Capítulo 39
Las ruedas del jet Bombardier se agarraron con fuerza al asfalto y se mantuvieron firmes mientras tomaban tierra en el parque de aviación comercial.
El avión fue aminorando la velocidad hasta detenerse, y entonces se desplegó la escalerilla para dejar salir a su única pasajera.
Spector, con su bolsa de cuero negro al hombro, bajó destilando seguridad y confianza en cada paso.
Sin embargo, el ejército nunca la había comprendido ni valorado.
Al ver que los ascensos no llegaban con la rapidez esperada, y después de que algunas actividades extracurriculares hubieran despertado la ira de sus mandos, Spector se licenció con honores y cambió de tercio.
Fue entonces cuando decidió llevar su talento a las filas del FBI, donde estuvo el tiempo suficiente para darse cuenta de que aquello tampoco encajaba con sus metas personales.
De modo que se convirtió en freelance en un campo que se había ido labrando a su medida.
De esa forma podía desplegar las mismas habilidades que había aprendido y dominado primero en el ejército y luego con los federales, pero ganando muchísimo más dinero.
Y, lo mejor de todo, se había forjado su propia vida.
A pesar de ser unos deportistas ejemplares, sus padres habían sido un desastre en los demás aspectos parentales, incluyendo el de proveer para su única hija.
Spector se crio en la pobreza y fue maltratada física y verbalmente por unos progenitores que no habían logrado alcanzar sus sueños de gloria deportiva y decidieron pagar su fracaso con ella.
Tras escapar de su yugo, se había esforzado mucho para conseguir lo que tenía y no estaba dispuesta a ser nunca más una mujer pobre ni maltratada.
Se subió al todoterreno deportivo negro que la estaba esperando y, en cuanto su trasero tocó el cuero del asiento del copiloto, salieron disparados.
Al volante iba Peter Buckley, impecable con unos pantalones gris claro, camisa con cuello, chaqueta clásica azul marino y pañuelo de bolsillo. Se giró hacia ella.
—¿Has tenido un buen vuelo?
—Muchísimo mejor que volar en el asiento auxiliar de un C130 preguntándote si un misil antiaéreo va a hacerte estallar por los aires en cualquier momento.
—¿Y tu trabajo en el D. C. ha ido bien?
—Mejor imposible, gracias.
—Pero ahora estás a mi servicio —dijo él.
—¿Con las mismas condiciones de siempre?
—El doble.
Ella se bajó un poco las gafas de sol para mirarlo bien.
—A veces se me olvida lo atractivo que eres, Peter, cariño. Pero ¿por qué el doble?
—Porque creo que este trabajo lo merece.
—¿Porque entraña el doble de dificultad?
—Tú vives por y para los retos, si no recuerdo mal.
Spector volvió a subirse las gafas y miró por la ventanilla.
—Tú nunca haces nada mal, ¿verdad, Peter?
Él le entregó un iPad.
—En el trayecto puedes leer el archivo que te he preparado. Te he reservado una habitación y comeremos en mi suite. ¿Te sigue gustando tomar champán con tu ensalada niçoise?
—¿Hay otra manera de comerla?
Mientras el vehículo seguía avanzando, Spector leyó el archivo una vez, luego otra, y por fin una tercera; tal como le habían enseñado, era en esta última lectura donde se obtenían la información y los matices verdaderamente útiles.
—¿Quién es el agente del FBI encargado del caso?
—Eso no lo sé.
—No será difícil de averiguar. Todavía tengo contactos allí.
—¿Aun después de lo que ocurrió?
Spector levantó la vista del iPad.
—No ocurrió nada… oficialmente. Y jamás quemo mis puentes. Al menos, no con la gente que cuenta.
—Muy bien, a ver qué puedes averiguar, pero no dejes ningún rastro.
Ella se sonrió, tal vez pensando en su último encargo.
—Nunca lo hago, Peter. Y ahora que he leído el archivo, cuéntame lo que piensas.
Buckley le explicó su teoría de que la mujer llamada Rebecca Atkins había sido retenida como prisionera en Georgia. Cuando le mostró su imagen, Spector escrutó la pantalla y asintió.
—Una zona boscosa, el lamentable estado de la joven, la cámara de vigilancia… Esa sería también mi conclusión. Así que ahora se hace llamar El Cain.
—Y ha matado a mi hermano Ken, como te dije.
—No conocí a Ken, pero seguro que era un tipo duro.
—Lo era. Pero ¿con alguien que supiera bien lo que se hacía?
¿Alguien como tú? No habría mucho que pudiera hacer.
Hablé con un hombre que me contó que Cain había destrozado a un luchador profesional con una ferocidad como no había visto hasta entonces.
Y ese mismo hombre también me contó que lo había amenazado con una pistola y que le habría volado los sesos sin pensárselo dos veces.
—Y dime, ¿por qué mató a Ken?
—¿Acaso importa?
—Solo quiero tener el máximo de información. Pero si prefieres no contestar…
—Mi hermano estaba con una chica, Rosa. Le estaba pegando.
Y esa mujer, llamémosla ya El Cain para no liarnos más, se interpuso.
Le dio muchas oportunidades para que lo dejara estar y se marchara, pero él se fue encendiendo cada vez más.
Y cuando Ken le sacó una pistola, bueno, la mujer llevó la cosa a otro nivel.
—Buckley la miró—. ¿Supone alguna diferencia?
—No. Pero ¿sería una impertinencia por mi parte decir que tu hermano recibió lo que se merecía?
—No, no lo sería.
—Entonces ¿por qué estás haciendo esto?
—Si hubieras crecido en mi familia, lo entenderías.
—Tal vez sí, pero puede ser que no. En fin, ¿cuál es el siguiente paso?
—Encontrar a El Cain.
Spector tocó la pantalla del iPad.
—Y vamos a hablar con Leonard y Wanda Atkins, que actualmente viven en Huntsville, Alabama, que es la razón por la que estamos aquí. ¿Crees que el agente del caso habrá hablado ya con ellos?
—Me sorprendería mucho que no lo hubiera hecho.
—¿Y si los Atkins no quieren cooperar?
—Tengo maneras de convencerlos… Me refiero a dinero, claro. Y si mis métodos no funcionan, estoy seguro de que a ti se te ocurrirá algo.
—Pareces muy obcecado con este asunto. De lo contrario, dudo que asumieras tantos riesgos personales para encontrarla, sabiendo que el FBI está de por medio.
Él la miró con gesto ceñudo.
—He asumido riesgos personales toda mi vida, Britt, al igual que tú. Es lo que se hace cuando la apuesta merece la pena.
—Bueno, a ti también te gustan los retos. Aunque quizá te has estancado un poco.
Buckley asintió con aire pensativo.
—Quizá no. Me he estancado. Los primeros años fueron los mejores, cuando estaba construyendo algo.
E incluso cuando aún no tenía nada, siempre estaba el sueño.
Supongo que no había otro camino que seguir salvo ir hacia arriba, y entonces todo dependía de mí.
Ahora asisto a reuniones de la junta y participo en videoconferencias.
Escucho a gente estúpida y aburrida diciendo cosas estúpidas y aburridas, y me pregunto por qué me molesto siquiera en hacerlo.
Ellos ganan su dinero y yo gano el mío. Pero lo único que hago es ganar cada vez más y más.
—Hablas como alguien que tiene mucho más de lo que podrá gastar jamás.
—Bueno, pues te triplico la tarifa. Pero no pienses nunca que el dinero vaya a reemplazar a la emoción de vivir, Britt.
—No lo he pensado nunca, Peter. Por eso me dedico a lo que me dedico.