El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 42
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Capítulo 42

—¿Diga?

—¿Agente Pine?

—Sí, ¿quién es?

Ya había anochecido, y cuando le sonó el móvil Pine estaba sentada en la cama de su habitación de hotel.

—Agente especial Drew McAllister. —Y añadió—: De la Oficina de Campo de Washington.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Me han asignado el caso del homicidio de Ito Vincenzo.

Pine se quitó los zapatos con los pies y se recostó contra el cabecero, pensando en la llamada angustiada que le había hecho Jack Lineberry.

—¿Y esto se ha convertido en un «caso de homicidio» del FBI?

—Sí. Y me gustaría hacerte algunas preguntas.

—Muy bien, adelante.

—Quiero decir en persona. ¿Dónde estás?

—En Asheville, Carolina del Norte.

—Puedo estar ahí por la mañana.

—No sé muy bien qué voy a poder contarte. ¿Y por qué no lo están investigando a nivel local? Tengo entendido que las policías de Virginia y Georgia ya están en ello.

—Ya sabes cómo funcionan estas cosas. La Agencia está interesada, así que yo también. ¿Puedes darme tu dirección en Asheville?

Pine se la dio y acordaron una hora para verse por la mañana. Colgó y tiró el móvil sobre la cama.

—Mierda —masculló, y luego se frotó las sienes porque de pronto sintió que le ardían. Estaba claro que iban en serio a por Tim Pine por su implicación en la muerte de Ito Vincenzo.

«Bueno, quizá encuentren a Tim y a mi madre por mí. Y después los meterán, a ellos y a Jack, en prisión. Genial». Y soltó un gruñido audible al pensar en tal posibilidad.

Pine necesitaba hacer algo, lo que fuera, para desfogar su energía.

El gimnasio del hotel no tenía suficientes pesas como para suponer un desafío para ella, de modo que fue a una tienda que había en la misma calle y compró un bañador negro de una pieza.

Volvió a su habitación, se puso unos vaqueros y una camiseta por encima del bañador y se dirigió a la piscina.

Se zambulló en el agua y nadó enérgicamente un largo tras otro, concentrándose en las brazadas y la respiración: una forma barata de terapia.

Cuando terminó, exhausta, salió de la piscina y se metió en el jacuzzi empotrado a ras de suelo que estaba al lado.

Mientras dejaba que los chorros de agua caliente la envolvieran, meditó sobre las preguntas que el agente especial Drew McAllister le plantearía al día siguiente.

Y, lo más importante, sobre las respuestas que podría ofrecerle.

Salió del jacuzzi y fue al vestuario, donde se quitó el bañador, se secó y se puso la ropa. Cuando se marchaba de la zona de la piscina, echó un vistazo a través del cristal al espacio adyacente donde estaba el gimnasio.

Solo había una persona. Una mujer alta con el pelo rapado. Probablemente era militar, pensó Pine. Llevaba ropa de ejercicio holgada y estaba levantando todas las pesas que ofrecía la máquina de musculación.

Pine volvió a su habitación, se duchó y se puso otros vaqueros y una sudadera limpia.

Pidió algo de cena al servicio de habitaciones, y luego se sentó en la silla mirando por la ventana, planteándose si salir a dar un paseo para despejar la mente.

Con Desiree en prisión, no tenía muy claro qué dirección tomar ahora.

Pero encontrar a Mercy seguía siendo su única prioridad.

Un momento después le sonó el móvil. Lo cogió de la mesilla.

—¿Sí? —respondió.

—¿Agente Pine? Soy Wanda Atkins. Espero que no sea muy tarde para llamarla.

—No, para nada. ¿Ha recordado algo más?

—No, pero he pensado que debería saber que ella ha estado aquí.

—¿Quién ha estado ahí? —Pine sabía que no podía ser Desiree.

—Beck… quiero decir, Mercy. De algún modo ha averiguado dónde vivo.

Pine se quedó anonadada, con el móvil temblando en la mano.

—¿Que Mercy ha estado en su casa?

—Sí.

—¿Cuándo?

Cuando Atkins se lo dijo, Pine bramó:

—¡Y me llama ahora! —Sentía que la cabeza le iba a estallar y que le costaba respirar.

—Mercy estaba muy enfadada y su visita me ha afectado mucho. He estado llorando durante lo que me han parecido días, hasta que por fin he decidido que debía llamarla y contarle lo que había pasado.

Pine dominó sus nervios y se centró.

—Bueno, ¿y qué quería?

—Quería saber si tenía algún modo de ponerme en contacto con Desiree.

—¿Y qué le ha dicho?

—Yo… tenía un número de teléfono. Sé que se lo debería haber dicho a usted, agente Pine, pero no lo hice. Y lo siento mucho.

—Olvídelo. Ahora ya no importa. Solo dígame: ¿le ha dado el número de Desiree a Mercy?

—Sí, se lo he dado. Pero ahora no se llama Mercy.

Responde al nombre de Eloise, El para abreviar.

No me ha dicho su apellido. Escogió ese nombre por un libro que leyó de niña, o eso me ha contado.

Un libro que yo le llevé cuando ella vivía…

con Joe y Desiree. Yo… intenté ayudarla, ¿sabe? —añadió en tono pesaroso.

Al ver que Pine no decía nada, Atkins prosiguió:

—¿Y para qué querría su número de teléfono? No creo que Desiree quiera hablar con ella. ¿Por qué iba a hacerlo?

—No creo que quiera el número para eso.

—¿Qué quiere decir? —preguntó la anciana, su voz teñida ahora por el pánico—. Un momento… ¿Puede averiguar dónde vive por su número de teléfono?

—Sí —dijo Pine, con la inquietante sensación de que eso era justo lo que Mercy iba a hacer y seguramente ya había hecho.

En realidad, Pine podría haber obtenido la dirección más deprisa pagando el acceso a una base de datos online que esperando a que se la proporcionara la Agencia.

Se dijo que no volvería a cometer ese error—.

En internet hay maneras de conseguir una dirección física a partir de un número de teléfono.

—Oh, Dios… Entonces puede que ya se encuentre donde viva Desiree, si no queda muy lejos de Huntsville.

Pine se sentía como en un trance. Su corazón rebosaba de alegría al saber que esa misma mañana su hermana estaba viva.

Pero ¿y si había intentado ir a por Desiree?

Notó la garganta tan seca que le costaba hablar.

Apoyó una mano en la pared para mantener el equilibrio porque sus piernas parecían haber perdido la capacidad de sostenerla.

Entonces se le ocurrió una sencilla pregunta:

—¿Qué… qué aspecto tenía?

—Alta, más alta que usted. Y está muy fuerte. Aunque siempre ha estado así. Y ya no tiene su hermosa melena. Se la ha cortado casi al cero, una verdadera lástima. Tenía pinta de…

—… militar —dijo Pine de pronto, recordando algo.

—Sí, exacto. Y también quería decirle que ha venido otra gente haciendo preguntas y…

Pine lo oyó, pero no procesó las palabras.

Soltó el móvil sobre la cama y salió corriendo de la habitación.

En su frenética carrera, se fue golpeando contra las paredes del pasillo y ni siquiera tomó el ascensor.

En su lugar bajó por las escaleras, saltando los peldaños de tres en tres.

Al llegar a la planta principal, empujó la puerta, apartó bruscamente a dos empleados y un cliente y corrió por el vestíbulo en dirección al gimnasio del hotel.

«Por favor, por favor, por favor. Santa Madre de Dios, por favor…».

Se necesitaba una llave de tarjeta para acceder al gimnasio, pero Pine no se molestó en usar la suya y abrió la puerta de una patada.

Al mirar frenéticamente a su alrededor, todas sus esperanzas se desmoronaron.

La única persona que había allí era un anciano leyendo un iPad en una bicicleta estática reclinada, de la que casi se cayó cuando Pine irrumpió por la fuerza. Se acercó a él y le describió a Mercy.

El hombre negó con la cabeza.

—No, señora. Cuando llegué el gimnasio estaba vacío y después no ha venido nadie. —Miró hacia la puerta rota—. Aparte de usted.

Pine salió corriendo hacia la recepción, donde mostró su placa y preguntó por el número de habitación de una huésped cuyo nombre de pila era Eloise.

—No podemos dar… —empezó el joven recepcionista.

—Eso no es lo que dice esta placa —le espetó Pine—. ¡Hazlo!

Visiblemente intimidado, el joven se apresuró a teclear en su ordenador.

—Sí. Hay una Eloise Cain. Se ha registrado hoy y se quedará solo una noche. Ha pagado con tarjeta de crédito.

«Eloise… El mismo nombre que le ha dado a Wanda. Tiene que ser ella».

—¿Cuál es su número de habitación? —preguntó de forma frenética.

—No puedo…

Pine lo agarró del brazo y lo atrajo sin miramientos hacia ella.

—¡Dime el puto número de la habitación o te arresto!

—Cuatro cero cuatro.

—Y ahora dame una llave de la habitación.

—No puedo. Cebo hablar con mi supervi…

—¡No tengo tiempo para discutir! —gritó Pine—. Es cuestión de vida o muerte.

El recepcionista palideció. Cogió una tarjeta en blanco, la cargó y se la entregó.

—¿Sabes qué tipo de coche conducía?

—No. No tenemos servicio de aparcacoches. Y debo decir que esto es extremadamente inusual…

—Desde luego que lo es —le soltó Pine, y salió corriendo hacia el ascensor.