Capítulo 57
Cuando Pine se apartó por fin, se quedó mirando a su hermana.
—No puedo creer que esto esté pasando. Después de tantos años.
Mercy contempló también a su gemela, pero su semblante de felicidad se fue apagando lentamente.
—Ha pasado mucho tiempo. Dudo que siga siendo como recuerdas.
La sonrisa de Pine también se desvaneció poco a poco, mientras algo extraño e informe parecía surgir entre ambas, como un muro fronterizo construido de innumerables componentes esenciales.
Sin embargo, se dijo a sí misma que nada, nada en absoluto, iba a empañar ese momento.
Ella también se sentía inmensamente feliz y estaba dispuesta a hacérselo saber a su hermana.
La sonrisa volvió a brotar con más fuerza si cabe.
—Lo único que importa es que estás viva y que estás aquí y ahora. Oh, Dios… Este es el día que he estado esperando tanto, tanto tiempo.
Mercy se metió las manos en los bolsillos.
—Ya, sí, me imagino. He oído que has estado metida en problemas.
La sonrisa de Pine volvió a desvanecerse.
—Así es. Pero he logrado escapar.
Mercy examinó la cara hinchada de su hermana.
—No sin que antes te atizaran de lo lindo.
Pine cruzó los brazos sobre el pecho, consciente de que el instante de euforia del reencuentro había pasado.
—Gajes del oficio. Espero poder resarcirme más pronto que tarde. —Luego volvió a acercarse a su hermana y le frotó el brazo—. Sé muy poco de lo que te ha pasado y lo siento mucho. Y también sé que cualquier cosa que diga ahora sonará absurdamente insuficiente.
Mercy se encogió de hombros.
—Sobreviví. Me escapé también, al igual que tú. Y no consiguieron derrotarme.
—No, no lo hicieron.
—De eso va todo, de sobrevivir.
—Sí, así es —dijo Pine algo incómoda.
Era como si fueran dos viejas conocidas charlando sobre cosas sin importancia para ninguna de las dos. En la versión de Hollywood, todo serían sonrisas, abrazos y lágrimas. En la vida real, comprendió de pronto, todo era menos intenso, más matizado. Y mucho más complicado.
«¿Y por qué diablos te das cuenta de eso justo ahora?».
—Mira —dijo Pine—, sé que es un momento de lo más inoportuno, pero tengo que encontrar a mi amiga. No debe de andar muy lejos.
—No lo creo.
—¿Cómo? —preguntó Pine, extrañada.
—¿Hablas de Carol Blum? He estado con ella. Fuimos a ver a Desiree a la cárcel.
Pine se quedó estupefacta.
—¿Que has visto a Desiree?
—Carol pensó que tal vez tuviera algo que ver con tu desaparición. Ya sabes, los amigos traficantes de Desiree. Pensamos que te habían capturado ellos.
—¿Y qué ha pasado?
—Cuando salíamos de ver a Desiree, nos cruzamos con ese estirado abogado de Nueva York que iba a reunirse con ella.
Y Carol dedujo que era muy extraño que Desiree hubiera llamado a alguien de ese nivel, así que se preguntó quién lo habría hecho.
De modo que, cuando el tipo salió del centro de detención, Carol decidió que debíamos seguirlo.
—¿Y adónde fue?
—A un pedazo casoplón. Allí se reunió con un tipo.
Entré en la casa para ver si podía descubrir algo.
El lugar parecía cerrado, ya sabes, como si sus dueños vivieran de forma temporal allí y esos tíos solo la estuvieran utilizando un tiempo.
Pero entonces todos se marcharon y me quedé allí dentro sola.
Me sentí como una idiota, porque ni siquiera sabía muy bien lo que estaba haciendo.
Así que regresé corriendo a donde había dejado a Carol, pero resulta que ella y el coche habían desaparecido.
—¿Desaparecido? ¿Crees que fue tras ellos?
—No lo sé. ¿Has tenido noticias de ella en las últimas horas?
—No, y le he dejado un montón de mensajes, pero no ha contestado.
—Entonces tiene que haberle pasado algo.
—Puede que descubrieran que los habíais seguido.
—Sí, puede ser.
Al mirar a su alrededor, Pine se dio cuenta de que había varias personas cerca, mirando y escuchando.
Cogió a su hermana del brazo y le dijo:
—Vayamos a mi habitación y hablemos de esto en privado.
Subieron en el ascensor y Pine usó su llave de tarjeta para entrar en el cuarto.
—Mi bolsa estaba en el Porsche —dijo Mercy—. Toda mi ropa y mis cosas están ahí.
—Tengo algo de ropa que puedes usar. Eres más alta que yo, pero seguro que te va bien. Tenemos más o menos la misma constitución.
Mercy miró a su hermana de arriba abajo.
—Se te ve fuerte y en forma, muy capaz de cuidar de ti misma.
—Ya.
—Supongo que eso ayuda en tu trabajo.
—No va mal, la verdad.
—Yo practico artes marciales mixtas y participo en combates a nivel local para sacarme algo de pasta. Hay que buscarse la vida, ¿sabes?
Pine se la quedó mirando.
—Debe de haber sido muy duro, Mercy.
—Nunca echo la vista atrás. Al menos intento no hacerlo. No es bueno para alguien como yo. —Hizo una pausa—. En fin… ¿Carol?
Pine se sentó en la cama.
—¿Te acuerdas de dónde estaba la casa?
—No mucho. Carol conducía y yo no presté mucha atención.
He tomado un Lyft para volver aquí, pero tuve que caminar un poco para poder cogerlo.
Podríamos intentar averiguarlo a partir de ahí, aunque me dio la impresión de que utilizaban la casa de manera puntual.
No me pareció que vivieran allí. Pero pude ver al tipo por la ventana.
—¿Al abogado?
—No, al otro.
—¿Puedes describirlo?
—Alto, delgado, cuarenta y tantos, bien vestido, un tipo con clase. ¿Pudiste ver a quien te capturó?
—Fueron los matones, no el jefe. Pero apuesto a que ese es el hombre al que viste.
—¿Y qué tiene ese tío contra ti? No creo que sea por Desiree. No tenía pinta de ser el típico traficante, ni siquiera uno de esos grandes narcos. Como te he dicho, tenía mucha más clase. Parecía más bien uno de esos jefazos ejecutivos de grandes empresas.
Pine se aclaró la garganta y miró con gesto nervioso a su hermana.
—Por lo visto sí que tiene algo, pero contra ti.
Mercy, que se había arrimado a la ventana para mirar, se giró de golpe.
—¿Contra mí?
—Está buscando a El Cain.
—¿Por qué?
—Me dijo que mataste a su hermano.
Mercy dio unos pasos hacia ella.
—¿Que maté a su hermano? ¿Eso te dijo?
—Sí.
—Yo no he matado a nadie. Como tampoco maté a Joe Atkins. Carol me contó que conseguisteis que Desiree confesara todo.
—Así es. La confesión está almacenada a salvo en mi nube personal.
—Me preocupé mucho cuando me enteré de que los federales iban a por mí.
—No iban a por ti. Solo querían encontrarte.
Mercy frunció el ceño.
—¿Y te dijo ese hombre por qué había matado supuestamente a su hermano?
—La verdad es que no, solo me dijo que él se lo había buscado, que se lo merecía.
Mercy se dejó caer en una silla.
—No tiene sentido. Ese hombre está loco. Es verdad que les he dado una paliza a algunos tíos que se lo merecían, pero yo no he matado a nadie. Lo juro.
—Te creo. Pero ese tipo está empecinado en dar contigo. Para él se trata de un asunto personal.
—¿Crees que es él quien se ha llevado a Carol?
—Es muy probable. —Pine se levantó—. Abajo hay un equipo del FBI. Han venido para investigar otro caso distinto, relacionado con Tim Pine.
—Ya. Carol me ha hablado de él. Y también de nuestro padre biológico, el ricachón.
—Jack Lineberry.
—Bueno, ¿y qué pasa con nuestra madre? ¿Qué era, un putón, una loca, o las dos cosas?
Pine notó que le ardía la cara ante la brusquedad de la pregunta. Mercy pareció leerle la mente.
—Lo siento. La verdad es que no me acuerdo de ella. Carol me contó que actuó como topo contra la mafia o algo así. Pero que después se largó y te abandonó.
La cara de Pine ardió con más intensidad si cabe por el último comentario.
—Sí, se fue. Y ahora intento encontrarla, también a Tim.
—Y si te abandonó, ¿por qué molestarse? ¿Hay algo que quieras decirle, Lee? Aunque ¿de veras importaría? ¿Después de tantos años?
Pine se acercó al armario y sacó un sobre de su chaqueta. Se lo tendió.
—Hace poco me dieron esta carta. Es de nuestra madre a Jack Lineberry.
—¿Qué pone?
—Puedes leerla mientras bajo a hablar con los agentes. No… no quiero que de momento sepan que estás aquí.
Mercy la fulminó con la mirada.
—¡Pero has dicho que ya se había aclarado lo que le pasó a Joe Atkins! Lo acuchillaron, y yo no lo hice, tan solo lo golpeé cuando intentó detenerme. Has dicho que tienes la confesión de Desiree, y Carol me contó lo mismo. ¿Me habéis mentido o qué?
—No, es verdad, Mercy. Pero déjame que me ocupe yo de esto. Sé cómo funcionan las cosas en la Agencia. Confía en mí. Puedo arreglarlo, te lo prometo.
—No he confiado en nadie en toda mi vida y no creo que pueda empezar a hacerlo ahora. Lo siento, pero es lo que hay.
—Vale, lo entiendo. Pero tú quédate aquí leyendo la carta y enseguida vuelvo.
Mercy cogió la carta.
—Tenemos que encontrar a Carol. Me gusta esa mujer.
—La encontraremos. Y a mí también me gusta. Ella es… es…
—¿Como una madre para ti? —dijo Mercy, observando fijamente a su hermana.
Pine no respondió. Se marchó, y Mercy se sentó en la cama y comenzó a leer la carta.