El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 61
76%

Capítulo 61

Estaba sentada en un camastro pequeño y duro detrás de los barrotes.

Su ropa había sido reemplazada por uno de aquellos anticuados uniformes carcelarios a rayas blancas y negras con los que Buckley había abastecido el vestuario de la prisión.

Era el mismo tipo de uniforme rayado que su padre obligó a utilizar a los infractores, que según él debían destacar y parecer ridículos.

Y las rayas de cebra cumplían a la perfección ese objetivo.

Blum alzó la vista al verlo acercarse. Buckley observó que la mujer intentaba ofrecer una imagen de coraje, pero detrás de su fachada solo había puro miedo. Él también lo habría tenido. Es natural que el ser humano sienta miedo al enfrentarse a la muerte.

Se quedó al otro lado de los barrotes y la miró. Su captura no llevaba los ojos vendados. No hacía falta.

—¿Te están tratando bien? —le preguntó.

—¿Estás de broma? —repuso ella—. ¿O solo has venido para intentar jueguecitos mentales conmigo? Porque si es así, estoy segura de que tendrás mejores cosas que hacer con tu tiempo.

—Siento mucho si mi pregunta te ha ofendido. Y creo que tienes razón. Dadas las circunstancias, no he mostrado mucho tacto. —Se sentó en una silla frente a ella y cruzó una pierna sobre la otra—. Bueno, vamos al grano. Háblame de las hermanas Pine.

—¿Por qué?

—Porque son fascinantes. Y siento curiosidad.

—¿Qué quieres saber?

—Cuéntame cómo son.

—A Mercy la acabo de conocer —dijo Blum.

—Da igual, lo que puedas contarme.

—No te diré nada que pueda perjudicarlas.

—No es mi intención. Pero, para demostrarte que voy de buena fe, te hablaré de mi familia. Ken era mi hermano menor. Yo era el mayor. Además tengo dos hermanas, y otros hermanos que son también unos fracasados. Están muertos o en prisión.

—¿Y tus hermanas?

—Se marcharon hace mucho tiempo.

—Siempre he pensado que, en ciertos aspectos, las mujeres son mucho más juiciosas que los hombres.

Buckley sonrió, aunque su sonrisa no dejaba traslucir nada.

Él estaba ahí para obtener información útil, pero había límites en lo que estaba dispuesto a aceptar de cualquiera.

Notó un temblor en la mano derecha, y de algún modo le sorprendió ver que se cerraba con ira.

Lo cierto es que había habido mucha ira en ese lugar.

Tal vez el mero hecho de estar allí hacía que todo aflorara de nuevo y enterrara su actitud normalmente serena y controlada.

Sin duda aquella funesta noche había sido un niño lleno de rabia, y había pasado muchos años intentando apaciguar a sus demonios.

Buckley creía haberlo conseguido, pero ahora no estaba tan seguro.

Se aclaró la garganta y dijo:

—Ken tenía un novia con la que se portaba de forma terrible.

Era un auténtico monstruo. A pesar de todos mis esfuerzos, nunca conseguí que se comportara como un ser mínimamente civilizado.

Entonces se topó con Mercy Pine, llamémosla ya por su verdadero nombre, y se enzarzaron en una pelea.

Al final, Ken sacó una pistola. Y ella, de forma merecida, lo golpeó hasta noquearlo.

Más tarde, en el hospital, Ken murió a causa de las lesiones sufridas durante la pelea.

Es probable que ella ni siquiera sepa que ha muerto.

—¿Así que todo esto va simplemente de vengar a tu hermano? ¿Aunque, como has dicho, se merecía lo que le ocurrió?

—No hay nada «simple» en la venganza, sobre todo cuando vengas a un miembro de tu familia. Pero, aunque quizá todo empezara de esa manera, ahora se ha convertido en algo más… simbólico. —Miró a su alrededor—. ¿Sabes dónde estamos?

—Volamos en un avión privado. Aterrizamos. Me trajeron aquí. No he tenido oportunidad de ver nada.

—Esta hacienda pertenecía a mis padres, Peter y Deborah Buckley. ¿Te suenan sus nombres?

Blum fue entornando los ojos a medida que su mente recordaba y comprendía.

—Fue hace más de treinta años. Tus padres eran los líderes de un grupo de fanáticos religiosos, pero también se dedicaban al tráfico de drogas y armas. Entre otras cosas. Los federales vinieron y se produjo un violento enfrentamiento. Casi mataron a tu padre.

—Y mi «angelical» madre testificó contra él y luego abandonó a sus hijos. Más tarde, a mi padre lo asesinaron en prisión. Por cierto, ¿a qué te referías con lo de «entre otras cosas»?

Ella se lo quedó mirando.

—Por aquel entonces debías de ser solo un niño.

—Tenía doce años.

—Bueno, entonces quizá no lo sepas.

—¿Saber qué?

Blum vaciló.

—No importa.

—Sí, sí importa si tiene que ver con mi familia.

—El FBI participó en las detenciones y los procesos judiciales, por eso lo recuerdo.

En aquella época yo estaba destinada en el oeste, no muy lejos de donde se encuentra este complejo.

Incluso colaboré en algunos aspectos del caso.

Debido a su gran complejidad, tuvieron que recurrir a todos los efectivos disponibles.

Por eso lo recuerdo tan bien. Era un asunto de la máxima prioridad para varias agencias gubernamentales, entre ellas el FBI.

—¿Y…?

—Tu padre fue también acusado de proxenetismo y tráfico de personas. Vendía a hombres y mujeres jóvenes para el comercio sexual. Algunos de ellos eran miembros de la secta. Ahora no me acuerdo de cómo se hacían llamar.

—Los Fieles. Y esas acusaciones nunca quedaron probadas.

—Sí quedaron probadas. En el juicio. Fue una de las razones de que lo condenaran a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Y tal vez tu madre testificó contra él porque se sentía enormemente culpable por ello. Aunque eso es solo especulación mía.

—Quiero decir que no quedaron probadas de forma satisfactoria para mí.

Blum no respondió a eso, pues podía leer en el semblante del hombre que nada de lo que dijera le haría cambiar de opinión. Sería como intentar arrastrar un glaciar con un remolcador.

Buckley se reclinó en la silla.

—Y ahora que he desnudado mi pasado, por favor, contesta a mis preguntas.

—La agente Pine es una persona formidable y una agente extraordinaria. Que yo sepa, ha resuelto todos los casos que ha investigado. Es inteligente, dura y tenaz.

—Y una buena amiga tuya. Seguramente querrá que regreses sana y salva.

—Algo que, estoy convencida, tú no compartes.

—¿Y Mercy Pine?

—Estuvo en el infierno y logró salir de él.

—Sí, algo sé sobre su pasado. Ahora háblame de sus padres.

—¿Por qué?

—Conocer a los padres puede revelar mucho de los hijos.

—¿Eso se aplica también a ti? —preguntó ella.

Buckley sonrió.

—¿Seguro que no eres agente del FBI?

—Me lo tomaré como un cumplido.

—No te negaré que mi pasado ha tenido un enorme impacto sobre la persona que soy. Y ahora, los padres Pine.

—Cuando era poco más que una adolescente, la madre trabajó como topo para el gobierno federal en una operación encubierta contra la mafia, lo cual acabó poniendo en peligro a toda su familia.

Un peligro que se materializó cuando secuestraron a Mercy y casi matan a la agente Pine.

Solo tenían seis años. Aquello destrozó a la familia.

—¿La mafia? Interesante… ¿Y dónde están los padres ahora?

—Nadie lo sabe. La agente Pine también los ha estado buscando a ellos.

—Su madre tuvo que ser una mujer formidable para actuar contra la mafia siendo tan joven.

—Creo que pasó mucho miedo, pero hizo lo que tenía que hacer. Aunque el coste personal fue enorme.

—Imagino que ella o el padre serían muy altos…

—La agente Pine me contó que su madre medía más de metro ochenta. De hecho, de joven trabajó como modelo.

Buckley asintió.

—Y las dos hijas son altas, fuertes, incluso guerreras, con unas extraordinarias dotes para la lucha.

Ya he comprobado el resultado de la destreza en combate de Mercy Pine.

E imagino que su hermana será igual de buena.

He visto su página en Wikipedia. Le faltó muy poco para formar parte del equipo olímpico de halterofilia. Impresionante.

—Ambas hermanas han tenido que superar grandes adversidades a lo largo de sus vidas.

—Bueno, bueno… Sin embargo, dudo mucho que la agente Pine haya sido torturada físicamente, como sí lo fue su hermana.

—No, no creo que la hayan torturado. Pero ¿por qué demonios te importa a ti eso?

—Creo que ser capaz de soportar el dolor te proporciona una gran fortaleza. Te da ventaja sobre los demás. Quizá la ventaja decisiva.

—Supongo que sí, pero, insisto, ¿qué importancia tiene eso?

—Para ti ninguna, Blum. Pero para mí sí.

—No voy a salir viva de aquí, ¿verdad?

—No. Ni tú ni las hermanas Pine.

Ahora Blum pareció alarmada.

—Pero ellas no están aquí, ¿no?

Buckley se levantó y dio unos golpecitos en los barrotes, mirándola con una expresión llena de avidez.

—Todavía no.