Capítulo 41
Al llegar al hotel, cada uno se fue a su habitación.
Spector se sentó en la cama durante un buen rato mirando al vacío, algo que casi nunca hacía.
Para ella, reflexionar era siempre doloroso y, por tanto, contraproducente.
Abrió el minibar y se preparó un gin-tonic, que se bebió mientras contemplaba por la ventana el centro de Huntsville.
A lo largo de su trayectoria profesional había matado a mucha gente.
A algunos, en acto de combate, cuando estaba en el ejército.
Como agente del FBI había matado a un asesino en serie al que habían seguido el rastro y que se disponía a vaciar su cargador sobre el compañero de Spector.
Y en su nuevo ámbito laboral había acabado con la vida de mucha gente sin necesidad de confrontación, solo por dinero.
«Así que ¿qué derecho tengo para cuestionar la ética o la moralidad de Wanda Atkins?».
Apuró su bebida, volvió a sentarse en la cama y sacó una foto de la cartera.
Era una fotografía de sus padres. Su padre había sido bajito y muy musculado, pero enormemente flexible, con una increíble movilidad.
Spector sabía que eso era esencial en las artes marciales.
Su madre había sido alta y esbelta; ella había heredado su físico.
Se quedó mirando sus rostros desdichados.
Ambos habían maltratado a su hija, convirtiendo su infancia en un calvario. Su padre había bebido hasta morir. Su madre se había suicidado con un rifle parecido a los que usaba para competir en biatlones.
Spector no podía decir que los echara de menos.
Eso era lo que pasaba cuando te han pegado tantas palizas de pequeña.
Una parte de ella —una faceta emocional sorprendentemente frágil— quería volver a casa de los Atkins y acabar con la vida de Wanda y de su esposo tullido; resultaría muy fácil.
Pero su sentido profesional le decía que eso no era posible.
Se subió la manga derecha y se quedó mirando la marca que, cuando solo tenía siete años, su padre borracho le había grabado con un cuchillo mientras su madre drogada la sujetaba.
Por lo visto, El Cain había logrado recomponer su vida, al menos hasta cierto punto.
«Yo no estoy segura de poder decir lo mismo».
A diferencia de Cain, ella se había sometido a cirugía estética para borrar todas las marcas que le habían infligido, todas salvo esta. Porque esta había sido la primera, y porque quería conservarla para siempre para no olvidar aquello nunca.
«Como si pudiera olvidarlo».
No conocía a Cain. La mataría cuando llegara el momento porque así era como se ganaba la vida. Pero después de enterarse del suplicio por el que había pasado, no iba a disfrutar con ello. De hecho, empezaba a arrepentirse de haber aceptado el encargo.
Pídele que elimine a un político corrupto, o al jefe de un cártel, a dos de los cuales ya había enviado a la otra vida.
O al dictador de una nación convulsa que ha matado y saqueado a su pueblo durante décadas, hasta que el dirigente de otro país le pedía que acelerara su partida al más allá.
Tampoco es que este último fuera mucho mejor que el sátrapa, pero ese no era su problema.
Este caso era muy distinto. Sin embargo, ya se había comprometido.
Lo único que pudo hacer fue quedarse tumbada en la cama mirando al techo, preguntándose por las decisiones que había tomado en su vida y sin poder encontrar ni una sola respuesta satisfactoria.
En su habitación, después de tomar algo de vino y trabajar un poco en otros asuntos, Peter Buckley examinaba sus notas de la entrevista a Wanda Atkins.
Sin duda suponía un contratiempo que la anciana no tuviera el teléfono ni la dirección de Desiree, pero podrían solventarlo de alguna manera.
¿Y si conseguían encontrarla antes y esperar allí a que llegara Cain?
Aunque esta sí tenía su número de teléfono, y seguramente les llevaría mucha ventaja.
Su móvil sonó por la entrada de un nuevo mensaje. Al mirar la pantalla, Buckley apenas pudo dar crédito a su buena suerte. La tarjeta de crédito de Eloise Cain había sido utilizada en un hotel de Asheville, Carolina del Norte.
Buscó en el archivo la copia del permiso de conducir de Cain. Tenía a dos hombres de guardia para este tipo de eventualidades, que además contaban con acceso inmediato a su jet privado. Les proporcionó la información necesaria, luego hizo una foto del permiso de conducir y se la envió también.
«Volad allí, encontradla y capturadla —les dijo en su mensaje—. Avisadme cuando lo hayáis hecho. Os enviaré la ubicación del lugar al que tenéis que llevarla. Yo iré en cuanto pueda».
Llamó a uno de sus empleados y le pidió que fletara un avión privado de alguna compañía local de Huntsville.
Sin embargo, no había ninguno disponible, y los vuelos comerciales que salían ese día tardarían mucho en llegar a su destino.
Colgó y envió un mensaje a Spector para comunicarle las noticias; añadió que irían a Asheville en coche, a un poco más de cinco horas, y que debía estar lista para partir en diez minutos.
Ella respondió con un pulgar alzado. Buckley frunció el ceño ante una respuesta tan simple.
No estaba seguro de qué le pasaba a Spector, pero no le hacía ninguna gracia.
Llamó a otro de sus hombres y le pidió que buscara un lugar aislado y discreto a las afueras de Asheville, y que lo hiciera en el transcurso de la siguiente hora.
Parecía una tarea bastante difícil, y de hecho lo era.
Pero Buckley pagaba a su gente para que hiciera cosas difíciles todo el tiempo.
Y si no lo conseguían, dejaban de trabajar para él.
Preparó su bolsa y dejó un billete de veinte dólares para la camarera de piso. Luego se reunió con Spector en el vestíbulo y fueron a por el coche de alquiler.