El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 37
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Capítulo 37

Por vigésima vez, Buckley examinó la imagen congelada en la pantalla de su ordenador.

La primera vez que la vio había sentido curiosidad e incluso compasión.

La mujer, que ahora sabía que respondía al nombre de Rebecca Atkins, estaba visiblemente asustada; se percibía claramente en sus rasgos.

Los ojos desquiciados, la tensión antinatural de su mandíbula, el abultamiento de sus mejillas, el agujero caótico de su boca: todo ello hablaba de crisis.

Pero también había un levísimo deje de algo más: ¿euforia, quizá?

Su estado físico era deplorable. El largo y espeso pelo estaba muy sucio y apelmazado, sus ropas eran prácticamente harapos, la piel estaba mugrienta y llena de cicatrices; era evidente que aquella joven había pasado por un prolongado suplicio.

A continuación, Buckley había buscado en internet algún «incidente» relacionado con los Atkins en un condado de la Georgia rural a principios de los años dos mil.

No le costó mucho encontrar la noticia de que Joe Atkins había sido hallado muerto, y que su esposa, Desiree, había desaparecido y que, o había matado a su marido, o también había sido víctima de quien lo asesinó.

Buckley se reclinó en la silla de su habitación de hotel.

Había algo extremadamente curioso en todas las páginas que encontró sobre el tema: ninguna de ellas mencionaba a una tal Rebecca Atkins.

La razón más obvia debía de ser que, por aquel entonces, las autoridades no tenían ni la menor idea de su existencia. Pero ¿cómo podía ser eso?

Una vez más, miró la imagen de la mujer en la pantalla de su ordenador. En aquella época, casi veinte años atrás, no existía una tecnología de videovigilancia conectada a los móviles para controlarlo todo. Entonces ¿por qué tener una cámara de seguridad en un lugar perdido de la Georgia rural?

Amplió la imagen y examinó los bordes de la fotografía.

Una rama de árbol, la silueta borrosa de un arbusto, un sendero a oscuras…

Todo ello estaba por detrás de la mujer que miraba fijamente a la cámara.

Se encontraba en una zona boscosa, algo nada extraño en Georgia.

Amplió aún más y ahora pudo ver la pared de detrás.

Presentaba un aspecto muy deteriorado, con vegetación creciendo alrededor.

No se trataba de una vivienda normal. ¿Una cabaña en el bosque, quizá?

Pero ¿con una cámara controlando la puerta?

¿Qué sentido tendría, a menos que hubiera algo de valor allí dentro?

Lo primero que pensó fue que podía tratarse de algún tipo de operación ilegal.

¿Quizá fuera una destilería clandestina?

¿Puede que vendieran armas? ¿O tal vez traficaban con drogas?

¿O con personas? Como la joven de la imagen…

¿Era posible que los Atkins dirigieran una red de tráfico de personas?

Le pareció bastante improbable. La mayoría de esas redes movían rápidamente su «mercancía» en camiones por todo el país, y recibían su compensación cuando entregaban finalmente el producto.

La joven de la imagen parecía haber permanecido cautiva durante mucho tiempo.

A menos que hubiera sido entregada a los Atkins como esclava.

Bajó la mirada a la pantalla de su móvil. Uno de sus socios le había enviado una copia del permiso de conducir de Eloise Cain.

El rostro que lo miraba parecía tallado en granito. No había nada «alegre» en sus facciones. El largo pelo oscuro le caía en cascada sobre los hombros. La fotografía, ya mala de por sí y aún más granulosa en su versión digital, tenía bastantes años.

Dio un sorbo a su copa e hizo una llamada. Buckley ordenó al hombre lo que quería que hiciera.

Dos horas más tarde, recibió un mensaje con las copias de los permisos de conducir de Joe y Desiree Atkins expedidos en Georgia. Buckley revisó sus descripciones físicas. Lo que más le interesaba era su estatura.

Joe Atkins medía metro sesenta y cinco. Desiree, metro cincuenta.

Miró el permiso de conducir de Cain. En él constaba que medía metro ochenta y cinco. Y, según la imagen que aparecía en la pantalla del ordenador, no había la menor duda de ello.

A menos que se hubiera producido alguna aberración genética, o que en su árbol genealógico se escondiera algún antepasado de considerable altura, era muy probable que Rebecca no fuera hija biológica de los Atkins.

La altura era uno de los rasgos genéticos que se transmitían de forma más predecible de generación en generación.

Los padres bajos solían tener hijos bajos, y lo mismo ocurría con los padres altos.

Miró las fotos de los Atkins en sus permisos de conducir.

No había ninguna similitud entre sus facciones y las de Rebecca, y el color de pelo, aunque no era determinante, no se parecía ni por asomo.

De modo que había sido adoptada, o había sido raptada y se la habían entregado a los Atkins. A no ser que la hubieran secuestrado ellos mismos.

Se centró en otro aspecto del caso. En un artículo de prensa de la época se detallaba la pérdida sufrida por Leonard y Wanda Atkins, los padres de Joe y suegros de Desiree.

Ellos sí debían de conocer la existencia de Rebecca, dedujo Buckley.

Vivían cerca y eran la única familia de Joe; los únicos que le habían sobrevivido, aparte de Desiree, como se mencionaba en el obituario adjunto.

El artículo también decía que Leonard Atkins había luchado en Vietnam.

Buckley se fijó en la edad del hombre en el momento del suceso y le sumó los años transcurridos. Ahora tendría unos setenta y tantos.

Envió otro correo con una nueva solicitud de información.

Al cabo de una hora recibió la respuesta.

Leonard Atkins estaba registrado en la Asociación de Veteranos y estaba recibiendo tratamiento después de haber sufrido un derrame cerebral.

En el mensaje aparecía también su dirección actual.

Buckley no sabía cómo su hombre había conseguido la información tan deprisa, pero pensó que la asociación de excombatientes necesitaba actualizar con urgencia sus cortafuegos de ciberseguridad.

«¿No es algo que tenemos que hacer todos?».

Sin embargo, esta vez no iba a quejarse.

Unas horas después, Buckley estaba volando en su avión privado. Al llegar, condujo el coche de alquiler que lo estaba esperando hasta el hotel donde ya había hecho una reserva. Se registró, subió a la habitación y desplegó sobre el escritorio toda la información que había recabado.

Tomó un poco de vino del minibar y consideró qué hacer a continuación. Todo aquello se estaba volviendo sumamente complicado. E intrigante. Abrió el portátil y buscó de nuevo la fotografía. Recorrió con el dedo la imagen de Rebecca Atkins/El Cain en la pantalla.

No iba a ser sencillo. Y sonrió ante el reto.

Y como ahora el FBI también estaba involucrado, solo había una persona a la que pudiera recurrir para que le ayudara en su búsqueda de la mujer. Ya era muy tarde, pero siempre podía dejarle un mensaje. Pulsó el nombre en su lista de contactos y una voz respondió al segundo tono.

—Hola, Peter. Espero que me llames para algo que valga la pena. Últimamente la cosa ha estado un tanto aburrida.

—Pues sí, tengo algo. De hecho, tiene que ver con tu antiguo trabajo.

—¿El ejército o el FBI?

—El último —contestó Buckley.

—Estupendo. Me encanta fastidiar a la Agencia cuando tengo oportunidad.

—Están buscando a una mujer llamada Rebecca Atkins, alias Eloise Cain. Y yo también.

—¿Y cuál es tu interés en ella?

—Estrictamente personal. Ha matado a mi hermano Ken —dijo Buckley.

—Lamento oír eso.

—Te enviaré el jet. Solo dime un lugar y una hora.

—Ahora mismo tengo un poco de lío, estoy acabando un asunto. Pero estaré a punto mañana a primera hora, sobre las ocho. Me encuentro en Washington D. C. Puedo ir al Dulles para que me recojan.

—Bien. Saldréis de la terminal de Signature.

—¿Y dónde estás tú?

—En el gran estado de Alabama.

—Vale. ¿Y qué hay de interés para ti en el gran estado de Alabama?

—Te lo contaré cuando estés aquí —prometió Buckley.

—Los aviones privados son tan prácticos. Ojalá pudiera permitirme uno.

—Bueno, siempre puedes usar el mío.

—Eres un encanto. En fin, tengo que dejarte. Como te he dicho, debo acabar una cosilla.

—De acuerdo. Nos vemos mañana, Britt.

Y colgó.