El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 46
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Capítulo 46

Dos horas después de haber salido de Asheville, Cain se detuvo a un lado de la carretera, paró el motor y se quedó allí sentada.

Se frotó la cara una vez, luego otra. Se sentía sucia, a pesar de haberse duchado después del ejercicio.

Se sentía enferma, a pesar de no sufrir ninguna dolencia.

Había venido hasta aquí para acabar con su némesis de una vez por todas, solo para descubrir que esta se encontraba ya entre rejas.

Aunque no sin antes haber secuestrado a otra niña y tenerla encerrada como prisionera.

En su angustia, Cain apretó con tanta fuerza el volante que notó que empezaba a doblarse.

Se relajó y miró por la ventanilla. La oscuridad le devolvió la mirada sin rastro de comprensión ni empatía, cuando, a decir verdad, era todo lo que necesitaba.

«Tienes que dejar todo eso atrás, El. No puedes volver a hacerlo. No lo conseguirás».

Sin embargo, tenía otro dilema. El FBI seguía buscándola.

Ella no había acuchillado a Joe Atkins, pero no habría manera de conseguir que Desiree reconociera que lo había hecho ella.

Intentaría arrastrar a Cain en su caída, eso seguro.

De hecho, pensó, presa de un repentino pánico, podría utilizarla como moneda de cambio para conseguir un trato mejor por sus crímenes recientes.

Delatarla a cambio de una rebaja de condena.

Cain no podía descartar nada de aquella mujer, porque siempre iba más allá de todo lo concebible.

¿Y dónde la dejaba eso a ella? Pues exhausta, perdida y sintiendo que ya nada le importaba.

Al descubrir que Desiree estaba encarcelada, fue como si toda su energía la hubiera abandonado.

Por eso había decidido marcharse. Sin embargo, ahora se estaba replanteando esa decisión.

Cain palpó la tarjeta del hotel en su bolsillo.

Se había gastado una buena pasta en la habitación y ni siquiera había dormido en ella ni comunicado su salida.

Así pues, decidió regresar para disfrutar de una buena noche de sueño reparador. Por la mañana ya pensaría qué hacer.

Condujo de vuelta al hotel, subió a su habitación y se desplomó en la cama.

Al menos durante unas horas, sus problemas dejarían de dominar sus pensamientos, aunque puede que se abrieran paso en forma de pesadillas.

Mientras cerraba los ojos, Cain decidió arriesgarse.

Las pesadillas no podían hacerle daño. Era al despertar cuando llegaba el verdadero dolor.

A la mañana siguiente, Carol Blum empezó a preocuparse.

Había quedado con Pine para desayunar a primera hora, pero no se había presentado, lo cual no era propio de ella.

La llamó tanto al móvil como a su habitación, en vano.

Subió y llamó a su puerta, pero tampoco respondió nadie.

Volvió a telefonear al móvil y lo oyó sonando dentro del cuarto. Decididamente, algo no iba bien.

Cuando bajó a toda prisa al vestíbulo para preguntar si alguien la había visto, dos hombres con el cortavientos azul del FBI entraron con paso enérgico y decidido, como si fueran los dueños del lugar.

—¿Agente McAllister? —dijo Blum, acercándose a ellos y dirigiéndose de forma instintiva al de más edad.

El hombre tendría cuarenta y tantos años, cabello entrecano, estatura media, complexión atlética y actitud alerta. Su compañero, de unos treinta y pocos, era alto y desgarbado, con un mentón prominente, la frente alta y llena de surcos, y el pelo rubio. Miró a Blum con gesto receloso.

El hombre mayor asintió.

—Soy el agente especial Drew McAllister. ¿Y usted es…?

Blum le explicó rápidamente quién era y que al parecer Pine había desaparecido.

McAllister se hizo cargo al momento y preguntó en recepción. Uno de los empleados los condujo a la habitación de Pine y les abrió la puerta. Registraron el cuarto a toda prisa y vieron que sus pertenencias seguían allí, pero no encontraron sus pistolas.

—Puede que estén en la caja fuerte —dijo Blum—. Sé que suele guardarlas ahí. —Abrió el armario y señaló la caja—. Está cerrada.

—Seguramente tenga razón —dijo McAllister.

—Anoche llevaba la placa encima cuando volvió a su habitación —añadió Blum.

—Bueno, tal vez no llegó —comentó McAllister en tono sombrío—. ¿Su coche sigue en el aparcamiento?

—Sí, lo he visto desde mi ventana.

—¿Y no se ha puesto en contacto con usted después de que se despidieran anoche?

—No. Y creo que tiene razón. Seguramente no llegó a la habitación.

—¿Ocurrió algo inusual anoche? —preguntó el otro federal, que se había presentado como agente especial Neil Bertrand.

Blum lo observó un momento, su cerebro trabajando a toda velocidad. No quería contarle al FBI que la noche anterior Mercy Pine había estado en el hotel. Pero, en cuanto empezaran a hacer pesquisas, los agentes se enterarían de las preguntas que había hecho Pine al personal.

—Estuvimos siguiendo algunas pistas, pero sin ningún resultado —dijo, decidiendo con buen juicio contar algo parecido a la verdad. Llevaba demasiado tiempo en el FBI para mentir descaradamente a dos de sus agentes.

McAllister le dirigió una de las típicas miradas llenas de suspicacia del FBI, que ella encajó con aplomo después de haberla confrontado tantas veces en el pasado.

—¿Cuánto tiempo lleva en la Agencia? —le preguntó con frialdad. Cuando ella se lo dijo, él respondió—: Me lo imaginaba. —Esbozó una sonrisa—. Nos tiene a todos bien calados, ¿eh?

—Solo quiero encontrar a la agente Pine.

Volvieron a la planta principal, donde McAllister y Bertrand interrogaron metódicamente al personal del hotel.

Finalmente, dieron con un empleado que estaba a punto de acabar su turno y que les contó que había visto a una mujer que encajaba con la descripción saliendo del hotel con dos hombres sobre las diez de la noche anterior.

—¿Parecía que se la estuvieran llevando contra su voluntad? —preguntó McAllister.

—No lo sé —dijo el empleado—. Pero los hombres estaban muy pegados a ella. De hecho, uno de ellos la tenía cogida por la cintura. Y, ahora que lo pienso, la mujer no parecía muy contenta. Aunque tampoco es que gritara ni nada de eso.

—¿Los vio subirse en algún coche? —preguntó Bertrand.

—No, no llegue a salir.

En ese punto, McAllister contactó con la policía local.

Trajeron a un dibujante para que el empleado le diera una descripción de los dos hombres.

Revisaron las grabaciones de seguridad de la noche anterior, pero Pine no aparecía en ninguna de ellas.

McAllister conjeturó que los hombres no habrían dejado el coche en el aparcamiento, sino enfrente del hotel.

—Pero ¿por qué la elegirían a ella como objetivo? —preguntó, después de haber acabado con los agentes locales.

—No lo sé —dijo Blum. Les contó lo del arresto de Dolores Venuti y que habían ido a verla al centro de detención—. Aparte de tener esclavizada a una muchacha, la mujer parecía dirigir una pequeña red de narcotráfico. Esos hombres podrían haber trabajado para ella.

McAllister y Bertrand fueron a consultar de nuevo con la policía local sobre esta posible pista, dejando sola a Blum.

Caminó un tanto aturdida por el vestíbulo y pasó por delante del mostrador de recepción. En ese momento, el joven que había estado de turno el día anterior entró por la puerta del hotel. Al verla, la llamó.

—¿Señora?

—Sí.

—¿La huésped a la que usted y su amiga buscaban ayer?

Blum se puso muy tensa.

—¿Sí?

—Volvió anoche.

—¿En serio?

—Pues sí. La he reconocido: Eloise Cain. Es una mujer que se hace notar. Cuando venía con el coche, la he visto corriendo por los alrededores. Y cuando entraba en el aparcamiento, la he visto acceder al gimnasio por la puerta exterior.

—Muchas gracias.

El recepcionista sonrió.

—Siento que anoche empezáramos con mal pie. ¿Dónde está su amiga, la agente?

—Ojalá lo supiera —dijo Blum—. ¿Cómo puedo llegar al gimnasio?

Sin dejar de rezar por dentro, Blum encontró la sala y se acercó a la puerta.

Miró a través del cristal y vio a una mujer muy alta, con una camiseta sin mangas y pantalones de chándal, levantando una gran cantidad de pesas en la máquina de entrenamiento universal.

Tenía la musculatura muy tensa y definida, y por un momento Blum creyó estar viendo a su jefa pero sin pelo.

Usó su llave de tarjeta para entrar. Cuando abrió, El Cain la miró. Pareció un tanto desconcertada, ya que la mujer no iba equipada para hacer ejercicio.

Blum pensó por un momento cuál sería la mejor manera de abordar aquello. Y decidió que, debido a la urgencia de la situación, lo mejor era ir directamente al grano.

—¿Mercy Pine? A tu hermana gemela, la agente especial de FBI Atlee Pine, la han secuestrado en este hotel y necesito tu ayuda para encontrarla.