Capítulo 34
Cain detuvo el coche junto al bordillo y echó un vistazo a la modesta casa situada en un barrio de clase obrera a las afueras de Huntsville, Alabama.
Era un lugar donde ella podría haber crecido.
Jugar con muñecas, montar en bici y patear un balón de fútbol en el patio trasero, hacer barbacoas y corretear bajo los surtidores de agua en verano, tostar malvaviscos y hacer muñecos de nieve en invierno, aunque dudaba de que cayeran nevadas tan fuertes en esa parte del sur.
«Una vida normal».
Soltó un bufido.
«Vale. No es más que una fantasía».
A mitad de camino, durante su largo trayecto desde Georgia, había pinchado en una carretera perdida.
No tenía rueda de recambio, y le llevó hasta bien entrada la noche encontrar un taller y que este le consiguiera un neumático de repuesto, ya que el coche era muy viejo.
Después siguió conduciendo hasta que no pudo más.
Pasó el resto de la noche durmiendo en el vehículo, ya casi a las afueras de Huntsville.
Cuando se despertó, se tomó una taza de un café horrible y prosiguió hasta llegar a su destino. Y ahora ahí estaba.
El aire era cálido, el sol brillaba y los pájaros revoloteaban alrededor, pero Cain se sentía como si se dirigiera a su propio funeral. Llegó a la puerta.
Llamó y esperó mientras oía unos pasos que se acercaban. No estaba segura de cómo iba a abordar aquello, aunque tal vez eso no fuera tan malo. Desde que había escapado de los Atkins, siempre había improvisado sobre la marcha. A veces había funcionado, otras no. Así que ¿por qué iba a cambiar ahora?
Wanda Atkins abrió la puerta con un cigarrillo electrónico en la mano. Alzó la mirada hacia la altísima Cain y, al reconocerla, su mano libre salió disparada hacia la boca, casi sacándole la cánula de la nariz.
—Dios mío, eres… tú.
—Ha pasado mucho tiempo, Wanda. Pero, incluso sin el pelo y con todos los años que me han caído encima, supongo que no he cambiado tanto.
Wanda se echó a temblar.
—Si-siento mucho todo lo que pasó, Becky.
—Ahora me llamo El, de Eloise.
La anciana se quedó desconcertada un momento, y luego una sonrisa triste se dibujó en su boca.
—¿Eloise? ¿Como el libro que te llevé?
—Sí, solo que aquello era «Eloise en la Casa de Pesadilla». Mi propia y pequeña fantasía —añadió Cain. Se fijó en la cánula en la nariz de Wanda y en el tubo de oxígeno conectado a ella—. ¿Estás enferma?
—Demasiados cigarrillos. —Alzó el dispositivo electrónico que sostenía en la mano—. Ahora vapeo. —Luego la miró con expresión recelosa—. ¿Qué estás haciendo aquí, Be…, digo, Eloise?
—¿Puedo entrar?
Wanda pareció indecisa, así que Cain se limitó a pasar por su lado y entró en la casa. No había nada que la anciana pudiera hacer para impedírselo, lo cual la hizo sentirse inmensamente poderosa.
Wanda la siguió hasta la sala de estar, donde Len Atkins estaba dormido en su silla de ruedas.
Había montones de ropa doblada sobre mesas y sillas, y algunos platos sucios apilados sobre una otomana. Los olores se mezclaban en un hedor rancio. Para Cain, el lugar olía a vejez y enfermedad.
—Perdón por el desorden —dijo Wanda en tono avergonzado.
Cain se encogió de hombros.
—Es mucho mejor que el sitio donde yo vivía, ¿no crees? Las paredes no son de tierra. Y cuando quieres salir, la puerta se abre.
Atkins tosió y miró nerviosamente a su marido.
—Esto… eh… Supongo que te acuerdas de Len. Sufrió un… un derrame hace un tiempo.
—Muy bien —repuso Cain con brusquedad. No quería saber nada de derrames ni de los problemas de aquellos dos. Este era su momento.
Wanda apartó a toda prisa algunas cosas del sofá para que Cain pudiera sentarse. Luego tomó asiento en una silla frente a ella y la examinó.
—¿Por qué te cortaste el pelo? Era tan bonito…
—No lo era tanto después del tiempo que estuve con Desiree —dijo Cain, mirándola con expresión sombría—. Disfrutaba arrancándome mechones de raíz, o prendiéndoles fuego. Pero tú todo eso ya lo sabes, ¿no?
La mujer se encogió bajo la intensa mirada de Cain, como una flor marchitada por una helada repentina.
—He pensado mucho en ti —dijo en tono apagado.
—Hiciste algunas cosas buenas por mí, Wanda.
—Pero nunca hice nada para…
—No, no lo hiciste —la interrumpió Cain con sequedad, aunque luego se encogió de hombros—. No era tu problema, ¿no? Y al final tuve que arreglármelas por mí misma.
—Joe… Joe se merecía lo que le hiciste.
—Yo solo lo golpeé cuando intentó detenerme y al caer se dio contra una roca.
Si murió, no fue por mi culpa. Y después salí corriendo.
Alguien me disparó, pero no me dio. Tuvo que ser Desiree, porque Joe ya estaba muerto.
Entonces corrí aún más deprisa. No paré durante kilómetros y kilómetros, hasta que al final hice autostop y alguien me cogió.
Wanda se la quedó mirando con expresión perpleja.
—¿Qué ocurre? —dijo Cain.
La anciana se recompuso un poco y respondió muy despacio:
—Joe no murió porque se golpeara la cabeza contra una roca.
—Entonces… ¿qué le pasó? —preguntó Cain, desconcertada.
—Joe murió porque alguien le clavó un cuchillo en la espalda. Fue un asesinato premeditado.
—¿Un cuchillo? —dijo Cain, ahora visiblemente atónita.
—Sin la menor duda. Le alcanzó el corazón.
Cain se recostó en el sofá, sintiendo que le quitaban un gran peso de encima.
«No fui yo quien lo mató. Entonces ¿por qué me busca el FBI?».
—Yo no lo acuchillé. Pero apuesto a que tú sabes quién lo hizo.
—Siempre lo he tenido claro. A ver, Desiree era tan…
—¿Malvada? Sí, lo era. ¿Sabes dónde está ahora?
—Tengo un número de teléfono, pero no la dirección. —Wanda la miró con gesto nervioso—. Es mejor que no sigas por ese camino, Eloise. No… no sería bueno para ti. Es mejor que te mantengas alejada del pasado. No quiero que te hagan daño, otra vez no.
—Me hicieron mucho daño, sí, mientras tú te quedabas allí plantada sin mover ni un solo dedo.
Y todavía me sigue doliendo. —Se levantó una manga para que la anciana pudiera ver los cortes de cuchillo, los bultos y las quemaduras que la acompañarían durante el resto de su vida—.
¿Crees que todo esto deja de doler alguna vez?
Por no mencionar los daños que me ha dejado a nivel mental y emocional.
Eso es incluso peor que toda esta mierda.
Los ojos de Wanda se llenaron de lágrimas y se llevó una mano a la boca para contener un sollozo.
—Puedes llorar todo lo que quieras, pero eso no cambiará nada.
No cambiará lo que siento por ti y por el pobre Len ahí en su silla de ruedas.
Vosotros vivíais vuestra vida. Podíais entrar y salir de casa siempre que queríais.
Pero yo no podía. ¿Pensasteis en eso alguna vez cuando os ibais a vuestra casa y me dejabais allí encerrada?
—¿Has venido para… hacernos daño? —Wanda observó el cuerpo grande y musculado de Cain, abriendo mucho los ojos por el miedo ante la inminencia del dolor físico.
—Por suerte para vosotros, no. Pero sé que el FBI me está buscando.
—Estuvieron aquí.
Cain pareció alarmada.
—¿Aquí? ¿Cuándo? ¿Cómo supieron dónde encontrarte?
—Ella no lo dijo.
—¿Ella?
—Una mujer joven más o menos de tu edad, acompañada de una señora mayor. Hicieron muchas preguntas.
Cain recordó lo que Kyle, el chaval del bosque, le había contado acerca de la mujer alta del FBI.
—¿Qué clase de preguntas?
—Sobre lo que pasó aquella noche. Dijeron que había un vídeo de ti.
—Sí, vi algo en la televisión. ¿Qué te preguntaron exactamente?
—Me preguntaron por ti, por cómo llegaste a vivir con ellos. Y por lo que pasó la noche que escapaste. Pero también me contaron algunas cosas.
—¿Como qué? —preguntó Cain.
—Como que tu verdadero nombre es Mercy. Y que un hombre te secuestró de tu casa.
—¿Mercy? —repitió—. ¿Y que… me secuestraron?
—Sí. Un hombre llamado Ito Vincenzo. Él y Len combatieron juntos en Vietnam.
Vincenzo nos contó que tus padres querían matarte y que él…
, bueno, que él te rescató. Pero, según la agente del FBI, aquel hombre nos mintió.
Te secuestró de la casa de tus padres por otras razones.
Tenía que ver con una especie de venganza contra tu madre.
Un asunto relacionado con la mafia o algo así.
Una cosa realmente extraña. —Wanda hizo una pausa y añadió—: Y dejó allí a la otra niña.
Al parecer, utilizó una cancioncilla infantil para decidir a cuál de las dos llevarse.
«Pito, pito, gorgorito». ¿Puede haber algo más enfermizo?