Capítulo 35
Cain notó que el corazón le martilleaba en el pecho y que un intenso dolor le atravesaba la cabeza, junto con una cascada de recuerdos reprimidos todavía informes.
Era como si su cerebro funcionara a tanta velocidad que empezara a arder, haciendo que todas sus válvulas de seguridad reventaran. Miró a Len.
«¿Estoy sufriendo un derrame?».
En ese momento recordó que se había vuelto como loca al toparse con aquella cancioncilla en un libro cuando vivía con Desiree.
Cuando leyó aquellas palabras, fue como si algo explotara en su cabeza.
Pero… ¿«la otra niña»? Entonces se sintió como una tonta.
Pues claro, aquella cancioncilla se utilizaba para decidir a quién escoger.
Tenía que haber alguien más. Y, de pronto, se produjo otro clic en el cerebro de Cain.
Aquel extraño recuerdo que siempre la acompañaba y que le había permitido sobrevivir a Desiree.
«No pasa nada, mamá, ya sabes cómo es Lee. Ya averiguará cómo bajar. Siempre lo hace. No te enfades con ella, mamá».
—Eloise, ¿te encuentras bien?
Cain salió de sus cavilaciones con un sobresalto y se quedó mirando a la anciana, aunque el corazón le seguía palpitando como si se hubiera metido un montón de rayas de coca.
—No es nada, es que me ha venido algo a la cabeza. Entonces ¿mi verdadero nombre es Mercy?
—Sí. ¿Ni siquiera te acuerdas de eso?
Cain negó con la cabeza.
—Desiree hizo un gran trabajo para forzarme a olvidarlo todo. —Miró a Wanda con expresión sombría—. Pero eso tú también lo sabías, ¿no?
La anciana bajó rápidamente la mirada.
—Imagino que me odias. Y con toda la razón del mundo.
—Ya no eres tan importante en mi vida como para que te odie, Wanda.
Esta volvió a levantar la vista.
—¿Y qué has hecho durante todos estos años?
—Sobrevivir. —Miró a Len—. ¿Se va a quedar así para siempre?
—Sí. Y en realidad solo estoy yo para cuidar de él.
—Bueno, supongo que ahora estáis los dos en vuestra propia prisión, ¿no? Dime, ¿qué se siente?
—Lo lamento mucho, muchísimo, Eloise.
—Sí, eso ya lo has dicho. Pero hablar no cuesta nada y las palabras son solo palabras. ¿Y qué más te dijo la mujer del FBI? ¿Por qué me están buscando si yo no maté a Joe?
—Creo que quieren ayudarte. Al fin y al cabo fuiste víctima de un secuestro. Después de que se fueran indagué un poco, y resulta que el FBI se encarga de investigar los secuestros.
—¿Después de tantos años?
—Debe de ser un caso abierto, así es como los llaman en la tele. Tal vez deberías presentarte para ver qué quieren.
Cain la escrutó fijamente, con una actitud cada vez más recelosa. No iba a creerse todo aquello sin más, sobre todo viniendo de esa mujer.
—¿Estás segura de que no quieren arrestarme por el asesinato de Joe?
—Bueno, creo que no.
—¿Crees que no? Eso no es suficiente.
—Pues yo no sé mucho más.
«Lo que significa que sigo estando jodida».
Cain sintió que todo el peso del mundo volvía a caer sobre sus anchos hombros.
—¿Y Desiree?
—¿Qué pasa con ella?
—Dame su número de teléfono. Quiero hablar con ella.
—Pero ¿para qué?
—No creo que tengas derecho a preguntarme eso. Tú dame el maldito número. —Cain se levantó y miró a la mujer con gesto amenazante.
Esta alzó la vista, claramente asustada.
—Haces bien en tenerme miedo, Wanda. No soy una persona normal. Nadie podría serlo después de lo que me pasó. Dame el número. ¡Ahora! O no respondo de lo que pueda haceros a ti o a ese capullo de la silla de ruedas.
—¿Vas a intentar buscar a Desiree? ¿Para hacerle daño?
—Eso es asunto mío. Tú no tienes nada que decir al respecto. Ni ahora ni nunca.
La anciana se levantó, sacó una agenda del cajón de una mesita auxiliar y arrancó una página.
—Toma, llévatelo. No quiero volver a hablar con esa mujer jamás.
Cain cogió el papel.
—¿Sabe Desiree que el FBI vino a verte?
Wanda asintió.
—La llamé.
—¿Para qué?, ¿para avisarla?
—Algo así.
—Desde luego, la sangre es más espesa que el agua.
—Desiree no es pariente de sangre mía —repuso Wanda con hosquedad.
—Ah, ¿no? Bueno, perdóname si me he confundido un poco con toda esa mierda.
—¿Podrás… podrás perdonarnos? —preguntó la anciana.
Cain negó con la cabeza.
—La única razón por la que no voy a haceros daño es porque no vale la pena tomarse la molestia. —Sostuvo en alto el papel—. Pero si este no es el número de Desiree, volveré y todo lo que aquella bruja me hizo os lo haré a vosotros. Y, créeme, no he olvidado ni una sola cosa de todo aquello.
Después de que se hubiera marchado, Wanda volvió a derrumbarse en su silla y rompió a llorar.
Cuando se dirigía de vuelta al coche, Cain se detuvo y, de pronto, lanzó una potente patada lateral contra una farola de la acera, derribándola al suelo con un fuerte estruendo. Después se sentó al volante y se quedó mirando el papel con el número de teléfono.
Nunca había estado tan cerca de encontrar a Desiree. Además, era consciente de que tenía que mantenerse fuera del radar del FBI. Pero ahora que había tomado la decisión de hacer aquello, no había marcha atrás. Si iba a caer, Desiree caería con ella.