Capítulo 44
Diez minutos más tarde, Pine y Blum estaban sentadas junto a una mujer uniformada en una pequeña oficina situada al lado del centro de negocios del hotel. La mujer fue tecleando en su ordenador y las imágenes empezaron a llenar la pantalla.
—Bien, vamos allá. —Manipuló la cinta para acelerar la grabación hasta que por fin apareció alguien en el aparcamiento. Vieron a la gente ir de acá para allá en sus coches.
—Pare ahí —dijo de pronto Pine—. ¡Ahí!
La mujer congeló la imagen, y Pine y Blum observaron fijamente a una persona muy alta con sudadera y capucha saliendo de un coche. La calidad visual era muy pobre, en blanco y negro, y muy granulosa.
—Es difícil distinguir algo —dijo Blum—. Ni siquiera si es un hombre o una mujer.
—Apenas se le ve la cara —añadió Pine en tono frustrado—. Solo de perfil. ¿Puede pasarlo fotograma a fotograma? —le pidió a la mujer.
La agente de seguridad asintió y pulsó algunas teclas. Contemplaron cómo la persona caminaba muy despacio desde el vehículo en dirección al hotel, con una bolsa en la mano.
—Todavía no logro distinguir la cara, y tampoco la matrícula del coche —dijo Pine—. ¿Puede rebobinar un poco y ampliar la imagen?
—Lo siento —respondió la mujer—, esto es lo máximo que puedo conseguir. Pero el fabricante y el modelo del coche se ven claramente. Es un Honda Civic. Parece muy, muy viejo.
—Sí, lo parece —convino Blum.
—Gracias por ayudarnos —le dijo Pine.
—No es nada. Espero que encuentren a esa persona.
Las dos mujeres salieron de la oficina y se dirigieron hacia los ascensores.
—No lo puedo creer —dijo Pine—. Hace nada estaba aquí y ya no está.
—¿Por qué crees que Mercy se habrá involucrado ahora en todo esto?
—Debió de ver el aviso que emitió el FBI. Lo cual es un problema.
—¿Por qué? —preguntó Blum.
—Porque, de la manera en que está redactado el aviso, puede haber pensado que la están buscando por el asesinato de Joe Atkins.
Maldita sea, debería haberle preguntado a Wanda si Mercy estaba preocupada por eso.
Pero puedo telefonearla en cuanto llegue a la habitación.
Me ha llamado al móvil, así que su número habrá quedado registrado.
—¿Puedes contactar con la Agencia para que cambien el mensaje? —sugirió Blum—. Ahora que Desiree ha confesado, sabemos que ella no lo mató.
—Lo intenté antes, pero no dieron su brazo a torcer.
Ya sabes lo escrupulosos que son. Después de lo que hemos averiguado de Desiree podría intentarlo de nuevo, aunque yo no me haría muchas ilusiones.
—De repente, su expresión se animó—. Podría pedírselo mañana a Drew McAllister.
Él podría convencer a los altos cargos de que lo hagan.
—Mientras tanto, podrías emitir un boletín de búsqueda para el Honda Civic.
—Me gustaría, sí, pero ¿sabes cuántos coches como ese debe de haber ahí fuera? Y ni siquiera podemos mencionar el color.
—Bueno, podrías acompañarlo con una descripción de Mercy. Es una mujer que destaca. Y ahora tenemos una descripción actualizada de ella.
—Sí, podría hacerlo.
—No pareces muy esperanzada.
—Oh, sí, lo estoy, Carol. Y por una muy buena razón.
Blum asintió.
—Ahora sabes que tu hermana está viva.
En el rostro de Pine se dibujó una sonrisa de alivio.
—Resulta extraño.
—¿El qué?
—Que nunca me he sentido tan feliz y desdichada al mismo tiempo. Y quién sabe, ya hemos tenido un pequeño milagro. Tal vez se produzca otro y Mercy regrese de nuevo al hotel.
—Cruzaré los dedos.
Blum se fue a su habitación, pero, antes de retirarse a la suya, Pine decidió echar otro vistazo al cuarto de Mercy. Pensó que tal vez se le habría pasado algo por alto. Antes había estado demasiado alterada para realizar un registro concienzudo.
Durante un rato estuvo buscando por la habitación. Al final recogió las toallas húmedas del suelo del cuarto de baño y se sentó en el borde de la bañera con ellas en la mano.
¿Volvería a estar alguna vez tan cerca de su hermana? ¿Desaparecería Mercy de nuevo otros treinta años?
Se había sentido eufórica durante un par de minutos. Pero ahora tenía la sensación de no haber estado tan deprimida en toda su vida. Dejó caer las toallas al suelo.
—Lo siento, Mercy. He sido tan tonta. Debería haber sabido que eras tú. Debería haberte reconocido.
Se levantó y salió de la habitación. Se giró para cerrar la puerta tras ella.
Fue entonces cuando notó el cañón de la pistola clavándose en su espalda y una voz dijo:
—Ahora vas a venir con nosotros sin hacer el menor ruido, o te mato aquí mismo. Y si haces algún movimiento extraño o intentas escapar, mataremos a todo el que encontremos en nuestro camino. Si no me crees, ponme a prueba.
Pine giró la cabeza y vio los rasgos duros y crueles del hombre.
Y lo creyó.