Capítulo 45
Pine respiró hondo. Tenía los ojos vendados y no veía la oscuridad absoluta que la envolvía como un sudario, aunque podía percibirla. Estaba sentada en una silla, atada y amordazada. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero por alguna razón tenía la impresión de que seguía siendo de noche.
Incluso atada de pies y manos, había logrado dormir un poco, aunque de forma inquieta y agitada.
No tenía ni idea de quién la había capturado ni por qué.
Ni tampoco de dónde se encontraba. Le habían vendado los ojos en el coche y había calculado más o menos la duración del trayecto: como una media hora.
En una zona montañosa como Asheville, ahora mismo podría estar en mitad de ninguna parte.
Había oído ruidos de vez en cuando, pero los hombres no habían vuelto. Le habían hecho bajar un tramo de escaleras, así que seguramente estaría en un sótano o una bodega.
Pine se tensó al oír pasos por encima de su cabeza.
Hubo murmullo de conversaciones, luego una voz más alta diciendo algo que no pudo distinguir, y después más pisadas.
Se abrió una puerta y se encendió una luz.
Con la venda puesta no podía deslumbrarla, pero, cuando los pasos se acercaron, notó cómo se le aceleraba el corazón.
Después de plantarse delante de Pine, Peter Buckley y Britt Spector bajaron la mirada a la mano de él, que sostenía la placa del FBI.
Spector parecía muy preocupada por el hecho de que tuvieran secuestrada a una agente federal, pero Buckley daba la impresión de estar bastante tranquilo.
Miró a los dos hombres que la habían capturado y luego se giró hacia Pine.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Agente especial del FBI Atlee Pine. ¿Quién diablos eres tú?
Buckley acercó una silla y se sentó frente a ella.
—Estoy buscando a una persona llamada Eloise Cain. He oído que tú también has estado preguntando por ella. ¿Por qué?
—Responde primero a mi pregunta.
—Para negociar, hay que tener algo con qué hacerlo. Y tú no tienes nada.
Pine guardó silencio.
—Parece que no estamos llegando a ninguna parte —dijo Buckley en voz baja.
—¿Cuál es tu interés en Cain? —preguntó Pine.
—Ha matado a alguien.
—¿A quién?
—No es asunto tuyo —repuso Buckley.
—¿Cómo sabes que mató a esa persona?
—Hay muchos testigos.
—¿Por qué lo hizo? —insistió Pine.
—Repito: no es asunto tuyo.
—¿Fue en defensa propia?
—Creo que ya he respondido a bastantes de tus preguntas. Ahora te toca a ti.
—Cain forma parte de una investigación en la que estoy trabajando —dijo Pine.
—Ya sé lo del aviso del FBI. La estás buscando. Antes se llamaba Rebecca Atkins, de Georgia.
—Exacto.
—He indagado un poco al respecto. Hubo un asesinato, Joe Atkins. Su esposa, Desiree, desapareció. ¿Es ese el interés del FBI?
—Sí.
—Ella no era su hija. Alguien la secuestró y se la llevó a los Atkins.
—Pareces saber mucho —dijo Pine.
—También sé que antes de eso se llamaba Mercy. ¿Cuál era su apellido?
Pine pensó a toda prisa.
—Aún no lo sabemos.
—Mientes. Si fue secuestrada, el FBI tenía que saber cómo se apellidaba. ¿Cuál era su apellido?
—No puedo decírtelo.
—¿Cuál es la naturaleza exacta de tu investigación?
—Es un asunto confidencial.
Buckley hizo un gesto con la cabeza a Spector y señaló a Pine.
Spector dio un paso al frente, inspiró hondo y le propinó un tremendo puñetazo en el estómago.
Pine no había percibido que se acercaba alguien y no estaba preparada para el golpe, pero sus abdominales duros como una roca consiguieron protegerla de algún modo.
Aun así, el violento impacto dolió terriblemente y la derribó de la silla.
Uno de los hombres volvió a incorporarla y a estamparla contra el asiento, donde se encorvó hacia delante tratando de no vomitar.
Cuando por fin se enderezó, dijo con voz jadeante:
—Te estás metiendo en problemas muy serios por haber secuestrado a una agente del FBI.
—Estoy de acuerdo —fue la sorprendente respuesta de Buckley—.
Lo que pasa es que mis hombres te confundieron con Cain.
Alta, fuerte y con el pelo largo y oscuro; esa es la descripción que saqué de una copia de su permiso de conducir.
En defensa de mis hombres, diré que te pillaron saliendo de su habitación.
Pero ahora tenemos que ver cómo resolvemos esta situación.
He decidido mantenerte con los ojos vendados para arreglar esto de la manera más pacífica posible.
Solo tienes que decirme lo que quiero saber y te dejaremos ir.
No me apetece nada acabar con tu vida de forma innecesaria.
—No tengo nada que decirte porque no sé dónde está Cain. Al igual que tú, yo también la estoy buscando.
—Sé que cogió una habitación en el mismo hotel donde tú te alojabas. ¿Te has visto ya con ella? ¿Dónde está ahora?
—No sabía que se alojaba en el mismo hotel.
—Como acabo de señalar, estabas saliendo de su habitación. Mis hombres confirmaron el número gracias a un empleado del hotel.
—De acuerdo, averigüé cuál era su habitación, pero solo después de que se hubiera marchado. Cuando entré, ya no había ninguna maleta ni ningún objeto personal suyo.
—Entonces ¿por qué sigues en Asheville? ¿Es por esa Desiree Atkins, la que desapareció?
—Eso ya no importa.
—¿Por qué no?
—Porque la han arrestado en las últimas veinticuatro horas y está en prisión acusada de delitos muy graves.
—¿Y por qué la han arrestado exactamente?
—No pienso decírtelo.
A una señal de Buckley, Spector lanzó otro violento golpe a Pine, en esta ocasión una patada circular que impactó en un lado de su cabeza. Quizá por suerte para ella, esta vez Pine cayó inconsciente al suelo.
Buckley se quedó mirándola allí tirada y luego se giró hacia uno de sus hombres.
—Averigua lo que puedas sobre la mujer que han arrestado. Dudo mucho que siga respondiendo al nombre de Desiree Atkins. ¡Deprisa!
El hombre subió apresuradamente las escaleras mientras Spector se agachaba para ver cómo estaba Pine. Le tomó el pulso y comprobó aliviada que era fuerte. Después le apartó el pelo y observó el enorme moratón que empezaba a formarse en el costado de la cara.
Alzó la mirada hacia Buckley.
—No pretendía pegarle tan fuerte.
—No importa —dijo él, abstraído.
—Peter, es una agente federal. ¿Sabes lo grave que es esto?
—Me lo tomaré como una oportunidad.
Spector se levantó.
—¿Qué quieres decir? ¿Una oportunidad?
—Conoces mi historia personal, ¿no?
—Algo sé, sí.
—El gobierno federal destruyó a mi padre. Incluso consiguieron que mi madre lo traicionara.
—Peter, comprendo que…
—¡Esta es mi oportunidad de resarcirme, Britt!
—bramó Buckley—. Quizá sea la única. Y pienso aprovecharla.
—Miró a Pine, caída a sus pies—. Aquí yace el resplandeciente símbolo del gobierno federal en toda su inepta y repugnante gloria.
—Luego se giró hacia Spector—. Dos pájaros de un tiro, Britt.
Toda una vida de injusticia rectificada en un solo acto.
Al observar fijamente al hombre, Spector se puso muy tensa. La expresión de Buckley, toda su actitud, habían cambiado de forma drástica. Era como si fuera una persona totalmente distinta.
—¿Y ahora a qué viene esto, Peter? Pensaba que solo íbamos a por Eloise Cain. No acepté este encargo para embarcarme en una cruzada simbólica contra el gobierno federal por lo que le hizo a tu familia.
Él la señaló con un dedo furioso.
—Aceptaste este encargo para hacer lo que yo te diga que hagas. Y si no puedes hacerlo, no me sirves de nada.
—Creí que dijiste que íbamos a llegar a un arreglo pacífico con respecto a la agente Pine.
—Mentí. Bueno, ¿estás conmigo o no?
Spector bajó la mirada a Pine.
—Por supuesto que estoy contigo.
—Gracias. Y ahora tengo que hacer una llamada.
Buckley se retiró a un rincón y pulsó un número en su móvil mientras Spector se inclinaba sobre Pine y trataba de reanimarla.
Al cabo de unos cinco segundos, una distinguida voz de barítono respondió a la llamada.
—¿Señor Buckley? ¿Ocurre algo?
—Necesito que vengas a Asheville, Carolina del Norte. Te enviaré el jet.
—¿Y qué hay en Asheville?
—Quiero que representes a alguien en un asunto de enorme importancia para mí.