El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 65
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Capítulo 65

Otras veinticuatro horas pasaron sin que hubiera noticias de Blum ni ninguna petición por parte de sus captores.

Mercy compartía la habitación del hotel con su hermana.

Mientras comían en el cuarto, Pine dijo:

—Hay algo que no cuadra. Nunca tardan tanto en ponerse en contacto.

—Quizá estén intentando descolocarte. Ponerte nerviosa, esperando que cometas algún error.

Pine dejó la taza de café en la mesa. Mercy llevaba unos vaqueros que le iban un poco cortos, y una camisa que le apretaba un poco en los anchos hombros pero que por lo demás no le quedaba mal.

—Podría ser. Pero también nos están dando tiempo para que tracemos un plan.

—¿Y de verdad estamos trazando algún plan? —preguntó Mercy, pinchando el último resto de ensalada y llevándoselo a la boca.

Pine sintió que se le rompía un poco el corazón al ver cómo su hermana rebañaba el aliño restante con un trozo de pan antes de llevárselo también a la boca. El plato quedó lo bastante limpio para ser usado de nuevo.

Mercy captó su mirada y dijo:

—No desperdicio la comida.

—Ya lo veo. Y, en respuesta a tu pregunta, resulta difícil urdir un plan cuando no sabes lo que está haciendo el otro bando. Pero McAllister ha notificado la situación al FBI y están en alerta, al igual que la policía local. Y el boletín de búsqueda sigue activado.

—¿Y crees que todo esto va a acabar aquí en Asheville?

Pine se la quedó mirando con aire pensativo.

—No necesariamente.

—¿En qué estás pensando?

—En que fue tu tarjeta de crédito lo que trajo a Asheville a la gente que se ha llevado a Carol.

—¿Quieres decir que activaron un sistema de alerta para mi tarjeta?

—Sí, pero también sabían otras cosas, y me pregunto cómo se enteraron… ¡Mierda!

—¿Qué?

Pine levantó una mano y se apresuró a hacer una llamada. Puso el móvil en altavoz y lo dejó sobre la mesa entre ambas.

Wanda Atkins sonó algo enojada.

—Agente Pine, no ha vuelto a llamarme.

—Lo sé, y lo siento. Es que las cosas se han descontrolado un poco. Pero me acuerdo de que la última vez me dijo que tenía algo más que contarme. Que había ido «otra gente» a verla…

—Sí. Pero, antes que nada, ¿ha encontrado a Mercy?

—Sí, sí, la encontré. Y su llamada fue de mucha utilidad. Gracias.

—Vale, bien. Me alegro. Pero la verdad es que Mercy consiguió asustarme muchísimo. ¿Está segura de que está bien de la cabeza?

Pine dirigió una sonrisa nerviosa a su hermana.

—Hábleme de esa otra gente.

—Esa fue la otra razón de que la llamara. Vinieron dos personas haciendo preguntas sobre Mercy y sobre usted.

—¿Cuándo fue eso?

—El mismo día que vino Mercy, pero un poco más tarde. Se presentaron en mi puerta.

—¿Y qué querían?

—Dijeron que Mercy había matado a alguien. Estaban intentando encontrarla para convencerla de que se entregara.

—¿Quiénes eran?

—No lo sé, no me dijeron sus nombres. Pero creo que eran de la policía o algo así. Parecían muy profesionales. Y les conté que usted había venido a verme. Les di su tarjeta.

—¿Y a quién se supone que había matado Mercy? ¿Le dijeron el nombre?

—No, no lo hicieron.

—¿Uno de ellos era un hombre alto y delgado, moreno, apuesto, vestido elegantemente?

—Sí, exacto.

—¿Y la otra persona?

—Era una mujer. Más o menos de su altura, pero más delgada. Con el pelo oscuro. Y muy guapa. Muy… intensa. Ella… ella…

—¿Ella qué?

—Bueno, parecía que me responsabilizara por lo que Mercy había tenido que sufrir. Como si quisiera hacerme sentir culpable. Eso no me gustó.

—Ya. —Era evidente que la mujer buscaba una respuesta compasiva por parte de Pine, pero no se la pensaba dar—. Continúe.

—Cuando les entregué su tarjeta, el hombre le preguntó a la mujer si reconocía el nombre, pero ella dijo que no. Que había algo así como miles de agentes femeninas en el FBI. Le pregunté a ella si también era agente y me dijo que no, pero que conocía a algunos.

—A ver si lo he entendido bien. No le dieron sus nombres. E imagino que no le enseñaron ninguna placa ni credencial para demostrar que eran policías. Entonces ¿por qué habló con ellos?

—Bueno… Parecía una gente agradable y profesional, como ya he dicho.

—Wanda, tengo que saberlo todo. ¡Y me refiero a todo!

—Vale, vale —respondió la mujer algo aturullada—.

El hombre me dio dos mil dólares en efectivo.

No tuve más remedio que cogerlos. Len y yo apenas llegamos a fin de mes con todas las facturas médicas.

Y déjeme decirle que lo que recibimos del Medicare y de la Asociación de Veteranos no cubre los gastos ni de lejos.

—¿Vio el coche en el que iban?

—No. Cuando abrí la puerta, la mujer me comentó que alguien había derribado una de las farolas y supongo que eso me distrajo. Seguro que lo hizo Mercy. Como ya he dicho, su comportamiento me asustó mucho. Dijo que quería matarnos a Len y a mí.

—Yo me cargué la farola —intervino Mercy—. Lo hice para no tener que pagarlo con vosotros.

—¿Eres tú, Mercy? —saltó Wanda—. No sabía que estabas al teléfono.

—Pues sí, aquí estoy.

—Lo que hiciste no estuvo nada bien. Costará una pasta arreglar esa farola.

—Te has sacado dos de los grandes gracias a mí, así que puedes pagarlo con eso.

—Wanda —las interrumpió Pine en tono impaciente—, ¿sería capaz de reconocer a esa gente?

—Sí, creo que sí. Los dos eran, ya sabe… Destacaban, por así decirlo.

Pine se miró el reloj.

—Me gustaría ir a verla hoy mismo.

—¿Por qué?

—Porque puede darnos más detalles. Y me gustaría indagar un poco por el vecindario. Puede que alguien viera también a esas personas, o el coche, incluso podríamos conseguir el número de la matrícula. Tenemos que dar con esa gente, y ahora mismo esa es la única pista que tenemos.

—¿Por qué tienen que encontrar a esa gente?

—Porque estoy bastante segura de que son ellos quienes han secuestrado a Carol Blum, la mujer que venía conmigo cuando fuimos a verla.

—Ay, Dios… Me siento como si estuviera en medio de una peli de espías o algo así.

—Solo que esto es la vida real. Bueno, ¿estará en casa esta noche?

—Sí. Ya casi nunca voy a ninguna parte.

—Por cierto, encontramos a Desiree. Está en prisión.

—¿Qué? ¿Y por qué?

—Por tener encerrada a otra muchacha.

—¡Santo Dios! Espero que se pudra en la cárcel.

—Tengo algunas cosas que acabar por aquí y luego saldremos para allá. Supongo que llegaremos hacia las siete.

—¿De verdad que esa gente es tan mala? Parecían muy agradables.

—Nos vemos sobre las siete.