Capítulo 60
Peter Buckley deambulaba por los terrenos de la hacienda mientras un aluvión de poderosos recuerdos inundaba su mente.
Aquella era, literalmente, su tierra natal.
Su madre, con ayuda de una comadrona, lo había parido en la primera planta de la casa familiar, un edificio que había sido destruido por el fuego de un proyectil incendiario lanzado por agentes federales durante el ataque contra el complejo, pero sobre todo contra su padre.
Buckley había reconstruido el lugar solo en parte. Estaban el gran cobertizo, y la prisión, y la casa donde había nacido y crecido, además de otro par de edificaciones. Y había mandado levantar de nuevo la gran valla perimetral y la verja de entrada con una torreta de vigilancia.
Cuando sus padres dirigían la hacienda y cientos de personas vivían allí, el recinto contaba con numerosos cobertizos, cabañas para las familias y un barracón de tres plantas para los solteros.
También estaba la imprescindible iglesia, donde su padre predicaba su peculiar versión del Evangelio, muy distinta a las que pudieran escucharse en cualquier otro lugar de culto del país.
En el extremo occidental de la propiedad había una pequeña laguna de manantial, que se utilizaba para nadar y disfrutar de ratos de ocio, así como para proveer de agua potable.
Además había tierras de labranza y plantaciones de marihuana, y se criaba ganado vacuno y porcino para consumo propio, así como caballos y mulas para labores agrícolas y de transporte.
Y luego estaba la instalación donde se fabricaba la droga, para distribuirla después a través de una red cuidadosamente establecida y estructurada.
Buckley se había enterado de todo eso a los ocho años, cuando se coló sin ser visto en el lugar y se quedó asombrado por su ilícita eficiencia.
En aquel entonces el recinto estaba completamente vallado, con torretas de vigilancia dispuestas de manera estratégica.
El objetivo era impedir que entraran los intrusos, pero también que escaparan aquellos fieles que habían perdido el rumbo y la fe, y que luego eran readoctrinados por otros miembros expertos en tales lides.
Y también estaba el cementerio, donde se enterraba a los fieles que morían allí dentro, a pesar de que el padre de Buckley proclamaba la vida eterna para todos ellos.
Las muertes se explicaban alegando que los fallecidos no habían demostrado la suficiente fe, lo cual aterrorizaba al resto y hacía que siguieran de forma aún más ferviente los preceptos del líder.
Su padre lo tenía todo muy bien montado, debía reconocer Buckley. Y habría seguido así de no haber llegado aquel fatídico día, un día que él nunca olvidaría.
Los agentes federales estuvieron bombardeándolos con megafonía durante diez horas sin parar, ordenando a los fieles que se rindieran y salieran del recinto.
El padre de Buckley se plantó ante las verjas de entrada y condenó ferozmente aquel ataque a su libertad religiosa y a cualquier otra libertad que garantizara la Constitución; y todo ello a pesar de que Buckley sénior llevaba años proclamando que la congregación era su propia nación y que la tierra bajo sus pies no pertenecía a Estados Unidos.
Pero, cuando le convenía, no dudaba en reclamar los beneficios de las leyes estadounidenses.
Entonces los vehículos blindados se situaron frente a las puertas. Los agentes federales, equipados con material antidisturbios y portando armas de asalto, se alinearon detrás de ellos.
Buckley se acordaba del pánico que se extendió por el interior del recinto aquella noche, de cómo las jóvenes madres con sus hijos le gritaban al líder que se rindiera.
En medio de la confusión y el tumulto, Buckley recordaba haber visto a su padre coger por el brazo a una de aquellas jóvenes que pedían la rendición y llevarla a rastras detrás de un edificio.
No vio lo que pasó, pero sí oyó el disparo.
Segundos más tarde su padre volvió a aparecer, sin la joven, y continuó arengando a su gente para resistir el ataque del gobierno.
Poco después, las verjas fueron embestidas y derribadas.
Y entonces se desató el infierno. Los disparos retumbaron en la oscuridad durante horas.
Las explosiones sacudieron el cielo, y las llamas, el humo y los gritos de la gente aterrorizada y de los moribundos perforaron la noche en medio de un caos sin fin.
Buckley, que solo tenía doce años, agarró un rifle y se apostó en el pajar del granero. Atisbó a través de la mira telescópica y disparó contra los federales, alcanzando a dos agentes pero sin matar a ninguno, ya que había apuntado a sus torsos blindados en vez de a las cabezas.
Cuando todo hubo acabado, más de dos docenas de fieles yacían muertos y su padre había sufrido múltiples heridas de bala.
Así fue como arrestaron al ensangrentado Buckley sénior, que aún empuñaba en sus manos un par de pistolas con el cargador vaciado.
Fue una estampa heroica, pensó su hijo, la del líder luchando con todo lo que tenía hasta el final.
Solo tres federales murieron, gracias a su adiestramiento superior, su armamento y sus chalecos antibalas, así como a la incapacidad de los fieles de apuntar con precisión.
Buckley estaba convencido de que fue su padre quien había matado a aquellos tres, ya que era un excelente tirador.
Y siempre se había sentido avergonzado de no haber conseguido matar a ni uno solo de ellos.
Finalmente, a los fieles los arrestaron o, en el caso de las madres y sus hijos, los repartieron por todo el país para empezar una nueva vida libre del yugo religioso.
Buckley y sus hermanos acabaron con otros familiares que nunca se habían sometido a la doctrina de sus padres.
Para él, los años que había pasado con sus padres habían sido los mejores de su vida.
Y los que vinieron justo después, los peores.
Buckley trabajó muy duro y, para cuando cumplió los dieciocho, ya había conseguido ahorrar lo suficiente para llevarse a sus hermanos a vivir con él.
Alquiló una casa no muy lejos de allí y se encargó de educarlos siguiendo unos preceptos no muy distintos de los de sus padres.
Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron en vano.
En cuanto sus hermanas cumplieron los dieciocho, se largaron y no volvió a verlas más.
Y sus hermanos se convirtieron en unos vulgares delincuentes, unos fracasados esclavos de la bebida, las drogas y las mujeres que se aprovechaban de ellos.
Y entonces Buckley se quedó solo. Libre de las obligaciones familiares, se propuso edificar un gran imperio personal.
Y lo hizo con una determinación inquebrantable, que le permitió superar incluso a aquellos más inteligentes que él, simplemente porque lo deseaba con más fuerza.
Trabajó más que nadie porque sabía lo que era perderlo todo.
Y ese miedo ardía en su interior a cada segundo de su vida y lo impulsaba del mismo modo que un reactor nuclear a un portaaviones.
Y ahora aquí estaba. Para hacer algo verdaderamente colosal. Esto iba mucho más allá de una simple venganza por la muerte de su pobre y patético hermano. Se trataba de enfrentarse al gobierno federal y, por fin, hacerle rendir cuentas por haber destruido a su familia.
El ojo por ojo era un remanente de una cultura bárbara, aunque se promulgaba en casi todos los libros de religión que existían.
Y encajaba a la perfección con su circunstancia actual.
Buckley era consciente de que lo que se disponía a hacer no iba a cambiar el mundo, pero conseguiría que la muerte de su padre y de su estilo de vida fuera vengada como es debido.
Buckley llevaba unos vaqueros, un jersey, una cazadora marrón y unas botas Wellington, ya que el terreno estaba fangoso después de las últimas lluvias.
Recorrió el perímetro de la nueva valla y saludó con la cabeza a los guardias de la torreta, que, armados con fusiles AR-15, oteaban el terreno hasta el horizonte atentos a posibles amenazas.
El recinto ya no estaba habitado por cientos de fieles como en el pasado.
Aparte de él y de algunos hombres cuidadosamente seleccionados, la única otra gente que había ahora eran Britt Spector y otra persona más. Quizá la más importante de todas.
Buckley abrió la puerta de un edificio con un letrero en el que se leía, simplemente, PRISIÓN .
Entre los fieles había habido algunos que recibieron su merecido castigo, y era allí donde habían cumplido su penitencia.
Su padre había sido muy estricto en eso.
Los infractores de las normas debían recibir un castigo ejemplarizante.
Esa era una de las razones por las que Buckley decidió reconstruir el edificio, como un símbolo y un recordatorio.
Nunca había esperado tener que usarlo realmente.
Pero ahora, entre sus muros, se encontraba Carol Blum.