El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 63
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Capítulo 63

Mercy estaba sentada en su viejo Civic mirando por la ventanilla, aunque sin ver apenas nada.

Había muchas cosas en las que podría estar pensando después de haberse marchado de la habitación de su hermana.

Sin embargo, lo que por alguna razón ocupaba todos sus pensamientos era que su muñeca Sally seguía dentro de su bolsa en el Porsche y que puede que no volviera a verla nunca más.

Una parte de ella sabía que aquello era algo banal, rayando en lo absurdo.

Aun así, no podía alejarlo de su mente. Pasó una mano por el volante mugriento y pensó que en ese mismo momento alguien podría estar sosteniendo a Sally entre sus brazos. Y aquello la puso furiosa.

No obstante, era muy consciente de que en realidad no estaba así por la muñeca.

Acababa de tener una tremenda sesión de terapia con su hermana.

Y Mercy había dicho todas aquellas cosas porque era lo que sentía.

Guardárselas dentro habría sido peor, porque habrían acabado saliendo en una explosión de proporciones épicas.

Mejor dejar que la válvula de presión hiciera su trabajo.

Su hermana no se merecía ser el blanco de semejante descarga emocional, pero era la única que estaba a mano, y por eso había tenido que sufrir el brutal impacto.

Mercy también sabía que las cosas no podían quedar así.

Aunque arreglarlo iba a resultar muy complicado, y esa era la razón de que se hubiera centrado en Sally.

Las muñecas eran más simples. Las abrazabas y fingías que estaban vivas y que te querían de forma incondicional.

Solo hacía falta un mínimo de imaginación para ello.

Pero entonces irrumpía la vida real y lo cortaba todo de raíz.

Tenías que enfrentarte y lidiar con ella, con sus mentiras y todo lo demás.

Mercy solo necesitaba tres minutos más para estar con Sally en el palacio de su mente, donde ella volvía a ser una niña pequeña y sus únicas preocupaciones eran qué té imaginario serviría en su fiesta imaginaria con sus amiguitos imaginarios, y si su revoltosa hermana sería capaz de bajar de un alto árbol y llegar ilesa al suelo.

Mercy se permitió el lujo de tomarse esos tres minutos, y luego Sally y todo lo «simple» desaparecieron.

Salió del Civic y se apoyó en el techo del coche, teniendo que encorvarse un poco debido a su altura.

Hacía un día hermoso y despejado, y tenía algunos motivos por los que alegrarse.

Desiree estaba en prisión. Había encontrado a su hermana.

Ahora sabía quién era su verdadero padre.

Y que el hombre que la había criado en sus primeros años podría seguir vivo y estaría viviendo con su madre, la esbelta mujer con un recogido alto y una sonrisa contagiosa; una imagen que acababa de recuperar después de todos aquellos años.

Podría volver a casa y retomar su vida con todos aquellos logros en el bolsillo, aunque no tuviera a Sally a su lado.

Podría hacerlo porque durante la mayor parte de su vida había estado sola.

No tenía a nadie de quien preocuparse, porque nadie se preocupaba por ella.

Cuando entrabas en esa dinámica, una importante serie de instintos emocionales básicos, como el amor o la devoción, se iban erosionando, como músculos atrofiados por la falta de uso.

Y ahora empezaba a entender mejor su rutina habitual del buen samaritano.

«Doy dinero a gente a la que no conozco.

Les ayudo porque sé lo que es no tener nada.

Pero eso es fácil. Les das unos pavos y te marchas.

No hay más obligaciones, ninguna responsabilidad duradera.

No tengo que hacer nada que me cueste mucho.

Si viven o mueren, si enferman o sufren, no me afecta.

Nada de eso me conmueve, porque no tengo ningún vínculo real con ellos».

Pero con gente a la que le importabas, que te quería, era distinto. Esa carretera iba en los dos sentidos, al igual que la responsabilidad. Y, de repente, eso la asustó mucho más que cualquier otra cosa por la que hubiera luchado en su vida.

«Una conexión directa con alguien que de verdad importa, que de verdad cuenta, de modo que si la pierdo sentiría un gran dolor. Un dolor mucho más grande que todo el que Desiree pudo hacerme».

Sí, era mucho más fácil, y menos doloroso, marcharse sin más.

En vez de eso, regresó con paso cansino al hotel y subió por las escaleras. Recorrió el pasillo y llamó a la puerta.

Pine abrió, con las lágrimas aún pegadas a las mejillas como cera caliente en una máscara mortuoria.

Pareció mucho más sorprendida de verla plantada allí de lo que la propia Mercy se sentía.

«¿Tenía claro desde el principio que iba a volver? Probablemente».

Pine cerró la puerta después de que entrara su hermana. Luego se sentó en la cama mientras Mercy permanecía en pie.

—¿Cómo encontramos a Carol? —se limitó a preguntar.

Pine se secó la cara, carraspeó y se puso en modo FBI.

—Hemos emitido un boletín de búsqueda para ella y para el coche. Seguramente habrán abandonado el Porsche. Puede que Carol se encuentre ya fuera del estado. Y, conforme vaya pasando el tiempo, tal vez fuera del país.

—No lo creo.

—¿Cómo?

—Ese tío me quiere a mí, como dijiste. Y tener a Carol no lo hará desistir. Es solo un medio para conseguir un fin.

Pine se apartó el pelo de la cara.

—Tienes razón. Es lo que es.

—Así que va a utilizar a Carol para llegar a mí.

—Al menos lo va a intentar.

Mercy asintió con aire pensativo.

—Y puesto que va a utilizarla como medida de presión, podemos usarme a mí como cebo. Así es como encontraremos a Carol.

—No, así es como acabarás muerta, Mercy.

—Bueno, Carol también puede acabar muerta.

—Lo sé. Y por eso tenemos que manejar este asunto con mucho cuidado.

—Tendrá que contactar contigo. Querrá que me entregues a cambio de Carol.

—Cosa que ni puedo ni quiero hacer.

—Pero si yo me presto a ello, no tendrás elección.

—Así no es como funcionan las cosas —repuso Pine con firmeza.

—¿Por qué no? Estamos en un país libre.

—No puedo entregarte simplemente para que te maten.

—Entonces ¿sacrificarás a tu amiga por mí? —preguntó Mercy.

Aquellas duras palabras golpearon a Pine tan fuerte como el puñetazo que Spector le había lanzado al estómago. Su rostro se inflamó, sus labios se tensaron en una estrecha línea inamovible, y sus manos se cerraron en puños.

A Mercy le recordó a la niñita con peto a punto de trepar a otro árbol. Y conseguirlo.

—No voy a sacrificar a nadie —dijo Pine—. Mi objetivo es rescatar a Carol sana y salva, sin tener que perderte a ti.

Mercy se sentó en la silla.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—Estoy trabajando en ello.

—No, estás recuperándote aún de la andanada mental que he descargado antes sobre tu cabeza.

Se hizo un profundo silencio entre ambas.

Al final Pine dijo con voz quebrada:

—Está claro que necesitabas soltar todas esas cosas. Pero también has vuelto. ¿Por qué?

Mercy se fijó en que los puños se abrían de nuevo en unas manos de dedos temblorosos.

La niñita tenía los pies plantados firmemente en el suelo, pero quizá estaba más asustada que si estuviera encaramada en un álamo de más de veinte metros sin posibilidad de bajar y viendo cómo se acercaba una tormenta eléctrica.

Ante esa pregunta, Mercy se encogió de hombros. En parte, porque era muy compleja, pero también porque no creía tener una respuesta que satisficiera a su hermana.

—Te has esforzado mucho para encontrarme. Y me parecía una putada dejarte tirada cuando necesitas ayuda. Además, Carol no merece que la maten por esto. No es un problema suyo, sino mío.

Esa declaración tan franca y honesta pareció aliviar la tensión en el cuerpo de Pine. Se relajó y bajó la mirada.

—Carol es la única buena amiga que tengo. Dependo de ella para todo. Me… me ha enseñado mucho.

—Ese tipo que se la ha llevado… ¿Recuerdas algo más de lo que te dijo?

—¿Por qué?

—Porque según él maté a su hermano. Si recuerdas algo más de lo que dijo, quizá podría darme alguna pista sobre de qué coño hablaba y quién coño podría ser su hermano.

—Pero dijiste que no habías matado a nadie.

—Y así es. Pero está claro que él piensa que sí.

—No se me ocurre nada —dijo Pine, tratando de recordar—. Además no le vi la cara. Me golpearon dos veces, pero no creo que fuera él. Quienquiera que me atizara sabía muy bien lo que se hacía.

—¿Solo en la cara? —preguntó Mercy—. Tienes el torso muy rígido también.

Pine se levantó la camiseta para dejar al descubierto un enorme moratón amarillo y negruzco en el lado izquierdo de la pared abdominal, que se extendía hasta el oblicuo como una mancha.

—¿Puño o algún tipo de arma? —preguntó Mercy, observando con ojo clínico la zona amoratada.

—Puño. Pude sentir los nudillos.

—Quien te golpeara así tenía una fuerza extraordinaria.

—No hace falta que me lo digas.

—Unos cinco centímetros más arriba y podría haberte matado.

Pine le dirigió una mirada llena de curiosidad.

—El diafragma y la aorta quedan por detrás —prosiguió Mercy—.

Un golpe tan potente, sobre todo si no estás preparada para encajarlo, podría haber hecho que dejaras de respirar.

Y si te hubiera dañado la aorta, esta podría haber acabado rompiéndose.

Como cuando tienes un accidente de coche y te golpeas el pecho con el volante porque no funciona el cinturón o no salta el airbag.

Te desangrarías por dentro en un santiamén.

Pero ¿en el lugar en que te ha golpeado? Ahí no hay ningún peligro.

—Supongo que querían mantenerme viva para que respondiera a sus preguntas. Por cierto, ¿cómo sabes tanto de todo eso?

—Ya te dije que practico artes marciales mixtas.

A nivel estrictamente local y aficionado, porque supero en casi veinte kilos la categoría de más peso de la UFC.

Así que estudié todas esas cosas. Una buena pared abdominal supone una gran diferencia.

Bueno, ¿y cómo crees que se pondrán en contacto contigo para lo de Carol?

—¿Tal vez dejando una nota en el hotel? Aunque no pueden esperar que haga lo que quieran que haga sin darme antes alguna garantía de que Carol está viva, o de que la soltarán.

—Dijiste que había otros agentes federales en el hotel. Si dejan una nota, ¿se lo contarás?

Pine no respondió al momento.

—Estoy segura de que, si lo hago, sus captores matarán a Carol.

—Entonces esto es solo entre tú y yo. Como en los viejos, muy viejos tiempos, hermanita…