Capítulo 59
Mercy dejó la carta sobre la cama, se levantó y volvió a acercarse a la ventana, donde contempló el panorama claro y diáfano de Asheville, Carolina del Norte.
Las hermosas montañas Blue Ridge se extendían ante ella como un perro obediente tendido a sus pies, y Mercy confiaba en que su visión la animara.
Pero las montañas no pudieron hacer nada, porque ella no veía los árboles, ni visualizaba ningún can metafórico, ni se sentía para nada animada. Lo único que veía eran las imágenes que se agolpaban en su cabeza.
La pequeña machorra con un peto sucio y una camiseta descolorida saltó del árbol al suelo de tierra, aterrizando muy erguida, orgullosa y obstinada.
La niñita con el vestido colorido estaba sentada en una manta, agarrando a su muñeca Sally y dando sorbos de una taza imaginaria de té.
Entonces, con un marcado deje sureño, le gritó a la mujer alta y hermosa con la espesa melena recogida en lo alto:
—Te lo dije, mamá, Lee se las apañaría sola. Ya ha conseguido bajar.
A continuación, la bella mujer se inclinó hacia ella.
En su cara, Mercy apreció rasgos de sí misma y también de su hermana.
No tenía ni idea de qué aspecto tendría ese tal Jack Lineberry, pero seguro que también había algo de él en sus facciones.
La mujer se agachó y abrazó a Mercy, con una amplia y acogedora sonrisa que le hizo sentir que su vida no podía ser mejor de lo que era.
—Tenías razón, Mercy. Parece que conoces a Lee mejor que yo, que soy su madre.
—Somos gemelas —dijo la pequeña Mercy—. Lo compartimos todo, hasta el cerebro.
La mujer se echó a reír y llamó a su otra hija.
—Lee, ven aquí, cariño. Tengo que mirar dentro de tu cabeza y la de tu hermana.
Lee apareció en la imagen mental de Mercy.
Con pinta de malota, sus pequeñas manitas casi siempre cerradas en puños, como si estuviera buscando pelea con cualquiera.
Pero cuando Lee vio a Mercy y esta sonrió, las manos se relajaron, y Lee le devolvió la sonrisa y se echó a reír de la manera que siempre hacía que Mercy fuera aún más feliz.
—¿En nuestras cabezas? —dijo Lee. Se agachó junto a su madre para que esta pudiera simular que le abría la cabeza y atisbaba en su interior.
—Ahora le toca a tu hermana.
Mercy se echó a reír y bajó también la cabecita. Su madre la examinó diligentemente y luego proclamó que era verdad, que las dos hermanas compartían el mismo cerebro.
—¿Y cómo es, mamá? —preguntó Lee.
—Una parte lleva un lindo vestidito y la otra un peto sucio —respondió, y comenzó a hacerle cosquillas a Lee hasta que la niña empezó a chillar, y luego Mercy se unió y se puso a hacerle cosquillas a su madre.
Entonces las dos niñas se unieron contra la adulta y las tres acabaron rodando por el suelo, riendo y chillando.
Mercy se apartó de la ventana mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Aquel recuerdo había vuelto de golpe con total claridad después de leer la carta. Durante muchísimo tiempo había habido fragmentos y retazos sueltos, pero nada de forma completa, no las partes más importantes.
«Todos estos años podría haber estado con mi madre y con mi hermana, disfrutando de toda esa diversión, de todo ese… amor. Y, en vez de eso, tuve que vivir con los Atkins».
Pero, mientras se sentaba de nuevo en la cama y volvía a leer la carta, las palabras de su madre culpándose de todo lo que había ido mal en sus vidas hicieron sentir a Mercy un repentino arranque de ira.
¿Acaso intentaba su madre obtener la compasión y el dinero de Lineberry?
Mercy tenía la sensación de que en sus palabras había un tono de «pobrecita de mí».
Aunque quizá estaba siendo injusta. Ser tan joven y trabajar como infiltrada contra la mafia tenía que haber requerido mucho coraje.
¿Y el hecho de que luego atacasen a su familia, secuestraran a una de sus hijas y a la otra la dieran por muerta?
¿Y que más adelante casi asesinaran al hombre al que amaba?
A Mercy nunca le había gustado que otras personas la juzgaran, aunque solían hacerlo a menudo basándose en su ropa descuidada o su viejo coche, o en su aspecto físico, su escasa educación o sus modales torpes y faltos de delicadeza.
Para ser justos, tampoco ella tenía derecho a juzgar a los demás, incluida su madre.
Aun así, a Mercy le había quedado claro que su madre no quería que la encontraran.
No quería formar parte de la vida de sus hijas.
Aquella había sido su decisión, supuso Mercy, aunque le parecía una elección muy egoísta.
Y, después de leer la carta, no podía entender por qué su hermana se empeñaba en buscarla.
No había nada en sus palabras que ofreciera alguna esperanza.
La mujer con el pelo recogido y sus ganas juguetonas de hacer cosquillas hacía tiempo que no existía.
Había tomado su decisión, y esa decisión implicaba no estar ahí para sus hijas.
Todas ellas tenían que seguir adelante con sus vidas.
Alzó la mirada cuando la puerta se abrió y Pine apareció en el umbral.
Se sentó en la cama al lado de Mercy y miró la carta en su mano.
—¿Y bien?
Mercy se encogió de hombros.
—No es más que una carta. Llena de autorreproches, una especie de historia lacrimógena. No sé qué ves en ella. Lo que queda muy claro es que no quiere que la encuentren. Pues vale, muy bien, adelante. No hay nada ahí para ti, Lee.
Pine palideció y su semblante pareció turbado.
—¿Y lo que escribió no te ha hecho sentir… nada?
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Entonces ¿por qué tienes los ojos enrojecidos y las mejillas húmedas?
Mercy dejó caer la carta sobre la cama, se levantó y apartó la vista.
—No necesito esta mierda ahora, ¿vale, Lee? He venido aquí para enfrentarme a Desiree y ya le he dicho lo que tenía que decirle a esa bruja. He quedado exculpada de un asesinato que no cometí. Ahora solo quiero volver a mi humilde y sencilla vida.
—¿Y qué hay de mí?
Mercy se giró para mirarla.
Pine tenía los ojos brillantes y, con una voz baja y tensa, dijo:
—Yo no escogí perderte. Yo no me alejé de ti. He estado sin mi hermana durante treinta años, Mercy. Y ahora que por fin nos hemos encontrado, ¿quieres marcharte sin más? ¿Abandonarme como mamá hizo conmigo?
Mercy no se ablandó; al contrario, pareció crecerse aún más.
—Yo tampoco lo he tenido fácil, ¿vale? Los últimos treinta años no han sido un camino de rosas para mí, hermanita. Me habría cambiado por ti en un abrir y cerrar de ojos. —Se levantó la manga—. Mira estas preciosidades.
Pine observó todas aquellas marcas de tortura.
—Sé lo que te hizo esa mujer.
—No, no tienes ni puta idea de lo que me hizo esa bruja. Esto, esto es lo que me hizo.
Mercy se quitó la sudadera y la camiseta interior. Sus brazos y su torso estaban cubiertos de marcas negruzcas, cicatrices y bultos.
—A Desiree le encantaban los cigarrillos. No fumárselos, sino quemarme con ellos. —Se señaló tres marcas de quemaduras en el antebrazo derecho—. ¿Sabes qué decía de estas de aquí?
Pine no podía hablar; solo mirar.
—Decía que eran como los tres ositos y que yo era Ricitos de Oro. Esta quemaba mucho, esta estaba fría y esta estaba perfecta, así que sostuvo el cigarrillo sobre ella hasta que creí que el puto cerebro me iba a estallar dentro de la puta cabeza. Tenía nueve años.
Mercy se bajó los pantalones, dejando a la vista sus piernas.
—¿Y estas? —Se señaló ambos muslos, donde había varias hileras de quemaduras—. Esa malnacida quería hacer una columna de hormigas subiendo y bajando por mis piernas. Como si me hormiguearan, decía, y se partía de la risa mientras me iba quemando hormiguitas en la piel. Tenía once años.
Se bajó el sujetador, dejando sus pechos al descubierto.
—Y como no le gustaba el aspecto que tenían mis tetas, cogía un cuchillo y grababa cosas en ellos. Tenía doce años y ni siquiera me habían salido aún los pechos, así que lo que hacía era presionar la piel sobre el hueso con una hoja afilada.
Se tocó las bragas.
—Y aquí… aquí abajo… —Mercy se encorvó hacia delante y rompió a sollozar en silencio.
Al momento se enderezó y se secó furiosamente las lágrimas—.
Aquí abajo ella… —Sacudió la cabeza, como si intentara contener las náuseas—.
Solo tenía… No… no me acuerdo de cuántos años tenía.
Solo recuerdo que dolía. Dolía como nada que hubiera sentido nunca.
Ante la atrocidad de todo aquello, Pine cerró finalmente los ojos.
Mercy le clavó la mirada.
—Sí, Lee, está bien, no mires. Yo tampoco lo haría.
Yo también era muy bonita, como tú. Bueno, supongo que lo era, porque ya no me acuerdo de nada.
Llevo mucho más tiempo siendo así que como podría haber sido antes.
Soy una aberración y lo sé. Con este cuerpo solo puedo atraer a colgados y perdedores, y hay muchos.
Los tíos normales, al ver lo que hay, se largan pitando.
Se pasó la mano por el cuero cabelludo.
—Me rapé porque Desiree me arrancaba mechones enteros de raíz, o les prendía fuego mientras me tenía agarrada.
Y, a pesar de todo esto que ves sobre mi cuerpo, no es para nada lo peor que ella me hizo.
—Mercy se dio unos golpes en la cabeza—.
Fue aquí arriba donde más me jodió. Esos juegos mentales, toda esa mierda que me metió en la cabeza desde que era muy pequeña hasta que fui más mayor.
Eso, eso fue lo peor de todo. Cualquier pesadilla que puedas imaginar, cualquier acto malvado y repugnante que puedas concebir, esa mujer me amenazaba con hacérmelo…
y al final me lo hacía. Y siempre iba más allá, hasta un nivel que yo creía que ella misma se asustaría de poder alcanzar.
»Entonces me escapé y pasé muchos años siendo maltratada por gente de la peor calaña que pensaban que podían hacer conmigo lo que quisieran, y yo se lo permití porque no sabía de qué otro modo actuar.
E hice muchas cosas de las que no me siento orgullosa, y tomé las peores decisiones posibles, y esnifé, me pinché y me tragué todas las drogas de las que hayas oído hablar, y otras de las que probablemente ni siquiera sepas nada.
A medida que Mercy hablaba, su voz aumentaba de volumen y su rabia se inflamaba cada vez más, mientras Pine seguía con los ojos cerrados.
—Y al final reuní el coraje, el valor, el…
como coño quieras llamarlo, para decir basta y dejarlo todo atrás.
Y durante mucho tiempo he conseguido llevar mi vida como he podido.
No es gran cosa. Voy sobreviviendo cheque a cheque, y cuando las cosas se ponen muy feas ni siquiera tengo un techo, pero siempre vuelvo a ponerme en pie y sigo adelante.
Sola. Porque así es como tiene que ser. No me siento bien rodeada de otros seres humanos, Lee.
Porque yo no soy humana, hace ya mucho que dejé de serlo.
De modo que sí; si me preguntas si quiero marcharme sin más, la puñetera respuesta es sí.
Quiero volver a esa patética vida de mierda que me he forjado por mí misma, porque es «mi» vida de mierda.
Porque las personas como yo nunca sabemos cuánto camino nos queda por delante, pero sí sabemos que no será tan largo como el de la gente normal.
Es lo que hay. Yo no he hecho las reglas.
No estoy de acuerdo con ellas, pero existen.
Y no voy a dejar que nadie me vuelva a joder.
Siento mucho que este pequeño reencuentro no sea como tú esperabas, pero así es la vida.
Si quieres una fantasía en la que todo el mundo luce una gran sonrisa y todas las casitas tienen una valla blanca y todo acaba perfectamente entre risas y abrazos, busca en otra parte. ¡Porque yo no soy así!
Y para acabar su diatriba, marcó la exclamación final con un fuerte puñetazo que dejó una gran abolladura en el tabique. Luego se subió a toda prisa los pantalones y el sujetador, volvió a ponerse la camiseta y la sudadera, y salió hecha una furia de la habitación, cerrando con un portazo.
Pine permaneció allí sentada un rato, mientras las lágrimas se filtraban entre los párpados fuertemente cerrados. Al final abrió los ojos y se quedó contemplando la abolladura en la pared, cortesía del puño de hierro de Mercy y su brutal temperamento.
Y, por primera vez en muchísimo tiempo, Atlee Pine no tuvo ni idea de qué hacer.