El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 31
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Capítulo 31

—Lo siento, agente Pine —dijo Blum, a pesar de que Desiree Atkins clavó el cañón con más fuerza en su sien—. Se me echó encima antes de que me diera cuenta.

—Cállate —le ordenó Atkins, y luego fulminó a Gail con la mirada—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí arriba? ¿Es que quieres que el perro te ataque? —añadió en tono estridente.

Gail se escondió detrás de Pine.

Entonces Atkins miró a esta fijamente y frunció el ceño.

—Me resultas familiar. ¿Te conozco? Tienes pinta de ser problemática.

—Seguro que te recuerdo a mucha gente que consideras problemática —repuso Pine.

Atkins asintió, aunque la sombra de la sospecha no desapareció de su cara.

—Tengo una cámara de vigilancia colocada al principio del camino de entrada.

Recibí una alerta en el móvil y vi que os dirigíais a la casa.

Joe me enseñó muchas cosas sobre sistemas de seguridad.

Pero no veas los dispositivos que hay hoy en día.

Todo inalámbrico y controlado con una aplicación en el móvil.

Así es como he desactivado la alarma antes de entrar.

Pine miraba fijamente la pistola.

—Wanda me contó que habíais estado husmeando.

Pine siguió sin decir nada. No podía apartar la mirada del cañón que apuntaba a la cabeza de Blum.

—También me dijo que estabais buscando a Becky.

Ahora ya no se pudo contener.

—Se llama Mercy, no Becky. Ese es el nombre que tú le pusiste.

—Bueno, da igual, para mí era Becky. —Luego miró a la cintura de Pine—. Eres agente del FBI y llevas un arma. Así que ahora vas a dejarla en el suelo muy muy despacio. Yo también sé usar muy bien esta pistola.

Pine se sacó la Glock y, sosteniéndola por el cañón, se agachó y la dejó en el suelo. Tenía una Beretta Nano en una funda tobillera como arma de refuerzo, pero no servía de nada mientras la otra apuntara a Blum a la cabeza.

Atkins sonrió con aire triunfal mientras Pine se incorporaba.

—Eso está mejor. Ahora no creo que puedas causar mucho problema. Becky sí que era una chica dura. Un bicho malo de los de verdad. Tú no lo pareces tanto.

Pine se limitó a mirar a Atkins.

—Bueno —prosiguió la mujer—, ahora vosotras dos os vais a meter en el pequeño escondrijo de Gail.

—¿Y luego qué? —preguntó Pine.

—Luego me marcharé. Lo tengo todo preparado, la maleta ya está en el coche. La hice en cuanto Wanda me llamó.

—¿Y Gail?

—Ella se viene conmigo. Necesita que cuide de ella, ¿verdad, Gail?

La muchacha dirigió a Pine una mirada lúgubre.

—No tienes por qué ir con ella, Gail —le dijo.

—¡Eh, eh! —saltó Atkins—. No le metas mierdas en la cabeza. Como vuelvas a hacerlo, será tu amiga quien lo pague. —Y clavó tan fuerte el cañón en la mejilla de Blum que la pobre soltó un gemido.

—Vale, vale —dijo Pine.

—Genial —repuso Atkins, que claramente estaba disfrutando con aquello—. Y ahora moveos.

Pine y Gail dieron media vuelta y Atkins las siguió, sin dejar de apuntar con el arma a la cabeza de Blum.

Las cuatro entraron en la sala de climatización, donde estaba el cuarto subterráneo.

—Muy bien. Y ahora os vais a quedar ahí —dijo Atkins, y empujó con fuerza a Blum. La mujer trastabilló y a punto estuvo de caer, pero Pine reaccionó con rapidez para agarrarla.

Atkins deslizó un dedo por el gatillo y apuntó con el arma a Pine, que dijo:

—Doy por hecho que vamos a bajar ahí con los pies por delante.

—Bueno, entenderás que no puedo dejaros con vida para que os vayáis de la lengua. Supongo que tarde o temprano os acabarán encontrando. Pero, para entonces, ya estaré fuera del país.

—No te resultará fácil salir del país con Gail.

—¿Quién dice que vaya a venir conmigo? —repuso Atkins con brusquedad.

—Entonces ¿vas a matarla a ella también? —dijo Pine.

—Gail es una ratita asustada. Hará lo que yo le diga y luego…

Atkins no pudo seguir. Soltó un grito cuando Gail se abalanzó sobre ella, le mordió la mano que sostenía el arma, y después empezó a arañarle furiosamente la cara.

Las dos forcejearon hasta que Atkins consiguió golpear a la muchacha con la pistola en la cabeza y, ahogando un gemido, Gail cayó al suelo.

En ese momento, una mano mucho más poderosa agarró la pistola. Atkins alzó la vista para mirar al rostro de Pine.

Esta no pudo evitar sonreír mientras le retorcía el brazo a la espalda y luego estampaba un puño huesudo contra su cara. El fortísimo golpe lanzó a la menuda mujer contra la pared, donde se fue deslizando hasta el suelo, inconsciente.

Cuando Atkins se despertó al cabo de unos diez minutos, gimió y se incorporó muy despacio hasta sentarse. Tenía un ojo ennegrecido y cerrado por la hinchazón, y la mejilla derecha seriamente magullada. Miró con el ojo bueno a Pine, que estaba inclinada sobre ella.

—Levántate —le ordenó.

—No… no creo que pueda. Estoy…

Pine la agarró por debajo del brazo y tiró de ella hasta ponerla en pie.

Luego la arrastró hasta la caja que estaba en la carretilla y la empujó sobre ella.

Gail estaba acurrucada en un rincón, apretándose un paño con hielo contra la cabeza herida. Blum se encontraba de pie junto a Pine.

—Tu ratita se ha convertido en una leona, Desiree —dijo Pine—.

No hace mucho vi a una niña hacer algo así después de haber estado secuestrada por un malnacido en Colorado.

El tipo nunca pensó que ella haría lo que hizo porque era muy pequeña, y además una criaturita.

Ahora ese delincuente está en una prisión estatal cumpliendo cadena perpetua.

Atkins dirigió una mirada asesina a Gail, y después se frotó la mejilla hinchada.

—Necesito un médico.

—Vas a necesitar muchas cosas, incluyendo un abogado. Pero ni siquiera eso logrará salvarte el trasero.

—Has entrado en mi casa. Yo solo me estaba defendiendo.

—¿Y lo de Gail?

—No tengo ni idea de quién es. ¿Se estaba escondiendo aquí? Yo nunca entro en este cuarto.

Pine la miró con aire condescendiente.

—Tres testigos contra una, Desiree. Y el hecho de tener ese zulo donde obligabas a vivir a Gail. Por no hablar del asuntillo de lo que pasó en Georgia.

—Lo que pasó en Georgia es que esa puta Becky mató a mi marido —bramó Atkins llena de furia, escupiendo saliva con las palabras.

—Bueno, aquí está la verdadera Desiree Atkins. Sabía que la psicópata que escondes acabaría saliendo. —Pine se recostó contra la pared—. ¿Por qué no me cuentas lo que ocurrió aquella noche?

—¿Y por qué no te vas al carajo?

Blum dio un paso al frente.

—Vas a ir a prisión. Solo falta saber durante cuánto tiempo. Si colaboras, seguramente no será tanto.

Al ver que Atkins no respondía, Pine sacó el móvil.

—Muy bien, llamemos a la policía. Te acusarán de secuestro, retención ilegal e intento de asesinato, entre otros cargos.

Y luego llamaremos a la policía de Georgia.

Allí llevan buscándote mucho tiempo. Huiste de la escena del crimen, y el delito de asesinato no prescribe.

Además, tuviste encerrada a Mercy. Contamos con la prueba del vídeo y Wanda también testificará. No tienes escapatoria.

Y empezó a marcar el número.

—¡Espera! —exclamó Atkins.

Pine miró a la mujer, con el dedo cerniéndose sobre el móvil.

—Te escucho.

—¿Qué quieres saber?

—Sabemos que Mercy escapó de su celda. ¿Y después qué?

—Nos atacó. Acuchilló a Joe y luego fue a por mí. Pero yo conseguí huir.

—¿De dónde sacó el cuchillo?

—Lo llevaba encima.

Pine volvió a levantar el móvil.

—Si sigues mintiendo, llamaré a la policía y se acabó todo.

—No te estoy mintiendo.

—Mercy no tenía ningún cuchillo. Hemos visto la cinta.

Atkins arrugó el entrecejo.

—Eh… Debió de encontrarlo cuando iba hacia la casa.

—Ya, claro, porque siempre se encuentran cuchillos de cocina por ahí tirados. ¿Y quién disparó?

—¿Disparar?

Pine volvió a sostener el móvil en alto, pero no dijo nada.

—Eso… eso fue Joe. Él… Becky se abalanzó sobre Joe y él le disparó, pero falló.

—No puedes fallar con una escopeta, no tan de cerca.

Atkins parecía presa del pánico, mirando nerviosamente a un lado y a otro.

—Voy a contarte lo que creo que pasó —dijo Pine—.

Mercy iba corriendo hacia la carretera porque era su única vía de escape.

Pero, antes de llegar, se encontró con vosotros dos.

Hubo un enfrentamiento, y Joe y Mercy se enzarzaron en una pelea.

Ella le golpeó en la cabeza y salió huyendo.

No sé muy bien cómo, pero se produjo un disparo.

Entonces pasó algo más, y Joe acabó muerto con un cuchillo clavado en la espalda.

Después recogiste tus cosas a toda prisa y llamaste a los Atkins.

Wanda se reunió contigo en la gasolinera Esso y te llevó a Atlanta, donde cogiste un autobús y te largaste cagando leches.

Al final acabaste aquí y ahora te has conseguido otra esclava, porque esa es la clase de persona enfermiza que eres.

—No tienes ninguna prueba de lo que ocurrió en Georgia.

Pine meneó la cabeza.

—Igualmente vas a ir a prisión. Hace mucho que deberías estar entre rejas.

—¿Y si te digo que tu querida Mercy murió aquella noche? —replicó Atkins con una mueca despectiva.

—Puedes decirlo, pero eso no hará que sea verdad.

El caso es que, si Mercy hubiera muerto, no habrías tenido ninguna razón para matar a Joe, y si no mataste a Joe, no habrías tenido ninguna razón para huir, ¿no?

Porque la policía no sabía que tenías prisionera a una chica.

Te habrías limitado a enterrarla en el bosque y ya está.

Aceptando al fin su derrota, Desiree apartó la vista y no dijo nada.

Pine se la quedó mirando durante un largo rato, sin poder reprimir el desprecio y la repugnancia que sentía. Luego llamó a la policía.