusta trabajar sola. En Shattered Rock, Arizona, he encontrado mi territorio. No podría estar más feliz en ningún otro sitio y estoy deseando volver.

La contundencia de sus palabras impactó a la propia Pine. Lanzó una ojeada a Mercy, que miraba por la ventanilla y al parecer no estaba escuchando.

—McAllister me contó que si hubieras querido podrías haber llegado muy alto en la Agencia. Conseguir un cargo de supervisión en alguna oficina de campo.

—Sí, ascender hasta un despacho para supervisar el trabajo de otros agentes, en lugar de hacer ese trabajo. No, gracias. No ingresé en el FBI para eso.

—Entiendo. Tomaste tu decisión.

—Y todo agente debe tomar la suya sobre lo que quiere hacer. —Volvió a mirarlo por el retrovisor—. Y por lo que veo tú aún no te has decidido.

Bertrand sonrió.

—No, todavía no.

—Bueno, ya lo harás, no te preocupes.

Ya había oscurecido cuando llegaron a Huntsville, y la tormenta que los había acompañado durante gran parte del trayecto estaba a punto de desatar su furia sobre la ciudad.

Las nubes se arremolinaban en masas grisáceas y negruzcas, surcadas por franjas trémulas de relámpagos que embellecían sus entrañas, como venas pulsando en un cerebro.

—Va a caer una buena —dijo Bertrand mirando por la ventanilla—. Menos mal que no hemos venido en avión.

—Yo nunca he volado en avión —dijo de pronto Mercy—. ¿Cómo es?

Bertrand miró un poco indeciso a Pine antes de contestar:

—Bueno, por lo general es tranquilo y muy rápido, claro.

Eso sí, no te comas la comida que ponen, al menos en clase turista, aunque últimamente ya ni siquiera dan nada.

Por lo visto, su objetivo es matarte de hambre a diez mil metros de altitud.

Además, la gente va como sardinas en lata.

Y con tu altura tendrás que ir muy apretujada en el asiento.

Yo mido metro noventa y siempre intento reservar en pasillo o junto al mamparo.

Así al menos puedo estirar las piernas aunque sea hasta la mitad y evitar una trombosis venosa profunda.

—Suena fantástico. —Rio Mercy—. Estoy impaciente por probarlo.

Bertrand sonrió mientras paraban frente al camino de entrada de los Atkins.

Cuando pasaban junto a la farola caída, Pine vio que Mercy esbozaba una sonrisilla maliciosa al contemplar su obra, y también a ella se le escapó una sonrisa.

Empezaron a caer algunas gotas y apretaron el paso hasta llegar al porche.

Pine llamó a la puerta, y luego una vez más, pero nadie respondió.

—No se ve luz dentro —dijo Bertrand, y se miró el reloj—. Son las siete en punto. Deberían estar esperándonos, ¿no?

—Deberían —dijo Pine, sacando su Glock. Bertrand y Mercy hicieron lo mismo con sus armas.

Pine atisbó a través de uno de los paneles verticales junto a la puerta, pero no vio nada. La lluvia comenzó a arreciar mientras los rayos rasgaban el cielo, seguidos diligentemente por el rugir de los truenos.

Pine llamó con más fuerza.

—¡Wanda, abra! ¿Se encuentra bien?

Probó a abrir la puerta, pero estaba cerrada.

Miró a Bertrand. Sus ojos se movían rápidamente en todas direcciones y parecía preparado para cualquier contingencia. Luego miró a Mercy, que parecía algo desconcertada pero tranquila.

Pine dio un paso atrás, plantó firmemente el pie posterior sobre los tablones del porche y lanzó una potente patada contra la cerradura de la puerta. Esta se combó pero no cedió.

Mercy acabó la faena embistiéndola con el hombro. La puerta se abrió con violencia, balanceándose sobre las bisagras y golpeando contra la pared.

—¿Señora Atkins? ¿Wanda? —llamó Pine.

Entró y los otros dos la siguieron.

Bertrand fue el último, y tanteó la pared en busca de un interruptor.

—¡Espera! —lo avisó Pine. Cuando el resplandor de un relámpago iluminó la sala de estar, observó que no había rastro de la silla de ruedas ni de Len.

El lugar estaba vacío y no había ninguna luz encendida.

Era como si hubieran salido a toda prisa de la casa—.

Puede que hayan tenido una emergencia, seguramente por Len. El hombre sufrió un derrame.

—¿Tienen coche? —preguntó Bertrand.

—Supongo. Wanda dijo que ya apenas iba a ninguna parte, pero hay un garaje. El vehículo podría estar ahí.

—Pero si hubo alguna emergencia de ese tipo, habrá llamado a una ambulancia —señaló Bertrand—. Puede que estén en el hospital.

—Puede. —Pine le hizo una seña en dirección a la cocina—. Nosotras registraremos los dormitorios y los baños —susurró—. Tú encárgate de la cocina y del garaje.

Bertrand asintió y se dirigió hacia allí.