El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 49
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Capítulo 49

Mientras seguía a Blum y al ayudante del sheriff Tate Callum por el pasillo que conducía a la celda de Desiree Atkins, Mercy notó que estaba sudando.

Por dos razones. La primera, porque estaba en una prisión rodeada de policías; eso ya era bastante malo de por sí.

Ella había estado al otro lado de los barrotes y aquello le traía recuerdos espantosos.

Y la segunda, porque iba a encontrarse con la mujer que la había torturado y casi matado tantos años atrás.

Y sabía cuál de las dos razones era la peor: la mujer de carne y hueso ganaba de largo a los barrotes de acero.

Callum miró a Blum.

—¿Y dónde está hoy la agente Pine?

—Está ocupada. Me ha pedido que haga algunas preguntas relacionadas con la investigación. La agente Cain está aquí para ayudarnos.

Se les había ocurrido esa historia por el camino.

Callum se giró hacia Mercy.

—Entonces ¿va de incógnito, agente Cain?

Mercy sonrió, se pasó una mano por el cráneo rapado y se tocó la sudadera manchada.

—¿En qué lo ha notado? Aparte de por el hecho de que no llevo mi placa…

Él se echó a reír.

—Cierto. Vaya, las mujeres del FBI sois muy altas, ¿eh?

Al llegar a la celda, Callum abrió la puerta y las hizo pasar.

—Cuando hayáis acabado, avisad al guardia —les dijo, antes de cerrar tras ellas y alejarse por el pasillo.

Desiree se giró y, al ver a Mercy, soltó:

—¡Hostia puta!

Mercy no dijo nada. Se limitó a mirar fijamente a la mujer.

Desiree retrocedió hasta la pared.

—No te atrevas a acercarte a mí. —Luego lanzó una mirada furiosa a Blum—. ¿Qué cojones te crees que haces trayendo a esta psicópata aquí?

—Pensé que ya era hora de que por fin os reencontrarais —dijo Blum, sin poder reprimir una sonrisa.

Mercy echó un vistazo a su alrededor y se sentó en la litera de abajo.

—Un cuarto muy limpio y bonito, Desiree. ¿Podrás arreglártelas en un lugar como este durante, digamos, el resto de tu miserable vida?

—No tienen nada contra mí. Ya veréis cuando me busque un buen abogado.

—He oído que le has hecho a otra muchacha lo mismo que me hiciste a mí. Aunque, por lo visto, ella logró escapar mucho antes que yo. Parece que estás perdiendo facultades.

—¡Cierra el pico!

—Me sorprende que alguna vez pudiera tenerte tanto miedo. Pero si pareces una rolliza ratoncita a punto de ser devorada. Y yo puedo comer mucho.

—Pues en aquel entonces me tenías un miedo aterrador.

—No resulta muy difícil con una niña de seis años. Cuesta mucho más con una chica de dieciséis años. Y ahora mismo es imposible que pueda tenerte miedo.

Desiree meneó la cabeza.

—¡No me vengas con chorradas! No tenías ni idea de a quién te estabas enfrentando.

—Cuanto más daño intentabas hacerme, más me refugiaba yo en mi interior. Entonces tu pequeña fantasía se desmoronaba y acababas dejándome en paz. Así que ¿quién crees que ganó el duelo mental?

—¿Crees que me importa eso ahora?

Mercy esbozó una gran sonrisa.

—Voy a testificar en tu juicio. Seré la prueba viviente de lo bruja y sádica que has sido. —Luego miró a Blum—. Y ahora esta señora te va a hacer algunas preguntas.

—¡Al infierno con vosotras!

—Eso no es muy agradable por tu parte —dijo Mercy.

Blum se apresuró a intervenir:

—Si nos ayudas, Desiree, tal vez podamos ayudarte.

—¿Cómo?

—La policía sabe que diriges una red de narcotráfico. Y quiere saber con quién estás trabajando. Si se lo cuentas, podrás llegar a un acuerdo para rebajar tu condena.

El rostro de la mujer se animó por un momento, antes de volver a endurecerse.

—Bueno, más les vale que sea un buen acuerdo o no les daré ni una mierda.

—¿Qué puedes contarnos?

—Nada, hasta que no tenga ese acuerdo por escrito. —Mostró una sonrisa espeluznante—. Pero los tipos con los que trabajo son unos hombres muy muy malos.

—¿Crees que saben que te han arrestado?

—No son estúpidos, ¿vale?

—Pero ¿no has hablado con ellos?

Desiree la miró con curiosidad.

—¿Por qué quieres saberlo? ¿Y dónde está la otra zorra del FBI? ¿Por qué no está con vosotras?

Blum miró a Mercy y luego volvió a centrarse en Desiree.

—Veré lo que puedo conseguir. Pero, si vuelvo con una oferta, ¿nos ayudarás?

—¿Ayudaros a qué exactamente?

—Te lo diré cuando tengamos el acuerdo sobre la mesa.

Blum se dirigió hacia la puerta.

—¿Agente? —llamó entre los barrotes.

Mientras el guardia se acercaba, Desiree le espetó a Mercy:

—Ahora te crees muy fuerte y poderosa, ¿eh?

Mercy ni se dignó mirarla.

—Comparada contigo, sí.

—Pues no eres más que una tiparraca grande y fea. Un animal, eso es lo que siempre has sido.

—Y encantada de serlo.

Salieron y recorrieron el pasillo para reunirse con Callum.

Se cruzaron con un hombre mayor de pelo gris, carrillos flácidos y expresión arrogante, que venía en la otra dirección.

Vestía un elegante traje azul marino, con corbata roja y pañuelo de bolsillo, y llevaba un maletín de cuero negro.

Miró a Blum y Mercy sin prestarles la menor atención. El guardia que lo acompañaba dijo:

—Por aquí, señor Marbury.

Cuando ya no podía oírlas, Mercy comentó:

—No me fío de la gente con traje y maletín.

—Pues te has cargado a toda la profesión judicial.

—Lo sé.

—No estoy segura de que Desiree pueda ayudarnos —dijo Blum—. Creo que mentía sobre esos hombres malos. Por eso no he dicho nada sobre lo ocurrido a la agente Pine. No tendría sentido.

—Pero si los tipos que trabajan con ella no se han llevado a Lee, ¿quién lo ha hecho?

—No lo sé —admitió Blum en tono sombrío—. Y tengo la impresión de que se nos acaba el tiempo.

Cuando volvieron a reunirse con Callum, Blum le habló de la posibilidad de llegar a un acuerdo con Desiree a cambio de información sobre el paradero de Pine.

—Lamento mucho oír lo de la agente Pine —dijo Callum—. Pero no creo que podamos llegar a ningún acuerdo, al menos de momento.

—¿Por qué?

—Porque nuestra amiga ya cuenta con asistencia legal. Su abogado tendrá que ponerse al día rápidamente y luego podremos reunirnos con él y con los fiscales. Si no actuamos según el procedimiento legal, podríamos hacer que peligrara todo el caso.

—¿Quién es su abogado? ¿Alguien de por aquí?

—Pues no. Es un tipo llamado Marbury, Stephen Marbury. De Nueva York. Igual os lo habéis cruzado en el pasillo. Un hombre mayor, de pelo canoso, con un traje que probablemente cueste más que mi camioneta.

—Es ese capullo que acabamos de ver. ¿Él es su abogado? —preguntó Mercy en un tono que reflejaba su extrañeza.

—Así es. Acaba de llegar en su avión, ha dicho.

Blum dio las gracias a Callum, le pidió que no le hablara de ellas al abogado, y luego Mercy y ella se marcharon.

Cuando se subían al Porsche, se fijaron en el Cadillac Escalade negro que estaba delante del centro de detención, su conductor hablando por teléfono.

—Seguro que es el coche de Marbury —dijo Mercy—. Tiene pinta de ir a todas partes con chófer.

—Pues tal vez deberíamos quedarnos por aquí y ver adónde va luego.

—¿Quizá a donde está mi hermana?

—Quizá —dijo Blum en tono distraído.

—¿Qué ocurre? —preguntó Mercy, mirándola con aire inquisitivo.

—Es algo que ha dicho Desiree —exclamó de pronto Blum—. Quédate aquí, ahora vuelvo.

Se apresuró a entrar de nuevo al edificio. Al cabo de un par de minutos, salió y volvió a montarse en el Porsche.

—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó Mercy.

—Vengo de hablar con Callum. Me ha contado que Desiree no ha hecho ninguna llamada desde que está aquí. ¿Y no te acuerdas de que ella ha dicho que iba a buscarse un buen abogado?

Mercy asintió lentamente con gesto pensativo.

—Así que, si no ha hecho ninguna llamada y ha dicho que iba a buscarse un abogado, está claro que no tenía ni idea de que ese tal Marbury se presentaría.

—Y si Desiree no ha contratado a ese prestigioso abogado de Nueva York, ¿quién lo ha hecho?