Capítulo 38
Britt Spector se guardó el móvil y miró el cuerpo que yacía a sus pies.
Hacía solo unos minutos era un ser que vivía y respiraba.
Ahora lo había convertido en un cadáver rompiéndole el cuello de tal modo que parecería que el muy anciano y veterano congresista de alto rango se había caído por las escaleras de su magnífica residencia, situada en un antiguo y majestuoso vecindario del noroeste de Washington D.
C. El informe toxicológico mostraría que el hombre había bebido demasiado, aparte de que ya no tenía mucha estabilidad debido a algunas afecciones neurológicas y a cierto debilitamiento cognitivo, a pesar de lo cual había sido reelegido de manera aplastante.
Y el rastro forense dejado por la caída no revelaría nada extraño, ya que el suave empujón que ella le había dado no había sido suficiente para alterar la trayectoria descendente, lo cual habría alertado a la policía de que había algo raro.
Luego solo hubo que rematar la faena con una clásica y sutil maniobra sobre la vértebra ya seriamente dañada del hombre, una técnica que había aprendido en el ejército. Y así fue como terminó con su vida.
Fácil y sencillo.
Spector no sintió la menor lástima por el tipo.
Había sido un hombre cruel y corrupto. Durante más de cuatro décadas se había aprovechado de su posición influyente de formas muy variadas: transfiriendo fondos a cuentas numeradas en el extranjero y haciendo favores sustanciosos y pagos ocultos a sus allegados, familiares, amigos y amantes.
A veces era algo tan simple como conseguir que una ley no se aprobara; de hecho, el político era especialmente conocido por echar para atrás numerosos proyectos de ley.
Y esas leyes que él se aseguraba de que nunca vieran la luz eran precisamente las que habrían beneficiado a la gente con menos dinero y ningún poder.
Por tanto, el resultado de su apoyo o rechazo al proyecto de ley siempre beneficiaba a los más acaudalados y mejor conectados, porque eran los que podían recompensarlo a él.
Así era como funcionaba el juego, y él era uno de los que mejor sabían jugarlo.
Además, su creciente patrimonio neto se había explicado mediante operaciones de inversión muy bien diseñadas, o mediante apuestas empresariales afortunadas que no tenían nada que ver con la suerte.
Su auténtica fortuna estaba convenientemente oculta en esas cuentas numeradas en lugares lejanos.
Sin embargo, el congresista había querido abarcar más de la cuenta y había cometido un error fatal al intentar renegociar un acuerdo ya cerrado, a fin de obtener mejores condiciones a su favor.
Quien había encargado el trabajo a Spector ya había sufrido demasiadas veces las consecuencias de sus caprichosos actos.
Con anterioridad habían acabado cediendo a sus exigencias.
Sin embargo, esta vez decidieron cortar por lo sano, recortando tanto sus propias pérdidas como los años de vida que pudieran quedarle al congresista.
Además, debido a su precaria salud física y mental, cada vez resultaba más difícil confiar en él y controlarlo.
Y cada vez era mayor la preocupación de que se le escapara algo que pudiera desencadenar alguna investigación que resultara «inconveniente».
El hombre mucho más joven que iba a reemplazarlo en la cima del poder no sería ni de lejos tan desaprensivo.
Ni tan tonto como para pensar que podría salirse siempre con la suya.
Pero ambos estaban cortados por el mismo patrón.
Los únicos principios en los que creían eran aquellos que los beneficiaban.
La cuestión era sencilla: ¿cuánto iban a costarles?
No eran más que otra partida presupuestaria, una que nunca aparecía oficialmente en ningún presupuesto, aunque no por eso menos importante.
El cálculo era muy sencillo: leyes igual a dinero. Si hacías las leyes, hacías dinero.
Y este sujeto inmoral y corrupto, cuyas decisiones políticas habían perjudicado a innumerables ciudadanos corrientes de tantas maneras, sería enterrado y sus seres queridos lo llorarían; pero casi de inmediato empezarían a pelearse por su dinero, que era lo único de valor que había dejado atrás.
«Pues que te vaya bien en el infierno», pensó Spector.
Tras finiquitarlo, se tomó su tiempo para borrar cualquier rastro de su presencia allí.
Acto seguido procedió a marcharse por donde había venido, a través de una ventana situada a una altura imposible y bajando por una pared en la que no parecía haber ningún tipo de asidero para ascender o descender, aparte de un canalón de cobre.
Acceder o escapar por allí sería inconcebible para un intruso normal, pero no para Britt Spector.
No había señales de que hubieran forzado la entrada.
Y eso es lo que acabaría de convencer a la policía de que la muerte del hombre había sido un infortunado accidente.
Caminó por la calle a oscuras y no tardó mucho en llegar a su hotel.
Se dio una ducha, se tomó una copa y envió un mensaje cifrado a quien le había hecho el encargo.
Esperó mientras se aseguraba de que depositaba el resto del dinero acordado en la cuenta bancaria electrónica.
Una vez verificada la transacción, se acostó.
Se levantó a las seis, se duchó y se vistió.
Luego recogió sus cosas, abandonó el hotel y tomó un Uber para ir al aeropuerto Dulles.
Le gustaba trabajar para Peter Buckley. Era un tipo con clase y pagaba extremadamente bien. Y jamás la llamaba para algo que no estuviera a la altura de su extraordinario nivel de competencia y efectividad.
Spector sorprendió al conductor del Uber observándola por el espejo retrovisor.
Sabía que era una mujer que llamaba la atención.
Medía casi metro ochenta, era alta y delgada, y se había esforzado durante toda su vida para alcanzar sus metas.
Hija de padre filipino y madre escandinava, sus rasgos exóticos resultaban muy llamativos.
Tenía la piel olivácea y el cabello rubio.
Su padre había sido un yudoca de nivel olímpico, y su madre, una biatleta alta y esbelta, que la enseñó a esquiar y disparar al mismo tiempo.
La hija había heredado las dotes atléticas de sus padres, pero había escogido un rumbo muy distinto en la vida. Tenía otros objetivos.
Spector miró los ojos ávidos del conductor en el retrovisor. Cualquier mujer podría interpretar fácilmente esa mirada.
—¿Te gusta lo que ves? —le dijo.
—Mucho —asintió el hombre.
—Bueno, la vida está llena de decepciones —replicó ella. Giró la cabeza y no volvió a pensar en él.
Sí, los hombres eran muy simples. En cambio, las mujeres eran mucho más complicadas. Y, al parecer, Peter había encontrado un reto que estaba a su altura.
Y eso era justo lo que hacía girar el mundo de Britt Spector.