El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 55
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Capítulo 55

Sentada en cuclillas, Mercy observó la parte posterior de la casa a través de los prismáticos.

La residencia estaba construida casi por entero en piedra, con algunas vigas de madera y otros materiales añadidos para darle un toque arquitectónico interesante.

Era un lugar resguardado y aislado de la calle, sin vecinos cerca.

Una buena elección si querías hacer algo malo, pensó.

El Escalade estaba aparcado delante del garaje de tres plazas.

Vio al chófer sentado en el coche, entretenido con su móvil.

Lo que Mercy no pudo ver a través de las ventanas tintadas era si Marbury seguía o no dentro del vehículo.

Lo dudaba mucho. ¿Para qué iba a venir hasta aquí, para plantar el trasero en el asiento sin entrar en la casa?

Cuando había hablado con Blum, había sonado mucho más confiada de lo que se sentía ahora.

Si bien era cierto que podía enfrentarse físicamente casi con cualquiera, en realidad no sabía qué estaba haciendo ahí.

Y su breve temporada como vulgar guardia de seguridad tampoco es que la hubiera preparado para ser una gran detective.

Aunque, eso sí, tenía cierta experiencia en allanar moradas.

Si fuera de noche, se sentiría más segura tratando de entrar por una puerta o una ventana al amparo de la oscuridad.

Además, una casa como esa debía de contar con un sofisticado sistema de seguridad, aunque al ser de día y habiendo gente dentro, quizá estuviera apagado.

Mercy decidió que no servía de nada quedarse agazapada ahí sin más como un bulto, así que avanzó, manteniéndose agachada y tratando de permanecer fuera de la línea de visión de las ventanas de esta parte de la casa.

Pasó junto a una piscina cubierta con una lona para la temporada de invierno.

Se detuvo junto a un grupo de arbustos y esperó para comprobar si alguien la había visto y daba la voz de alarma.

No ocurrió nada, y entonces se relajó y miró a su alrededor, intentando aplicar el sentido común y las dotes de observación naturales que había desarrollado con los años.

En los sitios donde había vivido, saber calibrar de forma adecuada la atmósfera de un lugar y el gusto por la violencia de determinada gente la había salvado en más ocasiones de las que le apetecía recordar.

Se preguntó si la casa habría sido alquilada recientemente para permanencias cortas, ya que las sillas, tumbonas y mesas de alrededor de la piscina estaban cubiertas y apiladas.

Daba la sensación de que el lugar estaba cerrado durante la temporada invernal.

El Escalade no estaba aparcado en una de las plazas del garaje, lo cual, razonó, significaba que no debía pertenecer a los dueños de la casa.

Asomó la cabeza por encima de los arbustos y examinó la vivienda con los prismáticos.

No se veía a nadie a través de las ventanas.

Pero, de pronto, apareció Marbury y tuvo que agacharse deprisa.

Muy despacio, Mercy volvió a levantar la cabeza.

El abogado estaba hablando con alguien y, al momento, pudo ver quién era con claridad.

No lo había visto en su vida, pero parecía alguien importante.

Tendría unos cuarenta años, alto, delgado y elegantemente trajeado, hasta con su pañuelo de bolsillo.

Mercy podía distinguir todo aquello porque las luces de la sala estaban encendidas y el hombre se había acercado a la ventana para mirar al exterior durante un minuto o así.

Por la manera en que gesticulaba y hablaba con el abogado, Mercy llegó a la conclusión de que él era el jefe y Marbury el subordinado.

Supuso que los abogados siempre cumplían bien ese papel.

Mercy había tenido varios encuentros con algunos de ellos, y ninguno resultó positivo para ella.

Sin embargo, había algo en el hombre que le resultaba familiar, en la línea de la mandíbula, en los ojos, aunque no sabría ubicarlo con exactitud. Volvió a agachar la cabeza y decidió tumbarse en el suelo para observar desde debajo de los arbustos.

El hombre seguía hablando mientras no paraba de mirar por la ventana.

A Mercy no le gustó su actitud. Demasiado alerta y vigilante, decidió.

Era un hombre que tenía un objetivo fijo en mente.

Y ella sabía cuál era: Lee Pine. Debía de tenerla encerrada en alguna parte, quizá en la misma casa; podía intuirlo.

De algún modo, estaban confabulados con Desiree.

Cuando el hombre se apartó de la ventana, Mercy abandonó su escondite y corrió hacia la casa. Apoyó la espalda contra la pared de piedra y esperó unos momentos. Había atisbado una puerta trasera que quedaba lo suficientemente apartada de la vista para ofrecer posibilidades.

Manteniéndose muy pegada a la pared, llegó hasta la puerta. Estaba cerrada, lo cual no era de extrañar. Miró hacia la parte de la casa donde estaban aquellos dos y calculó que se hallaban lo bastante lejos para intentar sin excesivo riesgo lo que se disponía a hacer.

Puso un pie sobre el pomo, se impulsó hacia arriba y se agarró a la pared de piedra, donde había suficientes irregularidades para que sus fuertes dedos encontraran asidero.

Hizo una dominada y, acto seguido, descargó todo su peso sobre el pomo.

Notó que se doblaba, pero no se rompió. Repitió la maniobra dos veces, hasta que el pomo por fin se desprendió.

Se dejó caer al suelo y examinó el resultado de su acción. Sin el pomo, las entrañas de la cerradura habían quedado al descubierto. Metió un dedo en el agujero y, aplicando una fuerza considerable, consiguió desplazar el mecanismo que controlaba el cierre.

Luego dio un empujón y la puerta se abrió.

Sacó la pistola y entró. Inspeccionó el lugar.

Su suposición de que aquel sitio había estado cerrado quedó confirmada por el ambiente cargado y las fundas para el polvo que cubrían todos los muebles.

De forma rápida y sigilosa registró las habitaciones de ese nivel.

Cuando hubo acabado, escuchó atentamente hasta que oyó pisadas por encima de su cabeza junto con unas voces amortiguadas.

Encontró la escalera y subió uno a uno los peldaños con sumo cuidado.

Oyó más pasos y más voces atenuadas. Se quedó muy quieta y esperó un instante.

De pronto, Mercy cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de cómo sonaba la voz de su hermana.

Volvió a descender sin hacer ruido y esperó al pie de la escalera, por si acaso alguno de los de arriba decidía marcharse bajando por ahí.

Al cabo de cinco minutos, y cada vez más impaciente, subió de nuevo hasta llegar a la puerta situada en lo alto de la escalera.

Mercy abrió apenas unos centímetros y atisbó por la rendija. Lo que vio fue un espacio amplio, lujosamente decorado, con los muebles cubiertos también con fundas. Abrió lo suficiente para pasar de lado. Se agachó y examinó el terreno por delante y por detrás de ella.

Iba a dar un paso al frente, pero entonces se detuvo. Se dio cuenta de que hacía un rato que no oía voces ni pisadas. Mercy se enderezó y echó a correr cuando, de pronto, oyó ponerse en marcha un vehículo.

Llegó a la ventana a tiempo de ver un todoterreno deportivo salir rugiendo de alguna parte y desaparecer entre los altos setos que flanqueaban el camino de entrada. Un momento después lo siguió el Escalade.

—¡Maldita sea! —exclamó.

Dudó entre explorar el resto de la casa o volver corriendo con Blum.

Al final decidió que, si habían retenido a su hermana en la casa, se la habrían llevado con ellos, así que se apresuró a salir por donde había venido.

Corrió a toda velocidad de vuelta al aparcamiento de la iglesia donde había dejado a Blum en el Porsche.

Solo que, al llegar, descubrió que ni el vehículo ni Carol Blum estaban allí.