Capítulo 51
Pine escuchó otro juego de pisadas, aparte de los de las dos personas que acababan de marcharse.
Después se oyó otro más. La luz estaba apagada, sumiéndola en una oscuridad aún más profunda.
La puerta estaba cerrada con llave. Y, unos segundos más tarde, el sonido de las pisadas desapareció y todo quedó en silencio.
Esperó un poco más, y entonces se inclinó hacia delante hasta que las patas traseras de la silla se alzaron del suelo.
Flexionó las rodillas hasta que tocaron el hormigón, sin hacer apenas ruido.
Le habían atado los tobillos a las patas individualmente, pero no habían pasado la cuerda por el travesaño.
Había sido un gran error. Se giró muy despacio hacia un lado y simplemente estiró las piernas para liberarlas.
Entonces pudo ponerse en pie con la silla unida todavía a ella.
Con todas aquellas maniobras, la venda se había deslizado un poco de forma que una parte había quedado cerca de la boca.
Agarró la tela con los dientes y sacudió la cabeza a un lado y a otro.
La venda se desplazó lo suficiente para dejarla ver algo.
Miró hacia la pared, se giró de espaldas y fue retrocediendo hasta que el respaldo dio contra ella.
Se inclinó hacia delante de modo que la parte inferior y las patas traseras quedaron pegadas a la pared.
Luego, lentamente, comenzó a aplicar peso y presión hasta que notó que la madera empezaba a ceder.
Siguió haciéndolo, muy despacio. Lo último que necesitaba era que cualquier ruido atrajera la atención de sus captores.
La pata izquierda se separó primero, a continuación la derecha.
La parte inferior se fue desgajando de la superior.
Al poco, toda la silla se descuajeringó por varias partes.
Liberó sus manos de las ataduras y se desprendió silenciosamente de los trozos de madera resquebrajada.
Luego se arrancó la venda y miró el espacio a oscuras que la rodeaba.
Sin ventanas. Paredes sólidas. Una única puerta de entrada y de salida.
Suelo de hormigón. Se acercó con sigilo y pegó la oreja a la puerta.
No se oía nada. Si hubiera habido alguien al otro lado, ya habría irrumpido en la habitación.
Probó a abrir, pero estaba cerrada con llave. No tenía móvil ni ganzúas ni armas.
Estaba sola y sin posibilidad de pedir ayuda.
En lugar de desanimarse, vio aquello como un desafío, un obstáculo que superar. Y tampoco es que tuviera mucho más que hacer mientras esperaba a que la mataran.
Pine miró a su alrededor y vio unas cajas apiladas junto a la pared.
En una había una radio de emergencia con luz incorporada y otros elementos.
Abrió el compartimento de las pilas y sacó las que había, ya muy viejas, algunas con los bornes rotos por donde rezumaban los componentes químicos.
Colocó las pilas tumbadas de lado en el suelo delante de la puerta y se guardó una en el bolsillo.
Luego se subió en la silla donde se había sentado Buckley y desenroscó la bombilla.
Se bajó y volvió a apostarse junto a la puerta.
Permaneció allí durante más de una hora hasta que oyó pisadas; por suerte, solo un juego.
Pine retrocedió y se apoyó en la pared.
Una llave giró en la cerradura y la puerta se abrió. En la oscuridad, vio entrar a una persona y una mano que se movía hacia el interruptor. Por supuesto, la luz no se encendió. Entonces los pies pisaron las pilas, la persona resbaló y cayó pesadamente de espaldas.
Era la oportunidad que Pine necesitaba. Podía ver el contorno de la figura en el suelo, iluminada débilmente por la luz procedente de la habitación contigua.
Estampó con fuerza su pie derecho sobre el diafragma de aquella persona para impedir que gritara.
Su siguiente movimiento fue un tremendo codazo en la cabeza, que hizo rebotar el cráneo sobre el hormigón con un latigazo cervical similar al que podría provocar un accidente de coche.
El brutal impacto dejó al hombre inconsciente.
Lo cacheó a toda prisa y le arrebató la pistola. Por suerte, en el otro bolsillo estaba su placa del FBI. Utilizó la cuerda para atarlo de pies y manos y luego lo arrastró hasta un rincón de la habitación.
Pine estudió con atención su cara. Era uno de los tipos que la habían secuestrado en el hotel.
Dudaba mucho que fuera el hombre que había hablado con ella; ese hombre era claramente el jefe, y los peces gordos rara vez hacían el trabajo sucio.
Le atizó otro puñetazo en la cara por el mero gusto de hacerlo.
Se dirigió a la habitación contigua y cerró cuidadosamente tras de sí.
Cruzó el cuarto y subió las escaleras hasta el rellano de arriba.
La puerta estaba entreabierta. Echó un primer vistazo fugaz que no reveló nada.
Luego volvió a echar un segundo vistazo y vio a un hombre sentado a una mesa, mirando el móvil con los auriculares puestos.
Era el otro tipo que la había secuestrado en el hotel.
Asomó la cabeza y examinó el resto de la habitación.
Vacía. Pero eso no era suficiente. Ahora no había margen de error; solo tenía una oportunidad para hacer aquello bien.
Con la mano izquierda, sacó la pila que se había guardado y la lanzó contra la ventana que había detrás del hombre. En cuanto impactó contra el cristal, el tipo se levantó de un salto, el móvil se le cayó al suelo, y exclamó:
—¿Qué diablos…?
Pine esperó tres segundos para ver si el ruido atraía a alguien más. Cuando quedó claro que el hombre estaba solo, entró en la habitación y lo apuntó con la pistola.
—¡De rodillas con las manos en la cabeza! Luego te tumbas boca abajo con las piernas abiertas. Hazlo rápido o te disparo.
Al ver el arma, el hombre se tumbó en el suelo con las manos sobre la cabeza.
Pine se acercó rápidamente y, con la culata de la pistola, le dio dos rápidos golpes en la cabeza que lo dejaron inconsciente. Luego le aplicó el mismo tratamiento que a su colega del sótano, atándolo con un cordón grueso que encontró en un cajón.
Recogió el móvil del suelo y llamó al 911. Le dijo al operador quién era y lo que había pasado, y le pidió que informara a Tate Callum de su situación.
—¿Sabe dónde se encuentra? —preguntó el operador.
—Deme un segundo.
Salió y echó un vistazo al denso bosque que rodeaba la casa donde la habían tenido cautiva.
—Estoy en medio de ninguna parte. Parece que no hay nada por aquí cerca.
—Vale, podemos rastrear su ubicación por el móvil. Manténgalo encendido.
Pine miró la pantalla.
—Apenas queda batería. Podría agotarse en cualquier momento, y no pienso quedarme aquí, porque podría aparecer más gente. Voy a ir hasta la carretera, a ver si puedo hacerme una idea de dónde estoy. Espere.
Pine bajó por el largo y sinuoso camino de entrada hasta llegar a la carretera. Encontró un buzón con el número y luego un letrero con el nombre de la calle. Le dio la información al operador, que dijo:
—Enviaré a los agentes lo antes posible. Tenga mucho cuidado, agente Pine.
Acto seguido, Pine se dispuso a llamar a Blum cuando…
—Mierda.
Miró la pantalla del iPhone, que se quedó finalmente sin batería y se apagó.
Lo último que le apetecía era volver a la casa para buscar un cargador.
Pero, justo en ese momento, una vieja y traqueteante camioneta Ford, con una matrícula que atestiguaba su condición de antigualla, apareció girando la curva en su dirección.
Pine se plantó en medio de la carretera sosteniendo su placa en alto.
Al volante iba una octogenaria de pelo blanco, ataviada con un peto descolorido, un sombrero de paja y una sonrisilla irónica.
—Soy agente del FBI —dijo Pine, mostrándole su insignia.
La anciana entrecerró los ojos y luego se puso las gafas, que llevaba colgadas de una cadenita, para ver mejor.
—Ay, Dios, jovencita. Esto es realmente impresionante.
—Necesito que me lleve hasta un hotel del centro de Asheville. —Le dio la dirección y añadió—: Es una emergencia.
—Claro, cielo. Sé dónde está. Sube.
Pine se montó en el asiento del pasajero.
—Si es una emergencia —prosiguió la anciana—, ¿puedo saltarme el límite de velocidad?
—Haga lo que sea preciso para llevarme allí lo antes posible. Si nos para algún agente, ya me encargaré yo de explicarle la situación. ¿Me puede dejar su móvil?
La mujer negó con la cabeza.
—Una vez tuve uno de esos con tapa, pero no le pillaba el tranquillo. Y cada vez que me sonaba en el bolsillo, me daba un susto de muerte.
—Genial —masculló Pine por lo bajo.
—Bueno, vamos allá —dijo la anciana. Se irguió en el asiento, se quitó las gafas y apretó el acelerador.
La camioneta arrancó con una fuerte sacudida, pero luego ajustó su velocidad a unos tranquilos sesenta kilómetros por hora.
La octogenaria miró a Pine y sonrió.
—Esta camioneta era de mi padre. La he puesto a todo gas, señorita. Los ciento cuarenta caballos. ¿Los nota? Llegaremos allí en un santiamén. Esto es tan emocionante…
—Sí, señora —fue cuanto Pine logró decir.