El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 33
41%

Capítulo 33

El centro de detención presentaba un aspecto moderno, limpio y pulcro, pero aun así tenía barrotes y puertas de seguridad para mantener a los malos lejos de los buenos.

Pine sabía que había más de quinientos presos en la cárcel principal y en un módulo anexo, pero a ella solo le interesaba una presa.

Callum había llamado para avisar de su visita, y un guardia las condujo enseguida a la celda de Desiree Atkins.

Mientras la puerta se abría y se cerraba tras ellas con un estruendo metálico, Atkins no levantó la vista en ningún momento.

Estaba sentada en una silla atornillada al suelo y llevaba el mono de reclusa.

Se miraba fijamente las manos, como si contuvieran todos sus problemas y ninguna solución. Un vendaje le cubría la mejilla, y la piel de alrededor del ojo se veía ahora entre amarilla y morada.

Pine se apoyó en la litera superior mientras que Blum se quedó cerca de la puerta. El guardia se había retirado para darles la mayor privacidad que podía esperarse en un sitio así.

—¿Qué coño queréis vosotras dos? —preguntó Atkins levantando la vista—. ¿Habéis venido a regodearos?

—Hemos venido a hablar —repuso Pine.

—Que te jodan. Voy a demandarte por agresión. Puede que tenga traumatismo craneal.

—Sí, está claro que te pasa algo malo en la cabeza, pero yo no tengo nada que ver con eso. Además, tienes mucho tiempo para hablar, ya que vas a tardar bastante en salir de aquí. No van a fijar fianza por riesgo de fuga. Y también saben lo de Georgia.

Los ojos de Atkins refulgieron de odio.

—Bien. Así podré contarles que Becky mató a mi marido. Tienen que encarcelarla por asesinato.

—Puedes intentarlo —replicó Pine—, pero el hecho de haberla tenido encerrada tantos años hará que nada de lo que digas resulte muy creíble.

Incluso si ella mató a Joe, tenía derecho a hacerlo.

Iba a encerrarla de nuevo. La gente esclavizada tiene todo el derecho del mundo a hacer lo que sea para liberarse.

De hecho, hasta libramos una guerra civil por eso.

—¿Y a ti qué carajo te importa Becky? Han pasado… ¿qué, veinte años? Déjala ya en paz.

Pine enroscó sus largos dedos en torno a uno de los pilares de soporte de la litera, para no cerrarlos en un puño y golpear de nuevo a la mujer.

Al percatarse de ello, Blum se adelantó y preguntó:

—¿Por qué lo hiciste, Desiree? ¿Por qué trataste a Mercy como lo hiciste?

—¿Qué es lo que hice? —replicó Atkins con un gruñido—.

¡Yo os lo diré! Me hice cargo de la cría cuando nadie más lo hizo.

Aquel tipo se la endilgó a Wanda como si tal cosa.

Como si ella pudiera ocuparse de una niña de seis años.

¡Venga ya! Pero si fumaba tantos paquetes de cigarrillos al día que se quedaba sin aire cuando iba a recoger el correo.

Esa cría se habría muerto de no ser por mí.

Deberían darme una medalla, y no condenarme a prisión.

—La maltrataste —dijo Pine—. La torturaste. La encerraste en una cueva en el bosque. ¿Crees que eso fue hacerle un favor?

El rostro de Atkins se encendió por la indignación.

—Esa cría era una salvaje. Era incontrolable. Tuvimos que encerrarla. Si la hubierais visto entonces…

—La encerrasteis para que no se escapara, ¿no?

—No tengo por qué decirte nada más.

—Si lo haces, podré hablar bien de ti ante el juez.

—¿Para qué? ¿Para que me rebajen un par de años de lo que me va a caer? No, gracias.

—¿Mencionó alguna vez a su familia? —insistió Pine—. ¿Os contó lo que le había pasado? ¿Cuál era su verdadero nombre? ¿Se lo preguntasteis aunque fuera una sola vez?

Atkins hizo un gesto despectivo con la mano.

—¡Bastante tenía ya con mis problemas!

—Entonces ¿no puedes contarnos nada más?

—Puedo contaros mucho, pero no os daré ese gusto. ¡Estoy en mi derecho! Y no hay nada que puedas hacer para obligarme, zorra.

—Wanda nos contó que habíais intentado tener hijos, pero que no pudisteis —intervino Blum.

Atkins le lanzó una mirada llena de crueldad.

—¿Cuál es tu papel aquí, abuelita, ser la poli buena? ¿Hacerme sentir culpable para que suelte algo? No pierdas el tiempo, bruja.

—Lo que estoy diciendo es que queríais tener hijos. Y que por eso os hicisteis cargo de Mercy, como has dicho —añadió Blum, mientras Pine la observaba con una expresión curiosa.

—Joder, sí. Me hice cargo de ella cuando nadie más quería. Le hice un favor. ¿Y qué recibí a cambio? Solo dolor y desdicha.

—Así que, en algún momento, ella te importaba.

Atkins se tranquilizó un poco y la mirada siniestra de sus ojos se atenuó ligeramente.

—Cuidé de ella. La vestí y la alimenté. Iba siempre muy limpia. Hasta que… tuvimos que llevarla a aquel sitio.

Blum se sentó en la litera de enfrente de Atkins y dijo con voz suave:

—¿Porque se volvió muy rebelde? ¿Porque teníais miedo de lo que pudiera hacer? Es muy comprensible.

Pine lanzó una mirada intrigada a Blum, pero no dijo nada.

—¡Sí! Becky nos tenía aterrorizados. A los once años ya era más alta que Joe.

A los trece creció como la mala hierba, se puso enorme.

Y al cumplir los quince ya medía más de metro ochenta y estaba fuerte como un caballo.

Cuando íbamos a la cueva del bosque, yo insistía en que Joe llevara siempre la escopeta.

Y cuando él se iba durante el día, yo tenía que apuntarla con el arma mientras ella trabajaba para nosotros.

Al final la obligamos a hacer las tareas cuando Joe ya había vuelto a casa, porque me daba miedo quedarme con ella a solas, ¡aunque tuviera la escopeta!

Si la hubiéramos dejado quedarse en la casa, nos habría matado mientras dormíamos.

Era como… tener un animal salvaje rondando.

Incluso cuando estaba encerrada en el bosque, yo apenas podía dormir.

Estaba hecha un manojo de nervios todo el tiempo.

Pine hervía de rabia por dentro ante aquellos comentarios tan insensibles. Como si los infortunios de Atkins hubieran sido mayores que los de Mercy. Como si su hermana tuviera alguna culpa. Pero no dijo nada. Era evidente que Blum maquinaba algo, y Pine no quería interrumpirla.

—Y probablemente también te ocultaba secretos —dijo Blum—. La gente así suele hacerlo.

—¡Lo hacía! —afirmó Atkins, de pronto más animada—. ¡Pues claro! Joe decía que no, pero ¿él qué iba a saber? Intentó confiar en Becky cuando aún era pequeña, pero ella lo engañaba.

—Los hombres no tienen ni idea de descifrar a las mujeres —convino Blum—. Las dos lo sabemos. Y se ve aún más claro cuando llegas a cierta edad, como nosotras ahora.

Atkins la apuntó con un dedo y sonrió.

—Has dado en el clavo. ¡Hombres! Son unos completos inútiles en lo que se refiere a las mujeres.

No saben cómo pensamos. Nuestros juegos mentales.

Nuestra manera de manipular. —Y añadió con una voz de niña pequeña—: Oh, hombre grande y fuerte, tú eres mucho más listo que yo, ¿por qué no vienes y haces todo lo que te diga que hagas?

—Puso una mueca—. ¿Y adónde llevó todo eso a Joe? A encontrar una muerte temprana.

—Pero a ti no pudo engañarte —dijo Blum.

Atkins negó con la cabeza y soltó una risotada.

—La calé enseguida. Sabía lo que pretendía. No me engañó ni por un momento. Con todo ese rollo inocente, intentando poner a Joe de su lado. Era asqueroso.

Pine echó mano al bolsillo y sus dedos se cerraron en torno al móvil. Lo sacó y, con disimulo, se lo puso a la espalda.

Blum se percató de su movimiento, pero Atkins no. Estaba mirando al suelo, sumida en su autocompasión. La ayudante se levantó y se puso delante de Pine, impidiendo que Atkins pudiera verla.

Rápidamente, Pine fue deslizando el dedo por la pantalla y pulsó en un par de símbolos.

—Pero, a diferencia de Joe —continuó Blum—, seguro que tú fuiste capaz de hacerla hablar. Sonsacarle cosas que no quería revelar, porque tú eras mucho más lista que ella.

Atkins levantó la vista con expresión desolada.

—Joe nunca me valoró. Fui yo quien le dijo que se metiera en el negocio de la seguridad cuando perdió el trabajo.

Le ayudé a empezar y le conseguí los clientes.

Y también fui yo quien le dijo que había que encerrar a esa cría.

Yo sabía que estaba loca. ¿El tío que se la llevó?

Según Wanda, les contó que lo había hecho porque sus padres querían matarla.

Y es muy probable que tuvieran una buena razón para hacerlo.

Yo podía entenderlo perfectamente. Puede que ese hombre salvara a Becky de donde fuera que estuviera metida, pero está claro que a nosotros no nos hizo ningún favor, eso seguro.

—Todo aquello debió de alterar mucho vuestra vida.

—Al principio pensé que podría estar bien, ¿sabes?, eso de tener una cría. Y tienes razón, yo quería ser madre, pero por culpa de un problema ahí abajo no podía. De todos modos, no sabía si aquella era la manera correcta de hacerlo.

—Aun así decidiste acogerla. Eso estuvo muy bien por parte.

—Joe pensó que aquello nos venía genial.

En realidad, era él quien quería tener una hijita a la que cuidar y mimar.

Pero, medio año después de que hubiera entrado en nuestras vidas, fue como si yo ya no existiera.

Joe solo tenía ojitos para la pequeña y bonita Becky —añadió con un gesto despectivo—.

Me ignoraba totalmente. Y entonces la niña creció.

Aquel lindo cachorrito se convirtió en un lobo. ¡Un monstruo!

—Tuvo que resultar muy difícil aceptar aquello —comentó Blum en tono comprensivo.

—No podía soportarlo. ¿Quién era aquella extraña? ¿Qué derecho tenía a entrar en nuestras vidas y arrebatarme así a mi marido? ¿Qué derecho? Ah, ella era tan linda, tan bonita… ¿Y yo qué era, una bolsa de basura?

—Ya, entiendo.

—Pues Joe no lo entendía. Y aquello me enfurecía. Me daban ganas de matarlo. ¡Y a ella también!

—Pero ¿hablaste con Mercy? ¿Te enteraste de cosas de su vida?

Atkins sonrió perversamente mirando a Pine.

—Sabía que ese era su nombre. Ella me lo dijo. Pero, durante años, me dediqué a borrarlo de su memoria, de su vida.