Capítulo 56
Pine bajó de un salto de la vieja camioneta antes de llegar siquiera a la entrada del hotel.
—¡Gracias! —dijo por encima del hombro.
La anciana tocó el claxon, se inclinó por la ventanilla abierta y gritó:
—¡Gracias a ti, guapa! ¡Es lo más divertido que me ha pasado en años!
Pine entró corriendo en el vestíbulo y se dirigió a la recepción, donde la misma mujer de la noche anterior estaba tras el mostrador.
—¡Santo Dios, agente Pine! —exclamó la mujer—. La han estado buscando por todas partes. Creíamos que la habían secuestrado.
—Y así ha sido, pero me escapé.
—¡Está herida!
—¿Qué?
—Su cara. Está toda magullada.
Pine se tocó el costado de la cabeza donde había recibido la patada.
Con el subidón de adrenalina de la huida, ni siquiera lo había recordado ni notado el dolor.
Ahora volvió todo de golpe. Se frotó el oblicuo donde la habían atizado por primera vez.
Estaba muy hinchado y dolía de la hostia.
Quienquiera que lo hubiera hecho, sabía bien lo que se hacía.
Volvió a centrarse y preguntó:
—¿Dónde está la mujer que me acompañaba, Carol Blum?
—No lo sé. No la he visto. Pero el FBI está aquí. Ahora están en el bar del hotel. ¿Un tal agente McAllister? —Y se lo describió.
Pine se dirigió a toda prisa a la zona del bar y divisó a un hombre que debía de ser Drew McAllister, acompañado de un tipo alto más joven. Estaban sentados al fondo del salón. Corrió hacia ellos y los dos se quedaron boquiabiertos al verla.
—¿Agente Pine? —exclamó McAllister, levantándose bruscamente de su asiento.
—Yo misma.
—Tate Callum acaba de llamarme para decirme que habías escapado.
Pine les hizo un rápido resumen de lo que le había pasado y de cómo había logrado huir.
—Espero que los tipos a los que he dejado atados puedan aclararnos de qué va todo esto.
Para su sorpresa, McAllister negó con la cabeza.
—Eso no va a pasar. Callum también me ha dicho que al llegar a la dirección que les diste los hombres ya no estaban.
Pine soltó un gruñido.
—Mierda. Eso es que alguien ha ido y los ha soltado, porque no podrían haberlo hecho solos. Además, estaban inconscientes.
McAllister señaló con el pulgar a su compañero.
—Este es Neil Bertrand.
Pine lo saludó con la cabeza.
—Te han dado bien, ¿eh? —dijo Bertrand.
Ella se pasó una mano por la cara hinchada.
—No cooperé tanto como les habría gustado.
—Mira —dijo McAllister—, hemos venido aquí para hablar contigo de Tim Pine, pero como se ha desatado todo este caos, quizá primero tengamos que echar una mano con esto, sea lo que sea.
—Gracias, ahora mismo me irá muy bien toda la ayuda que pueda recibir.
—La policía local hará un registro exhaustivo de la casa donde te tenían encerrada. Puede que encuentren algo.
—Tengo que llamar a mi amiga Carol. Me dejé el móvil en la habitación. Ahora vengo.
—No, lo tenemos aquí. La señora Blum me lo entregó. Ha intentado ponerse en contacto contigo. —Y se lo tendió.
Pine agarró el móvil y lo desbloqueó. Había varias llamadas y mensajes anteriores de Blum. Se notaba que estaba desesperada por la desaparición de Pine. Llamó al móvil de Blum, pero saltó el buzón de voz. Mascullando por lo bajo, le envió un mensaje, pero no hubo respuesta.
—Enseguida vuelvo —le dijo a McAllister.
Subió corriendo a su habitación y cogió su identificación y sus pistolas de la caja fuerte. Luego bajó al vestíbulo y entró de nuevo en el bar.
—¿Cuándo visteis a Carol por última vez?
—Esta mañana, justo cuando llegamos al hotel. Ella fue quien nos informó de tu desaparición. Pero no sé adónde fue después de eso. —McAllister miró a su compañero—. Neil, a ver si puedes averiguar algo.
Bertrand se levantó y se marchó.
Pine se sentó en su silla y miró a McAllister, que dijo:
—Blum pensaba que podrían haberte secuestrado los socios narcotraficantes de Desiree Atkins. ¿Tú qué opinas?
—Que no es así. El hombre que está detrás de todo esto habló conmigo.
No pude identificarlo porque tenía los ojos vendados, pero me contó que si conseguían que Desiree Atkins saliera bajo fianza, la harían hablar para que contara todo lo que sabía.
Eso no me parece cosa de socios en un asunto de drogas, si es que en realidad hay alguno.
—¿Te contó qué tipo de información quería de ella?
—Quería encontrar a alguien.
—¿A quién?
—A Eloise Cain. —Pine inspiró profundamente—. Que es la misma mujer que yo estoy buscando.
—¿Te dijo por qué quería encontrarla?
—Me dijo que había matado a su hermano. Supongo que busca venganza.
—¿Y por qué habría matado a su hermano?
—El hombre dijo que su hermano se lo merecía. Pero que eso no importaba, lo que importaba es que él era de su familia. Está claro que quiere matar a Cain.
—¿Y por qué buscas tú a esa tal Eloise Cain?
Pine sabía que la pregunta era inevitable.
—Es una persona de interés en un caso en el que estoy trabajando.
McAllister pareció molesto por la respuesta.
—Eso es lo que les digo a mis superiores cuando aún no quiero que sepan algo de una investigación. ¿Es lo mejor que se te ocurre en estas circunstancias?
Pine le sostuvo la mirada con expresión grave.
—Necesito que confíes en mí en esto. Es algo muy complicado y ahora no tenemos tiempo. Por favor…
El hombre se recostó en el asiento y suspiró.
—Te investigué un poco antes de venir, por supuesto. Y todo lo que encontré fueron elogios. Así que, por ahora, lo dejaré pasar. Pero en algún momento, agente Pine, tendré que escuchar toda la historia.
—Y espero que entonces pueda contártela. Me refiero a «toda» la historia.
Se despidió de él y volvió a su habitación. Le dejó tres mensajes más a Blum, tanto de voz como de texto. Estaba claro que algo iba muy mal.
«Pero qué idiota…». Ni siquiera había comprobado si el Porsche estaba en el aparcamiento.
Bajó a toda prisa al vestíbulo y se dirigió a la salida cuando un coche de Lyft dejaba a una pasajera delante del hotel. Pine empujó la puerta giratoria y salió.
Entonces se detuvo en seco y se giró para mirar a la mujer que acababa de entrar por la misma puerta giratoria.
Estaba de pie en el vestíbulo y miraba fijamente a Pine.
Muy despacio, la mujer volvió a salir.
Y, por primera vez en treinta años, las hermanas Pine se quedaron mirando la una a la otra separadas por apenas unos pasos de distancia.
Pine notó que empezaba a temblar. Las emociones que se arremolinaban en su interior no se parecían a nada que hubiera sentido antes. No, pensó, no era cierto. Eran los mismos sentimientos que había experimentado cuando supo que su hermana había desaparecido.
—¿M-Mercy?
Mientras Mercy la miraba, un aluvión de recuerdos de hace mucho tiempo, sepultados por años de odio, virulencia y crueldad impuestos por Desiree Atkins, salieron de golpe a la superficie. Era como si la presa finalmente hubiera reventado, haciendo que volviera a ella todo aquello que importaba.
—¿Lee? ¿De verdad eres tú?
Pine contempló aquel rostro que era tan parecido al suyo y que a la vez era distinto.
Tres décadas de una vida en su mayor parte terrible habían dejado una huella indeleble.
Eso era algo innegable. Atrás había quedado aquella adorable niñita con su precioso cabello largo, su gusto por los vestidos de volantitos y aquella sonrisa traviesa que siempre la hacía reír.
Pero, por todo lo demás, Pine sabía que acababa de encontrar a su hermana.
Ahora las lágrimas corrían por sus mejillas sin que hiciera nada para enjugarlas.
—Sí, Dios mío, sí. Soy yo.
Las dos mujeres dieron unos pasos al frente, como si estuvieran conectadas por el más fuerte de los lazos, y finalmente se abrazaron por primera vez en treinta años.