El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 40
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Capítulo 40

—Puede que hayamos llegado demasiado tarde —comentó Spector mientras caminaban por la acera en dirección a la casa de los Atkins.

Spector se había registrado en su habitación del hotel y se había comido su ensalada con champán en la suite de Buckley.

Luego, mientras él se dedicaba a hacer llamadas y a enviar correos y mensajes, ella había ido al gimnasio para practicar su intensa rutina de entrenamiento diario, que la dejó sudorosa y sin aliento.

Se duchó y se cambió, y ya por la tarde fueron a ver a los Atkins.

Spector examinó la farola derribada.

—Parece muy reciente.

Se dirigieron a toda prisa hasta el porche de entrada y Buckley llamó a la puerta.

Wanda Atkins abrió y se los quedó mirando con ojos enrojecidos y cansados.

—Espero que no vendan nada, porque no pienso comprar.

—Pues parece que le haría falta una nueva farola —dijo Spector, señalando la que estaba tirada en el suelo.

Atkins miró y abrió mucho los ojos.

—Vaya, maldita sea.

—¿Cómo ha ocurrido? —preguntó Buckley.

—Perdón, pero ¿quiénes son ustedes? —dijo la anciana con gesto receloso.

—Estamos tratando de encontrar a una mujer llamada El Cain —respondió Buckley—, pero puede que usted la conozca como Rebecca Atkins.

—¿Y qué saben ustedes de todo eso? —preguntó Atkins muy sorprendida.

—¿Podemos pasar? —dijo Buckley.

—No, no. No quiero visitas ahora.

Él sacó la cartera y extrajo un puñado de billetes.

—Creo que le merecerá la pena, señora Atkins. Solo queremos hacerle unas preguntas. Es usted Wanda Atkins, ¿correcto?

—Sí, sí, lo soy, y no me importa quién lo sepa. No tengo nada que ocultar. Pero ¿qué quieren de Becky?

—Será mejor que lo hablemos en privado —dijo él con suavidad.

—Bueno, vale —dijo Atkins, mirando los billetes en la mano del hombre.

Los condujo a la sala de estar, donde Len dormía en su silla de ruedas.

—¿Es el señor Atkins? —preguntó Buckley.

—Sí, sufrió un derrame. No quiero despertarlo. De todos modos no puede hablar; solo emite gruñidos —repuso ella con brusquedad.

—Muy bien —dijo él echando un vistazo a Spector, que miraba con dureza a la anciana.

Después de que hubieran tomado asiento, Buckley dijo:

—¿Ha visto a Cain recientemente? ¿Puede que fuera ella la que derribó la farola?

—Para eso haría falta mucha fuerza —añadió Spector.

—Bueno, es una mujer grande, más que usted —se le escapó a Atkins, antes de volver a contenerse.

—Así que ha estado aquí —dijo Buckley.

—¿Ha mencionado antes algo de dinero? —repuso Atkins.

Buckley depositó dos mil dólares en billetes de cien sobre la mesita de café.

—Y, dependiendo de lo que me cuente, doblaré la cantidad.

—Lo que no entiendo es por qué de repente todo el mundo está tan interesado en Becky.

—¿Todo el mundo? —preguntó Buckley.

—El FBI ha estado aquí. Un par de mujeres.

—¿Agentes femeninas del FBI? —inquirió rápidamente Spector.

—Bueno, al menos una de ellas. La otra parecía demasiado mayor. Creo que la agente dijo que era su ayudante.

—Interesante —observó Spector—. No es la manera habitual en que la Agencia lleva a cabo sus investigaciones. ¿Cómo se llamaba esa agente?

—Me dio su tarjeta.

Atkins se levantó, fue a la otra habitación y regresó con una de las tarjetas que Pine le había dejado. Se la entregó a Buckley, que miró el nombre y luego se la pasó a Spector.

—¿Conoces a esa tal Atlee Pine? —le preguntó.

—No, pero en la Agencia hay casi tres mil agentes especiales femeninas.

—¿Usted también es del FBI? —le preguntó Atkins, que los escuchaba atentamente.

—No, pero conozco a algunos agentes.

—¿Qué le contó a la agente Pine? —quiso saber Buckley.

—Ella ya sabía bastante, pero la ayudé a llenar algunas lagunas.

Al ver que no parecía inclinada a decir mucho más, Buckley empujó el dinero hacia ella.

—Y eso es lo que esperamos que haga por nosotros, llenar algunas lagunas.

—Pero ¿cuál es su interés en todo esto?

—Nos han encargado encontrar a El Cain. La buscan en relación con un delito.

—¿Qué clase de delito?

—El peor de todos, me temo: asesinato.

—¿Asesinato? ¿Quién ha muerto?

—De momento no podemos revelar esa información. Pero la policía la está buscando. Lo que queremos es encontrarla para intentar convencerla de que se entregue. De ese modo nadie saldrá dañado.

—Santo Dios… Esa mujer no mencionó ningún asesinato.

—Seguro que no lo hizo.

—Un momento… No estarán hablando de mi hijo Joe, ¿no? Porque Becky no lo mató.

—No, estamos hablando de un asesinato ocurrido recientemente. Ahora vamos a hacerle algunas preguntas. Lo que necesitamos es que valide nuestras conclusiones.

El rostro de Atkins se frunció en una expresión confusa.

—Creo que no lo entiendo.

—Queremos que nos confirme que su hijo y su nuera tuvieron encerrada a Rebecca en una cueva en el bosque y que, según todos los indicios, la maltrataron física y emocionalmente.

Ella logró escapar. Su hijo acabó muerto, seguramente a manos de su esposa.

Tanto esta como Rebecca desaparecieron. Y usted y su marido lo sabían todo, y por eso se marcharon de Georgia poco después de que sucediera todo. Y ahora Rebecca se hace llamar El Cain.

—Han hablado con la agente Pine, ¿verdad? —dijo Atkins en tono acusador.

—Porque eso es lo mismo que le dijo a usted, ¿no? —intervino Spector.

—Sí. Por lo visto lo había averiguado todo.

—¿Cómo torturaban a Cain? —preguntó Spector de pronto, lo que le valió una mirada acerada de Buckley.

—No… no estoy segura —balbuceó Atkins.

—Necesitamos que nos cuenta la verdad, señora Atkins —insistió Spector—. Si no lo hace, la cosa no pintará bien para usted. Recuerde que estamos trabajando con las autoridades en esto.

La anciana miró a su marido, que seguía dormido en la silla, y dijo:

—A Desiree le gustaba quemar cosas. Y grabar cosas con cuchillos, y clavar agujas en… cosas.

—¿Por «cosas» se refiere a Cain? —preguntó Spector con sequedad.

—Sí. Cuando Becky estaba aquí…, quiero decir, Mercy…

—¿Mercy? —repitió Spector en tono incisivo.

—Sí. La agente Pine me contó que su verdadero nombre era Mercy, que fue secuestrada de casa de sus padres y que entonces nos la llevaron a Crawfordville, Georgia.

—¿Y el apellido? —preguntó Buckley.

—No lo dijo.

—¿Y por qué el secuestrador les llevó la niña a ustedes? —inquirió Spector.

—El hombre era un viejo amigo de mi marido.

Lucharon juntos en Vietnam. Y nos dijo que los padres de Mercy querían matarla.

Supongo que… que no era verdad. Pero nosotros lo creímos.

Y como ya éramos muy mayores para hacernos cargo de una niña pequeña, mi hijo y Desiree se quedaron con ella.

—La anciana se estremeció—. Mercy me enseñó algunas de las cicatrices de lo que le hizo Desiree.

—Las cicatrices mentales deben de ser aún peores —dijo Spector, observándola fijamente.

Tras dirigir otra mirada intrigada a su compañera, Buckley preguntó:

—¿Sabe dónde se encuentra Cain ahora? ¿Le dijo adónde iba después de marcharse de aquí?

—Le di el número de teléfono de Desiree.

—¿Y sabe dónde vive Desiree?

—No. Solo tenía su teléfono.

—Pues vamos a necesitarlo —dijo Buckley.

—Se lo di a Becky. Y ya no recuerdo el número.

—Señora Atkins, déjeme recordarle que esto es una investigación por asesinato, y que si la obstaculiza de algún modo puede ir a prisión. —Miró a Len Atkins—. Y entonces ¿quién se ocuparía de su marido?

Buckley era consciente de que, si la mujer se parara a reflexionar con calma sobre su visita, la explicación que le habían dado se desmontaría enseguida.

Él no era de la policía. Ella no tenía por qué contarles nada.

Y aun así, la mayoría de la gente, sobre todo en situaciones de estrés, no actuaban ni de lejos de forma calmada o racional; al contrario, se mostraban más vulnerables.

Y el poder de la sugestión tenía un mayor impacto sobre las personas vulnerables.

Al igual que lo tenía una buena cantidad de dinero.

—De verdad que no lo tengo —dijo Atkins—. Le entregué a Becky la hoja donde lo tenía apuntado.

—Le daré mil dólares más.

La anciana pareció aún más angustiada.

—Puede ofrecerme todo el dinero que quiera, que seguiré sin tener el número.

—¿Se acuerda al menos del prefijo?

Se humedeció los labios y miró al techo.

—Mi memoria a corto plazo está fatal. Es lo que tiene hacerse mayor.

—De acuerdo —dijo Buckley, en tono frustrado.

—¿Cree que habrá ido a buscar a Desiree? —preguntó Atkins.

—¿Usted no lo haría? —dijo Spector.

La anciana siguió mirando a Buckley.

—Pero ¿qué razón tendría Becky para matar a alguien?

—No estamos seguros. Por eso queremos encontrarla, para preguntarle. Y si va a por Desiree, tenemos que pararla. No queremos que nadie resulte dañado.

—¿Y por qué no impidió que le hicieran daño a Becky? —dijo de pronto Spector.

Atkins pareció sorprendida por la pregunta.

—¿Cómo? Yo… no… no sabía qué hacer. Tenía miedo.

—¿Qué edad tenía Rebecca cuando se convirtió en prisionera?

—Seis años.

—Así que tenía miedo de ayudar a una niña pequeña…

Buckley miró con gesto inquisitivo a su compañera. Parecía no entender adónde quería llegar con aquello.

—No estoy orgullosa de ello.

—¿Hay algo más que pueda contarnos de cuando Cain vino a verla? —preguntó Spector.

—Me odiaba por lo que había hecho. Probablemente querría matarme. Con lo grande y fuerte que es, no le habría costado nada. Pero no lo hizo. Yo…

—¿Qué?

—Me quedé sorprendida de que hubiera acabado siendo tan…

—¿Normal? —concluyó Spector.

—S-sí. Parecía… haberse recuperado por completo.

—Y sin su ayuda.

—Hice lo que pude —repuso Atkins con aire indignado.

—Ya.

—Sí, bueno, gracias —se apresuró a intervenir Buckley—. Estaremos en contacto.

Cuando se dirigían de vuelta al vehículo, él le preguntó:

—¿Qué diablos ha pasado ahí dentro, Britt?

—Nada. Es que esa mujer me ha sacado totalmente de quicio.

—Vale. Pero no dejes que eso interfiera en nuestro objetivo.

—No lo hará, Peter. Pero debes reconocer que es una historia terrible.

—La vida es terrible. Así que olvídate de eso. Necesito que des lo mejor de ti en este trabajo.