El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 36
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Capítulo 36

Cain no tenía la menor intención de llamar a Desiree.

Condujo hasta el centro de Huntsville, paró a comer algo y buscó en su móvil una manera de encontrar la dirección asociada al número que le había dado Wanda.

La encontró rápidamente, y por una pequeña tarifa que la hacía cliente premium, el servicio de búsqueda de internet escupió el nombre de Dolores Venuti y un domicilio en Asheville, Carolina del Norte.

«Dolores Venuti debe de ser su nuevo nombre».

Cain introdujo la dirección en el GPS de su móvil. Si no paraba, tardaría cinco horas en llegar.

El trayecto era en su mayor parte por interestatal, y el tiempo pasó deprisa mientras conducía a lo largo de las montañas Blue Ridge.

La explosión de colores otoñales ya había pasado y muchos árboles habían perdido sus hojas, pero aun así resultaba un paisaje inspirador.

En el caso de que Cain no hubiera estado tan ajena a su entorno.

Puso la radio por si volvían a mencionar a «Becky, de Georgia», pero no dijeron nada más.

Cuando faltaba como una hora para llegar, se detuvo en un área de servicio para ir al lavabo.

Se sentó fuera en una mesa de pícnic, donde se bebió una botella de Gatorade G2 y se comió un plátano que había comprado.

Luego hizo algunos estiramientos para desentumecer la espalda y las piernas y volvió a montarse en el coche.

Antes de arrancar, abrió la guantera y echó un vistazo a la Glock. La tenía desde hacía tres años y solo la había utilizado para hacer prácticas de tiro. Se preguntó si sería capaz de meterle una bala en la cabeza a Desiree.

No estaba muy segura de si podría hacerlo, lo cual significaba que había avanzado algo, aunque no sabía en qué dirección.

La mujer la había torturado durante años, infligiéndole todo tipo de actos despreciables uno tras otro.

Y Joe no había hecho nada para detenerla, así que no tenía ningún motivo para lamentar su muerte.

Aun así, la aliviaba saber que ella no lo había matado, después de todos aquellos años creyendo que sí lo había hecho.

Sin embargo, que la verdadera asesina, además de su torturadora, Desiree, se hubiera ido de rositas, era algo que no estaba dispuesta a tolerar.

Lo que se disponía a hacer podía poner fin a la vida, la que fuera, que había llevado hasta ahora.

Pero también sabía que no podría disfrutar de un segundo más de esa vida mientras Desiree continuara respirando.

Durante todos aquellos años de encierro, Cain simplemente había deseado escapar.

Ahora quería algo más. Podías llamarlo restitución, venganza, incluso justicia.

No estaba segura de cuál de los términos sería el adecuado, si es que lo era alguno.

Pero lo que sí sabía con certeza era que, fuera lo que fuese, tenía que conseguirlo o morir en el intento.

Era como si todas las deudas emocionales pendientes de aquella época de su vida hubieran llegado a su fecha de vencimiento. Y ella era la cobradora.

Una hora más tarde entraba por fin en Asheville. La dirección que tenía correspondía a una tienda. Una de esas estrafalarias tiendas de ocultismo, observó Cain mientras se acercaba y veía el letrero.

«Cómo no».

Y delante había aparcada una furgoneta de la policía.

Cuando pasaba con el coche, la puerta de la tienda se abrió y salieron dos personas con monos azules y patucos acarreando lo que parecían ser unas bolsas de basura, mientras un agente montaba guardia en la entrada, con los dedos enroscados en torno al cinturón donde llevaba el arma.

Los técnicos forenses abrieron las puertas traseras de la furgoneta y arrojaron dentro las bolsas de basura.

Cain pasó de largo y aparcó en la siguiente manzana.

Bajó del coche y caminó de vuelta hacia el establecimiento.

Unas cuatro puertas antes de llegar, una mujer salió de otra tienda.

Era corpulenta, de unos cincuenta años y con el pelo gris recogido en un moño.

Llevaba puestos unos vaqueros y un largo delantal verde con las palabras «Organic Alley» serigrafiadas, a juego con el letrero del local.

Cain se acercó.

—¿Qué ha pasado ahí? —le preguntó, señalando hacia la tienda de ocultismo.

La mujer alzó la vista hacia ella.

—Han detenido a Dolores Venuti, o al menos eso es lo que he oído.

—¿A Dolores? ¿En serio?

—Sí, la dueña de esa tienda.

—¿Por qué la han detenido?

—Me acerqué allí hace un rato y les pregunté. No me dijeron gran cosa, pero me quedé deambulando un poco y oí hablar a unos policías.

—¿Y qué dijeron?

De pronto, la mujer la observó con aire suspicaz.

—¿Y tú quién eres? ¿Por qué te interesa tanto?

—Te cuento. Acabo de llegar conduciendo desde Alabama porque Dolores me ofreció un empleo. He trabajado antes en tiendas de ocultismo y estoy muy metida en ese rollo.

La otra la miró de arriba abajo y comentó:

—Ya, ya veo.

—Así que dejé mi trabajo y me vine para acá. Y, por lo que parece, ahora me voy a quedar totalmente colgada. Bueno, de ahí mi interés.

La mujer soltó un ruidito compasivo.

—Oh, pobre… Pero puede que haya sido bueno para ti, porque he oído que la policía ha encontrado drogas en la tienda.

Y no creo que te hubiera gustado verte metida en algo así.

Y también mencionaron algo sobre una muchacha a la que Dolores le había hecho no sé qué.

Hasta he oído la palabra «secuestro». A ver, normalmente crees que conoces a la gente.

Pero, si te digo la verdad, ella siempre me ha dado muy mala espina.

Entre tú y yo, siempre he pensado que tenía una vena malvada.

—Vaya, quién lo iba a decir —dijo Cain fingiendo sorpresa, tal vez la interpretación más compleja de toda su vida—. Entonces Dolores estará en prisión, ¿no?

—Sí, en el centro de detención de Davidson Street. No queda muy lejos de aquí.

—Bueno, esperemos que pase una buena temporada entre rejas, ¿no?

—Ay, Dios, sí.

Cain regresó al coche. Una vez dentro, buscó en el móvil la dirección del centro de detención, condujo hasta allí y se quedó un buen rato contemplando el lugar.

Aquello era lo más cerca que había estado de Desiree en mucho mucho tiempo. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

«Ya no puede hacerte daño, El».

¿El?

«Al parecer, mi verdadero nombre es Mercy. Según Wanda, eso es lo que le dijo la mujer del FBI, y no creo que fueran a mentir sobre eso».

Se reclinó en el asiento y cerró los ojos.

—Mercy.

Pronunció la palabra en voz alta. Era un nombre peculiar. ¿Por qué habría decidido su madre llamarla así? ¿Y la otra niña? ¿La otra que podría haber salido escogida con la cancioncilla infantil?

Cain frunció el ceño muy fuerte, como si eso pudiera hacer que su memoria dañada se iluminara de repente y todo saliera a la luz. Pero no ocurrió nada. Nada se reveló. Salvo una cosa.

«No pasa nada, mamá, ya sabes cómo es Lee. Ya averiguará cómo bajar. Siempre lo hace. No te enfades con ella, mamá».

«Esa Lee… ¿era mi hermana? ¿Se había subido a un árbol y yo le estaba diciendo a nuestra madre que no se enfadara?».

De pronto notó una presión aplastante en el pecho. Una sensación como la que experimentó cuando sufrió su primera sobredosis. Le entró el pánico; sintió que no podía respirar.

Salió del coche y echó a correr. Corrió y corrió cada vez más deprisa, giró a la derecha, luego a la izquierda, hasta que llegó a lo que parecía un pequeño parque.

Cain se adentró en la espesura del bosque y siguió corriendo hasta que no pudo más.

Se detuvo ante un inmenso roble, lo rodeó con los brazos como si necesitara aferrarse a algo, y se fue deslizando lentamente hasta el suelo.

Permaneció allí tirada durante no sabía cuánto tiempo.

Cain lloró con tanta fuerza que llegó un momento en que ya no le salían más lágrimas. Su pecho dejó de sacudirse convulsamente, y solo pudo levantarse a duras penas agarrándose al tronco e impulsándose cada vez unos pocos centímetros, como si estuviera trepando por un poste resbaladizo.

Después de recomponerse un poco, caminó tambaleante de vuelta al coche; le costó bastante dar con él, pero cuando entró y cerró la portezuela, se sintió algo mejor.

Hacía muchos años que no se había encontrado así. Después de escapar de los Atkins, cada cuatro o cinco noches se veía asaltada por terrores nocturnos. Y se despertaba con la convicción de que Desiree se cernía amenazante sobre ella, dispuesta a arrastrarla de vuelta al infierno.

Se alejó de allí, buscó un hotel y cogió una habitación.

El lugar era más caro de lo que podía permitirse, pero en esos momentos no estaba para pensar en esas cosas.

Más tarde se tomó una copa en el bar y fue a cenar algo a un restaurante que no quedaba muy lejos, porque necesitaba aire fresco para pensar.

Después caminó de vuelta al hotel y se preguntó qué hacer a partir de ahora.

Desiree estaba en prisión. No había manera de llegar a ella. E incluso si lo consiguiera, ¿qué iba a hacerle? ¿Matarla con sus propias manos? ¿Gritarle como una posesa? ¿Torturarla como Desiree había hecho con ella? ¿Y luego qué?

«¿Volveré a otra prisión durante el resto de mi vida?».

«¿Habrá sido todo en vano?».