Capítulo 62
Britt Spector tenía que admitir que el plan era brillante.
Y arriesgado. Eso no le restaba brillantez; solo lo hacía más complicado.
Y especial. Su admiración por Buckley había dejado paso a una creciente preocupación por él.
Estaba llevando todo aquello a un terreno que iba más allá de lo personal.
Entendía que se trataba de su hermano, pero lo que había empezado como una simple venganza estaba derivando en un terrible e inquietante enfrentamiento.
Y no estaba segura de qué forma terminaría adoptando.
Había recorrido los terrenos del recinto.
Conocer bien la geografía del lugar era crucial si quería salir airosa.
Tenía mucha fe en Peter Buckley, pero cuando algo se torcía en un plan como aquel, la cosa solía acabar fatal.
Entonces la «fe» se convertía solo en una palabra inútil. Y ella estaría sola.
Aquella era su primera vez en el complejo. El territorio era agreste, imponente. Si no sabías bien cómo desenvolverte, no resultaría fácil sobrevivir allí.
Buckley nunca le había hablado de aquel sitio.
Spector conocía algo de su pasado personal, y había investigado la historia del recinto cuando supo que se dirigían allí.
La infancia de su mejor pagador había sido tan inusual y potencialmente dañina como la suya.
Así que ¿cómo podía juzgarlo con tanta dureza?
Contempló la lejana cadena montañosa y sus no tan lejanas estribaciones.
Los cañones habían sido excavados en la tierra por unos ríos que antaño fueron poderosos, pero que habían desaparecido con el tiempo.
Nada más llegar, recorrió el complejo en coche para tantear el terreno, tratando de comprender sus secretos.
Porque nunca se sabía qué podías encontrar, ¿no?
Se dirigió hacia el nuevo edificio de dos plantas donde, según le había contado Buckley, estuvo antes el viejo granero.
Un equipo ya se encontraba allí dentro, montando la estructura interior.
Los postes de acero se hundían en la tierra, reforzados mediante zapatas de hormigón. Entre esos pilares se extendía la valla perimetral, formada por una alambrada metálica de unos tres metros de altura.
Spector palmeó con fuerza uno de los postes; no se movió ni un ápice. Zapatos de cemento en un hombre muerto. Buckley había pensado en todo.
Repasó los planos con el jefe de la cuadrilla.
Le habían pagado muy bien por el trabajo; no tenía ni idea de para qué se utilizaría aquello y tampoco quería saberlo.
En cuanto hubieran acabado, él y sus hombres tomarían un vuelo de regreso al país en el que Buckley los había contratado.
Para ellos, esta historia terminaría con el despegue del avión y la cerveza corriendo a raudales.
Spector salió del granero y siguió caminando.
Giró a la izquierda, en dirección a la calle principal del lugar.
No dejaba de asombrarla que tanta gente hubiera vivido allí en algún momento.
Y también muerto. En el cementerio había más de cien tumbas, con lápidas de madera medio podrida en las que aparecían grabados solo los nombres.
Buckley le contó que todas esas personas habían muerto por causas naturales.
Ella no se lo creía, y estaba convencida de que él tampoco. No tenía claro cómo podía justificar Buckley todo aquello en su fuero interno. Quizá nunca lo había hecho.
Levantó la vista. Aquella era una zona del país en la que el cielo parecía extenderse hasta el infinito.
No se veía ni una sola alma en más de cien kilómetros a la redonda.
Cuando volaban hacia allí en el avión privado, había mirado por la ventanilla.
Vio un terreno llano y agreste, frecuentemente interrumpido por cerros aislados, afloramientos rocosos, una sucesión de colinas y, finalmente, en la distancia, las grandes montañas de laderas rotundas y cimas nevadas.
También divisó aves y animales, pequeñas masas de agua y algunas franjas de vegetación sobre la tierra roja y desnuda.
Pero ni un solo ser humano.
Podía entender por qué Buckley se sentía tan a gusto allí. Le había contado que le gustaba venir durante varios días seguidos simplemente para deambular. Decía que nunca dejaba de asombrarlo el poder del aislamiento.
—Somos como hámsteres en una rueda, Britt. Nunca tenemos tiempo para detenernos y tratar de comprender qué es lo que de verdad queremos, qué es lo que estamos haciendo. Todo es un espejismo basado en el ritmo frenético de la vida y la falta de concentración y reflexión personal.
—Si tú lo dices, Peter… —le respondió en su momento, un comentario que claramente había disgustado a Buckley.
Y justo esa era su intención. Ella no iba a aceptar sin más todo lo que dijera.
Eso la convertiría en alguien banal y, lo peor de todo, sustituible.
Para que Buckley te considerara importante, debías ser alguien único.
Y una manera de serlo era no doblegarse con sumisión a su criterio.
Spector se preguntó si Buckley habría pensado en eso durante sus paseos por allí.
Era la simplicidad de su plan lo que la atraía.
Y aun así, para ella, una bala, un garrote, un golpe en la base del cráneo, un cuchillo, o incluso una exquisita dosis de veneno administrada subrepticiamente, habrían servido igual de bien.
Si le hubiera dicho eso a Buckley, él la habría acusado de falta de estilo e imaginación.
Y ella habría estado de acuerdo. Spector no buscaba obras maestras.
Ella no era Da Vinci. Era más profesional.
Se consideraba más parecida a Miguel Ángel, indiscutiblemente otro gran genio, aunque, en su opinión, había en su maestría un pragmatismo de mono de trabajo y fiambrera que eclipsaba incluso a la visión luminosa y soñadora del creador de la Mona Lisa .
Al margen de todo eso, había realizado discretas indagaciones adicionales en la Agencia que le habían proporcionado un valioso tesoro de información potencialmente útil. Pero a Buckley solo le había revelado una parte de lo que había descubierto.
Entró en el pequeño edificio de la prisión, pasó junto al guardia y se dirigió a la zona de reclusión.
Al llegar a la celda de Blum, se quedó mirándola a través de los barrotes.
Era Spector quien la había capturado allá en Asheville, apuntándola con una pistola a través de la ventanilla del Porsche.
Por la expresión de la mujer, Blum había sido lo bastante perspicaz para comprender que no admitiría oposición alguna ni vacilaría a la hora de dispararle a la cabeza. Así que se rindió.
Spector la había oído murmurar por lo bajo algo así como «Otra vez no».
Le había parecido extraño, pero también se había quedado admirada ante la entereza de la mujer.
No era de las que se dejaban intimidar. Debía saber que su destino estaba sellado, pero en ningún momento lo dejó entrever.
Una reacción que en sí misma resultaba impresionante.
Blum la miró a través de los barrotes.
—Me resultas familiar. Y no me refiero solo a lo de Asheville.
—Lo dudo.
—¿Puedes decirme tu nombre?
—No sería muy prudente por mi parte.
—El señor Buckley no ha tenido ningún reparo en decirme el suyo, ni en contarme la historia de este lugar y de su familia.
—Esa es su elección; yo no actúo así.
—Lo que significa que no te confías en exceso. Encuentro que los hombres lo hacen muy a menudo, incluso los más inteligentes. Especialmente en lo que se refiere a las mujeres.
—No te llevaré la contraria en eso. De hecho, estoy muy de acuerdo contigo.
—Doy por hecho que te paga muy bien.
Spector puso una mano sobre los barrotes.
—A veces no me parece suficiente. Como ahora.
—¿Remordimiento de conciencia?
—¿Qué me puedes contar de Mercy Pine?
—El señor Buckley ya me lo ha preguntado. Apenas he tenido contacto con ella. No puedo decir que la conozca.
—Pero habéis pasado algún tiempo juntas. Y tengo la impresión de que sabes calar rápidamente a la gente. De lo contrario, no serías administrativa en la Agencia.
—¿Y qué sabes tú de la Agencia? —replicó de inmediato Blum.
Spector sonrió.
—Cualquiera que se dedique a lo que yo, debe estar muy atento a cómo opera el FBI. Interprétalo como quieras.
—¿Y qué quieres saber?
—Tengo entendido que Mercy tuvo una infancia muy dura con Desiree Atkins.
—Podría decirse así. Aunque no se acerca ni de lejos a lo que sufrió.
—Pero consiguió escapar y… construirse una vida, ¿no?
—Así es. Pero, como presuntamente ha matado al hermano de Buckley, en la retorcida mente de ese hombre dicha vida tiene que acabar como resarcimiento de algún tipo.
—¿La agente Pine se ha reunido ya con su hermana?
—Por lo que yo sé, no. Pero no estoy segura de lo que habrá hecho Mercy cuando descubrió mi desaparición.
—Ya, supusimos que ambas estabais juntas. Ella estaba vigilando la casa, ¿no?
—No sé muy bien por qué no intentasteis capturarla entonces.
—Tú no eres la única que se ha preguntado eso. Pero yo solo sigo órdenes, no las doy.
—¿Por qué te interesa tanto Mercy?
Spector se frotó la cicatriz del brazo, el último vestigio del infierno personal de su propia infancia.
—Me interesa el hecho de que personas que han enfrentado situaciones terribles similares acaben siendo tan diferentes por haber tomado decisiones muy distintas.
—Seguramente eso hable de la individualidad de cada persona en cuestión —repuso Blum, y dirigió una intensa mirada a Spector—. ¿Sufriste tú una experiencia parecida a la de Mercy y eso te llevó a tomar otro tipo de decisiones?
Spector pareció algo incómoda ante una pregunta tan directa.
—Creo que estaba convencida de haber tomado las decisiones correctas. Supongo que podría decirse que estaba en el lado bueno, por muy tonto que suene.
—A mí no me parece nada tonto. ¿Y qué ha ocurrido?
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que es evidente que ya no crees estar en el lado bueno.
—Para usar tus propias palabras, seguramente eso hable de la individualidad de cada persona en cuestión.
Blum ladeó la cabeza con gesto decepcionado.
—Sabes tan bien como yo que hay un límite para seguir extendiéndonos en esta discusión.
—Puede ser.
—Y para que no haya malentendidos por tu parte: tengo claro que estás teniendo esta conversación tan franca conmigo porque pronto dejaré de estar viva y no podré contársela a nadie.
—Aun así, no te he dicho mi nombre. ¿No te da eso alguna esperanza?
—No la suficiente —replicó Blum sin ambages.
Guardó silencio un momento y luego prosiguió en tono nostálgico—: Cuando me incorporé a la Agencia hace décadas, tenía una familia que criar, por lo que no tuve la menor posibilidad de convertirme en agente especial.
Ni siquiera recuerdo quién fue la primera agente femenina, ni en qué año lo consiguió.
Spector respondió con presteza:
—Alaska Packard Davidson, en 1922. Sus hermanos fundaron la compañía automovilística Packard. Tenía cincuenta y cuatro años cuando se convirtió en agente especial en la Oficina de Investigación, la predecesora del FBI.
Blum retomó la historia.
—Es verdad, ahora me acuerdo. Sin embargo, luego Hoover se convirtió en director de la Agencia y ya no hubo más agentes femeninas.
—Pero cuando Hoover murió en 1972, el FBI graduó de nuevo a dos agentes especiales femeninas, las primeras desde 1929.
—Susan Roley —dijo Blum—. No me acuerdo de la otra.
—Joanne Pierce —contestó Spector.
Blum le dirigió una mirada apreciativa, tan penetrante como la punta de un cuchillo afilado. Finalmente apareció una sonrisa en el rostro de Spector, que dijo:
—Muy astuto por tu parte, puesto que está claro que ya sabías todas las respuestas sobre la historia del FBI.
—Eso no viene al caso. Pero saber lo que sé de ti ahora me entristece mucho.
La sonrisa se desvaneció en el acto.
—No recuerdo haber dicho que tu opinión sobre mí sea relevante.
—Aun así me entristece. Estoy en mi derecho.
—Todos hacemos elecciones, tanto hombres como mujeres.
—Y está claro que tú ya has hecho la tuya. Yo solo soy un daño colateral. Algunos dirán que ya he vivido suficiente. Mis hijos están criados. No estoy casada. Al final nadie me echará de menos mucho tiempo. Pronto no seré más que un retrato desvaído en la pared.
Las contundentes palabras de Blum endurecieron la mirada de Spector, pero en sus ojos permaneció un cierto brillo de debilidad.
—No me pareces una persona que se regodee en la autocompasión.
—No me regodeo en nada, es la realidad —replicó Blum con sequedad.
—Espero que Pine te aprecie en lo que vales —dijo Spector.
—Me recordará con cariño, espero. Si es que tiene la oportunidad de hacerlo.
Spector acercó la cara a escasos centímetros de los barrotes. Estaba claro que había decidido dar por terminado el tira y afloja dialéctico.
—Mira, me pareces una mujer agradable y estoy segura de que eres una leal servidora pública. Al igual que tu jefa. Y tampoco tengo nada en contra de Mercy Pine. Está claro que le ha tocado vivir algo terrible. No tengo nada personal contra ninguna de vosotras.
—La vieja historia de siempre, ¿no? Tienes un trabajo que hacer…
—Hay mucho en juego.
—Siempre lo hay cuando vas a acabar con la vida de alguien.
O al menos debería haberlo. Se supone que eso es lo que nos diferencia del resto de los animales.
—Blum la miró tan fijamente que fue como si viera a través de ella—.
Pero eso tú ya lo sabes. Y no se trata solo de elecciones, ¿verdad?
Ni siquiera para una antigua agente especial del FBI.
Al oír aquello, Spector frunció los labios, dio media vuelta y se marchó.
Blum podría haberse sentido triunfante al verla partir.
Pero lo que sentía era tristeza por una vida desperdiciada. Y por todas las pérdidas que estaban por venir.