El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 52
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Capítulo 52

—Ahí está —dijo Blum.

Stephen Marbury acababa de salir del centro de detención con una expresión satisfecha en el rostro. Se subió a la parte trasera del Escalade y, en cuanto la puerta se cerró, el vehículo se puso en marcha.

Blum arrancó el Porsche y lo siguió a una prudente distancia.

—¿De verdad crees que esto está relacionado con la desaparición de Lee? —preguntó Mercy.

—Me sorprendería mucho que no fuera así. Pero he estado en la casa de Desiree. Si estuviera metida en una red de narcotráfico con una cobertura legal tan poderosa, habría supuesto que sería mucho más rica.

—Quizá no derroche el dinero y mantenga un perfil bajo para no levantar sospechas —sugirió Mercy.

Blum le lanzó una mirada.

—Habrías sido una buena detective.

—La vida me ha enseñado algunas lecciones —respondió ella escuetamente.

El Escalade giró hacia la calle principal y aceleró. Ambos coches circularon durante varias manzanas con un tráfico moderado, antes de detenerse en un semáforo.

—¿Recuerdas algo de tu vida antes de los Atkins? —preguntó Blum—. Aparte de lo que ya me has contado…

—Me acuerdo un poco de mi madre. Era también muy alta. Me acuerdo de Lee subida en un árbol. Y cuando volví a mi pequeña prisión en Crawfordville, encontré a mi muñeca, Sally, y me la llevé. Está en mi bolsa.

—Debió de ser muy doloroso revivir todo aquello.

—Lo fue, al principio. Pero entonces recordé que sobreviví a todo aquello.

La luz del semáforo cambió y reanudaron la marcha.

—Me pregunto adónde irá —dijo Mercy.

—Esperemos que a un lugar que nos lleve hasta la agente Pine.

—¿Te gusta trabajar con ella?

—Es el mejor trabajo que he tenido nunca.

—Lee parece perfecta —dijo Mercy con cierto retintín.

Blum la miró.

—Si esa es la impresión que tienes por lo que te he contado, entonces es que me he expresado mal.

Ella creció muy sola. Me contó que, incluso cuando su madre aún estaba allí, en realidad no estaba presente.

Después de lo que pasó, fue como si tu madre asfixiara a tu hermana controlándola en todo momento, pero al mismo tiempo hubiera cortado los lazos emocionales.

Mercy miró a Blum, su expresión ahora más suavizada.

—Eso debió de ser muy duro. Un doble mazazo, porque de algún modo recuerdo que a Lee le gustaba hacer cosas que nuestra madre no quería que hiciera, pero luego, en el fondo, se sentía muy orgullosa de ella. Y eso significaba mucho para Lee, como si las dos estuvieran muy unidas.

—Yo soy madre, y sé lo importante que es la atención y el cuidado maternos. No se puede comparar ni de lejos con lo que tú tuviste que soportar, pero la agente Pine ha sufrido también los efectos de la ausencia materna.

Mercy asintió y miró con aire pensativo por la ventanilla.

—¿Y mi padre es ese tal Jack Lineberry? ¿Cómo ocurrió exactamente todo?

—Él trabajaba para una agencia gubernamental, no estoy segura de cuál.

Como ya te conté, era el supervisor de tu madre en la operación encubierta.

Poco a poco fueron surgiendo sentimientos entre ambos y se dejaron llevar por ellos.

Estoy convencida de que debió de ser una época muy difícil para los dos.

De hecho, Jack estaba comprometido con otra mujer, pero se enamoró de tu madre.

Y entonces… la cosa fue a más y tu madre os tuvo a ti y a tu hermana.

Mercy sonrió.

—Tienes una manera muy bonita y educada de expresarte, Carol. Quieres decir que se enrollaron y se quedó preñada de gemelas.

—Es otra forma de describirlo, sí —concedió Blum recatadamente, y giró a la izquierda siguiendo al Escalade.

—¿Y dónde está ese Lineberry ahora?

—En su finca en Georgia.

—Finca, ¿eh? Suena muy bien.

—Por cierto, os lo va a dejar todo a ti y a la agente Pine. Toda su fortuna. Cuando llegue el momento, serás una mujer muy muy rica.

Blum miró a Mercy para ver su reacción. No fue la que se esperaba. O tal vez sí.

Mercy tenía el ceño fruncido.

—Me va bien así. No necesito el dinero de un tipo que se tiró a mi madre.

—Aun así, al final acabará siendo tuyo. Y podrás hacer con él lo que quieras.

—Das por hecho que sobreviviré a ese hombre. Y no se puede dar nada por sentado —añadió sin ambages.

—Eso no te lo voy a discutir.

Al cabo de unos cinco minutos, Blum dijo:

—Parece que hemos llegado.

El Escalade aminoró la velocidad y enfiló por un largo camino de entrada que conducía a una gran mansión situada en una propiedad de unas dos hectáreas.

—Vaya, parece que a este tampoco le falta la pasta —observó Mercy.

Blum también redujo la marcha al pasar por delante del camino de entrada. Luego siguió conduciendo y entró en el aparcamiento de una iglesia que estaba un poco más abajo. Estacionó el Porsche entre otros dos coches que ya estaban allí, para que no destacara tanto.

Se quedaron mirando hacia la casa.

—Es probable que tengan ahí a la agente Pine —dijo Blum.

—Puede ser. Bueno, ¿qué hacemos ahora?

—Podríamos llamar a la policía, pero realmente no tenemos ninguna prueba sólida. Y si vienen y no encuentran a nadie, esa gente sabrá que vamos tras ellos.

—Puedo ir a echar un vistazo —propuso Mercy.

—No, es demasiado peligroso. Si están ahí dentro, podrían capturarte o matarte.

—Entonces ¿qué? ¿Esperamos aquí mientras podrían estar haciéndole cualquier cosa a Lee?

Blum pareció indecisa.

—Pero tú no tienes experiencia en este tipo de situaciones.

—Déjame decirte algo. Les he pateado el trasero a más tipos «duros» que cualquier tía que hayas conocido, incluida tu jefa. Hay muchas cosas de las que preocuparse en este asunto, pero el hecho de que yo no pueda arreglármelas no es una de ellas.

—Pero…

Mercy empezó a abrir la puerta.

—Tendré mucho cuidado. Solo voy a echar un vistazo, ¿vale?

Las defensas de Blum se desmoronaron.

—¿Estás segura?

—Tan segura como que me llamo Mercy Pine.

Se inclinó hacia el asiento de atrás, abrió la cremallera de su bolsa y sacó la Glock con el clip de cinturón.

Al ver el arma, Blum preguntó:

—¿Tienes licencia para llevarla?

—Donde la conseguí, no se necesitaba licencia ni comprobación de antecedentes. Y Carolina del Norte es un estado que permite la portación a la vista sin necesidad de permiso. Lo comprobé antes de venir.

—¿Por qué lo hiciste?

Mercy se colocó la funda de clip en la cintura y la cubrió con la sudadera.

—No me gusta que la poli me fastidie, si puedo evitarlo. ¿Cuál es tu número de móvil? Si ocurre algo, te llamo o te envío un mensaje.

Se lo dio y Mercy lo metió en su lista de contactos. Luego Blum abrió la guantera, sacó unos prismáticos pequeños y se los entregó.

—Gracias. Ahora me siento como una auténtica espía.

—Por favor —dijo Blum—. Por favor, ten mucho cuidado. No quiero perderos a las dos hermanas.

Mercy se bajó del Porsche, miró a ambos lados de la calle y luego echó a andar a toda prisa en dirección a la casa. Antes de llegar, dio un amplio rodeo a la propiedad en cuestión y desapareció rápidamente de la vista.

Blum se recostó en el asiento, se pasó una mano temblorosa por la frente y empezó a rezar.