Capítulo 58
McAllister seguía sentado a la misma mesa del bar del hotel. Estaba hablando por teléfono cuando Pine entró. El hombre levantó un dedo para indicarle que esperara. Cuando acabó la llamada, levantó la vista.
—¿Qué has averiguado, Pine?
—Carol Blum ha desaparecido. Tenemos que emitir un boletín de búsqueda.
—Neil ha revisado las grabaciones del aparcamiento. Aparece Blum subiéndose a su coche con una mujer alta que lleva una sudadera con capucha. ¿Alguna idea de quién puede ser?
Pine sabía que la pregunta iba a salir, pero aún no tenía una buena respuesta.
—No estoy segura.
—Vale —dijo McAllister, sin parecer muy convencido—. Emitiré el boletín, pero luego tú y yo tenemos que hablar.
Pine le hizo una descripción del Porsche y le dio el número de matrícula.
La dejó allí unos minutos y luego regresó, seguido por Neil Bertrand. Se sentaron frente a ella.
—¿Café? —le preguntó McAllister—. Tenemos una cuenta abierta.
—Claro, estaría bien.
—Seguro que también estás hambrienta. No creo que tus captores te hayan dado de comer.
—No, estoy bien, pero gracias.
—¿Café solo o acompañado?
—Solo.
Bertrand se levantó y fue a buscar el café para Pine.
McAllister dio un sorbo de su taza y la dejó sobre la mesa.
—Me pediste que confiara en ti. Vale, yo confío. Pero esta es una vía de dos direcciones.
Dejó la frase suspendida en el aire, pero por la expresión del hombre Pine supo que no iba a decir nada más hasta que ella respondiera. Ella habría hecho lo mismo si la situación hubiera sido al contrario.
La agente esperó a que le trajeran el café. Entonces dio un largo sorbo y empezó a hablar.
—Llevo un tiempo de permiso en la Agencia para buscar a mi hermana gemela, Mercy Pine. La secuestraron cuando teníamos seis años, y hace poco averiguamos que la retuvieron en la casa de Desiree y Joe Atkins, donde le dieron el nombre de Rebecca Atkins.
McAllister abrió mucho los ojos y comenzó a asentir.
—¿Rebecca Atkins? Claro, recuerdo haber visto el aviso del FBI. Joder, ¿era tu hermana?
—Sí. En fin, los Atkins la tuvieron prisionera, pero ella consiguió escapar hace casi veinte años. Y recientemente hemos rastreado el paradero de Desiree hasta Asheville, donde la he arrestado por tener encerrada a otra muchacha. Y también he logrado que confesara que había matado a su marido, Joe.
—¿Que ha confesado?
Pine sacó el móvil y puso la grabación.
—¿Se admitirá como prueba? —preguntó McAllister.
—Eso espero —dijo Pine—. Porque exculpa a mi hermana de cualquier delito, aunque en mi opinión esta habría estado en todo su derecho de hacerles daño: intentaban que no escapara para seguir manteniéndola presa.
—Bueno, creo que la mayoría de los tribunales y jurados lo verían igual que tú. ¿Y sabes dónde está tu hermana ahora?
Pine respiró hondo.
—La verdad es que está arriba en mi habitación. Era la mujer alta con capucha que visteis entrando en el coche con Carol. Ella es la persona que he estado buscando.
Levantó la mirada para ver la reacción de los dos hombres.
Bertrand pareció sorprendido; McAllister, no.
—Dos mujeres altas con la misma complexión, y ambas vistas en compañía de Blum. No hay que ser Sherlock Holmes. ¿Y ahora responde al nombre de Eloise Cain?
—Así es. Vino aquí para enfrentarse con su pasado y con Desiree, cosa que ha hecho.
Entonces apareció un abogado de Nueva York para representar a la secuestradora, solo que no fue ella quien lo contrató.
Creo que quien lo hizo fue la persona que ordenó que me capturaran.
Carol y mi hermana siguieron al abogado hasta una casa, donde mi hermana lo vio hablando con ese hombre.
Pero, de repente, todos se marcharon. Tal vez sospecharon que los habían seguido, no lo sé.
Mi hermana había entrado en la casa para echar un vistazo y comprobar si yo estaba allí.
Cuando los hombres se fueron de improviso, ella salió corriendo de vuelta a donde la esperaba Carol, pero ni ella ni el coche estaban ya.
—¿Y no crees que Carol podría haberlos seguido?
—Habría enviado un mensaje para avisar, y no lo ha hecho. Y no ha contestado a ninguno de los mensajes que le he enviado en las últimas horas. Por eso creo que la tienen ellos.
McAllister se recostó en la silla y miró a Bertrand. Luego le dijo a Pine:
—Y ese hombre…, llamémoslo el cabecilla, ¿te dijo que buscaba a El Cain, tu hermana, porque había matado a su hermano? ¿Qué te ha dicho ella de eso?
—Que no tiene ni idea de qué está hablando. Que ella no ha matado a nadie.
—¿Y tú la crees?
—Sí.
—¿Y cuándo la has encontrado?
Pine volvió a inhalar hondo.
—Hace unos veinte minutos.
—¿Después de no haberla visto desde hace treinta años? ¿Y crees que la conoces lo suficientemente bien para determinar si está diciendo la verdad sobre si ha matado o no a alguien? ¿Y que ella confesaría un crimen así a una agente federal, sea o no su hermana?
La faceta profesional de Pine sabía qué respuesta debería dar: por supuesto que no conocía lo bastante bien a su hermana. Pero su faceta humana proporcionó la respuesta:
—Creo que dice la verdad. Y el hombre afirmó también que su hermano se lo había buscado, así que tengo la sensación de que, tanto si mi hermana lo hizo como si no, es muy probable que él la provocara.
—¿Le has preguntado si recientemente le ha ocurrido algo que pudiera haber desencadenado una acción así contra ella?
A ver, quienquiera que vaya a por tu hermana ha secuestrado a una agente federal, ha contratado a un prestigioso abogado neoyorquino y ahora ha capturado a otra empleada del FBI.
Debe de tener un motivo muy importante para hacer algo así.
—Aún no he podido hablar a fondo con ella.
—Técnicamente este no es mi caso, pero creo que alguien debería hacerse cargo.
—Lo haré yo.
—¿Crees que eres lo bastante objetiva para encargarte de esto, agente Pine? —intervino Bertrand—. Según las normas federales…
—Lo sé todo sobre las normas federales —espetó Pine, y al momento se calmó.
Tomó otro sorbo de café a fin de darse tiempo para formular una respuesta más efectiva. Se quedó mirando el líquido negro como si pudiera contener una salida a su actual dilema.
—Hablaré con ella al respecto… de forma objetiva. Entonces, si resulta que hay algo más, me encargaré de que podáis hablar con ella. ¿Os parece justo?
—Bastante justo, por ahora. ¿Y qué me dices de Tim Pine?
—No lo he visto, ni a él ni a mi madre, desde hace muchos años. Creía que estaba muerto. Y no tengo ni idea de dónde está ninguno de los dos.
—¿Cómo acabó Ito Vincenzo en su tumba? —preguntó Bertrand.
—¿Habéis hablado con Jack Lineberry?
—Es el siguiente en nuestra lista. Sabemos que la policía de Georgia y un inspector de homicidios de Virginia ya lo han interrogado, pero creo que no quedaron muy satisfechos con sus respuestas.
—¿Y por qué está el FBI interesado en este caso? El homicidio es un asunto estatal, a menos que haya algo muy inusual de por medio.
—Al parecer lo hay.
—Veréis, la verdad es que, en los años ochenta, mi madre actuó como topo para el gobierno a fin de poder incriminar a varias familias de la mafia.
Bruno Vincenzo fue uno de esos mafiosos.
Se lo cargaron en la cárcel por soplón, pero antes había hablado con su hermano Ito, a quien convenció de que lo vengara secuestrando a mi hermana y casi matándome a mí.
Años más tarde, rastreó el paradero de mi padre hasta Virginia y allí intentó matarlo.
Pero al final fue Ito quien acabó muriendo.
—¿Y por qué tu padre no informó de ello?
—Debería haberlo hecho, pero la mafia no olvida así como así. Eso habría provocado que todo el pasado volviera a salir a la luz. Así que Lineberry y él trazaron un plan. Lineberry identificó el cuerpo como el de Tim, y luego mi madre lo confirmó. Supongo que el rostro quedó irreconocible.
—He visto las fotos de la autopsia. Estaba totalmente desfigurado —añadió McAllister con cierto gesto de repugnancia—. Entonces tu madre y ese tal Lineberry mintieron a la policía y obstaculizaron la investigación.
—Lineberry trabajaba para el gobierno. Era el supervisor de mi madre en la operación encubierta. Supongo que está obligado por algún juramento de confidencialidad. Quizá tengáis que consultarlo con alguna otra agencia gubernamental.
—No sería la primera vez.
—Ahora mismo mi única prioridad es encontrar a Carol.
—Lo entiendo, agente Pine. ¿Por qué no vuelves a hablar con tu hermana? Puede que sepa algo que nos sea de utilidad.
Pine se levantó.
—Gracias por el café. —Y se marchó.
McAllister la observó alejarse con cara de circunstancias.
—Un personaje de lo más peculiar.
—Su historial en la Agencia es magnífico —señaló Bertrand.
—Sí, pero también ha levantado bastantes ampollas por el camino.
—¿Crees que nos está ocultando algo?
McAllister miró al joven con gesto de incredulidad.
—Joder, Neil, pues claro que nos oculta algo.