El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 64
80%

Capítulo 64

Habían transcurrido cuatro días angustiosos sin que hubiera ninguna noticia de Blum ni de sus captores.

El Porsche había aparecido en un camino polvoriento a unos treinta kilómetros a las afueras de la ciudad.

El equipo forense lo había examinado a conciencia sin encontrar huellas ni rastro alguno de nadie salvo de Pine, Blum y Mercy, a quien le habían tomado las huellas para poder descartarla.

El boletín de búsqueda no había dado ningún resultado. Y como Blum formaba parte del personal de la Agencia, se habían desplegado recursos adicionales. Aunque tampoco habían hallado nada.

Pine estaba sentada ahora frente a McAllister y Bertrand en el bar del hotel, que se había convertido en su improvisado centro de operaciones.

La cara y los ojos del agente mayor mostraban la falta de sueño. El joven parecía algo más espabilado, pero eso no le servía de nada a Pine. Lo que necesitaba eran resultados.

McAllister le dirigió una mirada que la hizo ponerse tensa.

—¿Sí? —preguntó ella expectante.

—Voy a aventurarme a hacer algunas especulaciones, algo que podría causarte cierta consternación.

—Dispara.

—¿Puede que tu hermana tenga algo que ver con la desaparición de Blum? Según ha admitido ella misma, fue la última persona que la vio antes de desaparecer. Y sus huellas están en el coche.

—Porque iba con ella en el coche. ¿Y qué móvil podría tener para hacer algo así?

—¿Quién sabe? En realidad no la conoces, Pine, debes admitirlo.

—La conozco lo suficientemente bien. Estaba ayudando a Carol para tratar de encontrarme. No podía estar confabulada con la gente que me capturó.

—¿Y cómo lo sabes?

—Ya te lo dije. El hombre que me interrogó quería a Mercy porque decía que había matado a su hermano. No están trabajando juntos. Ese hombre quiere matarla. Ellas dos siguieron su pista hasta una casa. Tal vez las descubrieron y entonces se llevaron a Carol.

McAllister lanzó a su compañero una mirada cansina.

—Muy bien, entonces ¿por qué no se llevaron a las dos si a quien querían era a tu hermana? ¿Por qué dejarla a ella y llevarse a Carol? Tu hermana dijo que estuvo dentro de la casa donde se encontraban ellos. Y aun así, ¿se largaron y dejaron allí su codiciada presa? No tiene sentido.

—McAllister, puede que ni siquiera supieran que ella estaba en la casa.

Puede que ni siquiera supieran que Carol y Mercy estaban juntas.

Tuvo que ocurrir de forma espontánea. Probablemente descubrieron a Carol en el Porsche.

Y si nos habían estado siguiendo antes, nos habrían visto juntas a las dos.

—De modo que, cuando te cogieron a ti, ¿creían que tú eras tu hermana?

—Así es. Ella antes llevaba el pelo largo, tenemos la misma altura y nos parecemos lo suficiente para que nos puedan confundir con facilidad, sobre todo un par de desconocidos como los tipos que me capturaron. Pero entonces encontraron mi placa y descubrieron su error.

McAllister se recostó en la silla y se frotó el mentón.

—¿Y por qué no tenemos noticias de los captores de Carol? Seguramente querrán hacer un intercambio, ¿no crees?

—Imagino que sí. Y no entiendo por qué no han dicho nada todavía.

McAllister ladeó la cabeza para mirar a Bertrand, antes de volverse de nuevo hacia Pine.

—Y si se ponen en contacto contigo, nos informarás de ello en cuanto ocurra, ¿verdad?

—Conozco bien los protocolos de la Agencia en casos de secuestro, agente McAllister —dijo Pine en un tono más vehemente del que probablemente pretendía.

—Conocerlos y actuar según los protocolos son dos cosas muy distintas —fue la consabida respuesta—. Y no quiero quedarme aquí sentado tomándome la enésima taza de café solo para descubrir que estás jugando la partida por tu cuenta.

—Solo haré lo que sea mejor para asegurarme de que Carol vuelve sana y salva.

—Eso no te lo discuto, pero no has contestado a mi pregunta.

—Ya sabes cómo pueden salir estas cosas —repuso Pine.

—Afrontemos los hechos. Las probabilidades de que Blum vuelva de otra manera que no sea dentro de una bolsa de cadáveres son muy escasas. ¿No estás de acuerdo?

—No. Y no lo estoy porque yo trabajo en este caso.

—Las bravuconadas no van a servir de nada. Pero cambiemos de tema: ¿Tim Pine?

—Ya te lo dije. No tengo ni idea de dónde está.

—¿No has tenido noticias de él ni de tu madre?

—No.

—¿De ningún tipo? —le preguntó él, escrutándola atentamente.

Pine, intuyendo una encerrona, replicó:

—¿A qué te refieres exactamente? ¿En un sueño? ¿Por telepatía? ¿Mediante un tablero de ouija?

McAllister carraspeó, apuró su café y dijo:

—Los agentes han hablado con Jack Lineberry. Este mencionó una carta que tu madre le había escrito. Y les dijo que te la había dado.

Pine respiró hondo.

—Es verdad. Lo siento, no había caído en eso.

—¿Puedo ver la carta?

—No hay ninguna pista en ella. Y es… bastante personal.

—Todo este asunto es personal, Pine. Y esa carta es la única comunicación que tenemos de tu madre después de que te abandonara. Creemos que ella y Tim Pine escaparon juntos después de haber fingido la muerte de él.

—Vincenzo fue a buscar a Tim para matarlo. Él se defendió y Vincenzo acabó muriendo. Y simularon su muerte porque lo vieron como una oportunidad para que la mafia dejara por fin de perseguirlos. Ya te he contado antes todo esto.

—Puede que fuera como dices. Pero ahora mismo lo único que sé con certeza es que el hombre que estaba enterrado en esa tumba era Ito Vincenzo, y que tu madre y Jack Lineberry mintieron al decir que el cuerpo era el de Tim Pine.

Dejando aparte sus motivaciones, eso es un delito.

Y, como estoy seguro de que sabes bien, no puedo aceptar sin más tu palabra de que Tim Pine mató a Ito Vincenzo en defensa propia.

—Ese hombre secuestró a mi hermana y casi me mató a mí —bramó Pine—. ¿No crees que podría haber intentado asesinar al hombre que pensaba que era nuestro padre?

—Si matar a Vincenzo estaba justificado, no tiene nada de lo que preocuparse.

Pero aún no hemos llegado a ese punto, como también debes saber bien.

Si uno pudiera salir bien librado de matar a alguien basándose en especulaciones y conjeturas, habría muchos más asesinatos y las prisiones estarían más vacías.

—McAllister se inclinó hacia delante y le dio unas palmaditas en la mano—.

Si estuvieras investigando este caso directamente para la Agencia, ¿harías algo distinto de lo que estoy haciendo? Si es así, te escucho.

Pine cerró los ojos pero solo un instante, su mente trabajaba a toda velocidad intentando procesar todo aquello. Cuando los abrió, dijo:

—Te entregaré la carta.

—Gracias —dijo McAllister, con un deje de alivio en su voz.

Pine se puso en pie y lo miró.

—Si tienes alguna noticia sobre el paradero de Carol, házmelo saber. Yo también te informaré.

—Gracias por responder por fin a mi pregunta.

Después de que Pine se hubiera marchado, McAllister se giró hacia su compañero.

—Pégate a ella como una lapa, Neil.

El joven agente asintió, se levantó y fue tras ella.