Capítulo 33 #2
—¿Y cómo lo hiciste? —le preguntó Blum, sin apartar la mirada de la mujer—. Debió de costarte mucho.
—Tenía mis métodos —dijo Atkins con una sonrisa maligna, y volvió a imitar la voz de una niña pequeña—: «No, mamá, no lo hagas.
No me quemes. No me cortes». «Te llamas Becky», le decía yo.
«Becky. Solo Becky. Mercy está muerta, ¿lo entiendes?
Mercy está muerta». Se lo repetía una y otra y otra vez.
Hasta que al final captó el mensaje. Por fin.
—Volvió a sonreír—. Y yo gané. Derroté a aquella pequeña mocosa.
Ella se creía muy lista. Pero yo lo era aún más.
—¿Conseguiste hacer que olvidara todo lo demás? —insistió Blum.
Las facciones de la mujer se relajaron y volvió a bajar la vista.
—Hubo una cosa que nunca logré que olvidara —admitió.
Pine se puso tensa.
—¿Qué?
—«Pito, pito, gorgorito». —Alzó la vista hacia Pine—.
Una estúpida cancioncilla infantil. La leyó en un libro que teníamos.
Y entonces se puso como loca. Destrozó el libro y empezó a gritar.
Joe tuvo que venir y sujetarla para calmarla.
Y en aquella época no tendría más de siete u ocho años.
Yo no tenía ni puñetera idea de a qué había venido aquello.
Niñata loca y estúpida… El peor error de mi vida fue meterla en mi casa.
Blum miró a Pine, que había cerrado los ojos y apartado la vista. Se giró de nuevo hacia Atkins.
—Entonces, la noche que Mercy escapó…
—Al imbécil de Joe se le pasó cerrar la maldita puerta. Y antes de darnos cuenta, ahí estaba ella, pasando por delante de la casa. Joe la había visto en la pantalla del televisor y salió corriendo, pero el muy idiota se olvidó de coger la escopeta. Yo sí me acordé, y también fui tras ella.
—Porque no podías dejar que escapara.
—Pues claro que no. Si escapaba, nosotros iríamos a prisión.
—Pero… no lo entiendo. Si tú tenías la escopeta, ¿por qué no la detuviste?
—Joe la agarró, pero ella le soltó un puñetazo.
Él cayó hacia atrás y se golpeó en la cabeza con una roca.
Había mucha sangre por todas partes. Joe trató de levantarse, pero creo que tenía una conmoción.
Volvió a caer de espaldas y ya no se movió.
Cuando Mercy vio toda la sangre, y a Joe allí tirado sin moverse, echó a correr como un maldito caballo de carreras.
Parecía que sus pies no tocaban el suelo.
—¿Y qué pasó luego?
—Le disparé dos veces, con ambos cañones. Pero ya se había adentrado en el bosque. Iba a perseguirla para acabar con ella, pero entonces Joe se despertó, se puso en pie y trató de detenerme. Intentó quitarme la escopeta.
—¿Por qué? —preguntó Blum—. Él también debía de saber lo que pasaría si Mercy conseguía escapar.
—Era un blando —dijo Atkins en tono asqueado—. No quería matarla. Quería que se escapara, ¿te lo puedes creer? Dijo que ya era hora de poner fin a aquello. ¡El muy idiota!
—Seguro que eso hizo que te enfadaras mucho.
La mujer sonrió maliciosamente.
—Entonces le dije: «Mira, Joe, ahí está. Ha vuelto». Cuando se giró, cogí la piedra y le golpeé en la cabeza. Lo dejé inconsciente. Quería dispararle con la escopeta, pero estaba descargada. Así que fui corriendo a la casa, cogí un cuchillo y…
—Remataste la faena —concluyó Blum.
—Cuando terminé, limpié mis huellas del cuchillo y llamé a Wanda. Le conté que Becky había matado a Joe. Después recogí mis cosas y ellos me ayudaron a desaparecer.
Pine tragó nerviosamente y, con voz vacilante, preguntó:
—Entonces… ¿Mercy consiguió escapar? ¿Está viva?
—Sí, esa maldita zorra se escapó.
Pine se aferró al poste de la litera y cerró los ojos, sintiendo que su corazón se henchía de esperanza.
De repente, Atkins pareció alarmada, como si acabara de salir de un trance. Miró a ambas mujeres con expresión pétrea.
—Pero negaré todo lo que acabo de contar, y no tendréis manera de demostrarlo.
—Ah, creo que sí podremos demostrarlo —dijo Pine, abriendo los ojos. Sostuvo el móvil en alto y pulsó el botón de «play» de la función de grabar. La voz de Atkins se oyó alta y clara.
Al comprender lo que acababa de suceder, la mujer pareció confusa. Luego volvió a endurecer su expresión.
—No puedes hacer eso. Me… me has engañado. Es ilegal.
Pine negó con la cabeza.
—Técnicamente, yo no soy el agente que te ha detenido.
Ya se te leyeron tus derechos, incluido el de permanecer en silencio.
Si has decidido desfogarte y soltarlo todo, ha sido porque has querido.
Todavía no tienes abogado y tampoco has pedido uno.
Esto no es un interrogatorio. Has hablado por voluntad propia.
Y, casualmente, yo tenía la grabadora encendida.
—¡Haré que lo desestimen como prueba, zorra!
—Bueno, puedes intentarlo —dijo Pine—. Pero seguro que la policía de Georgia no tardará en ponerse en contacto. Sobre todo porque les has facilitado mucho la tarea de condenarte.
Se plantó ante Atkins y se inclinó hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.
—Y que no se te olvide nunca: le hiciste pasar un auténtico calvario a Mercy y aun así te venció.
Ella está en algún lugar ahí fuera, libre y viviendo su vida.
Y tú vas a quedarte durante el resto de tu patética existencia en un lugar mucho peor que este.
Y te deseo de corazón que vivas muchos, muchos años.
Pine llamó al guardia, y ella y Blum salieron de la celda.
Mientras se alejaban por el pasillo, Pine comentó:
—Has hecho un gran trabajo logrando que confesara.
De forma inesperada, Blum suspiró.
—Aun así me habría gustado que le patearas el culo.
Pine echó un brazo por los hombros de su amiga.
—Ah, hemos hecho algo mejor que eso. Mucho mejor.